De la Imprenta en Francia: 08

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.



VIII.


 El uso del mando que solo engríe y desvanece á los ambiciosos vulgares, corrige y sucesivamente mejora é ilumina las inteligencias de orden superior, entre las cuales es justo contar la que tiene á su cargo la gobernación del vecino Imperio. Desde esas alturas, donde las cabezas débiles se turban y marean, descubren vastos horizontes quienes realmente merecen subir á ellas. No es suficiente tampoco la práctica del Gobierno, mientras entre dichas y aciertos solo ha dado lugar á elogios y aplausos, ni llega á ser del todo saludable, hasta que alternando las felicidades con los contratiempos, y los cálculos certeros con los desengaños, llega á completarse en amplía escala la experiencia provechosa de los grandes negocios del mundo. Entonces se descubre cuan difícil es regir sociedades tan complicadas como son las del tiempo presente, en que de la diversidad de intereses, profesiones, creencias, ideas y temperamentos nacen las variaciones más impensadas en las tendencias y giros de la opinión pública. Quien esté provisto de la prudencia y juicio indispensables para gobernar á uno de estos pueblos, ¿cómo no ha de querer que las pasiones, inquietudes y humores, que se ocultan misteriosamente en sus profundidades, salgan á la superficie para leer en ellos sin engañarse los deseos y necesidades á que no solo es justo sino necesario atender?  En los estados modernos la responsabilidad del mando es pesada, aun para los hombros más robustos. Los ánimos apocados la rehuyen: solo presuntuosos, sin temor alguno, la buscan y agrandan. Los que están dotados de espíritu sano y vigoroso la aceptan limitándola, y procurando que la luz de la opinión pública les impida despeñarse en los precipicios.

 Aun existen otras razones que pueden inclinar en el mismo sentido á un hombre de Estado, por conservadoras y juiciosas que sean sus opiniones. Nadie duda que sin adular á los pueblos, es sin embargo conveniente respetar su orgullo y no causar heridas crueles á su amor propio. De este peligro están exentos los que paladinamente proclaman que solo la autoridad emana de Dios, y que la libertad es un don del diablo. Pero esos son pocos, y con ellos toda discusión es inútil, supuesto que en su juicio solo conduce á la confusión y al error, y además á una multitud de pecados. Por lo general, en el siglo XIX se entabla el debate en diferente terreno. No se niega que puedan ciertas libertades ser saludables: se concede que gana en ellas la dignidad humana más que en la postración é inercia del régimen autocrático: se confiesa que han contribuido al auje y grandeza de ciertos pueblos, como de Inglaterra, por ejemplo. Pero en seguida se alega la diversidad de las circunstancias. Unas veces se dice que para el ejercicio de la libertad, para su recto uso, se requieren grados superiores de inteligencia é ilustración: otras que solo pueden florecer á la sombra de las buenas costumbres y en terreno preparado por la moralidad y el patriotismo. Luego se añade, que los pueblos donde se practica el sistema representativo con sus naturales condiciones, son aquellos que se han hecho dignos de poseerlo por los adelantos de su civilización, ó bien por la cordura de su proceder. Y aunque parezcan manoseadas, son todas estas útiles y grandes verdades. Pero no es menos cierto que al propalarlas, queda reconocida la superioridad de un sistema sobre otro, y la de los pueblos regidos liberalmente sobre aquellos que por su ignorancia ó atraso y vicios son indignos de disfrutar igual beneficio. De este modo, lo que siempre ha sido cuestión de dignidad para individuos de buen temple, también llega á ser asunto de emulación y decoro entre los pueblos modernos. Pueden Gobiernos prudentes y dignos alegar, en momentos dados la justificación de las circunstancias; pero al cabo de cierto tiempo no es seguro ni cómodo sistema el que obliga con sobrada frecuencia á invocar argumentos que hieren en lo más vivo el amor propio de los súbditos.


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