Caballería maleante: 6

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-¡Vaya un encuentro! -suspiró Manolo apenas quedó a solas con la mujer en la habitación donde ésta le condujo-. Echa el cerrojo, criatura. Es decir, no; no lo eches. Esa fiera puede oírlo chirriar, y enfadarse y forzar la puerta a balazos. ¡Melgares!... ¡Bien pudo el alcalde advertirme!...

-No viene casi nunca. Pa cuatro meses va, que no aporta por esta casa. Menos mal que ha venío solo. ¡Si llega a acompañarle el del Borge! Pué que a estas horas estuvieses hecho pacayal.

-¡Aún es tiempo! Melgares...

-Conforme le da. Hoy parese que trae buen vino.

-Haga mi suerte que no se le cambie al fermentar.

-¿Tiemblas?

-El tropiezo no es para otra cosa. Claro; a vosotras, los hombres de esa condición os encantan.

-A mí, no. A Mariquilla, sí. Pero déjate de paseos. Desnúdate y descansa unas miajas.

-¿Qué estás diciendo?... ¡Puede que tuvieses valor!... No, hija de mi vida; imposible. Duerme, si puedes, tú. Yo, aquí en esta silla he de estar hasta que amanezca, si quiere la suerte que vuelva para mí a amanecer. Perdóname, rubia. No es desaire; te aseguro que me has gustado como pocas; desde que entré en la casa, sólo tuve ojos para ti; pero...

-El amor -prosiguió Manuel con gesto agridulce- lo primero que requiere es tranquilidad. ¡Cualquiera está tranquilo con el vecinito de abajo!...

-A tu gusto. Yo me tumbaré un rato. Con tanta bebía me da vueltas la alcoba.

-¡Ay, si diese una que me pusiera de golpe en casa del alcalde!