Campos anegadizos

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Campos anegadizos
de Godofredo Daireaux



Campos anegadizos[editar]

-Mire, don Tomás, van ocho años que he poblado aquí, y le puedo asegurar que sólo dos o tres crecidas muy pequeñas y pasajeras he visto, que no han causado ningún daño, porque, como se ve, hay lomas bastantes para, en un caso, salvar las haciendas, no digo de todo el campo, sino también las de todos los vecinos.

-¡But! -dijo el inglés; -¿si el arroyo se desborda?

-¿No le digo que, cuando esto sucede, sólo alcanza a llenar lagunitas y cañadas que están a lo largo de él, donde usted ve juncos, y nada más? Aquí, donde estamos, nunca llega.

El inglés tenía sus dudas, pues en muchas partes del campo que visitaba, con intención de arrendarlo, veía retazos cubiertos con duraznillo y otras plantas que indican con claridad terrenos anegadizos. Es cierto que eran retazos pequeños, en proporción; a más, en toda la llanura en que galopaban y que se extendía entre la costa del arroyuelo y la larga y alta loma que hacía resplandecer en el horizonte sus faldas de color verde obscuro, un pasto tupido, alto, delgado, algo duro, pero entreverado con otros más tiernos, y muy florido, ondeaba como trigal, bajo el soplo suave del vientito otoñal.

Siguieron su carrera, silenciosos, durante un rato largo, surcando con el pie de sus cabalgaduras ese mar de pasto, hasta que se pararon de repente al ver disparar por delante de ellos, como gamas, y sin que se quedase atrás un solo animal, una majada de ovejas gordas y en magnífico estado.

-¿Qué le parece, don Tomás?, ¿serán campos lindos o no, los en que se crían así los animales?

El inglés no contestó; miraba las ovejas que ya iban retozando lejos; sus ojos se habían alegrado; no quedaba en ellos rastro de duda; la convicción había entrado en su alma y, satisfecho con su inspección, aseguró el campo.


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De las lomas altas, trebolares y cardales sin mezcla, que ocupaba en distrito muy cercano a la ciudad, trajo, con la ayuda de sus hijos, mocitos ya, las seis mil ovejas de muy linda clase, en las cuales, después de veinte años de América, algunos de penoso trabajo, había podido concentrar lo más claro de sus ahorros, y que ya no cabían en el campito, superior pero estrecho, que ocupaba, y por el cual empezábase a exigir arrendamiento subido.

Por delante habían ido las yeguas, los caballos y trescientas vacas, con otra gente que debía, al llegar, edificar de prisa un rancho para que la familia, que venía en el carro, acompañando las ovejas, encontrase siquiera, al llegar, un techo para dormir.

Después de largos días de marcha paciente, llegaron al arroyo, cuyas aguas se deslizaban alegremente, entre las pequeñas barrancas, ancho de seis metros, hondo de uno. Sus riberas verdes y pastosas alegraban la vista, y las ovejas saboreaban las mil flores de estos pastos nuevos para ellas. Y don Tomás dijo a su mujer, muy ocupada en espumar el último puchero ambulante de la larga jornada:

-La primera mudanza que hagamos será a campo propio. Puede ser que tengamos que ir lejos, pero será la última, pues aunque tenga, para comprar un retazo de campo, que vender la mitad de las ovejas, o más, así lo haré, porque esas mudanzas son fastidiosas. Aquí nos ha de ir bien: el campo es un poco bajo, pero son buenos pastos. Unos cuantos años buenos, y ¡abur!

Y después de almorzar, pasaron el arroyo las seis mil ovejas, en un vado de poca hondura, tomando posesión de sus nuevos dominios.

Era en marzo; placentera estación. Se hizo rápidamente la instalación; los corrales, rancho, galpón, cocina, en quince días estaban parados; las ovejas, repartidas sólo en dos trozos provisoriamente, alegres y gordas, gozaban de la vida y empezaban a parir.

Una noche llegó un resero, conocido viejo de don Tomás, que quiso comprarle a buen precio todo lo que, de sus majadas, conviniese arrear para grasería.

Echó don Tomás el grito al cielo:

-¡Vender ovejas! ¡ahora! ¡cuando están ya por parir! ¡no me tiente!

-Mire, don Tomás, la plata no necesita pasto; el invierno ya se viene; ¿quién sabe cómo le irá aquí con tanta hacienda? Alivie sus majadas y llénese los bolsillos.

Don Tomás no quiso saber nada. ¡Mire, quién! ¡hacer mermar la parición! ni aunque le pagasen -como casi era el caso- el cordero por nacer con la oveja gorda.


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Un día, llovió mucho; duró toda la noche y el día siguiente. El arroyo, ancho de veinte metros, hondo de tres, corría con mucha fuerza, cubría sus barranquitas, llenando las lagunitas y las cañadas a lo largo de él, donde se veían juncos. Los retazos donde había duraznillos estaban todos tapados por una capa de agua de algunos centímetros. Esto no hubiera sido nada y era previsto; pero entre el pasto tupido, se sentía, al pisar, que la tierra quedaba empapada. No era agua; no era barro; sólo se conocía que el suelo ya no podía tragar más.

Las ovejas perdían rápidamente su aspecto hermoso de hacienda gorda y sana; ningún resero ya las hubiera pensado en arrear.

Sin que nadie lo pidiera, vino más lluvia. Principió el mes de abril con un temporal deshecho que duró tres días, cayendo el agua, ora despacio, ora a chorros, como si no fuese a tener tiempo de volcarse toda sobre la tierra ahogada; y cuando cesó el temporal y que el pampero sopló, limpiando el cielo, pero impotente para secar todo, el sol radiante de otoño alumbró un espectáculo tan majestuosamente triste que parecía que sus rayos alegres hubieran debido, por decencia, caer en él, enlutados.

Del arroyuelo a la loma, no se veía más, afuera del agua, sino los ranchos y los corrales de don Tomás. Era como un islote, sin pasto, en el cual quedaban, pisando en barro espeso, alrededor de tres mil ovejas, comiéndose la lana unas a otras, casi flacas, ya tristes, apenas con fuerza para balar, esperando la muerte, sin recurso.

Las yeguas y las vacas andaban entre el agua, desparramadas, buscando y encontrando todavía algo que pellizcar, y el resto de las ovejas habían llegado, cuidadas por uno de los muchachos, hasta la loma, que hubiera sido la salvación, si, ocupada ya por majadas y hacienda de la vecindad, hubiese tenido área y pasto suficientes para tantos animales.

De lo alto de la loma, perfilada en la llanura como angosto y largo tajamar, se dominaba, en todo su espléndido horror, la terrible inundación: techos de ranchos, islotes atestados de animales, montes aislados por las aguas y reflejándose en ellas, como admirados de encontrar a sus pies su imagen. Algunos animales desparramados por el agua, buscaban que comer; también se veía uno que otro jinete, cruzando el cañadón con precaución, al tranco, y las piernas encogidas; o, si muchacho, al galope, y corriendo como entre aureola de agua y trueno de palmoteos, salpicando, con ruido infernal, todo, alrededor suyo y a sí mismo, y a los perros que lo siguen, a veces nadando, a veces corriendo; y, a lo lejos, un carro, cuyo lento rodar retumba, lo mismo que el chapaleo de sus caballos, triste mil veces, en los repetidos ecos de sonoridad tan estrepitosa y, a la vez, tan melancólica, de ese desierto de agua, hace levantar con algazara, inmensas bandadas de pájaros acuáticos que saludan con gritos de alegría la conquista de su nuevo imperio, y se mofan del hombre, intruso.

En mayo, volvió a llover.

Para no perderlo todo, había dispuesto don Tomás ir degollando y cuereando sus ovejas, amontonadas en sus corrales, sin poder salir, y durante días y días, sonó el filo de las cuchillas sobre las chairas, y siguió la obra.

Dos meses después de haber llegado a esos pagos con sus seis mil ovejas gordas, quedaba con cuatrocientas ovejas flacas, salvadas, quién sabe cómo, en la loma alta, con ciento cincuenta vacas y algunos caballos.

-La mudanza está hecha, mujer -dijo una noche-. But, para tener campo propio, sólo en el cementerio.

... No es, este, cuento de ayer: era en 1877. Han vuelto, varias veces, desde entonces, a ser poblados con otras haciendas y con otra gente, los mismos campos; y con más haciendas, y con más gente, después de cada crecida.

Las aguas se llevan las haciendas, la gente queda arruinada; la voz pública reclama obras de desagüe, del Gobierno que sigue cobrando, impasible, la contribución, calculada sobre el aumento paulatino del valor de los campos, que consigo trae el progreso natural... ¡oh! ¡cuánto!... del país; y la Tierra sigue dando vuelta.


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Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros: