De los nombre de Cristo: Tomo 1, Faces de Dios

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De los nombres de Cristo
Tomo I: Faces de Dios
de Fray Luis de León


Declárase cómo Cristo tiene el nombre de Faces, o cara de Dios, y por qué le conviene este nombre

También es llamado Cristo Faces de Dios, como parece en el Salmo ochenta y ocho, que dice: «La misericordia y la verdad precederán tus faces.» Y dícelo, porque con Cristo nació la verdad y la justicia y la misericordia, como lo testifica Isaías, diciendo: «y la justicia nacerá con Él juntamente.» Y también el mismo David, cuando en el Salmo ochenta y cuatro, que es todo del advenimiento de Cristo, dice: «La misericordia y la verdad se encontraron. La justicia y la paz se dieron paz. La verdad nació de la tierra y la justicia miró desde el cielo. El Señor por su parte fue liberal, y la tierra por la suya respondió con buen fruto. La justicia va delante de Él y pone en el camino sus pisadas.» Ítem, dásele a Cristo este mismo nombre en el Salmo noventa y cuatro, adonde David, convidando a los hombres para el recibimiento de la buena nueva del Evangelio, les dice: «Ganemos por la mano a su faz en confesión y loor.» Y más claro en el Salmo setenta y nueve: «Conviértenos, dice, Dios de nuestra salud; muéstranos tus faces, y seremos salvos.» Y asimismo Isaías, en el capítulo sesenta y cuatro, le da este nombre, diciendo: «Descendiste, y delante de tus faces se derritieron los montes.» Porque claramente habla allí de la venida de Cristo, como en él se parece.

-Demás de estos lugares que ha leído Sabino -dijo entonces Marcelo- hay otro muy señalado que no le puso el papel, y merece ser referido. Pero antes que diga de él, quiero decir que en el Salmo setenta y nueve, aquellas palabras que se acaban ahora de leer: «Conviértenos, Dios de nuestra salud», se repiten en él tres veces, en el principio y en el medio y en el fin del Salmo, lo cual no carece de misterio, y, a mi parecer, se hizo por una de dos razones: de las cuales la una es para hacernos saber que, hasta acabar Dios y perfeccionar del todo al hombre, pone en él sus manos tres veces: una criándole del polvo y llevándole del no ser al ser, que le dio en el paraíso; otra reparándole después de estragado, haciéndose Él para este fin hombre también; y la tercera resucitándole después de muerto, para no morir ni mudarse jamás. En señal de lo cual, en el libro del Génesis, en la historia de la creación del hombre, se repite tres veces esta palabra criar. Porque dice de esta manera: «Y crió Dios al hombre a su imagen y semejanza; a la imagen de Dios le crió; criólos hembra y varón.»

Y la segunda razón, y lo que por más cierto tengo, es que en el Salmo de que hablamos pide el Profeta a Dios en tres lugares que convierta su pueblo a sí y le descubra sus faces, que es a Cristo, como hemos ya dicho; porque son tres veces las que señaladamente el Verbo divino se mostró y mostrará al mundo, y señaladamente a los del pueblo judaico, para darles luz y salud. Porque lo primero se les mostró en el monte, adonde les dio ley y les notificó su amor y voluntad; y cercado y como vestido de fuego y de otras señales visibles, les habló sensiblemente, de manera que le oyó hablar todo el pueblo; y comenzó a humanarse con ellos entonces, como quien tenía determinado de hacerse hombre de ellos y entre ellos después, como lo hizo. Y este fue el aparecimiento segundo, cuando nació rodeado de nuestra carne y conversó con nosotros, y viviendo y muriendo negoció nuestro bien. El tercero será cuando en el fin de los siglos tornará a venir otra vez para entera salud de su Iglesia. Y aun, si yo no me engaño, estas tres venidas del Verbo, una en apariencias y voces sensibles, otras dos hecho ya verdadero hombre, significó y señaló el mismo Verbo en la zarza, cuando Moisés le pidió señas de quién era, y Él, para dárselas, le dijo así: «El que seré, seré, seré», repitiendo esta palabra de tiempo futuro tres veces, y como diciéndoles: «Yo soy el que prometí a vuestros padres venir ahora para libraros de Egipto, y nacer después entre vosotros para redimiros del pecado, y tomar últimamente en la misma forma de hombre para destruir la muerte y perfeccionaros del todo. Soy el que seré vuestra guía en el desierto, y el que seré vuestra salud hecho hombre, y el que seré vuestra entera gloria, hecho juez.»

Aquí Juliano, atravesándose, dijo:

-No dice el texto seré, sino soy, de tiempo presente: porque, aunque la palabra original en el sonido sea seré, mas en la significación es soy, según la propiedad de aquella lengua.

-Es verdad -respondió Marcelo- que en aquella lengua las palabras apropiadas al tiempo futuro se ponen algunas veces por el presente; y en aquel lugar podemos muy bien entender que se pusieron así, como lo entendieron primero San Jerónimo y los intérpretes griegos. Pero lo que digo ahora es que, sin sacar de sus términos a aquellas palabras, sino tomándolas en su primer sonido y significación, nos declaran el misterio que he dicho. Y es misterio que, para el propósito de lo que entonces Moisés quería saber, convenía mucho que se dijese.

Porque, yo os pregunto, Juliano: ¿no es cosa cierta que comunicó Dios con Abraham este secreto, que se había de hacer hombre y nacer de su linaje de él?

-Cosa cierta es -respondió- y así lo testifica Él mismo en el Evangelio, diciendo: «Abraham deseó ver mi día, vióle y gozóse.»

-Pues ¿no es cierto también -prosiguió Marcelo- que este mismo misterio lo tuvo Dios escondido hasta que lo obró, no sólo de los demonios, sino aun de muchos de los ángeles?

-Así se entiende -respondió Juliano- de lo que escribe San Pablo.

-Por manera -dijo Marcelo- que era caso secreto éste, y cosa que pasaba entre Dios y Abraham y algunos de sus sucesores, conviene a saber: los sucesores principales y las cabezas de linaje, con los cuales, de uno en otro y como de mano en mano, se había comunicado este hecho y promesa de Dios.

-Así -respondió Juliano- parece.

-Pues siendo así -añadió Marcelo-, y siendo también manifiesto que Moisés, en el lugar de que hablamos, cuando dijo a Dios: «Yo, Señor, iré, como me lo mandas, a los hijos de Israel, y les diré: El Dios de vuestros padres me envía a vosotros; mas si me preguntaren cómo se llama ese Dios, ¿qué les responderé»? Así que, siendo manifiesto que Moisés, por estas palabras que he referido, pidió a Dios alguna seña cierta de sí, por la cual, así el mismo Moisés como los principales del pueblo de Israel, a quien había de ir con aquella embajada, quedasen saneados que era su verdadero Dios el que le había aparecido y le enviaba, y no algún otro espíritu falso y engañoso. Por manera que pidiendo Moisés a Dios una seña como ésta, y dándosela Dios en aquellas palabras, diciéndole: «Diles: El que seré, seré, seré, me envía a vosotros»; la razón misma nos obliga a entender que lo que Dios dice por estas palabras era cosa secreta y encubierta a cualquier otro espíritu, y seña que sólo Dios y aquellos a quien se había de decir la sabían, y que era como la tésera militar, o lo que en la guerra decimos dar nombre, que está secreto entre solos el capitán y los soldados que hacen cuerpo de guardia. Y por la misma razón se concluye que lo que dijo Dios a Moisés en estas palabras es el misterio que he dicho; porque este solo misterio era el que sabían solamente Dios y Abraham y sus sucesores, y el que solamente entre ellos estaba secreto.

Que lo demás que entienden algunos haber significado y declarado Dios de sí a Moisés en este lugar, que es su perfección infinita, y ser Él el mismo ser por esencia, notorio era, no solamente a los ángeles, pero también a los demonios; y aun a los hombres sabios y doctos es manifiesto que Dios es ser por esencia y que es ser infinito, porque es cosa que con la luz natural se conoce. Y así, cualquier otro espíritu que quisiera engañar a Moisés y vendérsele por su Dios verdadero, lo pudiera, mintiendo, decir de sí mismo; y no tuviera Moisés, con oír esta seña, ni para salir de duda bastante razón, ni cierta señal para sacar de ella a los príncipes de su pueblo a quien iba.

Mas el lugar que dije al principio, del cual el papel se olvidó, es lo que en el capítulo sexto del libro de los Números mandó Dios al sacerdote que dijese sobre el pueblo cuando le bendijese, que es esto: «Descubra Dios sus faces a ti y haya piedad de ti. Vuelva Dios sus faces a ti y dete paz». Porque no podemos dudar sino que Cristo y su nacimiento entre nosotros son estas faces que el sacerdote pedía en este lugar a Dios que descubriese a su pueblo, como Teodoreto y como San Cirilo lo afirman, doctores santos y antiguos. Y demás de su testimonio, que es de grande autoridad, se convence lo mismo de que en el Salmo sesenta y seis, en el cual, según todos lo confiesan, David pide a Dios que envíe al mundo a Jesucristo, comienza el Profeta con, las palabras de esta bendición y casi la señala con el dedo y la declara, y no le falta sino decir a Dios claramente: «La bendición que por orden tuya echa sobre el pueblo el sacerdote, eso, Señor, es lo que te suplico; y te pido que nos descubras ya a tu Hijo y Salvador nuestro, conforme a como la voz pública de tu pueblo lo pide.» Porque dice de esta manera: «Dios haya piedad de nosotros y nos bendiga. Descubra sobre nosotros sus faces y haya piedad de nosotros.»

Y en el libro del Eclesiástico, después de haber el Sabio pedido a Dios con muchas y muy ardientes palabras la salud de su pueblo, y el quebrantamiento de la soberbia y pecado y la libertad de los humildes opresos, y el allegamiento de los buenos esparcidos, y su venganza y honra, y su deseado juicio, con la manifestación de su ensalzamiento sobre todas las naciones del mundo, que es puntualmente pedirle a Dios la primera y la segunda venida de Cristo, concluye al fin y dice: «Conforme a la bendición de Aarón, así, Señor, haz con tu pueblo y enderézanos por el camino de tu justicia.» Y sabida cosa es que el camino de la justicia de Dios es Jesucristo, así como Él mismo lo dice: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.» Y pues San Pablo dice, escribiendo a los de Éfeso: «Bendito sea el Padre y Dios de nuestro señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual y sobrecelestial en Jesucristo», viene maravillosamente muy bien que en la bendición que se daba al pueblo antes que Cristo viniese, no se demandase ni desease de Dios otra cosa sino sólo a Cristo, fuente y origen de toda feliz bendición; y viene muy bien que consuenen y se respondan así estas dos Escrituras, nueva y antigua. Así que las faces de Dios que se piden en aqueste lugar son Cristo sin duda.

Y concierta con esto ver que se piden dos veces, para mostrar que son dos sus venidas. En lo cual es digno de considerar lo justo y lo propio de las palabras que el Espíritu Santo da a cada cosa. Porque en la primera venida dice descubrir, diciendo: «Descubra sus faces Dios», porque en ella comenzó Cristo a ser visible en el mundo. Mas en la segunda dice volver, diciendo: «Vuelva Dios sus faces», porque entonces volverá otra vez a ser visto. En la primera, según otra letra, dice lucir, porque la obra de aquella venida fue desterrar del mundo la noche del error, y como dijo San Juan: «Resplandecer en las tinieblas la luz.» Y así Cristo por esta causa es llamado luz y sol de justicia. Mas en la segunda dice ensalzar, porque el que vino antes humilde, vendrá entonces alto y glorioso; y vendrá, no a dar ya nueva doctrina, sino a repartir el castigo y la gloria.

Y aun en la primera dice: «Haya piedad de vosotros», conociendo y como señalando que se habían de haber ingrata y cruelmente con Cristo, yque habían de merecer, por su ceguedad e ingratitud, ser por Él consumidos; y por esta causa le pide que se apiade de ellos y que no los consuma. Mas en la segunda dice que Dios les dé paz, esto es, que dé fin a su tan luengo trabajo, y que los guíe a puerto de descanso después de tan fiera tormenta, y que los meta en el abrigo y sosiego de su Iglesia, y en la paz de espíritu que hay en ella y en todas sus espirituales riquezas. O dice lo primero porque entonces vino Cristo solamente a perdonar lo pecado y a buscar lo perdido, como Él mismo lo dice; y lo segundo, porque ha de venir después a dar paz y reposo al trabajo santo y a remunerar lo bien hecho.

Mas, pues Cristo tiene este nombre, es de ver ahora por qué le tiene. En lo cual conviene advertir que, aunque Cristo se llama y es cara de Dios por dondequiera que le miremos, porque según que es hombre, se nombra así, y según que es Dios y en cuanto es el Verbo, es también propia y perfectamente imagen y figura del Padre, como San Pablo le llama en diversos lugares; pero lo que tratamos ahora es lo que toca a el ser de hombre, y lo que buscamos es el título por donde la naturaleza humana de Cristo merece ser llamada sus faces. Y para decirlo en una palabra, decimos que Cristo hombre es faces y cara de Dios, porque, como cada uno se conoce en la cara, así Dios se nos representa en Él y se nos demuestra quién es clarísima y perfectísimamente. Lo cual en tanto es verdad, que por ninguna de las criaturas por sí, ni por la universidad de ellas juntas, los rayos de las divinas condiciones y bienes relucen y pasan a nuestros ojos, ni mayores ni más claros ni en mayor abundancia que por el alma de Cristo, y por su cuerpo, y por todas sus inclinaciones, hechos y dichos, con todo lo demás que pertenece a su oficio.

Y comencemos por el cuerpo, que es lo primero y más descubierto: en el cual, aunque no le vemos, mas por la relación que tenemos de él, y entretanto que viene aquel bienaventurado día en que por su bondad infinita esperamos verle amigo para nosotros y alegre; así que, dado que no le veamos, pero pongamos ahora con la fe los ojos en aquel rostro divino y en aquellas figuras de Él, figuradas con el dedo del Espíritu Santo; y miremos el semblante hermoso y la postura grave y suave, y aquellos ojos y boca, ésta nadando siempre en dulzura, y aquéllos muy más claros y resplandecientes que el sol; y miremos toda la compostura del cuerpo, su estado, su movimiento, sus miembros concebidos en la misma pureza, y dotados de inestimable belleza. Mas ¿para qué voy menoscabando este bien con mis pobres palabras, pues tengo las del mismo Espíritu que le formó en el vientre de la sacratísima Virgen, que nos le pintan en el libro de los Cantares por la boca de la enamorada pastora, diciendo: «Blanco y colorado, trae bandera entre los millares. Su cabeza, oro de Tíbar. Sus cabellos, enriscados y negros, sus ojos, como los de las palomas junto a los arroyos de las aguas, bañadas en leche; sus mejillas, como eras de plantas olorosas de los olores de confección; sus labios, violetas, que destilan preciada mirra. Sus manos, rollos de oro llenos de Tarsis. Su vientre, bien como el marfil adornado de zafiros. Sus piernas, columnas de mármol fundadas sobre bases de oro fino; el su semblante como el del Líbano, erguido como los cedros; su paladar, dulzuras, y todo Él deseos?»

Pues pongamos los ojos en esta acabada beldad, y contemplémosla bien, y conoceremos que todo lo que puede caber de Dios en un cuerpo, y cuanto le es posible participar de él, y retraerle y figurarle y asemejársele, todo esto, con ventajas grandísimas, entre todos los otros cuerpos resplandece en éste; y veremos que en su género y condición es como un retrato vivo y perfecto. Porque lo que en el cuerpo es color (que quiero, para mayor evidencia, cotejar por menudo cada una cosa con otra, y señalar en este retrato suyo, que formó Dios de hecho, habiéndole pintado muchos años antes con las palabras, cuán enteramente responde todo con su verdad; aunque, por no ser largo, diré poco de cada cosa, o no la diré, sino tocarla he solamente). Por manera que el color en el cuerpo, el cual resulta de la mezcla de las cualidades y humores que hay en él, y que es lo primero que se viene a los ojos, responde a la liga, o, si lo podemos decir así, a la mezcla y tejido que hacen entre sí las perfecciones de Dios. Pues así como se dice de aquel color que se tiñe de colorado y de blanco, así toda esta mezcla secreta se colora de sencillo y amoroso. Porque lo que luego se nos ofrece a los ojos cuando los alzamos a Dios, es una verdad pura y una perfección simple y sencilla que ama.

Y asimismo, la cabeza en el cuerpo dice con lo que en Dios es la alteza de su saber. Aquélla, pues, es de oro de Tíbar, y ésta son tesoros de sabiduría. Los cabellos que de la cabeza nacen se dicen ser enriscados y negros; los pensamientos y consejos que proceden de aquel saber, son ensalzados y oscuros. Los ojos de la providencia de Dios y los ojos de aqueste cuerpo son unos; que éstos miran, como palomas bañadas en leche, las aguas; aquéllos atienden y proveen a la universidad de las cosas con suavidad y dulzura grandísima, dando a cada una su sustento y, como digamos, su leche. Pues ¿qué diré de las mejillas, que aquí son eras olorosas de plantas, y en Dios son su justicia y su misericordia, que se descubren y se le echan más de ver, como si dijésemos, en el uno y en el otro lado del rostro, y que esparcen su olor por todas las cosas? Que, como es escrito, «Todos los caminos del Señor son misericordia y verdad.»

Y la boca y los labios, que son en Dios los avisos que nos da y las Escrituras santas donde nos habla, así como en este cuerpo son violetas y mirra, así en Dios tienen mucho de encendido y de amargo, con que encienden a la virtud y amargan y amortiguan el vicio. Y ni más ni menos, lo que en Dios son las manos, que son el poderío suyo para obrar y las obras hechas por Él, son semejantes a las de este cuerpo, hechas como rollos de oro rematados en tarsis; esto es, son perfectas y hermosas y todas muy buenas, como la Escritura lo dice: «Vio Dios todo lo que hiciera, y todo era muy bueno.»

Pues para las entrañas de Dios y para la fecundidad de su virtud, que es como el vientre donde todo se engendra, ¿qué imagen será mejor que este vientre blanco y como hecho de marfil y adornado de zafiros? Y las piernas del mismo, que son hermosas y firmes, como mármoles sobre basas de oro, clara pintura sin duda son de la firmeza divina no mudable que es como aquello en que Dios estriba. Es también su semblante como el del Líbano, que es como la altura de la naturaleza divina, llena de majestad y belleza. Y, finalmente, es dulzuras su paladar, y deseos todo él; para que entendamos del todo cuán merecidamente este cuerpo es llamado imagen y faces y cara de Dios, el cual es dulcísimo y amabilísimo por todas partes, así como es escrito: «Gustad y ved cuán dulce es el Señor»; y «cuán grande es, Señor, la muchedumbre de tu dulzura, que escondiste para los que te aman.»

Pues si en el cuerpo de Cristo se descubre y reluce tanto la figura divina, ¿cuánto más expresa imagen suya será su santísima alma, la cual verdaderamente, así por la perfección de su naturaleza como por los tesoros de sobrenaturales riquezas que Dios en ella ayuntó, se asemeja a Dios y le retrata más vecina y acabadamente que otra criatura ninguna? Y después del mundo original, que es el Verbo, el mayor mundo y el más vecino al original es aquesta divina alma; y el mundo visible, comparado con ella, es pobreza y pequeñez; porque Dios sabe y tiene presente delante de los ojos de su conocimiento todo lo que es y puede ser; y el alma de Cristo ve con los suyos todo lo que fue, es y será.

En el saber de Dios están las ideas y las razones de todo, y en esta alma el conocimiento de todas las artes y ciencias. Dios es fuente de todo el ser, y el alma de Cristo de todo el buen ser, quiero decir, de todos los bienes de gracia y justicia, con que lo que es se hace justo y bueno y perfecto; porque de la gracia que hay en Él mana toda la nuestra. Y no sólo es gracioso en los ojos de Dios para sí, sino para nosotros también, porque tiene justicia, con que parece en el acatamiento de Dios amable sobre todas las criaturas; y tiene justicia poderosa para hacerlas amables a todas, infundiendo en sus vasos de cada una algún efecto de aquella su grande virtud, como es escrito: «De cuya abundancia recibimos todos gracia por gracia», esto es, de una gracia otra gracia; de aquella gracia, que es fuente, otra gracia que es como su arroyo; y de aquel dechado de gracia que está en Él, un traslado de gracia, o una otra gracia trasladada que mora en los justos.

Y, finalmente, Dios cría y sustenta al universo todo, y le guía y endereza a su bien; y el alma de Cristo recría y repara y defiende, y continuamente va alentando e inspirando para lo bueno y lo justo, cuanto es de su parte, a todo el género humano. Dios se ama a sí y se conoce infinitamente; y ella le ama y le conoce con un conocimiento y amor en cierta manera infinito. Dios es sapientísimo, y ella de inmenso saber; Dios poderoso, y ella sobre toda fuerza natural poderosa. Y como, si pusiésemos muchos espejos en diversas distancias delante de un rostro hermoso, la figura y facciones de él, en el espejo que le estuviese más cerca, se demostraría mejor, así esta alma santísima, como está junta, y, si lo hemos de decir así, apegadísima por unión personal al Verbo Divino, recibe sus resplandores en sí y se figura de ellos más vivamente que otro ninguno.

Pero vamos más adelante, y, pues hemos dicho del cuerpo de Cristo y de su alma por sí, digamos de lo que resulta de todo junto, y busquemos en sus inclinaciones y condición y costumbres estas faces e imagen de Dios.

Él dice de sí que es manso y humilde, y nos convida a que aprendamos a serlo de Él Y mucho antes el profeta Isaías, viéndolo en espíritu, nos le pintó con las mismas condiciones, diciendo: «No dará voces ni será aceptador de personas, y su voz no sonará fuera. A la caña quebrantada no quebrará, ni sabrá hacer mal ni aun a una poca de estopa que echa humo. No será acedo ni revoltoso.» Y no se ha de entender que es Cristo manso y humilde por virtud de la gracia que tiene solamente, sino, así como por inclinación natural son bien inclinados los hombres, unos a una virtud y otros a otra, así también la humanidad de Cristo, de su natural compostura, es de condición llena de llaneza y mansedumbre.

Pues con ser Cristo, así por la gracia que tenía como por la misma disposición de su naturaleza, un dechado de perfecta humildad, por otra parte, tiene tanta alteza y grandeza de ánimo, que cabe en Él, sin desvanecerle, el ser Rey de los hombres, y Señor de los ángeles, y cabeza y gobernador de todas las cosas, y el ser adorado de todas ellas, y el estar a la diestra de Dios unido con Él, y hecho una persona con Él. Pues ¿qué es esto sino ser faces del mismo Dios?

El cual, con ser tan manso como la enormidad de nuestros pecados y la grandeza de los perdones suyos (y no sólo de los perdones, sino de las maneras que ha usado para nos perdonar), lo testifican y enseñan; es también tan alto y tan grande como lo pide el nombre de Dios, y como lo dice Job por galana manera: «Alturas de cielos, ¿qué harás? Honduras de abismo, ¿cómo le entenderás? Longura más que tierra medida suya, y anchura allende del mar.» Y juntamente con esta inmensidad de grandeza y celsitud podemos decir que se humilla tanto y se allana con sus criaturas, que tiene cuenta con los pajaricos, y provee a las hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta lo más bajo del centro y hasta los más viles gusanos. Y, lo que es más claro argumento de su llana bondad, mantiene y acaricia a los pecadores, y los alumbra con esta luz hermosa que vemos; y, estando altísimo en sí, se abaja con sus criaturas, y, como dice

el Salmo, «Estando en el cielo, está también en la tierra.»

Pues ¿qué diré del amor que nos tiene Dios, y de la caridad para con nosotros que arde en el alma de Cristo? ¿De lo que Dios hace por los hombres y de lo que la humanidad de Cristo ha padecido por ellos? ¿Cómo los podré comparar entre sí, o qué podré decir, cotejándolos, que más verdadero sea, que es llamar a esto faces e imagen de aquello? Cristo nos amó hasta darnos su vida; y Dios, inducido de nuestro amor, porque no puede darnos la suya, danos la de su Hijo, Cristo. Porque no padezcamos infierno y porque gocemos nosotros del cielo, padece prisiones y azotes y afrentosa y dolorosa muerte. Y Dios, por el mismo fin, ya que no era posible padecerla en su misma naturaleza, buscó y halló orden para padecerla por su misma persona. Y aquella voluntad, ardiente y encendida, que la naturaleza humana de Cristo tuvo de morir por los hombres, no fue sino como una llama que se prendió del fuego de amor y deseo, que ardían en la voluntad de Dios, de hacerse hombre para morir por ellos.

No tiene fin este cuento, y cuanto más desplego las velas, tanto hallo mayor camino que andar, y se me descubren nuevos mares cuanto más navego; y cuanto más considero estas faces, tanto por más partes se me descubren en ellas el ser y las perfecciones de Dios.

Mas conviéneme ya recoger, y hacerlo he con decir solamente que, así como Dios es trino y uno, trino en personas y uno en esencia, así Cristo y sus fieles, por representar en esto también a Dios, son en personas muchos y diferentes; mas (como ya comenzamos a decir, y diremos más largamente después), en espíritu y en una unidad secreta, que se explica mal con palabras y que se entiende bien por los que la gustan, son uno mismo. Y dado que las cualidades de gracia y de justicia y de los demás dones divinos, que están en los justos, sean en razón semejantes, y divididos y diferentes en número; pero el espíritu que vive en todos ellos, o, por mejor decir, el que los hace vivir vida justa, y el que los alienta y menea, y el que despierta y pone en obra las mismas cualidades y dones que he dicho, es en todos uno y solo, y el mismo de Cristo. Y así vive en los suyos Él, y ellos viven por Él, y todos en Él; y son uno mismo multiplicado en personas, y en cualidad y sustancia de espíritu simple y sencillo, conforme a lo que pidió a su Padre, diciendo: «Para que sean todos una cosa, así como somos una cosa nosotros.»

Dícese también Cristo faces de Dios porque, como por la cara se conoce uno, así Dios por medio de Cristo quiere ser conocido. Y el que sin este medio le conoce, no le conoce; y por esto dice Él de sí mismo que manifestó el nombre de su Padre a los hombres. Y es llamado puerta y entrada por la misma razón; porque Él sólo nos guía y encamina y hace entrar en el conocimiento de Dios y en su amor verdadero. Y baste haber dicho hasta aquí de lo que toca a este nombre.

Y, dicho esto, Marcelo calló; y Sabino prosiguió luego.

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