De tejas arriba: 01

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I
Madre Claudia
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De tejas arriba Ramón de Mesonero Romanos


...a tus tiernas palomillas

el velo peligroso las rehúses;

que andan muchos azores por asillas

de cuyas uñas penden los despojos

de otras aves incautas y sencillas.


Bartolomé de Argensola.


Dios sea en esta casa.

-Y en la de usted, buena madre; santas noches, ¿qué se ofrece?

-Nada hijo, sino venir en cuerpo y en ánima a ponerme al su mandar, como vecinos que somos, y amigos que, Dios mediante, tenemos que ser.

-Por muchos años; y ya veo que si no me engaña el corazón estoy hablando con la señora Claudia, la que viene a habitar la buhardilla número 7.

-Doña Claudia me llamaron en el siglo, y esa misma soy, en buen hora lo cuente; pero tal me verás que no me conocerás, y yo misma me tiento y no me encuentro; ¡cosas del mundo!; hoy por ti, mañana por mí; y como dijo el otro, abájanse los adarves y álzanse los muladares; que hoy nadie puede decir de esta agua no beberé; y mientras la viuda llora, bailan otros en la boda... No digo todo esto por mal decir, que de menos nos hizo Dios, y viva la gallina y aunque sea con su pipita; sino explícolo para dar a conocer a vuesa merced, señor vecino, que aquí donde me ve con estos trapos, yo también fui persona, y no como quiera, sino como suele decirse empingorotada y de capuz... pero vive cien años y verás desengaños, y tras el día viene la noche, que lo que Dios da llevárselo ha, y el caballo de regalo suele parar en rocín de molinero.

Pero dejando esto a un lado, y viniendo a lo que importa, ¿qué tal va la parroquia en la tienda nueva? ¡Válgame Dios, y qué aseada y qué provista está de cuanto el Señor crió!... Tal me vea yo a la hora de mi muerte... ¿Es rosoli o aniseta?... gracias por el favor; ¡bien haya la Mancha, que da vino en vez de agua!... a la salud de ustedes, caballeros... ¡fuego de Dios y qué calorcillo tiene el espíritu!... ¡y qué bien le parecen esos dos mantecadillos que están diciendo «comedme»!... ¡Ah! si no estuviera tan atrasada en esto que ahora llaman el porsupuesto, en Dios y mi ánima que no había de pedir ayuda para dar buena cuenta de ellos... apostaría que son obra de aquellas manecitas que con tanto salero hacen ahora saltar a la aguja... gracias, hija mía, por el favor... bien se la conoce que es hija de tal padre... ¡bendígala Dios, y qué hermosa es y qué garrida! ya me temo yo que han de llorar su venida todos los mozos del barrio.

-Gracias, madre Claudia.

-Bien hacéis, hija, en dar las gracias, que para eso las tenéis, y aun para quedaros después con ellas; ¡ay! quién me tornara a mí de ese talle y esa frescura, y no me robara la experiencia del mundo, que por el alma de mi padre que otro gallo me había de cantar y no me vería ahora en medio del arroyo, como quien dice; pero así somos todas; mientras nos reluce el pellejo poco consejo, y luego que vienen los años llorar por los que son idos... ¡Cuánto más valiera mascar mientras nos ayudan los dientes, y...! ¿no es verdad, hija mía?... ¿qué, no me entiendes? ¡picaruela! ¿pues a qué vienen esos colores que se te han asomado al rostro? Pero ¡pecadora de mí! ya veo que no conviene distraerte de tu labor, pues que te has picado con la aguja, y... ¡válgame Dios!... ¡qué no diera alguno que yo me sé bien, por atajar con su labios esa gota de coral!...

-¿Alguno, madre?

-Alguno digo, y no hay que hacerse la desentendida, sino ponerle el nombre que mejor le cuadre... pero bajemos la voz, que ya señor padre ha acabado de servir a los parroquianos y se viene derechito hacia nosotras; por fin, hija mía, más días hay que longanizas, y cuando queráis noticias de la tierra, sabed que allá cerca del cielo hay una vieja que os quiere bien; y ahora me voy, señor vecino, que ya ha acabado de ser noche y la vieja honrada su puerta cerrada, y cada uno en su casa y Dios en la de todos... A fe que ya me he de ver y de desear para subir la escalera, y a no ser un cuarto roñoso de Segovia que traigo aquí para trocarlo con un palmo de cerilla... ¿También ese favor?... muy obligada me voy, señor vecino; a bien que Dios es mayordomo de los pobres, y él se lo pagará con su tanto por ciento... Y pues ya me siento alumbrada por esas manos caritativas, iremos paso a paso caminando a mi chiscón, donde me espera el huso con deseos de bailar, y mi amigo Micifuz durmiendo al amor de la lumbre, si no es que se haya salido a los tejados en busca de las vecinas, salidas también como él; que amor con amor se paga, niña mía, y cuando nace él nace ella, y si no fuera por esto, ¿para qué estamos acá bajo los unos y las otras?... Conque buenas noches, vecino; y cuidado niña, que no hay que olvidar a quien bien nos quiere, y que cuando quieras tomarte el trabajo de llegar al último tramo de la escalera, sabrás muchas cosas y habilidades, así de punto y aguja como de cazo y sartén; que, gracias a Dios y a mis años, así me da el naipe para aderezar un guisado, como para coser un zurcido... Conque, adiós.

La buena vieja, dicho esto, salió por la puerta de la tienda que daba al portal, y después de persignada, y sosteniendo con la diestra mano la vacilante cerilla, colocada la siniestra entre ella y su rostro para evitar la ofuscación de sus resplandores, subió pausadamente los noventa y siete escalones que se contaban hasta su chiribitil, haciendo descanso en todas las mesetas o tramos de los diversos pisos. Y llegada que fue arriba, sacó de su faltriquera la llave, y con temblona dirección la encajó en la cerradura; reunió todas sus fuerzas para dar las vueltas, y la puerta se abrió; mas desgraciadamente con un impulso muy superior a la resistencia de la cerilla, la cual negó en aquel momento sus reflejos, quiero decir, que se apagó: y la vieja que entraba, y el gato que se esperezaba sobre el fogón se quedaron a buenas noches.


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