Desolación (Mistral)/Canciones de cuna
Velloncito de mi carne—que en mi entraña yo tejí,—velloncito friolento,—duérmete apegado a mí! La perdiz duerme en el trébol—encuchándole latir:—no te turbes por mi aliento,—duérmete apegado a mí!
Hierbecita temblorosa—asombrada de vivir,—no te sueltes de mi pecho,—duérmete apegado a mí!
Yo que todo lo he perdido—ahora tiemblo hasta al dormir.—No resbales de mi brazo:—duérmete apegado a mí!
Es la noche desamparo—de las sierras hasta el mar.—Pero yo, la que te mece,—¡yo no tengo soledad!
Es el cielo desamparo—pues la luna cae al mar.—Pero yo, la que te estrecha,—¡yo no tengo soledad!
Es el mundo desamparo.—Toda carne triste va.—Pero yo, la que te oprime—¡yo no tengo soledad!
El mar sus millares de olas—mece divino.—Oyendo a los mares amantes—mezo a mi niño.
El viento errabundo en la noche—mece los trigos.—Oyendo a los vientos amantes—mezo a mi niño.
Dios Padre sus miles de mundos—mece sin ruido.—Sintiendo su mano en la sombra—mezo a mi niño.
¡Ay! Juguemos, hijo mío,—a la reina con el rey!
Este verde campo es tuyo.—¿De quién más podría ser?—Las alfafas temblorosas—para tí se han de mecer.
Este valle es todo tuyo.—¿De quién más podría ser?—Para que los disfrutemos—los pomares se hacen miel.
(¡Ay! No es cierto que tiritas—como el Niño de Belén—y que el seno de tu madre—se secó de padecer!)
El cordero está espesando—el vellón que he de tejer.—Y son tuyas las majadas.—¿De quién más podrían ser?
Y la leche del establo—que en la ubre ha de correr—y el manojo de las mieses—¿de quién más podría ser?
(¡Ay! No es cierto que tiritas—como el Niño de Belem—y que el seno de tu madre—se secó de padecer!)
¡Sí! Juguemos, hijo mío,—a la reina con el rey!