De la Imprenta en Francia: 07

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.



VII.


 La ley presentada por el Gobierno imperial y que hoy es objeto de las discusiones del Cuerpo legislativo, es sobre todo importante bajo un concepto. El Gobierno se desprende en ella de las facultades del llamado sistema administrativo; desaparecen las advertencias, y además lo que habia de preventivo en el decreto de 17 de Febrero de 1852, esto es, la necesidad de autorización para fundar periódicos. A cargo de los tribunales queda exclusivamente la represión de los excesos de la imprenta. Aparte de este cambio, que es en nuestro concepto esencial y decisivo, todas las disposiciones de la ley parecen encaminadas á evitar los extravíos que siempre son de temer y más que nunca durante el primer período en que salen de estrecha sujeción los escritores y empiezan á usar de libertad desacostumbrada.

 De esta misma manera lo han comprendido los individuos de la mayoría imperialista que se han mostrado opuestos al cambio. Era evidente que no tenían razón para decir que dentro de los límites del sistema represivo fuera blanda la ley, ni que dejase al Gobierno desarmado. Les incumbía demostrar que de modo alguno convenia abandonar el antiguo sistema, bajo cuya sombra ha prosperado y vivido en buen orden durante quince años la nación francesa. Así es que votarán á favor de la ley muchos de los que la encuentran sobrado restrictiva, y se abstendrán de votar ó votarán en contra otros que si fueran arbitros ó dueños agravarían los rigores en vez de aliviarlos ó suprimirlos. Aun provisto de esas y otras mayores severidades, aun pertrechado de esas armas, aun guarecido detrás de esas trincheras, ¿basta ó no el sistema represivo para defender la sociedad? Aun restringida por la autoridad de los tribunales, ¿ofrece ó no peligros inevitables la libertad de imprenta?

 Esa fué la cuestión que dio lugar á que se adhirieran en numerosa mayoría á la oposición liberal los Diputados que votaron el artículo primero y fundamental de la ley, y esa es la que en aquel grave momento separó del Gobierno á muchos de sus más ardientes partidarios. «El sistema de represión judicial será ineficaz,» decia en nombre de estos últimos M. Granier de Cassagnac. «Si en el espacio de tres cuartos de siglo tantos jurisconsultos y hombres de Estado han visto sus esfuerzos frustrados, no ha sido por culpa de los hombres ni de las circunstancias, sino por la misma naturaleza de las cosas.» En ningún caso por consiguiente convendría emancipar á los periódicos de la tutela administrativa. Pero sí puede haber circunstancias favorables, de ninguna manera lo son las de la Francia actual en concepto del citado orador: antes por el contrario, la proclamada responsabilidad del Soberano ofrece peligroso blanco á los tiros; con haberse declarado que es la Constitución perfectible se abre la puerta á peligrosas discusiones; de la difusión de las luces entre las diversas clases de la sociedad resulta ser mayor que antes el número de lectores, y por lo tanto más vasta la superficie abierta al ataque. Es de temer que escritores imprudentes entreguen á los vientos de la ingratitud y del olvido diez y seis años de calma, de grandeza y de gloria.

 De la misma manera que M. Granier de Cassagnac pensaban otros muchos Diputados de la mayoría á quienes sirvió de órgano, y no ofrece duda que la resistencia era obstinada hasta el punto de poner al Gobierno en el caso de que su resolución vacilase. Así lo declaró el ministro M. Rouher en su importantísimo discurso de aquel mismo día. «Una fracción de la mayoría, dijo en términos más extensos, ha manifestado su inquietud. Las circunstancias ofrecían alguna gravedad. Ha sido necesario someter la cuestión á los consejos del Gobierno; confieso que mi emoción era profunda y necesité calmar con la reflexión los escrúplos de mi conciencia. ¿Qué resultó de aquellas deliberaciones? La terminante resolución de sostener el proyecto de ley.» La voz del ministro de Estado hubo sin duda de llevar el convencimiento al ánimo de un gran número de Diputados. Solo siete votaron en contra: si no estamos engañados, fueron 38 los que se abstuvieron de votar, además de los ausentes con licencia. Asi quedó resuelta aquella especie de crisis.

 ¿Cómo se explica esta repugnancia de muchos Diputados á asociarse á la nueva política del Gobierno? ¿Cómo ha podido este último, ó para hablar más propiamente, el Emperador mismo hallar contradicción entre sus partidarios más fervorosos? No pueden hacer sin embargo al jefe del Imperio la ofensa de suponer que con su larga experiencia desconozca las condiciones necesarias para la defensa de la sociedad que ha colocado el poder en sus manos, ni tampoco que se haya convertido en. cortesano de los caprichos populares.

 Al hablar del Emperador de los franceses y de su política con la imparcialidad que nos cumple, claro es que en ningún caso hablamos de apartarnos del respeto que imponen las reglas más comunes del decoro al escribir el nombre de cualquier Soberano extranjero. Si desde nuestro punto de vista nacional hubiéramos de mirar el asunto, no solo serian los deberes del decoro sino los de la benevolencia los que habríamos de tener en cuenta al juzgar á un Gobierno que en el espacio de diez y seis años siempre ha demostrado en sus relaciones con España las deferencias de leal y amistoso vecino. Pero en esta ocasión al consignar ingenuamente nuestro sentir, no hay lugar de que semejantes consideraciones nos embaracen, pues por fortuna, de esta parte de la política personal del Emperador no tenemos que hacer sino elogios. Cualquiera que sea el fallo que la posteridad y la historia pronuncien sobre su reinado, puede afirmarse desde ahora que entre otras privilegiadas dotes le concederán atención escrupulosa y tacto especial para observar lo que requieren las circunstancias y atemperarse á las exigencias y ondulaciones de la opinión pública. Sin apartarnos de la imparcialidad más extricta, podemos decir que desde el punto de vista de las ideas liberales y modernas nos parece ser este Soberano muy superior en general á sus parciales y además á no corta parte de sus adversarios.

 La política comercial de su Gobierno, bien sea en los actos más importantes, como los famosos tratados que han alterado profundamente el régimen económico del Imperio, bien sea en otros de menor escala, como los relativos á los abastecimientos de París, serán siempre honroso título para quienes no miren con desconfianza todos los progresos humanos. En el mismo orden de ideas la ley sobre coaliciones de obreros toca ya en el límite extremo de la libertad económica, y pudiera arredrar á los que creen peligrosa en el continente la imitación de los ejemplos que da Inglaterra. Sobre su política extranjera será lícito formar diversos juicios, y podrá decirse que es poco sólido ó que es quimérico el sistema que intenta reemplazar con la confianza recíproca y el amor á la paz de los pueblos, las garantías del antiguo equilibrio. Pero nadie negará que rinde homenaje á nobles sentimientos al proclamar altamente, en desprecio de añejas rutinas y envidiosas rivalidades, que mejores frutos debe esperar cada estado de la prosperidad de otras naciones que del empobrecimiento y ruina de sus vecinos.

 Por último, y para acercarnos más al asunto que nos ocupa, cuando en 24 de Noviembre de 1860 restablecía el Emperador cierta latitud en los debates de las Asambleas políticas, y en 19 de Enero de 1867 daba nuevos pasos por el mismo camino, ofreciendo la libertad de imprenta y el derecho de reunión, aunque sea con trabas y limitaciones, sorprendía con estas inesperadas medidas á sus ministros, se adelantaba á las reclamaciones de la opinión pública postrada y dormida desde las graves calamidades y mayores peligros de 1848; y como después hemos visto, se ponía en contradicción con la opinión y deseos de muchos sostenedores de su anterior política.

 Ante el espectáculo extraordinario de un Gobierno que espontáneamente abandona alguna de sus prerogativas, los que hacen gala de suspicacia y sutileza, procuran siempre inquirir cuál es el oculto móvil de desprendimiento tan inesperado é inverosímil. Y en efecto; la generosidad, con ser como es dote muy estimable, no viene al caso en materias políticas cuando se trata del poder que no ha sido confiado al Soberano para su propia comodidad y provecho, sino para fianza y resguardo de la paz pública.

 De modo alguno se ha de imaginar tampoco que á restituir su libertad á la imprenta se viera el Emperador de los franceses obligado por alguna necesidad apremiante y misteriosa. Tiene en sus manos el ejercicio de la autoridad soberana, que si bien proviene del sufragio universal, no por eso es más restringida ni flaca; antes bien, cuando de ella se quisiera abusar, nunca hubo peor tirania que la fundada en el asentimiento y delegación de la democracia. No recelarán ciertamente ni aun los más desconfiados, que pudiera faltarle la fuerza material del ejército, que en Francia no suele hacer desprecio de su disciplina para mezclarse en materias políticas, ni es creíble que se inquiete con vigilante solicitud de los grados de libertad de los periódicos. En cuanto á clamores de la opinión general, que no fuera lícito menospreciar sin riesgo inmediato y patente de terribles catástrofes, muy perspicaz ó muy tímido habría de ser quien las considerase próximas antes del 19 de Enero de 1867. Como nación llena de vitalidad, no exenta de vaivenes en sus preferencias políticas, es posible que despierte algún día Francia del sueno en que quedó sumida después de las perturbaciones y alarmas de la revolución de Febrero: mas por aquella fecha aun no había dado muestras palpables de impaciencia. En cuanto al Cuerpo legislativo y al Senado, tales como están compuestos desde que comenzó el Imperio, no se habían notado indicios de que las mayorías estuvieran dispuestas á amotinarse. Si para el Gobierno imperial alguna dificultad ofrecen, como en estos últimos días se ha visto, para votar algún proyecto favorable á la imprenta serán la lentitud y resistencia, que en cuanto á conservar los rigores del sistema administrativo ó para agravarlos, bien podría el Gobierno imperial, como otros muchos, contar con la docilidad y apresuramiento de las falanjes ministeriales.

 No sería justo, sin embargo, suponer al Gobierno francés tan pueril é incauto que no prevea lo que ha de suceder. Si pudiera conservar ilusiones, ya le habría ciertamente curado el lenguaje de la imprenta desde que cesaron las advertencias, y el que han empleado algunos oradores de la oposición en los recientes debates. Sin ayuda del don de profecía se puede dar por cierto que después de forzado silencio ha de haber algún exceso en la libertad nuevamente adquirida. De una parte (la que nos es más conocida) de la imprenta independiente de Francia, hay motivos para esperar ejemplos de dignidad y moderación que estén al nivel de la reputación de sus cultos y eminentes escritores. Pero del lado allá, como antes del lado acá de los Pirineos, habrá también periódicos de muy diversa índole: los habrá exagerados y procaces que, enardecidos en la contienda, den ocasión á los rigores de la justicia, y después irritados con el castigo que el sistema represivo autoriza, exhalarán quejas y lamentos que habría ahogado ciertamente el régimen preventivo.

 De cierto no espera aquel Gobierno, que movidos de indeleble agradecimiento los antiguos periódicos y los nuevamente fundados, hayan de consagrar sus cuotidianas tareas á cantar en coro las alabanzas del Imperio. No imaginará que cada diario, sin excepción alguna, ha de ser modelo de moderación y cordura. Entre los periodistas sucede como entre los demás mortales, como entre los oradores y los funcionarios públicos por ejemplo; los hay cultos é ignorantes, modestos y presumidos. Unos son templados y probos, otros corrompidos y procaces. Suponerlos exentos de la humanas flaquezas sería delirio, y además se ha de tener en cuenta que no se requieren aprendizajes, ni estudios, ni categorías, ni pruebas de calidad y virtud para penetrar en lo que, dígase lo que se quiera, nunca será sacerdocio, ni magistratura, ni una clase del Estado: ¿á qué labios no se ha asomado la sonrisa al leer en el discurso de M. Thiers el picante retrato del escritor imberbe que presume de ensenar á los hombres de Estado encanecidos y expertos lo que es España ó Inglaterra, y quiere dar lecciones de desinterés á quienes ya han pasado por las pruebas de la vida? Al lado de estos doctores precoces está el periodista independiente que pasa el día pretendiendo destinos y la noche escribiendo artículos de oposición destemplada. ¿Quién no ha conocido á alguno de esos diaristas, á quienes impacienta la templanza del Gobierno en tiempos de razonable libertad, y que van apretando los resortes de la polémica hasta que logran que las denuncias y condenas y prisiones les den motivo para clamar contra la tiranía de ministros y jueces, preparando con los méritos de un martirio fácil los beneficios de popularidad mal adquirida? Al lado de estos se encuentran también escritores hábiles y laboriosos que en trabajos anónimos marchitan la flor de su inteligencia y en beneficio de partidos ingratos consumen talentos que pudieran reservar para obras menos efímeras y fugaces. No faltan algunos cuyo carácter resista á todos los riesgos de la inexperiencia y á todos los halagos de la corrupción. Donde hay graves peligros para la flaqueza y la inmoralidad, también ha de haber algún lauro para la independencia y el verdadero patriotismo. En resumen, sucede á esta libertad de la imprenta como á todas, y es que por lo mismo que abren al mal las puertas haciéndole posible, acrecen también y aquilatan el mérito de lo justo y de lo recto. Pero es error en que no incurren gentes experimentadas y sensatas el de suponer una imprenta libre sin abusos, extravagancias y aberraciones, y quien, para emanciparla, ponga por condición el verla exenta de lunares y vicios, puede aguardar por largos años reclinado sobre el lecho de plumas de los sistemas preventivos.

 De la resolución que ha adoptado el Gobierno imperial al abandonar tales blanduras, tampoco nos parece que puede ser clave que la descifre, lo que varias veces se ba dicho acerca de la oportunidad de las circunstancias. No intentamos poner en duda la sinceridad de los que han supuesto en España que nuestros vecinos han aguardado por mucho tiempo y que solo creyeron llegada la hora de asentar la libertad sobre la base del orden afirmado y del Gobierno fortalecido tras de largos años de venturas y perfecciones. Oblíganos la justicia á decir que de esa manera la variación de sistema no aparece justificada, pues sin creer de modo alguno débil á aquel Gobierno, más robusto y poderoso aun se ostentaba al volver triunfante el ejército de Crimea y al dia siguiente de Magenta ó Solferino que á principios de 1867, después de haberse frustrado la expedición de Méjico, y después de la rápida y memorable campaña del año anterior, que terminó en Sadowa, campaña en que no fueron ciertamente derrotadas las armas francesas, pero que ocasionó angustias á aquellos ministros, según confesión de uno de ellos, tan ingenuo como elocuente.

 Más aun: este mismo personaje ha dicho en el Cuerpo legislativo hace pocos dias, que bajo ciertos aspectos la situación interior ofrecía actualmente dificultades para entrar en las nuevas vias de la libertad de escribir. «Hay, dijo M. Rouher con este motivo, una crisis industrial de no corta intensidad: median los inconvenientes de la carestía de los alimentos, que en Francia siempre es cuestión grave y difícil, y sin embargo, el Gobierno del Emperador persevera en su resolución de aflojar las ligaduras de la prensa.»

 Después de estas revelaciones habrán de subir de punto la sorpresa y asombro de quienes crean que un Gobierno sostenido por mayorías resueltas, seguro de la obediencia militar, y no hostigado por el clamor público, incurre en la nota de insensato y se expone á merecidos escarmientos, si temerariamente se desnuda ni aun de la parte más leve de su autoridad omnímoda. Así lo han pensado y dicho los más fogosos imperialistas del Cuerpo legislativo. Aun fuera de Francia, en países que no queremos nombrar ¡cuan desgarradores no serán en lo hondo de su ánimo el escándalo y lástima con que asistan al espectáculo de tan espontáneo suicidio, los que penetrados de la frivolidad de las teorías modernas, profesan reverente culto á los sanos principios que predominaban en siglos menos viciados y descreídos!

 Es de suponer que no se ocultaría el valor de semejantes vaticinios á la ilustración del Emperador antes de tomar la pluma el 19 de Enero: y como después no se ha visto que logren alterar su ánimo, aunque hayan sido esforzados por oradores del Cuerpo legislativo, que en lucidez y doctrina no desmerecen de sus correligionarios de otros Parlamentos, parece natural que también nosotros procuremos averiguar los móviles verdaderos de resolución tan perseverante.


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