Cuesta abajo: 7

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Día 10 de enero de 18...
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Cuesta abajo Leopoldo Alas


–Comienzo por confesar que en los apuntes escritos ayer hay cierto artificio, además del diálogo. Consiste en haber ocultado, como si yo ahora no lo supiera, que tal vez habría yo bajado al valle de Concienes antes de aquella visita con mi madre a las de Pombal. En efecto, no bien dejamos a la izquierda el camino real que seguía hasta el fondo del valle, hasta la iglesia, y, torciendo por un castañar espesísimo, tomamos la vereda del Castillo, sentí en el alma, y hasta vagamente en los sentidos, como el gusto de una reminiscencia de la niñez, que quitaba el carácter de absoluta novedad a lo que iba viendo. Debo advertir que la hermosura de esta clase de paisajes tan verdes, de tanta frondosidad, en que la tierra pierde sus formas esculturales a fuerza de vestiduras, de terciopelos y encajes y embutidos de follaje, y donde los accidentes del terreno son regulares, moderados, armoniosos, tiene para los profanos, que hasta pueden ser pintores de cierto género, el defecto de la monotonía. –Todo esto es bellísimo –se suele decir–, da gusto vivir aquí; pero todo es igual, y se describe difícilmente sin caer en la repetición y en la vulgaridad. Estos paisajes son al arte como la felicidad completa a la poesía: sólo se pintan bien por milagro. –Así como creo que la felicidad puede ser asunto de interesantísima poesía, creo también que esta verdura de los climas templados y húmedos, esta abundancia de yerbas y hojas, y estas formas suaves que toma la superficie terrestre en países como el mío, de altas montañas allá en los puertos, pero de suaves ondulaciones de colinas y cerros al acercarse al mar (como si fueran éstas unas olas de tierra y piedra que van a esperar a las de agua que vienen de frente), se prestan a ser materia de los primores del pincel y de la descripción literaria... y, lo que más importa a mi propósito, tienen para el hijo de estos valles, que sabe comprender y amar la naturaleza que le rodea, fisonomía especial, que varía a cada recodo de un camino, a cada trasponer de un vericueto. Sucede con esto lo que pasa con los individuos de raza distinta. Para nosotros casi todos los negros, como no sean de tipo diferente, parecen el mismo.

Cuando en Madrid veía yo a tantos y tantos jóvenes de color sucio de la colonia filipina, a todos los tomaba por mi amigo P***, un poeta de allá. Y lo mismo esos filipinos que esos negros se distinguen entre sí como nosotros, y ellos ven grandes variedades de fisonomía donde nosotros no vemos más que rasgos semejantes. Yo, muchas veces, mostrando a los viajeros las bellezas naturales de mi país, he notado que alababan sin entender, cogiendo tan sólo el efecto general, el que habla más al sentido solo, como sucede con el deleite de la música para los profanos; y notaba también que se cansaban, a poco, de contemplar, y acababan por no ver nada, porque todo les parecía ya lo mismo: sentían el hastío del vulgo visitando largo tiempo las salas de un museo. En cambio, para mí, que tengo en estos montes, en estas vegas, en estos árboles y en estos prados, riachuelos y playas, una especie de historia natural... externa de mi propio ser, cada accidente del terreno adquiere casi una personalidad, y tiene de fijo una historia. Porque es de advertir que de unos a otros años, según yo voy cambiando, va cambiando también el aspecto de cada paisaje y de cada pormenor del mismo, sin que ellos dejen de ser como eran, en lo principal a lo menos. Así como en el Quijote, leído un año y otro, se descubren cada vez, según la época de la vida en que se lee, nuevas bellezas, nuevas profundidades (como también pasa con Shakespeare, Pascal, etc., etc.), así yo veo en cada nueva etapa del viaje de mi vida novedades que no sospechaba en la tierra, que he pisado y contemplado siempre.

Además, las nuevas excursiones por alturas o por profundidades no visitadas antes, me hacen encontrar relaciones nuevas entre montes y montes, entre valles y valles, entre ríos y fuentes. Mi topografía poética, que es todo un poema, mitad didáctico, mitad psicológico, tiene variaciones constantes que pican en dramáticas. Así, por ejemplo, en la edad a que ahora llego, cuando esto escribo, toda esta comarca que descubro, con unos buenos anteojos de marino, desde la cumbre, me parece más pequeña. Castilla está mucho más cerca que yo creía cuando niño: dos, tres leguas no son nada. Ciertas colinas que yo creía antes autonómicas son derivaciones de todo un sistema, dependencias de montes mayores. Todo está más cerca y más relacionado que yo pensaba, todo es menos misterioso, y todo está más triste y menos verde, y, así, como algo gastado. Los árboles que mueren me llevan algo del alma, mientras que los que nacen me parecen forasteros. En fin, dejando esta pendiente por la cual se llega a esa clase de disparates que consisten en hablar de cosas recónditas que no pueden entender los demás, vuelvo al punto de partida de esta digresión, o sea al momento en que, bajando por el valle de Concienes con mi madre, creí notar que aquellas novedades del paisaje... ya las había visto algunas veces, o las había soñado cuando menos.

–¿Qué es esto? –me decía–. Si para mí cada rincón nemoroso de esta querida tierra tiene fisonomía particular, y, sin que me engañen las apariencias de igualdad o de gran semejanza, descubro siempre diferencias que me sugieren ideas, sensaciones y sentimientos distintos entre arroyo y arroyo, entre cueto y cueto, entre llosa y llosa, panera y panera, lagar y lagar, quintana y quintana; ¿en qué consiste que todo esto que voy viendo, con ser diferente de lo conocido, con tener su propia fisonomía, bien acentuada, con despertar un modo especial del sentimiento, no es para el alma cosa completamente nueva, y si no evoca recuerdos, tampoco tiene el sabor singular de lo desconocido? ¿Será que alguna vez, imaginando cómo serían esta vega, ese bosque, esos prados, aquella ladera, había dado en la cuenta, me había figurado la verdad? No, no podía ser eso: en mi vaga reminiscencia había la especial dulzor melancólica que acompaña al recuerdo, mejor dicho, a la presencia ante el alma renovada de un modo natural en que se halló algún día el espíritu viejo del cual todavía llevamos algo dentro del corazón y del cerebro. Yo no recordaba nada de las circunstancias personales en que había visto aquello: ¿cuándo, con quién, cómo había estado allí? No lo sabía. Tampoco podía precisar la imagen antigua de ningún objeto particular: la reminiscencia era del conjunto y, por entonces, sin relación alguna a mi estado de aquel tiempo incierto. El resultado de aquella extraña evocación era muy parecido a lo que puede llamarse el recuerdo de un perfume o de una música; más de un perfume.

–Madre –pregunté no pudiendo contener la curiosidad, queriendo explicación para aquel raro fenómeno–, alguna vez allá, cuando era niño, muy niño, ¿me trajeron por aquí, bajé yo al Castillo?

Mi madre no recordaba.

–Lo que es conmigo nunca viniste: al menos yo no me acuerdo.

En rigor probaba poco o nada el testimonio de mi madre. Desde la muerte de su marido, para aquella mujer, que había envejecido de repente, la memoria no era más que una carga dolorosa. No quería bromas con el dolor, porque éste era tan fuerte para la pobre viuda que había estado a punto de matarla... y ella quería vivir para su hijo.

Antiguamente, en vida de mi padre, era un poco devota, tirando a mística, y algo romántica de la manera más inocente del mundo: gustaba entonces de recordar las cándidas aventuras de su juventud, las cosas de aquellos tiempos. Ahora huía de todo esto, no pensaba más que en mí, en la hacienda, y el recuerdo de mi padre lo mataba, porque era demasiado peligroso, a fuerza de oraciones, disolviéndolo en padrenuestros.

¡Madre bendita! Su pena era tan grande, tan profunda, tan de los rincones del alma, que huía de ella con terror, como de la muerte.

¡Así hice yo después con mis remordimientos! Sí: temía el dolor y había ido matando la memoria en lo que se refería a los años de vida conyugal y de sus amores: «mis relaciones con Narciso», como decía ella. Lo que tenía presente era su infancia: la mía no. Tenía miedo también al misticismo porque en la familia algunos devotos habían acabado en locos: ella misma había pasado temporadas de sospechosa exaltación.

Yo recuerdo haberla visto ponerse encendida al oír el dulce nombre de Jesús. En cuanto a mi padre, siempre que alguien le nombraba, su viuda palidecía, se quedaba muy seria y procuraba mudar de conversación. Mientras los demás hablaban de otra cosa, ella rezaba en silencio. Así hizo aquella tarde: después de mi imprudente evocación, mi madre rezó en voz baja mientras pasábamos el puente de tablas, traspuesto el cual estábamos en los dominios de aquellas huérfanas que iba yo a ver por vez primera.



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