Cartas a Lucilio - Carta 15

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Cartas a Lucilio - Carta 15
de Lucio Anneo SENECA
Traducción del latín y notas por Antonius Djacnov (2009)


Séneca a su Lucilio saluda,

Fue una costumbre de los antiguos, conservada hasta mi época, la de agregar como primeras palabras de una carta: "si estás bien de salud bueno es, yo estoy bien". Con acierto decimos nosotros "si filosofas, bueno es." Estar bien es, en efecto, precisamente eso. Sin ello, enfermo está el espíritu. En cuanto al cuerpo, incluso si posee un gran vigor, está en buena salud de manera no diferente como puede estarlo un furioso o un frenético.

Ergo, presta atención principalmente a la salud del primero, luego a la del segundo, lo que no mucho te costará si quieres estar en forma. Insensato es en efecto, mi Lucilio, y poco digno de un hombre instruido, ocuparse en ejercitar los bíceps, en estirar la cerviz y fortificar los pectorales: cuando contento de ti mismo hayas terminado de engrasarte y dilatar tus músculos, no habrás igualado ni el vigor ni la corpulencia de un buey gordo. Añade además que cuanto mayor el lastre del cuerpo, más se aplasta y menos ágil es el alma. Por ello circunscribe al cuerpo tanto como puedas y brinda un amplio espacio al espíritu.

Muchos contratiempos surgen para quienes consagran al cuerpo demasiada atención: en primer lugar, esos ejercicios extenuantes cuya fatiga imposibilita la concentración en estudios serios, luego, el exceso de comida que impide la sutileza. Encima vienen todavía esos esclavos libertos de la peor especie, promovidos a monitores, hombres cuya vida oscila entre el aceite y el vino y para quienes el día transcurrió según su voto si mucho sudaron y si en lugar de todo lo que secretaron ingurgitan abundantes tragos de los que tanto mejor se embeben si están en ayunas. Beber y transpirar: es la vida del dispéptico.

Existen ejercicios fáciles y breves que sin consumir demasiado tiempo y sin mucho esfuerzo distienden el cuerpo, que debemos tener muy en cuenta: correr, manejar las pesas y el salto, sea en alto o en largo, o bien el así llamado "saliar", o como se dice más irreverentemente, "el batanero": de práctica simple, fácil, elige el que más te plazca de todos ellos.

Lo que sea que hagas, dirígete prontamente del cuerpo al espíritu, ejercita éste día y noche. Un esfuerzo moderado lo nutre, ni el frío ni el calor impiden su entrenamiento, tampoco la senectud. Cuida ese bien que la ancianidad mejora.

Pero de ninguna manera te estoy yo compeliendo a pasar tu vida curvado sobre libros o sobre tabletas para escribir. De tanto en tanto deben darse pausas al espíritu, no para que se disipe, pero para reponerlo. Un paseo en litera sacude el cuerpo pero no impide el estudio: puedes leer, dictar, conversar, puedes escuchar, cosas todas estas que tampoco impide el pasear a pie.

Tampoco desdeñes el entrenamiento de la voz, pero que te sea vedado elevar el tono por grados e inflexiones fijas para luego descenderlo. ¿Y si se te ocurriera aprender a caminar? Recibe entonces esos a quienes el hambre enseñó nuevas artes: los habrá dispuestos a marcarte el ritmo y a estudiar tus carrillos mientras masticas: se aventurarán tan lejos como su osadía y tu paciencia y credulidad los alienten. ¿Y entonces? ¿Debes acaso iniciar tus discursos gritando desaforadamente con el más alto registro de tu voz? Es tan natural enardecerse paulatinamente, que incluso los litigantes comienzan en el registro de la conversación corriente antes de pasar al de la vociferación. Nadie implora desde un primer momento la protección de los Quirites.

Ergo, cualquiera sea el ímpetu que inspire tu ánimo, haz la invectiva del vicio sea con vehemencia, sea con calma; según como tu voz te empuje en la ocasión. Cuando retomes las riendas, desciende el tono con moderación, no lo desplomes: mantenlo en los registros medios, evita las maneras torpes del indocto o del rústico. No se trata en realidad de ejercitar la voz pero de ejercitarnos a través de ella.

Te liberé de un no banal problema: un pequeño presente, proveniente además de Grecia, se suma a tal beneficio. He aquí el insigne precepto: "Una vida necia es ingrata, inquietante, en todo orientada hacia el futuro" ¿Quién - preguntas - dijo eso? El mismo que más arriba. ¿De quién crees que es la vida necia de que se trata? ¿De Baba e Isión? No, para nada. Se refiere a nosotros, a quienes el deseo ciego precipita en la carencia, nunca en la satisfacción, quienes si pudiéramos estar satisfechos lo estaríamos, quienes no pensamos cuán jocundo sería no reclamar cosa alguna, cuán magnífico sería vivir en plenitud, no depender de la fortuna.

Reflexiona entonces, Lucilio, cuánto ya lograste; mientras miras a quienes están delante de ti piensa en cuantos te siguen. Si quieres mostrarte agradecido frente a los dioses y frente a tu propia vida, piensa en cuántos ya superaste. Pero por otra parte, ¿qué te importan los otros? Te superaste ya a ti mismo.

Instituye fronteras que no puedas franquear aunque quieras; que desaparezcan de una vez por todas esos bienes insidiosos, mejores cuando esperados que cuando alcanzados. Si algo en ellos hubiera de sólido, alguna vez terminarían por colmar: pero no; sólo acrecientan la sed de quienes los beben. ¡Desterradas sean esas trampas perniciosas! Y ya que al porvenir la suerte incierta baraja, ¿por qué impetrar más a la fortuna para que , qué a mi-mismo no pedir? ¿Por qué por otra parte pedir? ¿Olvidadizo de la fragilidad humana, he de dedicarme a amontonar? ¿Para qué tal esfuerzo? Hete aquí hoy, el último día. Si lo no fuese, cerca está del último.

Que sigas bien,


Notas[editar]

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