Caballería maleante: 7

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El sueño venció al miedo tras largo y empeñado combate, y Manolo se durmió encima de la silla, con los pies sobre los travesaños y las manos oprimiendo nerviosamente la cartera donde guardaba los billetes.

Dormido quedó, y ojalá nunca se durmiese. Fue el sueño más angustioso que la vela.

Durante el sueño imaginó, ¡qué imaginar!, vio los hechos como si fueran plena realidad; vio que Mariquilla, aprovechando una distracción del poeta, echaba en su copa unos polvos. ¿Narcótico?... ¿Veneno?... Esto lo ignoraba Manolo. Lo cierto era que sus ojos se fueron entornando y sus miembros agarrotando tal como si muerto estuviera.

Sólo que oía y escuchaba. Oyó primeramente que Melgares, no el que estaba con Mariquilla, otro Melgares gigantesco que tocaba con su cabezota a las nubes, preguntaba con voz de ogro ayuno a la Guarnición que se había vuelto completamente bruja:

-¿Está ése en la puerta?

-Sí -respondió la Guarnición.

-Dile que suba pa despachar al estudiante.

La vieja echó a correr, y a poco volvió con un hombreado rubio que revolvía furiosamente sus verdes ojos bizcos y se los restregaba con dos manos enormes, salpicadas de sangre.

-¡Jala! -dijo este hombre a la bruja.Tumbarle encima de la mesa, y haremos con él picaíllo.

El Bizco, riendo a carcajadas, fue aproximándose a la mesa donde había puesto a Manolo, y sacando del bolsillo del chaquetón un alfanje moruno, empezó a cortar por la punta la nariz de la víctima.

-¡Socorro! -gritó Manolo, despertando despavorido-. ¡Es la muerte! -gritó, viendo una figura huesosa que a la luz pálida del alba se destacaba sobre el fondo obscuro de la alcoba, y avanzaba hacia la cama de Frasquita sobre la punta de los pies.

-¡Qué muerte ni qué historias, niño! ¡Abre los ojos! Soy la Guarnisión. ¿Qué haces ahí con los pinreles engarruñaos al palitroque de la silla? ¡Vaya una manera de dormir! Así duermen los loros.

-¿Se fue? -preguntó el estudiante.

-Hace veinte minutos.

Manolo saltó de la silla:

-¿De veras?

-Y tan de veras, hombre.

-Gracias a Dios que respiro ancho.

Y el joven, estirando los brazos, abrió de par en par su boca para recoger todo el aire que entraba por la puerta.

Francisca, que despertaba entonces, bostezó estrepitosamente, agarrándose con ambas manos a los barrotes de la cama.

-¿Quieres tomar algo? -preguntó la vieja obsequiosamente a Manolo.

-Sí, señora: la puerta. ¿Qué debo?

-Una buena voluntá, hijo mío.

-Cuente usted con ella. Pero no hablo de voluntades: hablo de dinero.

-¿De dinero?... Ni un sentimito.

-¿Cómo?

-Como lo oyes. Melgares pagó de largo el gasto de tós y el que pueas tú hacer diquiá una semana. Lo pagó, encargándome que no te cobrase una perra, y jurando cortarme las dos orejas si tenía noticias de que echaba su mandato en olvío.

-¿Es posible?... ¿Melgares?...

-El propio. Y es más -añadió la tía Guarnición, arrojando sobre la cama de Frasquita unas monedas de oro-. Tenga usté esas cuatro onzas -me ha dicho, -y déselas de parte mía al estudiante madrileño, pa que las reparta entre los campesinos andaluses que se han quedao sin cobijo y sin pan.

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