Cuervo (Clarín): 10

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Capítulo X
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Cuervo (Clarín) Leopoldo Alas


La viuda joven y de buen ver era el caso que Cuervo prefería para ir presentando la guerra al muerto. Sin pesimismo de ningún género, sin filosofía misantrópica, don Ángel veía en los ojos llenos de lágrimas una hipocresía inocente. Entraba, desde luego, en el terreno de las confidencias y daba por sabido que el dolor tiene sus límites, y que, no siendo hacedero moralmente acompañar al difunto, pues el suicidio está prohibido, no había más remedio que seguir viviendo; y ya de vivir, ¡qué caramba!, debía ser de la mejor manera posible. «Tome usted este espejo.» «Hay que arreglar ese peinado.» «¡Qué tristeza! ¡Quedar tan joven en el mundo sin compañero que ayude a llevar la carga de la vida!» «Pero el tiempo es largo.» Y todo lo que hacía Cuervo era una especie de seducción que ayudaba, con rodeos y disimulos, eufemismos y elipsis, a seguir las tendencias del egoísmo que busca el placer, que huye del dolor por instinto, y que en la vecindad de la muerte siente con nueva fuerza, picante, irresistible, el ansia de querer vivir a toda costa y siempre. Vivir para gozar. Cuervo se daba arte para irritar en la viuda el sentido íntimo de la salud, del bienestar que busca expansión; las esperanzas lejanas, que se ofrecían por diabólica influencia a la imaginación de la enlutada, Cuervo las adivinaba y las traía a la actividad para darles fuerza plasmante, despojándolas de todo aspecto de remordimiento. No lograba tales resultados con discursos, con disertaciones, sino con frases hechas, tomadas de la que suele llamarse sabiduría popular; y, sobre todo, con hechos, con asociaciones de imágenes y de citas que llevaban, como por una pendiente irremediable, al amor de la vida y al olvido de la muerte.

Su convicción instintiva, fuerte, aunque sin reflexionarlo, la iba comunicando Cuervo, sin darse cuenta de ello, a la mujer hermosa, robusta, que quedaba en el mundo sola y libre. En adelante, Cuervo, a pesar de su aspecto poco pulcro, casi fúnebre, representaba la vida, el placer futuro, la efectividad de la dicha saboreada poco a poco, con deleite. Se establecía un pacto tácito; don Ángel venía a ser la Celestina de estas relaciones ilícitas entre la viuda y la infidelidad futura; el amor repuesto, la voluptuosidad aplazada.

Los hijos que heredaban algo eran, otro caso que agradaba también a Cuervo. Pero aquí se luchaba menos; se iba con más franqueza a la seriedad del negocio, a la importancia de la vida llena de faenas, de actividad interesada; y sin escrúpulos y paráfrasis, se iba dejando en la sombra lo que estaba destinado al olvido. Para Cuervo debía considerarse que el alma del difunto, por una rara manera de avatar, pasaba a la herencia; hablar del testamento, ¿no era hablar del muerto? El espíritu, al vaporarse, se incorporaba a los bienes de la sucesión, como su perfume. Pensaba Cuervo: si la ley se hubiera andado con sentimentalismos, no tendríamos una tan rica y variada legislación relativa a las sucesiones testadas y abintestato. El derecho, la justicia, se quedan con los vivos; para ellos hablan. La vida es todo, por eso se atiende a ella en los Códigos; la muerte no es nada, no es más que una aprensión de los vivos. Estar muerto no es estar, es no estar... vivo. Y esta filosofía espontánea llevaba a don Ángel a los testamentos y a los codicilos como a un teatro. Legados, particiones, curatelas..., mejoras legítimas..., todo esto era un emporio de vida, de animación, de interés, de pasiones que brotaban, por enjambres, de la muerte.

No sólo de los humores de cuerpo que cubría la tierra brotaban flores y frutos; también habíafrutos civiles, que brotaban del simple fallecimiento... Primero el entierro, las pitanzas, los derechos de la parroquia, los funerales, la música...; después, los derechos de la Hacienda por transmisión de dominio, la liquidación, las hijuelas, el notario, probablemente la curia, los peritos... ¡Todo un mundo bullicioso, interesado, ardiente en la lucha, surgiendo de aquel hecho puramente negativo: la muerte!

La muerte no era nada; pero la vida, al atribuirle una forma, la poetizaba, y esta poesía de la estética de la muerte, que él no llamaba así, por supuesto, era lo que mejor comprendía y sentía Cuervo, el cual, si al manejar con esmero los cuerpos moribundos, y al asistir a la visita de duelo y consolar a los que quedaban, trabajaba por los demás y cumplía con las hipocresías sociales, lo que es al seguir al cadáver al cementerio, al presenciar los funerales, vivía para sí, satisfacía, ya tranquila la conciencia, los propios apetitos, su pasión inconsciente del contraste de la muerte ajena y de la salud propia. En tales deliquios tenía su confidente: Antón el Bobo.


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