Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo/Capítulo XI

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CAPITULO XI

Estrecho de Magallanes.—Clima de las costas meridionales
Estrecho de Magallanes.—Puerto del Hambre.—Ascensión al monte Tarn.—Bosques.—Hongos comestibles.—Zoología.—Alga gigante.—Partida de Tierra del Fuego.—Clima.—Arboles frutales y producciones de las costas del Sur.—Altura de la línea de nieve en la Cordillera.—Descenso de los glaciares al mar.—Formación de icebergs.—Transporte de cantos erráticos.—Clima y producciones de las islas antárticas.—Conservación de cadáveres helados.—Recapitulación.


A fines de mayo de 1834 entramos por segunda vez en la gola oriental del estrecho de Magallanes. El terreno en ambos lados de esta parte del estrecho se compone de llanuras casi horizontales, como las de Patagonia. Cabo Negro, un poco dentro del segundo paso, puede considerarse como el punto en que el país empieza a asumir los caracteres peculiares de Tierra del Fuego. En la costa oriental, al sur del estrecho, masas distantes de arbolado en asociación de parque relacionan estos dos países, que son opuestos en cuanto a los demás caracteres. Es verdaderamente admirable hallar en un espacio de 20 millas un cambio tan notable en el paisaje. Si tomamos una distancia algo mayor, como la que hay entre Puerto del Hambre y la Bahía de Gregory—que es cerca de 60 millas—, la diferencia es todavía más maravillosa. En la primera región hemos rodeado montañas ocultas por bosques impenetrables, copiosamente regados por la lluvia que descargan las tempestades, en interminable sucesión, en tanto en el cabo Gregory hay un cielo azul claro y brillante sobre las secas y estériles llanuras. Las corrientes atmosféricas [1], aunque rápidas, turbulentas y sin límites aparentes, sin embargo parecen seguir, como un río en su cauce, un curso regularmente determinado.

Durante nuestra visita anterior, en enero, tuvimos una entrevista en cabo Gregory con los famosos patagones, llamados gigantes, que nos recibieron con gran cordialidad. Su talla parece mayor de lo que en realidad es a causa de sus grandes mantos de guanaco, su larga cabellera suelta y porte general; la altura media de estos hombres es poco más de 1,80 metros, con algunos hombres más altos, y solamente unos pocos más bajos, y las mujeres tienen también elevada estatura. Sin disputa, es la raza más alta que he visto en todos los países visitados. En los rasgos generales se parecen notablemente a los indios de las comarcas más septentrionales que yo vi con Rosas, pero tienen un aspecto más bravío e imponente; llevan sus caras muy pintadas de rojo y negro, y uno presentaba además varios círculos y puntos blancos, hechos al parecer con la misma substancia usada por los fueguinos. El capitán Fitz Roy se ofreció a recibir en el barco a tres de ellos, y todos dieron muestras de querer ser elegidos. Largo tiempo pasó antes que pudiéramos despejar el bote; al fin, volvimos a bordo con nuestros tres gigantes, que comieron con el capitán y se portaron como caballeros, haciendo uso de cuchillos, tenedores y cucharas; lo que más les gustó fué el azúcar. Esta tribu había tenido trato tan frecuente con foqueros y balleneros, que la mayoría de sus individuos sabían algo de inglés y español. Están medio civilizados, y desmoralizados en la misma proporción.

A la mañana siguiente acudió a la playa un grupo numeroso a negociar con pieles y plumas de avestruz; como no se aceptara el cambio por armas de fuego, el tabaco fué el artículo más solicitado, con preferencia a las hachas o herramientas. Toda la población de los toldos, hombres, mujeres y niños, se acomodaron en una loma. La escena ofreció gran interés y animación, siendo imposible no simpatizar con estos gigantes de genio tan alegre y confiado; nos pidieron que volviéramos a visitarlos. Parecen gustar del trato con los europeos, y una mujer de gran ascendiente en la tribu, la anciana María, rogó en una ocasión a míster Low que dejara con ellos a uno de sus marineros. Pasan aquí la mayor parte del año; pero en verano suelen cazar a lo largo del pie de la Cordillera; a veces llegan en sus excursiones hasta el río Negro, que está 750 millas al Norte. Tienen buena provisión de caballos, pues cada hombre, según Mr. Low, posee seis o siete, y todas las mujeres y hasta los niños, uno. En tiempos de Sarmiento (1580) estos indios tenían arcos y flechas, que ya no usan desde hace tiempo; poseían también algunos caballos. Es un hecho curioso hacer notar la multiplicación, extraordinariamente rápida, de los caballos en Sudamérica. Estos animales fueron desembarcados por primera vez en Buenos Aires en 1537, y habiendo quedado abandonada la colonia por algún tiempo, el caballo se hizo cimarrón [2]; en 1580, sólo cuarenta y tres años después, ¡ya se los ve en el estrecho de Magallanes! Mr. Low me participa que una tribu vecina de indios infantes se está transformando en otra de indios jinetes, pues la tribu establecida en la Bahía Gregory les da sus caballos de desecho y en invierno les envía a los hombres más diestros para enseñarlos a cazar.


1 de junio.—Hemos anclado en la hermosa bahía de Puerto del Hambre. Nos hallamos a principios de invierno, y nunca hemos contemplado un paisaje más tétrico; los bosques sombríos, veteados de nieve, apenas pueden verse con alguna claridad al través de una atmósfera brumosa y de la lluvia menudísima que cae. Sin embargo, se nos han presentado al fin, por fortuna, dos días buenos. En uno de éstos hemos gozado del magnífico espectáculo que ofrecía el monte Sarmiento, unos 2.040 metros de alto, que se yergue a lo lejos. Muchas veces me ha sorprendido en los paisajes de Tierra del Fuego la poca elevación aparente de montañas en realidad elevadas. Sospecho que se debe a una causa difícil de adivinar en un principio, y es que de ordinario se presenta a la vista la masa total de cada montaña, desde la cima hasta la superficie del agua. Recuerdo haber visto una de ellas primero desde el Canal del Beagle, en el que aparecía plenamente visible en toda su magnitud, y después desde Ponsonby Sound, a través de varias cadenas sucesivas; y era curioso observar en el último caso cómo al suministrar cada nuevo risco un elemento de juicio diferente para apreciar la distancia la montaña ganaba en elevación.

Antes de llegar a Puerto del Hambre vimos a dos hombres correr a lo largo de la playa y hacer señas al barco. Despachóse un bote para ver lo que querían. Resultó que eran dos marineros escapados de un barco dedicado a la caza de focas, y que se habían refugiado entre los patagones. Estos indios los habían tratado con su habitual hospitalidad desinteresada. Separáronse de ellos por haber ocurrido cierto incidente desagradable, y se encaminaron a Puerto del Hambre con la esperanza de hallar algún barco. Diré que eran dos perdularios vagabundos; pero nunca he tropezado con gente de aspecto más miserable. Habían pasado varios días comiendo sólo mejillones y bayas, y sus andrajosos vestidos estaban quemados a causa de haber dormido muy cerca de las hogueras. Noche y día hubieron de estar expuestos a las inclemencias del tiempo, con sus incesantes turbonadas de lluvia, celliscas y nieves, a pesar de lo cual gozaban de buena salud.

Durante nuestra permanencia en Puerto del Hambre, los fueguinos vinieron dos veces, y nos abrumaron con sus gritos y peticiones. Teníamos en tierra muchos instrumentos, ropas y hombres, por lo que se creyó conveniente ahuyentarlos. Al efecto se dispararon algunos cañones de gran calibre, cuando los salvajes se hallaban todavía a gran distancia. Los estuve observando con un anteojo de larga vista, y daba risa verlos coger piedras y, con ademanes provocativos, lanzarlas en dirección al barco, no obstante hallarse éste a milla y media de ellos; pero así lo hicieron siempre que sonaba el estampido de un disparo y la bala botaba en el agua. Se envió un bote con orden de hacer algunas descargas de fusil contra los grupos. Los fueguinos se ocultaron detrás de los árboles, y a cada disparo del bote contestaban con una lluvia de flechas, pero todas se quedaban cortas; el oficial reía al apuntarlos. Esto los puso frenéticos de rabia, y se desahogaron a su modo, sacudiendo los mantos en vana furia. Al fin, viendo que las balas tronchaban las ramas y chocaban en los troncos que los protegían, huyeron y nos dejaron en paz y tranquilidad. En este sitio mismo nos molestaron mucho los fueguinos durante el primer viaje, y para asustarlos tuvimos que disparar por la noche un cohete, que estalló sobre sus chozas o wigwams con gran estruendo; esto fué de un efecto sorprendente, y uno de los oficiales recordó el cómico silencio que a los pocos minutos sucedió al clamoreo de los hombres y ladridos de los perros. A la mañana siguiente no se vió un fueguino en todos los alrededores.

Cuando el Beagle estuvo aquí en el mes de febrero, salí una mañana a las cuatro para subir al monte Tarn, que tiene cerca de 800 metros de altura, y es el más elevado punto en esta región inmediata. Fuimos en bote al pie de la montaña (aunque, por desgracia, no a la parte mejor) y empezamos inmediatamente nuestro ascenso. El bosque llega a la línea que deja el agua en la pleamar, y el avance fué tan penoso durante las dos primeras horas, que perdí toda esperanza de alcanzar la cumbre. Como la espesura cerraba enteramente la vista, a cada momento necesitaba orientarme por la brújula, no pudiendo divisar ningún accidente del terreno por donde guiarme, a pesar de ser tan montañoso el país. En lo profundo de los barrancos reinaban una desolación y un silencio de muerte, que excede a toda descripción; fuera de esas cavidades soplaba un viento huracanado, pero en ellas ni el más leve soplo agitaba las hojas de los árboles más altos. De tal modo prevalecían en esos lugares la humedad, el frío y la falta de luz, que ni siquiera los hongos, musgos y helechos encontraban ambiente en que desarrollarse. En los valles no había modo de avanzar ni a rastras, porque obstruían enteramente el paso los troncos podridos caídos en todas direcciones. Fué menester caminar sobre ellos; cuando pasaba por estos puentes naturales quedaba detenido por hundirme hasta las rodillas en la madera podrida; otras veces, al querer apoyarnos contra un árbol que parecía firme, nos sobresaltábamos al tropezar con una masa inconsistente, pronto a venirse abajo al menor choque. Al cabo pudimos llegar a un sitio donde crecían árboles bajos y achaparrados, y poco después salimos al risco desnudo que nos condujo a la cima. Desde aquí se gozaba de un paisaje característico de Tierra del Fuego: cadenas irregulares de montañas moteadas con manchas de nieve, profundos valles de un verde amarillento y brazos de mar que cortaban la tierra en muchas direcciones. El viento era fuerte y muy frío, y como la atmósfera estaba brumosa, estuvimos poco tiempo en la cumbre. Nuestro descenso no fué tan laborioso como el ascenso, porque el peso del cuerpo forzaba el paso, y todas las quebradas y hendeduras seguían la dirección que nos convenía.

Ya he mencionado el carácter sombrío y tétrico de los bosques de follaje perenne [3], y también he indicado que en ellos no se hallan mas que dos o tres especies de árboles, con exclusión de todas las demás. Sobre el país de bosque hay muchas plantas alpinas enanas, que brotan de la capa de turba y contribuyen a formarla; estas plantas son muy notables por sus estrechas afinidades con las especies que crecen en las montañas de Europa, aunque a tantos miles de millas de distancia. La parte central de Tierra del Fuego, donde se presentan las formaciones de pizarra arcillosa, es más favorable al desarrollo del arbolado; en la costa exterior, el suelo granítico, más pobre, y una situación más expuesta a los vientos violentos, no permiten a las plantas alcanzar gran tamaño. Cerca de Puerto del Hambre he visto árboles más corpulentos que en otra parte; medí una Drymis winteri [4] que tenía 1,35 metros de diámetro, y varias hayas que llegaban al triplo de la dimensión anterior. El capitán King habla también de un haya que medía más de dos metros de diámetro a la altura de cinco metros sobre las raíces.

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Fig. 4.ª.—Cyttaria Darwinii.

Existe una planta que merece ser mencionada por su importancia como artículo alimenticio, muy usado por los fueguinos. Es un hongo globular, de color amarillo brillante, que crece en gran número en las hayas. Cuando joven, es elástico y túrgido, con una superficie blanda; pero cuando madura se vuelve correoso, cubriéndose su superficie de profundos hoyos, semejantes a las celdillas de un panal, como se representa en el grabado adjunto. Este hongo pertenece a un nuevo y curioso género [5]; una segunda especie del mismo la encontré en Chile en otra especie de haya, y el Dr. Hooker me comunica que muy recientemente se ha descubierto una tercera especie en otra tercera especie de haya en la Tierra de Van Diemen. ¡Cuán singular es esta relación entre los hongos parásitos y los árboles en que crecen en partes tan distantes del mundo! En Tierra del Fuego, el hongo, en un estado maduro y correoso, es recogido en grandes cantidades por las mujeres y los niños, para comerlo al natural. Es mucilaginoso, suavemente dulce al gusto y con un débil olor parecido al de las setas tiernas. Con la excepción de algunas pocas bayas de un madroño enano, los naturales no comen otras materias vegetales, aparte de este hongo. En Nueva Zelandia, antes de la introducción de la patata se consumían en gran abundancia las raíces del helecho; al presente creo que Tierra del Fuego es el único país del mundo en que una planta criptógama suministre un material alimenticio de uso corriente.

La zoología de Tierra del Fuego, como ya podría esperarse de la naturaleza de su clima y vegetación, es muy pobre. De mamíferos, aparte ballenas y focas, hay un murciélago, una especie de ratón (Reithrodon chinchilloides), dos verdaderos ratones, un Ctenomis, muy parecido o idéntico al tucutuco, dos zorros (Canis Magellanicus y C. Azaræ), una nutria de mar, el guanaco y un ciervo. La mayor parte de estos animales habitan sólo las regiones orientales más secas del país, y en cuanto al ciervo, nunca se le ha hallado al sur del estrecho de Magallanes. Observando la general correspondencia de los acantilados de asperón blando, légamo y cascajo en los lados opuestos del estrecho y de algunas islas intermedias, se siente uno fuertemente inclinado a creer que la tierra estuvo unida en otro tiempo, lo cual permitió pasar al lado sur a animales tan delicados y torpes como el tucutuco y el Reithrodon. La correspondencia de las escarpas dista mucho de evidenciar esa unión, porque dichos riscos están generalmente formados por la intersección de estratos inclinados que, antes de la elevación del país, se habían acumulado cerca de las playas a la sazón existentes. No deja de ser, sin embargo, una coincidencia notable que en las dos grandes islas separadas del resto de Tierra del Fuego por el Canal del Beagle una tenga acantilados compuestos de materia que podría llamarse aluvial estratificada, situados frente a otros semejantes en el lado opuesto del canal, en tanto la otra está exclusivamente bordeada por rocas cristalinas antiguas; en la primera, llamada isla Navarin, hay ambos zorros y guanacos; pero en la segunda, isla Hoste, aunque semejante a la anterior por todos conceptos y sólo separada por un canal poco más de media milla de ancho, puedo decir, fundado en el testimonio de Jemmy Button, que no se halla ninguno de estos animales.

Los sombríos bosques están habitados por pocas aves; alguna vez puede oírse la nota lastimera de una muscívora tirana de moño blanco (Myiobius albiceps) oculta cerca del vértice de los árboles más altos; más raro es que suene el penetrante y extraño grito de un pico-carpintero negro con una hermosa cresta de color escarlata. Un reyezuelo de coloración obscura (Scytalopus Magellanicus) salta, como atisbando, por entre la revuelta masa de troncos caídos y putrefactos. Pero la trepadora (Oxyurus tupinieri) es el ave más común en el país. Hállasela en los bosques de hayas, en lomas y hondonadas, y aun en los barrancos más sombríos, húmedos e impenetrables. Este avecilla, indudablemente, parece mucho más numerosa de lo que en realidad es, por su costumbre de seguir con insistente curiosidad a todo el que penetra en estas silenciosas espesuras; repitiendo incesantemente su áspero castañeteo, revolotea de un árbol a otro a pocos pies de la cara del intruso. Dista mucho de amar el modesto retiro del verdadero trepatroncos (Certhia famiuaris), y no trepa, como ésta, troncos de los árboles arriba; antes, ingeniosamente, a imitación del reyezuelo de los sauces, salta de un sitio a otro, buscando insectos en todos los palitos y ramas. En las partes más despejadas se ven tres o cuatro especies de pinzones, un zorzal, un estornino (o Icterus), dos Opetiorhynchi y varios halcones y buhos.

La ausencia de toda clase de reptiles es un carácter notable de la zoología de este país, así como de las islas Falkland. No lo afirmo fundado sólo en mis propias observaciones, sino que lo he oído además a los españoles que habitan en el último de los lugares citados, y a Jemmy Button con respecto a la Tierra del Fuego. En las márgenes del Santa Cruz, a 50° de latitud Sur, vi una rana, y no es improbable que estos animales, así como los lagartos, puedan hallarse tan al Sur como el estrecho de Magallanes, donde el país sigue presentando el carácter de Patagonia; pero dentro de los húmedos y fríos confines de Tierra del Fuego no se ve ni uno. Desde luego podía preverse que el clima no había de ser favorable para algunos de ellos, como los lagartos; pero por lo que hace a las ranas, el hecho no se explica fácilmente.

Hay muy pocos coleópteros; mucho tardé en convencerme de que un país tan grande como Escocia, cubierto de frondosa vegetación y con tan gran variedad de estaciones, pudiera ser tan poco abundante en insectos. Los contados que hallé eran especies alpinas (Harpálidos y Heterómidos) que vivían bajo las piedras. Los Crisomélidos, que viven de materia vegetal, tan eminentemente característicos de los trópicos, aquí faltan enteramente [6]; vi algunas moscas, mariposas y abejas, pero no saltamontes u ortópteros. En los charcos de agua sólo hallé algunos escarabajos acuáticos, pero ninguna concha de agua dulce: la Succinea parece en un principio una excepción; sin embargo, aquí debe llamársele molusco terrestre, porque vive en la hierba húmeda lejos del agua. Conchas terrestres sólo pudieron recogerse en algunos sitios alpinos, con los coleópteros. Ya dejo indicado el contraste que hay entre el clima y aspecto general de Tierra del Fuego y los de Patagonia, y esa diferencia se pone especialmente de relieve en la entomología. No creo que haya una sola especie común, y desde luego el carácter general de los insectos es muy diferente.

Si pasamos de la tierra al mar, hallaremos éste tan abundantemente provisto de criaturas vivientes como pobre la primera. En todas las partes del mundo las costas rocosas y abrigadas en parte sostienen quizá, en un espacio dado, mayor número de animales que ningún otro sitio. En cuanto a los vegetales, hay uno que por su importancia merece ser descrito de un modo especial: el alga gigante denominada Macrocystis pyrifera, que crece en todas las rocas desde la línea de bajamar hasta una gran profundidad, tanto en la costa libre como en la de los canales [7]. Durante los viajes del Adventure y Beagle tal vez no se descubrió una sola roca a la que el alga mencionada no sirviera de boya anunciadora flotando sobre ella. Los inapreciables servicios que presta a los barcos en las cercanías de esta región tempestuosa son evidentes, y, con toda seguridad, a más de uno ha librado de naufragar. Conozco pocas cosas más sorprendentes que ver crecer y florecer esta planta en medio de las grandes rompientes del océano occidental, sin que ninguna masa de roca, por dura que sea, pueda resistirla largo tiempo. Su tallo es redondo, viscoso y suave, alcanzando rara vez el diámetro de dos y medio centímetros. Reuniendo unas cuantas se forma una cuerda de resistencia suficiente para sostener el peso de las grandes piedras sueltas a las que crecen asidas en los canales interiores; y es de notar que algunas de esas piedras apenas pudieron ser trasladadas al bote por un hombre solo, a causa de su excesivo peso. El capitán Cook [8], en su segundo viaje, dice que en Kerguelen Land esta planta sube desde una profundidad de más de 24 brazas, «y no crece en dirección vertical, antes bien, forma un ángulo agudo con el fondo, extendiéndose después varias brazas en la superficie del agua, de modo que con toda seguridad puedo afirmar que algunas de ellas alcanzan una longitud de 60 brazas y más». No creo que haya planta alguna cuyo tallo crezca hasta alcanzar la longitud de 110 metros, según testifica el capitán Cook. Además, el capitán Fitz Roy halló una que tenía sus raíces a una profundidad de más de 45 brazas [9]. Las masas flotantes formadas por los tallos de este alga, aun cuando no de gran anchura, quebrantan la violencia de las olas; y es curioso ver, estando en puertos de ancha entrada, cómo las olas procedentes de alta mar, al pasar por los lechos del alga referida, se abaten resolviéndose en agua mansa.

El número de seres vivos, de todos órdenes, cuya existencia depende íntimamente del Macrocystis es maravilloso. Podría escribirse un gran volumen dedicado a tratar sólo de los habitantes de uno de estos lechos de algas. Casi todas las hojas, exceptuando las que flotan en la superficie, están incrustadas de coralinas, en términos de darles una coloración blanca. Hállanse en ella estructuras exquisitamente finas, habitadas unas por sencillos pólipos de forma parecida a hidras, y otras por especies más complicadas y bellísimas ascidias compuestas. Con ellas alternan variadas conchas pateliformes, Trochus, moluscos desnudos y algunos bivalvos. Todas las partes de la planta son frecuentadas por innumerables crustáceos. Al sacudir la enmarañada urdimbre de sus raíces caen de ellas, en confusa mezcolanza, pececillos, conchas, calamares, cangrejos de todos los órdenes, erizos de mar, estrella de mar, holoturias lindísimas, Planarias y animales nereidos de una multitud de formas. Cuantas veces examiné una rama de este alga, otras tantas descubrí nuevas y curiosas estructuras. En Chiloé, donde la Macrocystis piriforme no medra mucho, faltan en ella las coralinas, conchas y crustáceos, pero quedan algunas de las flustráceas y ascidias compuestas; las últimas, sin embargo, son de diferente especie de las de Tierra del Fuego. En este hecho vemos cómo los Fucus poseen un área mayor que los animales que viven sobre ellos. Por mi parte, sólo puedo comparar estas grandes selvas acuáticas del hemisferio meridional a las terrestres de las regiones intertropicales. Sin embargo, si por cualquier cataclismo se destruyera la vegetación forestal de cualquier país, no creo que perecieran tantas especies de animales como con la destrucción de este alga. Entre las hojas de esta planta viven numerosas especies de peces que en ninguna otra parte podrían hallar alimento y abrigo; con su destrucción morirían de inanición los muchos cuervos marinos y otras aves pescadoras; las nutrias, focas y marsopas perecerían también; y, en último término, el salvaje fueguino, el señor miserable de esta miserable tierra, redoblaría sus festines de canibalismo, decrecería en número y acaso dejase de existir.


8 de junio.—Levamos anclas por la mañana temprano y salimos de Puerto del Hambre. El capitán Fitz Roy resolvió partir del estrecho de Magallanes por el canal de la Magdalena, descubierto poco antes. Nuestra ruta siguió derechamente al Sur, por el sombrío paso a que anteriormente he aludido, y que parecía conducirnos a otro mundo peor que el actual. El viento era suave, pero la atmósfera estaba muy pesada y brumosa; de modo que fué imposible observar las curiosidades del paisaje. Las negras y disformes masas de vapores se apiñaban rápidamente sobre las montañas, descendiendo luego desde las cimas a las bases. Aunque al través de la semiobscuridad que nos rodeaba sólo se nos descubrían limitadas porciones del horizonte, no dejamos de ver picos serrados, como de nieve, azules glaciares y perfiles vigorosos de masas que se proyectaban sobre un cielo cárdeno a diferentes distancias y alturas. En medio de semejante paisaje anclamos en el cabo Turn, cerca del monte Sarmiento, que a la sazón se ocultaba entre las nubes. Al pie de los elevados y casi verticales cantiles de nuestro pequeño fondeadero había un wigwam desierto, como para recordarnos que a veces el hombre vaga por estas desoladas regiones. Pero sería difícil imaginar un conjunto que revelara mayor abandono y falta de autoridad. Las obras inanimadas de la Naturaleza: roca, hielo, nieve, viento y agua, en guerra unas con otras, pero concertadas contra el hombre, reinaban aquí con soberanía absoluta.

9 de junio.—Por la mañana gozamos en ver el velo de bruma que se elevaba gradualmente desde el Sarmiento y le dejaba expuesto a nuestra contemplación. Esta montaña, una de las más altas de Tierra del Fuego, tiene una altura de 2.040 metros. Su base es casi la octava parte de su total elevación, y se presenta revestida de espeso y sombrío bosque, sobre el cual se extiende hasta la cima un campo de nieve. Enorme cantidad de nieve, que nunca se funde y parece destinada a permanecer tanto como el mundo, ofrece un magnífico y hasta sublime espectáculo. La silueta de la montaña se dibujaba admirablemente limpia y definida. A causa de la abundancia de luz reflejada por la blanca y deslumbradora superficie, no había sombras en ninguna parte, pudiéndose tan sólo distinguir las líneas que cortaban el cielo, por lo que la gran mole se destacaba en atrevidísimo relieve. Varios glaciares descendían en tortuoso curso desde la vasta extensión nevada hasta la costa del mar, presentando el aspecto de grandes Niágaras helados. Y tal vez estas cataratas de hielo azul son tan bellas como las masas movibles de agua. Por la noche llegamos a la parte oeste del canal, donde el agua era tan profunda que no hallamos ancladero. Así es que nos vimos precisados a estar al pairo en este estrecho brazo de mar durante una noche obscurísima que duró catorce horas.


10 de junio.—A la mañana siguiente recorrimos la mayor parte de la distancia que nos separaba del abierto Pacífico. La costa occidental se compone generalmente de montañas bajas, redondeadas, enteramente desnudas, de granito y piedra verde. Sir J. Narborough ha llamado a una parte de este país «Desolación del Sur», «porque el ánimo se abate contemplándolo», y así es, en efecto. Además de las islas principales, hay innumerables rocas dispersas, contra las que se estrellan sin cesar las hinchadas olas del océano. Pasamos por entre las Furias orientales y occidentales, y un poco más al Norte hallamos tantos rompientes, que el mar recibe aquí el nombre de Vía Láctea. Al hombre habituado a vivir en tierra le basta echar una mirada a esta costa para soñar durante una semana con naufragios, peligros y muertes; y con la contemplación de este espectáculo me despedí para siempre de Tierra del Fuego.


El estudio que sigue sobre el clima de las regiones meridionales del continente, con relación a sus producciones, sobre el límite de las nieves perpetuas, el descenso extraordinariamente bajo de los glaciares y la zona de perpetuos hielos en las islas antárticas, puede ser pasado por alto para el que no tenga interés en estos curiosos asuntos, o bien cabrá leer la recapitulación final. Sin embargo, aquí sólo daré un extracto, refiriéndome en cuanto a los pormenores al capítulo XIII y al Apéndice de la primera edición de esta obra.

Clima y producciones de Tierra del Fuego y de la costa Sudoeste.—La siguiente tabla da la temperatura media de Tierra del Fuego, la de las islas Falkland, y, por comparación, la de Dublín:

Latitud Temperatura de verano Temperatura de invierno Media de verano e invierno
Tierra del Fuego. 53° 38' S. 10° 0°,6 5°,3
Islas Falkland. 51° 30' S. 10°,5 » »
Dublín 53° 21' N. 15°.3 9°,65

Aquí se ve que la parte central de Tierra del Fuego es más fría en invierno y no menos de 5° menos caliente en verano que en Dublín. De acuerdo con Von Buch, la temperatura media de Julio (que no es el mes más caluroso del año) en Saltenfjord (Noruega) es de 14°,3, y ¡este lugar está 13° más cerca del Polo que Puerto del Hambre! [10]. No obstante parecemos este clima tan inhospitalario, en él prosperan árboles de verdor perenne. Los colibríes viven en él chupando el néctar de las flores, y los loros comiendo las semillas del Drysia winteri, a la latitud de 55° Sur. Ya he advertido hasta qué punto está el mar pobladísimo de vivientes, y las conchas (tales como los géneros Patella, Fissurella, Chiton y percebes), según míster G. B. Sowerby, son de mucho mayor tamaño y de más vigoroso crecimiento que las especies análogas del hemisferio septentrional. Una gran Voluta es abundante en Tierra del Fuego meridional y en las islas Falkland. En Bahía Blanca, a los 39° de latitud Sur, las conchas más abundantes son tres especies de Oliva (una de gran tamaño), una o dos Volutas y una Terebra. Ahora bien: éstas figuran entre las formas tropicales mejor caracterizadas. Es dudoso que una pequeña especie de Oliva exista en las costas meridionales de Europa, y no hay especies de los otros dos géneros. Si un geólogo hallara a los 39° de latitud Norte, en la costa de Portugal, un estrato con numerosas conchas pertenecientes a las tres especies de Oliva, Voluta y Terebra, probablemente afirmaría que el clima en el período de su existencia debió haber sido tropical; pero juzgando desde Sudamérica esa conclusión sería errónea.

El clima uniforme, húmedo y ventoso de Tierra del Fuego se extiende, con solo un pequeño aumento de calor, por muchos grados a lo largo de la costa occidental del continente. Los bosques, en un espacio de 600 millas al norte del cabo de Hornos, tienen un aspecto muy semejante. Como prueba de la uniformidad del clima, aun por 300 ó 400 millas todavía más al Norte, mencionaré el hecho de que en Chiloé (cuya latitud corresponde a las partes septentrionales de España) el melocotonero rara vez produce fruto, mientras las fresas y manzanas alcanzan perfecta madurez. Las mismas cosechas de cebada y trigo [11] se meten a menudo dentro de las casas para que se sequen y granen. En Valdivia (en la misma latitud de 40° de Madrid) maduran las uvas y los higos, pero no son comunes; la aceituna rara vez llega a la sazón, ni siquiera en parte, y la naranja no del todo. Estos frutos, en las latitudes correspondientes de Europa se dan perfectamente, como es sabido, y aun en este continente, en el río Negro, casi bajo del mismo paralelo que Valdivia, se cultivan batatas (Convolvulus), y las uvas, higos, olivas, naranjas, melones y sandías se dan en abundancia. La circunstancia de que el clima húmedo y uniforme de Chiloé, así como el de las costas situadas al nordeste y sudoeste del mismo, sean tan desfavorables a los frutales europeos, no obsta para que la vegetación forestal indígena, desde los 45 a los 38° de latitud, rivalice casi en frondosidad con la exuberante de las regiones intertropicales. Vense árboles magníficos de muchas clases, cuyos troncos lisos y fuertemente matizados están cargados de plantas parásitas monocotiledóneas; abundan los elegantes y altos helechos y las hierbas arborescentes, que se enlazan a los árboles, formando una enmarañada espesura hasta 12 y nueve metros del suelo. Crece la palmera en la latitud de 37°; una hierba arborescente, parecida al bambú, en la de 40, y otra muy afín, de gran longitud, pero no erecta, florece en toda la parte sur, hasta los 45°.

Un clima uniforme, evidentemente debido a la gran área de mar, comparada con la de la tierra, parece extenderse sobre la mayor parte del hemisferio meridional, y, como consecuencia, la vegetación participa de un carácter semitropical. Los helechos arbóreos crecen en profusión en Tasmania (45° de latitud), y yo he medido un tronco que no tenía menos de 1,80 metros de circunferencia. Forster halló en Nueva Zelandia, a los 46° de latitud, otro helecho arborescente, en una región donde las orquídeas viven parásitas en los árboles. En las islas Auckland, los helechos, según el Dr. Dieffenbach [12], tienen troncos tan gruesos y altos que casi pueden llamarse helechos arbóreos, y en estas islas, y aun bajando al Sur hasta los 45° de latitud, en las islas Macquarrie, abundan los loros.

Sobre la altura del limite de las nieves perpetuas y el descenso de los glaciares en Sudamérica.—En lo concerniente a pormenores sobre autoridades para la siguiente tabla, remito al lector a la primera edición:

LATITUD Altura en metros de la línea de nieve Observadores
Región ecuatorial: resultado medio 4.724 Humboldt.
Bolivia: latitud, 16 a 18° S. 5.100 Pentland.
Chile Central; latitud, 33° Sur 4.350 a 4.500 Gillies y el autor.
Chiloé: latitud: 41 a 43° S. 1.800 Oficiales del Beagle y el autor.
Tierra del Fuego: 54° S 1.050 a 1.200 King.
Como la altura del plano de las nieves perpetuas parece estar principalmente determinada por la máxima del verano más bien que por la temperatura media del año, no debe sorprendernos que descienda en el estrecho de Magallanes, donde el verano es tan frío, solamente de 1.200 a 1.050 metros sobre el nivel del mar, aun cuando en Noruega debamos atravesar entre los 67 y 70° de latitud Norte, que es 14° más cerca del Polo, para encontrarnos con nieves a tan bajo nivel. La diferencia en altitud, sin embargo, es casi de 2.700 metros entre la línea de nieves perpetuas en la cordillera detrás de Chiloé (donde los puntos más altos llegan sólo a 1.680 metros o 2.250 metros) y en Chile Central [13] (a la distancia de sólo 9° de latitud) es ciertamente prodigiosa. El territorio que se extiende desde la parte sur de Chiloé hasta cerca de Concepción (37° de latitud) se halla oculto por un denso bosque empapado de humedad. El cielo es nebuloso, y ya hemos visto cuán mal se dan los frutos de la Europa meridional. En Chile Central, por otra parte, un poco al norte de Concepción, el cielo es generalmente claro, no llueve en los tristes meses de verano, y los frutos de la Europa meridional se producen admirablemente y hasta se ha cultivado la caña de azúcar [14]. Indudablemente, el plano de las nieves perpetuas sufre la notable depresión de 2.700 metros antes citada, y que no tiene igual en otras partes del mundo, no lejos de la latitud de Concepción, donde la tierra cesa de estar cubierta por bosques, pues los árboles en Sudamérica indican un clima lluvioso, y la lluvia lleva consigo un cielo nebuloso y poco calor en verano.

El descenso de los glaciares al mar debe, según lo que yo concibo, depender principalmente (con sujeción, por supuesto, a la debida cantidad de nieve en la región superior) del bajo nivel de la línea de nieves perpetuas en las montañas escarpadas inmediatas a la costa. Estando, pues, tan bajo el límite de las nieves perpetuas en Tierra del Fuego, desde luego podría esperarse que muchos glaciares llegaran al mar. Sin embargo, a mí me sorprendió ver por vez primera una sierra de solos 900 a 1.200 metros de altura a la misma latitud de Cúmberland, en que todos los valles estaban ocupados con corrientes de hielo descendiendo hasta la costa. Casi todos los brazos de mar que penetran hasta el interior de la cadena más alta, no sólo en Tierra del Fuego, sino en la costa, por espacio de unas 650 millas al Norte, terminan en «tremendos y asombrosos glaciares», como describe uno de los oficiales de los trabajos topográficos. Grandes masas de hielo se desprenden frecuentemente de estos helados cantiles, y el choque con el agua reverbera como la andanada de un buque de guerra por la extensión de los solitarios canales. Estos desprendimientos, según referí en el capítulo anterior, producen grandes olas, que van a estrellarse en las costas próximas. Sabido es que los terremotos hacen caer con frecuencia grandes masas de tierra de los acantilados. ¡Cuán terrorífico debe de ser, pues, el efecto de una fuerte sacudida sísmica, como las que aquí tienen lugar [15], sobre una masa como la de un glaciar ya en movimiento y atravesado por enormes grietas! Sin esfuerzo se concibe que el agua retroceda con el choque, saliendo del canal más profundo, y que volviendo después con fuerza arrolladora, remueva enormes masas de tierra y roca.

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Fig. 5.ª— Glaciar en el golfo de Peñas, al sur de Chiloé.

En Eyre Sound, en la latitud de París, hay inmensos glaciares, y sin embargo la montaña próxima más alta tiene sólo 1.800 metros. En este Sound se han visto a un tiempo cerca de 50 icebergs flotando en mar libre, y uno de ellos no bajaba de 50 metros de alto en total. Algunos de estos icebergs llevaban bloques bastante grandes de granito y otras rocas diferentes de la pizarra arcillosa de las montañas vecinas. El glaciar más alejado del Polo conservado y medido durante los viajes del Adventure y el Beagle se halla en la latitud de 46° 50', en el golfo de Peñas (véase la fig. 5.ª). Tiene 15 millas de largo por siete de ancho en un punto, y desciende hasta la costa marina. Unas cuantas millas al norte de este glaciar, en la Laguna de San Rafael, unos misioneros españoles [16] encontraron «muchos icebergs [17], unos grandes, otros pequeños y otros de mediano tamaño», en un angosto brazo de mar, el 22 del mes correspondiente al mes del junio de Europa y en una latitud meridional como la septentrional del lago de Ginebra.

En Europa, el glaciar más meridional que baja al mar, según Von Buch, se halla en la costa de Noruega, a los 67° de latitud. De modo que se acerca al Polo Norte 20° de latitud, o 1.230 millas más cerca del Polo que la Laguna de San Rafael. La situación de los glaciares en este lugar y en el golfo de Peñas puede ser considerada bajo un aspecto más sorprendente aún, porque descienden a la costa marina dentro de los 7° y medio de latitud, o 450 millas de un abra donde tres especies de Oliva, una Voluta y una Terebra son las conchas más comunes; a menos de 9° de las regiones en que crecen las palmeras, a 4° y medio de los sitios en que vagan por las llanuras el jaguar y el puma, a menos de 2° y medio de las hierbas arborescentes, y (mirando hacia el Oeste en el mismo hemisferio) a menos de 2° de las orquídeas parásitas, y a ¡un solo grado de los helechos arborescentes!

Estos hechos son de alto interés geológico con respecto al clima del hemisferio norte en el período en que se efectuó el transporte de los cantos erráticos. No he de detallar aquí con cuánta sencillez la teoría de los icebergs cargados de fragmentos de roca explica el origen y situación de los gigantescos bloques existentes al este de Tierra del Fuego, en la altiplanicie de Santa Cruz y en la isla de Chiloé. En Tierra del Fuego, el mayor número de esos bloques yace ahora en los cauces de los antiguos canales de mar, convertidos en secos valles por la elevación del suelo. Se presentan asociados con una gran formación no estratificada de cieno y arena, que contiene fragmentos redondeados y angulares de todos los tamaños, y que ha sido originada [18] merced a los sucesivos raspados del fondo del mar causados por los icebergs y por los materiales transportados en ellos. Pocos geólogos dudan hoy que esos cantos erráticos situados cerca de las altas montañas hayan sido empujados por los mismos glaciares, y que los distantes de las montañas y sepultos en depósitos subácueos hayan ido a parar a tales lugares, bien conducidos por los icebergs, bien por los hielos de la costa. La conexión entre el transporte de los cantos erráticos y la presencia de hielo en alguna forma, se patentiza de un modo sorprendente por su misma distribución geográfica sobre el globo. En Sudamérica no se los halla a más de 48° de latitud, medidos desde el Polo Sur; en Norteamérica parece que el límite de su transporte se extiende hasta los 53° 30' del Polo Norte; pero en Europa, sólo dentro de los 40° de latitud, medidos desde el mismo punto. Por otra parte, nunca se los ha visto en las regiones intertropicales de América, Asia y Africa, ni en el cabo de Buena Esperanza, ni en Australia [19].

Sobre el clima y producciones de las islas antárticas.—Considerando la frondosidad de la vegetación en Tierra del Fuego y en la costa nordeste de la misma, la condición de las islas sur y sudoeste de América es, en verdad, sorprendente. Cook halló la tierra Sandwich, cuya latitud Sur corresponde a la septentrional del norte de Escocia durante el mes más cálido del año, «cubierta de una capa de eternas nieves de muchas brazas de espesor», y, según parece, la vegetación es escasa o nula. Georgia, isla de 96 millas de largo por 10 de ancho, en una latitud como la del condado de York, «en el corazón mismo del verano se presenta en cierto modo cubierta de nieve helada».

No produce mas que musgo, algunos manojos de hierba y pimpinela silvestre; tiene solamente un ave terrestre, el Anthus carrendera, y en cambio Islandia, que está 10° más cerca de su respectivo Polo, posee, según Mackenzie, 15 aves terrestres. Las islas Shetland del Sur, a una latitud que se corresponde con la de la mitad meridional de Noruega, poseen solamente líquenes, musgo y un poco de hierba, y el teniente Kendall [20] halló la bahía en que estaba anclado a punto de empezar a helarse en una época del año correspondiente a nuestro 8 de septiembre en el hemisferio norte. El suelo aquí se compone de hielo y cenizas volcánicas interestratificados, y a poca profundidad de la superficie debe de permanecer perpetuamente helado, porque el teniente Kendall encontró el cuerpo de un marino extranjero que había estado largo tiempo sepultado con la carne y todos los rasgos perfectamente conservados. Es un hecho singular que en los dos grandes continentes del hemisferio norte (pero no en las tierras discontinuas de Europa situadas entre ellos) tengamos la zona del subsuelo perfectamente helado en una latitud baja, esto es, 56° en Norteamérica a la profundidad de un metro [21], y en Siberia a los 62° a la profundidad de 3,5 á 4,5 metros, como resultado de un conjunto de condiciones directamente opuestas a las del hemisferio meridional. En los continentes septentrionales el invierno se hace excesivamente frío por la radiación de una gran extensión de tierra hacia un cielo puro, sin que este efecto se halle moderado por las corrientes marinas portadoras de calor; el corto verano, de otra parte, es caluroso. En el Océano Meridional, el invierno no es tan excesivamente frío; pero el verano es menos caliente, porque el cielo, generalmente cubierto de nubes, rara vez permite al Sol calentar el agua del Océano, que es de suyo mal absorbente de calor; y aquí la temperatura media del año, que regula la zona de perpetua congelación bajo el suelo, es baja. Es evidente que una vegetación lozana que no requiera mucho calor, sino protección contra los fríos intensos, se aproximará más a esta zona de perpetua congelación bajo el clima uniforme del hemisferio sur que bajo el clima extremo de los continentes septentrionales.

El caso del cadáver del marinero perfectamente conservado en el gélido suelo de las islas Shetland del Sur (latitud 62° a 63° Sur), en una latitud más baja que la de 64° Norte, donde Pallas halló el rinoceronte helado [22] de Siberia, es interesantísimo. Aunque sea una falacia, como he procurado demostrar en un capítulo anterior, suponer que los cuadrúpedos más corpulentos necesitan para su sostenimiento una vegetación lujuriante, sin embargo, no deja de tener importancia el hecho de hallar en las islas Shetland del Sur un subsuelo helado a menos de 360 millas de las islas cubiertas de bosques inmediatas al cabo de Hornos, donde, por lo que concierne al volumen de la vegetación, podrían vivir grandes cuadrúpedos en cualquier número. La perfecta conservación de los elefantes y rinocerontes siberianos es sin disputa uno de los hechos más admirables en geología; pero independientemente de la imaginaria dificultad de que las regiones inmediatas pudieran suministrarles alimento, el caso, considerado en su conjunto, no es, a mi juicio, tan enigmático como se ha considerado generalmente. Las llanuras de Siberia, como las de las Pampas, parecen haberse formado bajo del mar, al que los ríos arrastran los cuerpos de muchos animales; de la mayor parte de éstos sólo se han conservado los esqueletos; pero de otros, el cadáver entero. Ahora bien: sabido es que en el mar poco profundo de la costa ártica de América se hiela el fondo [23] y no se deshiela en primavera tan pronto como la superficie de la tierra; además, a profundidades mayores, en las que no se hiela el fondo del mar, el cieno, a pocos pies de la capa superior, podría permanecer en verano por bajo de cero centígrados, como ocurre en tierra a pocos pies de profundidad. A profundidades mayores todavía, la temperatura del cieno y el agua probablemente no sería bastante baja para conservar la carne, y de ahí que los cadáveres arrastrados más allá de las partes superficiales próximas a la costa ártica tuvieran sólo conservados los esqueletos; mas aun en las regiones de la extremidad septentrional de Siberia los huesos son infinitamente numerosos; de modo que hasta las islitas se componen de ellos, según se dice [24], y esas islas se hallan a unos 10° de latitud Norte del lugar en que Pallas halló el rinoceronte helado. Además, un cadáver arrastrado por la corriente de un río a una parte superficial del mar Artico podría conservarse por tiempo indefinido si se cubriera de una capa de cieno suficientemente espesa para impedir que penetrara en él el calor del agua en el verano, y lo mismo ocurriría si al levantarse el fondo del mar y convertirse en tierra seca dicha capa tuviera tal grosor que ni el cálido aire del verano ni el Sol pudieran traspasarla ni corromperla.

Recapitulación.—Resumiré los hechos principales con respecto al clima, acción del hielo y producciones orgánicas del hemisferio meridional trasladando con la imaginación a Europa los lugares con que estamos tan familiarizados. Así, pues, en tal supuesto, cerca de Lisboa las conchas marinas más comunes, es a saber, tres especies de Oliva, una Voluta y una Terebra, tendrían carácter tropical. En las provincias meridionales de Francia, bosques espléndidos, entrelazados por hierbas arborescentes y con árboles cargados de plantas parásitas, ocultarían la superficie del suelo. En los Pirineos merodearían el puma y el jaguar. En la latitud del monte Blanco, pero en una isla tan situada al oeste del mismo como la parte central de Norteamérica, crecerían con profusión helechos arbóreos y orquídeas parásitas entre la espesa vegetación forestal. Subiendo al Norte hasta un punto tan septentrional como el centro de Dinamarca podría verse a los colibríes revoloteando sobre delicadas flores y a los loros consumiendo semillas en los bosques de follaje perenne, mientras en el mar cercano habitaría una Voluta y todas las conchas de gran tamaño y vigoroso crecimiento. Sin embargo, en algunas islas, sólo a 360 millas al norte de nuestro nuevo cabo de Hornos, en Dinamarca, se hallaría conservado en perpetuos hielos (o bien en el fondo de un mar poco profundo cubierto de cieno) un cadáver sepulto en el suelo. Si algún atrevido navegante intentara penetrar hacia el norte de estas islas, correría mil peligros entre gigantescos icebergs, y en varios de ellos vería grandes bloques de roca, trasladados desde su primitivo yacimiento. Otra isla de gran extensión, en la latitud del mediodía de Escocia, pero dos veces más al Oeste, aparecería «casi totalmente cubierta de perpetuas nieves», y todas sus bahías terminarían en acantilados de hielo, de los que se desprenderían anualmente grandes masas; en esa isla sólo crecería algún musgo, muy escasa hierba y tal cual pimpinela, siendo su único habitante terrestre un Anthus o pipí [25]. Desde nuestro cabo de Hornos en Dinamarca correría una cadena de montañas, apenas tan altas como la mitad de los Alpes, en dirección recta al Sur, y en sus laderas occidentales, todas las profundas abras y caletas, a modo de fjords, terminarían en «atrevidos y asombrosos glaciares». Estos solitarios y silenciosos canales saldrían frecuentemente de su tranquila quietud con las caídas de inmensos bloques de hielo, y con la misma frecuencia se levantarían olas gigantescas barriendo las costas; numerosos icebergs, algunos tan altos como catedrales y a veces cargados de «trozos de roca bastante grandes», yacerían embarrancados entre las islas cercanas, y de tiempo en tiempo violentos terremotos lanzarían prodigiosas masas de hielo a las aguas de la costa. Por último, algunos misioñeros, al querer penetrar en un brazo de mar, contemplarían cómo las montañas poco elevadas de las inmediaciones enviaban a la costa numerosas y grandes corrientes de hielo, y hallarían obstruído el paso de los botes por los innumerables icebergs flotantes, pequeños unos y grandes otros; y ¡todo esto ocurriría siendo el 22 de junio en Europa, y en los lugares donde ahora se extiende el lago de Ginebra! [26].


  1. Las brisas del Sudoeste son generalmente muy secas. Observaciones meteorológicas hechas cuando estábamos anclados al pie de cabo Gregory, en 29 de enero: temporal muy duro del Oeste por el S.; cielo claro, con pocos cúmulos; temperatura, 8°,3 centígrados; punto de rocío, 2°,2; diferencia, 6°,1. En 15 de enero, en Puerto San Julián: por la mañana, viento suave, con abundante lluvia, seguido de una turbonada también con lluvia; degenera en violento temporal con grandes cúmulos; aclara; vientos muy fuertes del SSO; temperatura, 15°,5; punto de rocío, 5°,5; diferencia, 10°.
  2. Rengger, Natur. der Saeugethiere von Paraguay, S. 334.
  3. El capitán Fitz Roy me hace saber que en abril (correspondiente a octubre en el hemisferio Norte) las hojas de estos árboles que crecen cerca de la base de las montañas mudan de color, pero no los de las partes más elevadas. Recuerdo haber leído algunas observaciones relativas a Inglaterra, donde las hojas caen más pronto en los otoños cálidos que en los fríos. El cambio de color, que se retrasa aquí en los sitios más elevados, y, consiguientemente, más fríos, debe de ser producido por la misma ley general de la vegetación. Los árboles de Tierra del Fuego no pierden enteramente sus hojas en ninguna época del año.
  4. Véase nota de la pág. 300.
  5. Ha sido descrito, según mis ejemplares y notas, por el reverendo J. M. Berkeley en las Linnean Transactions (vol. XIX, página 37), con el nombre de Cyttaria Darwinii; la especie de Chile es el C. Berteroii. Este género es afín al Bulgaria.
  6. Creo deber exceptuar una Haltica alpina y un solo ejemplar de un Melasoma. Mr. Waterhouse me participa que de los Harpálidos hay ocho o nueve especies, siendo muy peculiares las formas del mayor número; de Heterómeros, cuatro o cinco especies; de Rincóforos, seis o siete, y una especie de cada una de las familias siguientes: Estafilínidos, Elatéridos, Cebriónidos y Melolóntidos. Las especies en los demás órdenes son todavía más escasas. En todos los órdenes sorprende más el corto número de individuos que el de especies. La mayoría de los coleópteros han sido descritos cuidadosamente por Mr. Waterhouse en los Annals of Natural History.
  7. Su área geográfica es muy extensa; se la halla desde las extremas islas meridionales junto al cabo de Hornos hasta los 43° de latitud Norte en la costa oriental (según las noticias que me ha suministrado Mr. Stokes); pero en la costa occidental me dice el Dr. Hooker que se extiende hasta el río San Francisco, en California, y tal vez hasta Kamtschatka. Tenemos, pues, un área inmensa en latitud, y, como Cook, que debió conocer muy bien las especies de estas algas, la halló en Kerguelen Land, no menos que 140° en longitud.
  8. Véase Cook (James), Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del mundo, en la colección de Viajes clásicos editados por Calpe.
  9. Voyages of the «Adventure» and «Beagle», vol. I, pág. 363. Parece que el alga de referencia crece con gran rapidez. Míster Stephenson halló (Wilson, Viaje en torno de Escocia, vol. II, página 228) que una roca descubierta sólo en las mareas vivas, sin tener la menor vegetación en noviembre, al siguiente mayo, esto es, seis meses después, apareció cubierta con Facus digitatus de más de medio metro y con F. esculentus de dos metros de largo.
  10. Con respecto a la Tierra del Fuego, los resultados están deducidos de las observaciones hechas por el capitán King (Geographical Journal, 1830) y las tomadas a bordo del Beagle. En cuanto a las islas Falkland, debo al capitán Sulivan la media de las temperaturas medias (deducidas de observaciones a media noche, ocho de la mañana, mediodía y ocho de la noche) de los tres meses más calurosos (diciembre, enero y febrero). La temperatura de Dublín está tomada de Barton.
  11. Agüeros, Descrip. Hist. de la Prov. de Chiloé, 1791, página 94.
  12. Véase la traducción alemana de este Diario; y en cuanto a los demás hechos, el Apéndice de Mr. Brovn al Viaje de Flinders.
  13. En la cordillera de Chile Central, creo que la línea de nieves perpetuas varía muchísimo de altura en los diferentes veranos. Se me ha asegurado que durante uno muy largo y seco desapareció del Aconcagua toda la nieve, no obstante alcanzar la prodigiosa altura de 6.900 metros. Es probable que una gran parte de la nieve de esas elevadas alturas se evapore en lugar de licuarse.
  14. Miers, Chile, vol. I, pág. 415. Dícese que la caña de azúcar creció en Ingenio; latitud, 32 a 33°; pero no en cantidad suficiente para producir un beneficio industrial. En el valle de Quillota, al sur de Ingenio, vi algunas magnificas palmeras de dátiles.
  15. Bulkeley y Cummin, Faithful Narrative of the Loss of the « Wager». El terremoto ocurrió en 25 de agosto de 1741.
  16. Agüeros, Desc. Hist de Chiloé, pág. 227.
  17. Cuando un glaciar (véase la nota de la pág. 321), en su movimiento de descenso, llega al mar, su extremidad terminal se quiebra y fragmenta, llamándose iceberg a cada uno de los enormes bloques flotantes y a la deriva que resultan de este desprendimiento.—Nota de la edic. española.
  18. Geological Transactions, vol. VI, pág. 415.
  19. He dado detalles (los primeros que se han publicado a mi juicio) sobre este asunto en la primera edición y en el Apéndice de la misma. Allí he demostrado que las excepciones aparentes a la ausencia de cantos erráticos en ciertos países cálidos proceden de observaciones erróneas; varias de las afirmaciones hechas allí las he visto después confirmadas por diversos autores.
  20. Geographical Journal, 1830, págs. 65-66.
  21. Apénd. de Richardson a la exped. de Back, y Fragm. Asiat. de Humboldt, tomo II, pág. 386.
  22. En las orillas del Jana y en las costas de Nueva Siberia se han encontrado—bajo capas de agua dulce—masas, a veces de gran extensión y espesor, de hielo fósil. En varias ocasiones se han hallado cadáveres intactos de mamuts y de rinocerontes, con su piel y sus lanas, cuyas carnes se habían conservado congeladas.—Nota de la edic. española.
  23. Messrs. Dease y Simpson, en Geographical Journal, volumen VIII, págs. 218 y 220.
  24. Cuvier, «Ossements fossiles» (tomo I, pág. 151 del Voyage de Billing).
  25. Los pipis son pajaritos del género Anthus, como la especie A. pratensis, comunes en España.—Nota de la edic. española.
  26. En la primera edición y Apéndice he presentado algunos hechos sobre el transporte de cantos erráticos y de icebergs en el Océano Antártico. Este asunto ha sido tratado no ha mucho admirablemente por Mr. Hayes, en el Boston Journal (vol. IV, página 426). El autor no parece estar enterado de un caso publicado por mí (Geograpkical Journal, vol. IX, pág. 528), de un canto gigantesco arrastrado en un iceberg del Océano Antártico a 100 millas de distancia de tierra, y tal vez mucho más. En el Apéndice he discutido extensamente la probabilidad (en aquel entonces difícilmente sospechada) de que los icebergs, al embarrancar, acanalaban y pulían las rocas como glaciares. Hoy es una opinión comúnmente admitida, y sospecho que es aplicable aun a casos como el del Jura. El Dr. Richardson me ha asegurado que los icebergs frente a Norteamérica arrastran ante sí guijarros y arena y dejan enteramente desnudas las planicies rocosas submarinas; apenas cabe dudar de que esos pedruscos deben pulimentarse y tallarse en la dirección general de las corrientes predominantes. Después de escrito el Apéndice he visto en el norte de Gales (London Phil. Mag., vol. XXI, pág. 180) la acción conjunta de glaciares y de icebergs flotantes.