Cartas a Lucilio - Carta 16

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Cartas a Lucilio - Carta 16
de Lucio Anneo SENECA
Traducción del latín y notas por Antonius Djacnov (2009)


Séneca a su Lucilio saluda,

Para ti está claro, Lucilio, lo sé, que nadie puede vivir feliz y ni siquiera pasablemente sin el estudio de la sabiduría; que una vida feliz sólo la sabiduría consumada logra, una tolerable, incluso su comienzo. Pero esa convicción debe ser reafirmada y mediante la meditación cotidiana enraizarse en lo profundo. Más esfuerzo nos cuesta conformarmos a nuestras resoluciones que adoptar honestos propósitos. Debemos perseverar y asiduamente sumar vigor a nuestro estudio, hasta que sea buena inteligencia lo que ya es buena voluntad.

Por ello, en lo que me concierne, no son necesarios tan largos discursos ni afirmaciones: reconozco que mucho progresaste. Lo que escribes, sé de donde viene: no son fábulas ni coloridos. Te digo sin embargo lo que siento: de ti ya esperanzas tengo, no todavía confianza. Deseo que tú también lo mismo hagas: no conviene que te fíes de ti tan rápido y fácilmente. Indágate, escrútate de varios lados, observa sobre todo si es en la filosofía o bien en la vida misma que progresaste.

No es la filosofía un artificio para el pueblo ni está concebida para la ostentación, no consiste en palabras sino en acciones. Tampoco ha de tomársela como un entretenimiento entre otros para consumir el día, para alejar el hastío del ocio: ella forma y forja el ánimo, ordena la vida, rige las acciones, muestra lo que ha de hacerse y de omitirse, se sienta al timón y a través de los escollos endereza el curso de los sacudidos por las olas. Sin ella nadie puede vivir exento de inquietudes, nadie seguro, en cada hora innumerables son las cosas que exigen consejo: a la filosofía debemos solicitarlo.

Dirá alguno: "¿De que me sirve la filosofía, si existe la fatalidad? ¿Para qué sirve, si el rector es Dios? ¿De qué sirve si el azar impera? Pues cambiar lo certero no se puede ni nada preparar contra lo incierto. Por el contrario, o bien Dios sorprende mis planes y frustra mis actos, o bien la fortuna nada permite a mis propósitos"

Lo que quiera que sea de todo eso, Lucilio, o si todo eso así fuera, debemos filosofar. Sea que inexorablemente la ley de la fortuna nos constriña, sea que un dios árbitro haya dispuesto todo el universo, sea que el azar las cosas humanas sin orden impela y agite, la filosofía debe tutelarnos. Ella nos exhortará a someternos a dios con buena voluntad, a la fortuna con aplomo, ella nos enseña a seguir a Dios, a sobrellevar la contingencia.

Pero no es el momento de transitar a una discusión sobre lo que queda de nuestro arbitrio si la providencia impera o si una serie de fatalidades atados nos arrastra o si lo repentino y lo súbito domina. Vuelvo ahora a mi propósito: te advierto y exhorto a que no dejes caer ni enfriar el ímpetu de tu espíritu. Mantenlo e infórmalo para que el estado de tu espíritu llegue a ser lo que ahora es ímpetu.

Ya desde un comienzo, si bien te conozco, indagas cual es el pequeño presente que esta carta trae consigo: escudriña y encontrarás. No tienes por qué asombrarse de mi buena disposición: soy liberal con lo ajeno. ¿Por qué dije ajeno? lo que bien dicho está, es mío. Esto también, dicho por Epicuro: "Si vives conforme a la naturaleza, nunca serás pobre; si conforme a la opinión, nunca serás rico".

Exiguo es el deseo de la naturaleza, inmenso el de la opinión. Que se apilen a tus pies todas las riquezas que varios magnates hayan poseído, que la fortuna te eleve por encima de cualquier riqueza humana, que te cubra de oro y te vista de púrpura, que te conduzca a tal grado de delicia y opulencia que puedas cubrir la tierra con tus mármoles, que no sólo te sea permitido poseer sino hasta marchar sobre tesoros, que se adicionen estatuas, pinturas y todo lo que lo que el arte haya podido producir de suntuoso: Aprenderás a desear más todavía.

Los deseos naturales son finitos: los que nacen de la falsa opinión no tienen donde detenerse, pues para lo falso no existe límite. Para quien va sobre la vía, un término existe: errar es infinito. Retráete ergo de lo vano, y cuando quieras saber si lo que deseas alcanzar surge de lo natural o de la ciega concupiscencia, examina si puede ser fijado en algún lugar. Si luego de mucho progresar siempre queda aún más lejos, sabe que no es natural.

Que sigas bien.

Notas[editar]

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