Doble existencia

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CUENTO PARA NIÑOS
Á Ana Lin Payro


 - ¿Así, pues, preguntó Arturo, hay siempre ese antagonismo entre los ricos y los pobres, y vice-versa?

 - Sí, dijo el anciano. O, por lo menos, no he visto más que excepciones durante toda mi vida. Y también esa era la opinión de mi madre, cuando tenía más años que los que tengo yo ahora, y los cabellos tan blancos ya como un copo de algodón.

 - ¿Cómo lo sabe Vd? preguntó Luis.

 - ¿Cómo? Porque siempre me relataba un cuento, un cuento raro, que, según ella, debía llamarse "La existencia doble"

 - ¡Veamos el cuento, veamos el cuento! exclamaron todos.

 - Es largo, es difícil de contar, y quién sabe si acierto en mi ignorancia: mejor es que calle.

 - ¡Nó, nó! ¡que lo cuente, que lo cuente! entonaron en coro.

 - Si tal es el deseo de Vds... Pero quizá se arrepientan. No olviden que el cuento era relatado en aquella época por una mujer pobre; que hoy lo es por un hombre más pobre todavía; y que los que carecemos de fortuna, los que nos vemos obligados á trabajar hasta la edad más avanzada de la vida, tenemos mucha hiel que verter sobre los ricos...

 - No importa, dijeron unos.

 - ¡Tanto mejor! exclamaron otros.

 - Siendo así, comenzaré mi cuento, pero les ruego que no me interrumpan, dijo el anciano componiéndose el pecho y paseando la vista en de rededor, mientras el más profundo silencio reinaba en la sala.


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I.

 Allá, en lejanos tiempos, cuando los pobres no pensaban, porque no tenían libertad para ello todavía, cuando ciertos hombres eran señores, y esclavos los demás, habitaba en una ciudad populosa un humilde carpintero, acompañado por su mujer y dos hijos pequeños, que, si le daban alegrías pasajeras, constituian para él una pesada carga, una fuente de disgustos nunca concluida.

 Una noche en que, solo en su taller, se quejaba de su suerte, envidiando á los ricos, y maldiciendo de su destino, mientras trabajaba afanoso para ganar el pan del día siguiente, sintió de pronto que una mano ruda daba dos golpes á su puerta. Dirigióse á ella, pero antes de que pudiese abrir, se halló frente á frente con un hombre todo vestido de negro, cuyos ojos relucían extrañamente en medio de la semi-oscuridad del taller. Juan -que así se llamaba el carpintero- contempló con asombro al recién llegado, vió sus ojos chispeantes como áscuas, sus manos velludas, negras, espantosas, sus largas y retorcidas uñas, y dijo para sí, dando diente con diente:

 - ¡Este caballero debe ser el diablo!

 Y el diablo era, sí señores, aunque Vds. no lo crean porque jamás lo han visto aparecerse á nadie; en el diablo que se presentaba á tentar al carpintero para llevarse su alma á las cavernas infernales; así me lo ha asegurado mi madre, cuando ya era anciana, aunque luego me decía que solo se trataba de un apólogo: yo no sé lo que quiere decir esa palabra, pero supongo que ella se refiere á las apariciones del demonio.

 En fin, aquel enlutado era Satanás en persona.

 - Sí, soy el diablo, dijo el desconocido, contestando á los pensamientos de Juan, cuyo temor aumentó más aún. Soy el diablo, y como me he propuesto protejerte, al oir tus lamentaciones de esta noche, al saber cuánto envídias á los ricos, he acudido á tí para darte una fortuna...

 - ¡Una fortuna! exclamó el carpintero, cuyo miedo desapareció ante tan májica palabra ¿Y qué se necesita para eso?

 - Vamos por partes, y no nos apresuremos, dijo el diablo. Ante todo soy una persona ordenada, y no me gusta perder el tiempo en vano. He aquí mi proposición: desde mañana serás rico, inmensamente rico, pero solo durante el día; por la noche tendrás que volver á tu existencia anterior, no ser ya D. Juan, el magnate, sinó simplemente Juan el carpintero.

 - ¿Y tendré que trabajar también? preguntó el desgraciado, temiendo que continuasen sus pesadas tareas, y ya no muy contento del contrato propuesto por el demonio.

 - No; pero tendrás que pensar, y ya sabes que de noche es cuando se pasan en revista todas las acciones del día: trabajo por trabajo, creo que preferirás éste.

 - ¿Y qué tendré que darle á Vd. en cambio? preguntó el carpintero sin perder el respeto al desconocido, pero loco de alegría.

 - Absolutamente nada. Ya me servirás bastante, sin darte cuenta de ello. ¿Aceptas mi proposición?

 - ¡De mil amores! gritó Juan lleno de júbilo.

 - Reflexiónalo bien, añadió el hombre negro reposadamente. Mira que puedes haberte equivocado; quizá la felicidad que ha de darte la riqueza no sea digna de cambiarse por tus desdichas de obrero pobre cargado de familia... Mira, también, que la fortuna trae grandes pesares para los que á ella llegan de pronto, y que no estás preparado para formar parte de esa sociedad á la que ha de llevarte tu dinero...

 -¡No importa, no importa! exclamó Juan, temiendo que se le escapase la ocasión de llegar á la dicha tanto tiempo ambicionada. Concédame Vd. esa fortuna, que con ella sabré arreglármelas de modo de ser feliz.

 - Bien, te la concederé; pero aún quiero darte una muestra más del desinterés de mis acciones: no trato de engañarte y te doy toda una semana de prueba; si después de transcurrida te arrepientes de tus deseos, nada habremos hablado; si persistes en tu intención, esa fortuna será tuya siempre.

 - ¡Oh! no cambiaré de opinión dentro de una semana, ni nunca, dijo Juan. Déme Vd. pronto el dinero, y yo se lo agradeceré tanto más cuanto ahora me encuentro en la mayor miseria.

 - Pues bien, desde mañana estarás dotado de esa doble existencia hasta dentro de ocho días, al fin de cuyo plazo vendré de nuevo á verte, dijo el enlutado; serás rico desde las ocho de la mañana hasta la media noche; y antes de que Juan hubiese dicho una palabra, desapareció, quién sabe por donde, dejando al carpintero con la boca abierta para contestar; pero éste no se afligió por ello, giró sobre sus talones, loco de contento, y fué á acostarse, abandonando en el taller su obra aún no terminada...


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II.


 Toda aquella noche la pasó en una agitación extraña; el sueño huía de él, y mil visiones horribles lo atormentaban, haciéndole pensar cosas espantosas... Por fin logró dormirse cuando las primeras claridades del nuevo dia comenzaban á penetrar por los vidrios de la ventana.

 Cuando despertó era ya tarde; el sol se acercaba á la mitad de su carrera y en su pobre habitación se veía claro.

 Miró á su alrededur y nada extraordinario vió, salvo la ausencia de su mujer y sus hijos, que supuso estarian como de costumbre en el taller.

 Vistióse apresuradamente, é iba ya á tomar sus herramientas para entregarse de nuevo á sus tareas, cuando el recuerdo de lo que habia pasado en la noche anterior vino á causar honda impresión en su cerebro. ¿Era aquello verdad? ¿era sólo una enojosa pesadilla?...

 - ¡Eh! son locuras, dijo por fin, sacudiendo la cabeza. Mejor es que prosiga trabajando.

 Pero apenas llegó al taller, quedóse mudo de asombro: Allí no estaban sus herramientas, allí no estaba su fogón, ni su mesa de carpintero, ni sus cepillos, ni sus formones. El almacén presentaba un aspecto tristísimo y desolado: las cuatro paredes, blancas, manchadas aquí y alla, silenciosas y tétricas, alineándose hasta el gran portón que daba á la calle, abierto de par en par, como la órbita vacía del ojo de un esqueleto; el suelo terroso, lleno de virutas, de manchas de cola, de clavos mohosos, inservibles; el techo lleno de telas de araña cubierta de polvo, deshabitadas como el taller, antes tan lleno de ruido, de animación, de vida... Juan sintió un malestar indecible, oprimiósele el coraron, y agolpáronse las lágrimas á sus ojos. Pero, por fin, recordando la promesa del enlutado, sacudió sus pesares y salió del taller con paso firme.

 Caminaba empujado por una fuerza extraña, sin detenerse, recorriendo casi toda la ciudad de extremo á extremo, hasta que ese mismo poder sobrenatural hízolo detenerse á la puerta de un hermoso palacio, subir una gradería, y penetrar al interior, como si fuese el dueño absoluto de tan valiosa finca.

 Al verlo llegar, el portero se descubrió, poniéndose de pié: lo mismo hicieron cuantos criados halló Juan en su trayecto, lo que lo asombraba cada vez más; y de ese modo continuó recorriendo el palacio, hasta que penetró en un dormitorio verdaderamente régio.

 - Esta es tu casa, dijo entonces una voz, y el carpintero aun mas asombrado, vió surjir delante de sí al mismo enlutado que se le apareciera la noche anterior. Me he esforzado en guiarte hasta aqui, porque ésta es tu mansión diurna y lo será por espacio de una semana por lo menos.

 Juan no sabía qué decir, pero, al fin, sus temores de que todo fuese un sueño, le hicieron preguntar:

 - ¿Y el dinero? ¿Donde está el dinero?

 - Aquí, contestó el diablo, abriendo un armario lleno de talegos de oro; aquí y en los sótanos del edificio, donde encontrarás todo el que quieras.

 Juan, no contento con mirar aquellas riquezas incalculables, las tocó, las movió, abrió un talego, luego otro, luego otro, y hubiera seguido así, á menos que su protector no le hubiese dicho:

 - Como necesitarás ropas mejores que esas, debo indicarte este otro armario, donde encontrarás cuántas prendas de vestir desées.

 Y esto diciendo, ante los asombrados ojos de Juan, presentó el guarda-ropa mejor surtido que se haya visto jamás...

 Juan lo miraba todo, sin querer creer que era verdad lo que le confiaban sus sentidos, pero casi convencido ante aquella portentosa evidencia.

 - Y ahora, me voy -añadió el diablo- pero sin apartarme mucho de aquí: en cuanto me necesites, aunque no me llames estaré á tu lado. Aun mas: durante los primeros dias guiaré tus pasos, porque estarás algo ignorante en lo que resta á tu nueva posición, y no quiero que hagas un mal papel.

 Y, como de costumbre, el enlutado desapareció, aún antes de que Juan hubiese pensado en contestar, dejándolo perplejo en medio del espléndido palacio.

 Asi permaneció durante largo rato, hasta que, al cabo, el recuerdo de su esposa y de sus hijos revivió en su corazón.

 - ¿Cómo podré llamarlos? ¿Cómo podré verlos? se preguntaba.

 El diablo habia prometido, y cumplió; la misma fuerza que lo llevara á su nueva casa, empujó su brazo hácia el cordon de una campanilla. Lo agitó nerviosamente, y un segundo después presentábase ante él un criado vestido con la mayor correccion.

 - ¿Donde está María? preguntó Juan, viendo que el servidor no rompía el silencio.

 - La señora se encuentra con los niños en sus habitaciones, contestó el criado, cuadrándose en postura militar. Creo que todavía no se ha levantado... pero si el señor quiere, iré á informarme.

 - Sí, hágame Vd. el servicio, señor, de ir á informarse para avisarme en seguida. Se lo agradeceré mucho.

 El criado dió muestra de asombro al oir tan respetuoso tratamiento, pero después, siempre correcto, sin decir una sola palabra, inclinóse ante el improvisado milonario y salió de la habitación.

 Juan aprovechó de esta circunstancia para cambiarse de ropa, aunque, admirado, casi no se atrevía á tocar aquellos magníficos trajes.

 Cuando el criado volvió, estaba terminando de arreglarse.

 - La señora duerme todavía.

 - Ah! dijo Juan.

 - ¿El señor se viste hoy sólo? preguntó humildemente el criado, pero con un lijero acento de admiración. ¿No desea el señor que yo le ayude?

 Juan miró á aquel hombre, ya anciano, vestido con lujo, de mirada leal y lenguaje esmerado, y díjole con la mayor cortesía:

 - Muchísimas gracias; no se incomode Vd.; le agradezco mucho sus atenciones...

 - Parece que D. Juan no me conoce hoy, murmuró, sonriendo lijeramente, el criado. Me trata de un modo tan extraño...

 En esto el ex-carpintero concluyó de vestirse.

 - Hágame Vd. el servicio de·conducirme á donde está Maria, dijo.

 La admiración del criado subió de punto:

 - Si yo me atreviese... si el señor quisiera... creo que... un médico... podria servirle... porque no sé lo que veo en el semblante del señor, que .... que dá á comprender que se halla enfermo...

 El ambicioso, compendiendo por fin las sonrisas y las reticencias del criado, miróse á un grande espejo, y viéndose vestido de tan estravagante manera, no pudo menos que soltar la risa.

 El anciano, siempre correcto, pero algo pálido, retrocedió hasta la puerta. En ese momento Juan lo miró, y tal era la impresión de espanto que vió en su semblante, que se adelantó á él, creyendo, á su vez, que estuviese enfermo. Pero el criado, al ver ese ademán, para él amenazador, dió una vuelta, cerró la puerta de un formidable golpe tras de si, y púsose en precipitada fuga por todo el palacio, gritando desaforadamente:

 - ¡Está loco! ¡el señor está loco!...

 Juan no se asombró por eso, antes bien, haciendose audaz abrió la puerta y salió también de su cuarto. Al pasar por los regios corredores, todos los criados que encontraba, emprendian la fuga como el que antes le habia servido; pero el ex-carpintero, de estupefacción en estupefacción, de susto en susto, íbase acostumbrando á aquellas peripécias, de modo que recorria el palacio sin preocuparse de los deserción general que causaba. Así caminó largo rato, hasta que al fin se detuvo en el término de un corredor.

 - ¿En dónde estará mi mujer? se preguntó. Quisiera encontrarla.

 E inmediatamente después sintió la influencia de ese poder extraño que lo sacara de la carpintería en aquella mañana memorable, que lo empujaba esta vez irresistiblemente hácia una puerta situada en aquel mismo corredor. Fué á ella, la abrió, y encontróse en una habitación lujosamente alhajada, pero solitaria, muda. Recorrióla con la vista, examinó los numerosos cuadros, y esas mil insignificancias que se hallan en los gabinetes de las mujeres ricas, hasta que una puerta, cerrada por ámplias colgaduras de terciopelo llamó su atención; alzó la cortina y vió un espléndido dormitorio, alumbrado por la luz ténue y difusa que atravesaba los vídrios cubiertos de preciosas telas; muebles artísticos; tapices admirables, y allí en el fondo, un lecho magestuoso, de madera finísima, de cuyo dosel, casi á la altura del techo, pintado con caprichosas alegorías, caían las colgaduras de raso en ámplios pliegues, y sobre cuyos mullidos colchones dormía una mujer. Acercóse el nuevo millonario de puntillas, y cuando estuvo cerca, cuando hubo mirado aquellas facciones, no pudo contener un grito.

 - ¡Maria! exclamó.

 La mujer lanzó un suspiro, volvióse en la cama, restregóse los ojos, miró á Juan, como asombrada, y dijo con acento de enojo;

 - ¡Ah! sois vos D. Juan. ¿Qué tenéis, que venís á despertarme tan temprano? ¡Creo que no guardáis las consideraciones debidas á vuestra esposa!...

 -¡Tan temprano! ¡Si es la una de la tarde! ¡Si estás acostumbrada á levantarte á las cinco de la mañana! ¿Y á esto llamas temprano? ¡Por Dios que debes estar loca, Maria!... Además... me hablas de una manera tan extravagante que voy a convencerme de que has perdido el juicio.

 Ella le miró con asombro, estuvo un momento silenciosa y murmuro por fin, como si no se atreviese á levantar la voz, de miedo de que su marido hiciera con ella algun desacato.

 - Reportaos, Juan. ¿Qué manera de hablar es esa? Creo que usáis de un lenguaje digno solo de los obreros, de esa gentuza degradante que tanto despreciamos.

 Aquello era más de lo que el carpintero podía sufrir.

 - ¡Vamos, vamos, con mil demonios! Déjate de hablar disparates, recuerda que tengo la mano pesada, y que cuando llego á enojarme... Hum!... ¡No me hagas acabar la paciencia!...

 Ella dió un salto en la cama, cojió con mano febril el cordón de la campanilla, que pendía á su alcance, y lo agitó desesperadamente.

 Juan, con los brazos caidos, la boca abierta, los ojos más abiertos aun, con el ademán del asombro más grande, contempló á su mujer, que lo miraba á su vez con gesto de terror pánico. Por fin, la llegada de una criada, puso término á la escena.

 - Conducid al señor á sus habitaciones, dijo Maria con voz desfallecida, conmovidos sus nervios, y la vista expresando aun el miedo mas horrible. Y señaló á su marido la puerta del dormitorio.

 El carpintero, agoviado por aquellos inesperados sucesos, salió casi llorando de las habitaciones de Maria, que se revolvió nuevamente en el lecho, acomodó su cabeza en las almohadas, y no tardó en volver á dormirse, buscando en el sueño el olvido de aquellas escenas degradantes.


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III

 A todo esto, Juan encontrábase de nuevo en su habitación. Entonces se propuso visitar detenidamente su palacio, que en medio de tantas emociones, no habia visto antes. Componíase, la habitación de cinco piezas, todas comunicadas; el dormitorio, la biblioteca-despacho, el cuarto de vestir, la salita de juego, y un pequeño salón de recibo. En el dormitorio notó una puertecita cuidadosamente cerrada, que debia dar sin duda al departamento de su esposa; acercóse á ella, y escuchó atentamente, pero nada se oía: la punta era muy gruesa y debia estar cubierta de colgaduras por el otro lado. En cuanto á su habitación, era más sencilla que la de su mujer, aunque no menos rica: muebles de maderas finas, cuadros dignos de un museo de pintura, sedas, tapices pintorescos, colgaduras espléndidas ... Todo lo miró Juan atentamente, aunque algo distraido, preocupado como estaba de la suerte de sus hijos. Por fin, conociendo ya un poco la manera de componerse en el palacio, agitó la campanilla. Presentóse el mismo criado anciano, que, no tranquilizado todavia, ó más bien más temeroso por las noticias que recibiera de lo que habia acontecido en las habitaciones de la señora, manteniase á respetuosísima distancia.

 - ¿Dónde están mis hijos? preguntó Juan bruscamente.

 El criado dió instintivamente dos pasos atrás.

 - Están almorzando, contestó con voz temblorosa.

 - Quiero verlos.

 - Imposible; su aya les dá al propio tiempo la lección de inglés, y no quiere ser interumpida.

 Juan hizo un gesto de disgusto.

 - ¡Bien! ¿y yo no almuerzo? preguntó.

 -Esperaba la indicacion del señor ... porque mientras el señor no lo dice... por no enojar al señor.... porque quizas el señor no tiene apetito .. no servimos al señor ... hasta que el señor quiera ....

 Y á cada una de estas frases iba dando un nuevo paso atrás.

 - Pues la indicación del señor está hecha, porque el señor lo ha dicho, y el señor no se enoja, y el señor tiene un hambre de doscientos mil demonios, y el señor quiere que lo sirvan ¡caramba! ...

 El criado dió un salto, abrió la puerta cuan grande era, salió casi corriendo, miró hácia atrás, y como vió que nadie lo seguia se detuvo; secóse la frente empapada de sudor, y murmuró agitando la cabeza:

 - ¡Está loco, está loco, decididamente está loco! ...

 Luego, algo más tranquilizado, volvió hácia el cuarto, sacó la cabeza por el hueco que dejaba la puerta entreabierta, y preguntó, sin abandonar su actitud de retirada.

 - ¿El señor almorzará aqui?

 - ¡Si! dijo Juan adusto y cejijunto.

 Todo marchó bien de allí adelante; el carpintero almorzó como un príncipe -no en su modo de sentarse á la mesa, se entiende, sinó en los manjares que devoró con apetito asombroso- y los criados iban ya perdiéndole el miedo. Al terminar estiró los brazos, bostezó, sirvióse un nuevo vaso de vino que bebió de un sorbo como buen gañán, y dijo:

 - Quiero ver á mis hijos. Tráiganmelos al momento.

 Los criados miráronse unos á otros, con gesto de asombro, y el anciano, como más caracterizado, se atrevió á murmurar:

 - El señor conoce bien las costumbres de los niños; esta es la hora en que dan sus lecciones de equitación y esgrima, y no se hallan en el palacio.

 - ¡Llévenlos dos mil quinientos demonios, hombres inservibles! ¿Es esta casa ó es asilo de dementes? ¡Yo quiero ver á mis hijos, caramba!...

 Nueva fuga, y esta vez más pronunciada, se produjo en la servidumbre. Juan quedó solo.

 - ¡Vaya, vaya, vaya! exclamó sentándose y dando un gran suspiro. Esta no es vida: esto es martirio.

 Y trató de dormirse, cuando un criado, introdújose medrosamente, y dijo:

 - En la porteria hay un hombre que desea hablar á Vd.; dice que ha sido vecino suyo, y que se llama Lúcas, que es curtidor de suelas y que el señor es su amigo.

 - Hágalo Vd. entrar.

 - Es que ... está tan súcio ... huele tan mal.

 - ¡Ah! ¿huele mal? Si es el oficio que tiene, que le obliga á andar con malos olores ... Que entre.

 El criado salió refunfuñando. Poco después volvió acompañado por un hombre fornido, de gesto bondadoso apesar de la barba descuidada y espesa que le cubria casi todo el rostro, y cuyo vestido miserable, y no oliendo á rosas ni mucho menos, dábale un aspecto de infinita pobreza.

 En cuanto vió á Juan, lanzóse á él con los brazos abiertos, queriendo abrazarlo sin duda, pero éste puso entre su demostrativo ex-compañero de infortunios y él, como muralla insalvable para el proletario, un rico canapé dorado, que logró detenerle.

 El hércules aquel bajó la cabeza, alzóla en seguida, y mirando á Juan con expresión de reproche:

 - Cómo se conoce, dijo que los tiempos han cambiado, que ahora ya no vas á pedirme una parte de mis miserables comidas para repartirlas entre tu mujer, y tus hijos ... ¡cómo se conoce que ahora eres millonario, y que yo no tengo un pedazo de pan que llevar á la boca!

 - ¡Oh! dijo el carpintero con acento de superioridad. ¡Cómo se atreve esta gente á venir á insultarme, á mentir ante mí tan descaradamente! Buen hombre, yo no te debo servicio alguno, yo no te he visto en mi vida ... ¡Vete al diablo!

 - A él irás por desagradecido, contestó el hombre. Pero no, es imposible; tratas de engañarme, de hacerme crecer que has cambiado, que has llegado hasta á olvidarte de mí... Pero eso es cruel, muy cruel. Mira: mi esposa se muere, mi hijo mayor ha huido robándome lo poco que tenía, el trabajo escasea de tal modo que no puedo ganar ni lo suficiente para comprar los remedios que mi mujer necesita ... y la miseria va acercándose, acercándose, cada vez más amenazadora, y mis hijos, que han partido su pan con los tuyos, van á llorar como nunca han llorado ... van á llorar de hambre! ...

 Y el hércules lloraba también.

 Juan mordíase las uñas por hacer algo, enojado por aquellas palabras que iban á turbarle con recuerdos de su pasada existencia, en medio de la fortuna.

 - ¡No sé qué quieres decirme! Vete al diablo, ganapán! exclamó por fin. Creía que venias á admirarme y respetarme en medio de mi espléndida posición ... y á lo que vienes es á llorar miserias que no me importan y que no quiero conocer.

 Lúcas lo miró fijamente, durante largo rato, y dijo después:

 - ¿Esos son todos los consuelos que me das? Has de arrepentirte de ello en algún dia. Mira que al portarte así, das pruebas de la mas infame ingratitud, y que esas vilezas no quedan sin venganza ... Recuerda que has sido carpintero, y tan pobre que has necesitado mi ayuda; que hoy me niegas la tuya, y que al negármela me condenas, casi, á la muerte; recuerda que has sido un miserable, un obrero, un hombre oscuro,que trabajaba dia y noche para que viviese su familia, como lo hacia yo, como lo hago todavía; que te has olvidado de los lazos de amistad que nos unían, de los deberes que tienes para conmigo, deberes tanto más sagrados cuánto que tu posición es hoy infinitamente superior á la de entonces .... y que todas estas iniquidades merecen un castigo. ¡Juan el carpintero! no olvides jamás que eres merecedor de un castigo, y está siempre preparado para recibirlo! ..

 Juan, inflamado de cólera ante aquellas amenazas, esperaba solo una coyuntura para contestar. Cuando Lúcas guardó silencio, exclamó con el rostro encendido, y temblando de enojo:

 - ¿Y quién le ha dicho á Vd. que yo he sido carpintero, señor atrevido? ¿De dónde se ha imajinado Vd. que he tenido necesidad de sus servicios para nada? ... ¡Salga Vd. de aquí inmediatamente, ó sinó lo haré arrojar por mis criados!...

 Y se sentó majestuosamente en aquel mismo canapé que le sirvió de valla contra los abrazos de su amigo.

 - Juan, mira lo que haces, murmuró el curtidor, tratando aún de ablandar al carpintero. ¡Ya sabes cuánto te queríamos, yo, mi mujer y mis hijos pequeños ... del mayor nada digo, porque tiene el corazón de una hiena! .. Y hoy están en la miseria; ella se muere; ellos van á pedirme el pan que no puedo darles; el pan que me falta!... ¡Qué podré hacer, si me niegas tu ayuda!...

 Y como el otro no se moviese todavia, exclamó con furor:

 - ¡Oh! no eras así, en la época en que trabajabas de carpintero!...

 Aquella exclamación hizo subir de punto el enojo de Juan, que señalando á Lúcas la puerta exclamó:

 - Vil mendigo, iba á hacerte una limosna, pero tu desfachatez que me crispa los nérvios, me obliga á arrojarte de aqui. ¡Vete enhoramala y el diablo te lleve ¡Y guárdate de que yo vuelva á oir hablar de tí, pues entonces lo pasarás mal!...

 Lúcas, inclinada la cabeza, dirijióse á la puerta con paso tembloroso. Pero antes de salir, miró á su amigo, é indicando el cielo con los ojos, exclamó:

 - ¡Serás castigado por mal amigo, por ingrato, y por negar tu ayuda al menesteroso cuando nadas en la opulencia! ¡No envidio tu suerte!...

 Y salió.


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IV


 Cuando se encontró solo, Juan respiró; aquella escena lo habia disgustado hondamente, y necesitaba descansar siquier fuese un segundo. Asi, pues, permaneció largo espacio semi tendido en el canapé, con los ojos entornados y la boca entre abierta. Un dulce adormecimiento iba apoderándose de él poco á poco, cuando el recuerdo de sus hijos acudió de nuevo á su imajinación: no los habia visto desde la noche anterior, y desde aquella mañana deseaba vanamente abrazarlos; de modo que, sacudiendo su pereza de obrero en dia de fiesta, agitó aún otra vez el cordón de la campanilla, á cuyo sonido acudió el criado anciano.

 - Quiero ver á mis hijos, dijo Juan.

 - El señor, sin duda, no ha mirado su reloj ...

 - ¿Y qué tiene que ver el reloj con mis hijos?

 - Es que son las cuatro y media de la tarde, y los niños dan clase de natación en este momento.

 Juan lanzó un terno formidable, que hizo estremecer al criado.

 - ¿Y mi mujer? preguntó.

 - Acaba de hacer enganchar el carruaje para salir.

 - ¿A dónde vá?

 - La señora nunca dice á dónde vá, cuando sale.

 - Esta bien, váyase Vd.

 El criado salió, y Juan quedó paseándose agitadamente por el cuarto. Por fin, queriendo huir de la obsesión que le atormentaba, tomó un sombrero, el primero que encontró á mano, abrió el armario de los talegos, sacó un puñado de dinero, y salió de su cuarto y poco despues del palacio, dispuesto á errar al acaso por las calles de la ciudad.

 Pero parecía que de intento se hubiesen colocado en su camino todos los obreros amigos suyos en otra época, que lo saludaban con un Adios Juan que le erizaba el cabello - y que no llegaban á palmearlo en el hombro por misericordia de Dios.

 En esto un carruaje pasó á su lado; miró hácia él y vió á Maria, que hizo detener inmediatamente el vehículo.

 - Subid, don Juan, dijo. Tengo que hablar con vos.

 - ¡Dale con ese tratamiento de seglar á obispo! exclamó Juan para su capote, y subió al carruaje, no sin admirarlo antes, contento de poseer tan vistosa máquina.

 En cuanto se sentó al lado de su esposa, los caballos arrancaron.

 - ¡Cada vez más torpe! exclamó Maria. Habéis subido al lugar que á mí me correspondía, y me dáis la izquierda... !

 El pobre hombre miró con asombro á su mujer, no comprendiendo mucho en aquella jeringonza.

 - Esta mañana, continuó ella, os habéis conducido como un gañán; pero estoy dispuesta á perdonaros si me prometéis no cometer ninguna atrocidad durante la comida de esta noche.

 - ¿Qué comida?

 - ¿Lo habéis olvidado? Recordad que invitamos ayer á nuestros numerosos amigos, á un banquete con que yo festejo mi cumpleaños

 - ¡Ayer! exclamó el carpintero, recordando que el dia anterior trabajaba aun como un esclavo. Sí ayer ...

 Pero Maria no le dejó terminar.

 - Sed, sobretodo, moderado; no comáis mucho, no bebáis mucho, y hablad lo menos posible; de ese modo creo que todo saldrá bien .... Ya sabéis que la comida comienza á las siete en punto, y que nosotros debemos estar antes de esa hora.

 Y haciendo detener el carruaje, dijo brevemente:

 - Podéis bajar; yo tengo qué hacer aun.

 Y Juan, de asombro en asombro, sin haber podido contemplar á sus hijos, sin reconocer á su esposa bajó sin pronunciar una palabra, tambaleante como un beodo.

 ¡Qué demonio de pesadilla es ésta! murmuró por fin, sacudiendo á uno y otro lado la cabeza, como para ahuyentar de ella las sombras que lo enloquecían.

 Y, triste y cejijunto, sin mirar á nadie, sin ver nada, regresó á su palacio, mudo y sombrío en medio del crepúsculo de la tarde, muy distinto de su miserable taller, alumbrado ya á esa hora por un vacilante candil, pero lleno del contento que trae al obrero la proximidad de la hora del descanso. Penetró en su habitación, ya casi sumida en la oscuridad, sentóse en un diván, y con la cara entre las manos recorrió en la memoria todos los sucesos de aquel dia ....

 - ¿Dónde estarán mis hijos? preguntóse al cabo en voz alta. Quisiera saber dónde están mis hijos.

 Y una voz, para él ya muy conocida, contestó desde las tinieblas que se hacían más profundas cada vez.

 - ¿Para qué quieres ver á tus hijos? Eres demasiado dichoso para que necesites de verlos. Hoy almorzaban dando su lección de inglés, más tarde estudiaban esgrima y equitación, luego aprendían á nadar, ahora pasean...

 - ¿Y podré verlos? preguntó él, ya familiarizado con lo portentoso.

 - ¿Para que? Dentro de un rato estarán comiendo, despues dormirán; sería incomodarlos. Por otra parte van á dar las siete: arréglate para asistir á la comida.

 En aquel instante entró el criado anciano.

 - La señora espera al señor en el salón, dijo, y salió en seguida.

 Un relámpago de alegría iluminó el semblante de Juan, que vió en aquel banquete una esperanza de contento. Así es que se dirigió al salon.

 María lo recibió con gesto de vinagre; estaba vestido como un payaso; aquello no se podía sufrir; ¿era esa la manera de festejar el cumpleaños de su esposa? de veras que merecía ser un ganapán! ..

 Él se encojió de hombros y no contestó una palabra.

 Los convidados comenzaron á llegar: grandes señoras y grandes señores, con vestidos lujosos, y lacayos y criados y séquito; mil monerías, mil adornacos, muchos bésoos la mano, ó los piés, muchas cortesías inacabables, muchos cumplidos adocenados... Esto fué en un principio; luego la concurrencia fué formando grupos, en cada uno de los que se hablaba mal del palacio ó de sus dueños -excepción hecha de aquellos corros en que se encontraban estos. Yo nunca he asistido á reuniones de esa especie, pero creo que todas son semejantes.

 Por fin se pasó ruidosamente al comedor, vasta sala alumbrada con profusión, y adornada con gusto.

 Se comenzó á comer casi en silencio; pero luego se sintió un lijero murmullo que poco á poco fué convirtiéndose en conversación general. Las treinta personas que rodeaban la mesa, manejaban la tijera á más y mejor, pues como pertenecian á esa clase rica de la sociedad, que es el escalon que une á la aristocrácia con la plebe, no podian ver á los que estaban colocados en el escalon superior. Juan permanecía silencioso, siguiendo las indicaciones de su mujer, y comiendo lo menos posible, tanto que una señora gorda que estaba á su lado y que comía por veinte, no pudo menos que decirle.

 - ¡Qué desganado estáis, don Juan! ¿Porqué no coméis?

 - ¡Por que no tengo hambre! contestó groseramente el millonario.

 - ¡Y yo que había oidoos citar como un gran comilón! ¿Estáis enfermo?

 - ¡No estoy enfermo pero María no quiere que coma mucho, y no como. Dice que esas son cosas de los ganapanes.

 - ¡Los ganapanes! exclamó un caballerete pálido y escuálido, que se hallaba al otro extremo de la mesa, y que no había oido más que esa palabra. ¿Cuándo se borrará esa voz del diccionario? Justamente ahora, tomando por pretesto la falta de trabajo, ponen el grito en el cielo, y reclaman protección de las clases altas amenazando con motines y revolu­ciones. ¡Como si ellos merecieran algo más que lo que tienen!... Y no solo son ellos los que alzan la voz, sinó que tambien hay algunos de esos obreros, de esos almaceneros y mercaderes, ó carpinteros y peones de mano enriquecidos, que los ayudan en sus tareas desquiciadores... ¡Eso y no más faltaba!...

 Juan, que había oido atentamente este discurso, púsose rojo, luego pálido, miró irritado al hombrecillo calvo, y dijo con voz sorda, que poco á poco fué adquiriendo sonoridades extrañas.

 -Vamos á ver, señor mío ¿qué es lo que tienen de menos esos hombres enriquecidos de ayer, esos gañanes y mercaderes, esos peones de mano y carpinteros, que han trabajado toda su vida para adquirir una fortuna, -qué tienen de menos que los que son ricos porque sus padres lo fueron, como si dijéramos por la casualidad, sin que hayan hecho nada para conseguirlo, sin que lo merezcan muchas veces? ¿Qué es V. más que yo, que he adquirido mi fortuna como no quiero decírselo, y que ayer tenía que trabajar hasta media noche para que mi familia no se muriese de hambre?. Yo no tengo vastos conocimientos, no sé hablar como un letrado, pero puedo comprender las acciones de los hombres, y creo razonable la conducta de aquellos que protejen á los gañanes.. Nosotros, que no pertenecemos á la aristocrácia, que no perteneceremos nunca á ella, por más que lo queramos ¿á quién prestaremos ayuda y apoyo? ¿á los que nos ódian porque los despreciamos, ó á los que odiamos porque nos desprecian? ¿á nuestros superiores, ó á los que están más abajo que nosotros?... Ayudemos á los que nos necesitan pasajeramente, á los que pasan por nuestro lado sin mirarnos siquiera, -y cuando los hayamos servido se reirán de nosotros; prestemos apoyo á los que lo necesitan siempre, á los que, cuando pasamos cerca, se hacen á un lado para dejarnos libre el camino, aunque no nos quieren bien ahora; tendamos nuestra mano al proletario, y tendremos en él un esclavo, esclavo por su voluntad, siempre agradecido, sumiso siempre ... Yo lo ignoro todo, ya lo he dicho; mis palabras no pueden ser más que vulgares, pero no importa; además, no pretendo defender á las clases pobres, porque no hago caso de ellas; pretendo que nos defendamos á nosotros mismos; quiero decir, que cuando las masas se levanten, no sean enemigas nuestras, sinó que hagan el tiro más arriba; eso está en nuestro interés, en nuestro egoismo: ayudemos á los pobres, y ellos nos respetarán cuando llegue la hora de las represàlias ...

 La mayor parte del auditório se puso á reir; María, roja como una amapola, hacía vanamente señas á Juan para que se callase; el vejete calvo tomó la palabra:

 - ¡Bravo! ¡Bravo! Salvo algunas correcciones de que es susceptible vuestro discurso; salvo la ausencia completa de originalidad que en el se nota, podría pasar por una pieza oratoria de primer órden.

 El carpintero, picado por el aire sarcástico y el acento punzante que usaba el hombrecillo, exclamó fuera de sí, y sin poderse contener:

 - ¡Es V. un imbécil!

 El vejete se levantó verde de rábia, tiró furioso su servilleta sobre la mesa, no hizo caso de la silla que cayó rodando, y gritó:

 - ¡Miserable aventurero! ¡Hombre de baja estofa! Si no fuera por mi posición, os pediría cuenta de vuestros insultos! ¡Pero no merecéis ese honor! ..

 - ¡Si no lo merezco, á qué vienes á comer conmigo, imbécil! gritó Juan lanzándose sobre él.

 Y antes de que hubiese podido impedírsele tal atropello, echó por tierra al hombrecillo, y comenzó á darle de golpes, de tal suerte que, cuando se lo quitaron, aquel cuerpo, casi transparente por su blancura, parecía un cadáver ...

 La comida terminó tumultuosamente; todos se retiraron uno tras otro, casi sin saludar á nadie, temerosos aun de que les tocara una parte de los golpes; y ambos esposos quedaron frente á frente, el temblando de ira, ella, cargados los ojos de reproches....

 Miráronse un instante silenciosos, y María iba ya á desatarse en una reprimenda terrible, cuando el reloj del comedor abandonado comenzó á dar las doce.

 Apenas oyó Juan la primera campanada, una fuerza extraña hizo presa de él; sintióse arrebatar por los aires, y al dar en la Iglesia vecina la última campanada de la hora de los aparecidos, hallóse en la carpintería solitaria y oscura ...


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V.


 Allí, vuelto á su vida anterior, pobremente vestido, con la barba desarreglada, el cabello largo y enmarañado, las manos callosas, lleno de fatiga, miró el taller abandonado, sin un rumor, sin un crujido de las maderas trabajadas antes, sin el chisporrotero del hogar en que se hacía la cola, sin la cantúria monótona de su mujer, que hacia dormir á los niños en la alcoba contigua ... Todo triste, solitario, tétrico... Las tinieblas lo rodeaban por todas partes, y parecían crecer á cada minuto; y al par crecían las sombras en su espíritu, en otras épocas feliz y descuidado. Entonces pensó; estaba en la obligación de pensar, de asistir nuevamente en su imajinación, á todas sus acciones del dia, y á pesarlas todas con su critério del miserable, no con su critério de hombre rico; volvía á ser el proletario, pero conservaba el recuerdo de su vida en medio del esplendor.

 Y pensaba. Pensaba en sus hijos abandonados á manos mercenárias, que ya no podía sentar sobre sus rodillas, que casi no le conocían, que no le amaban por lo tanto. Pensaba en su mujer, convertida en gran señora, con hábitos de duquesa, que lo trataba de torpe á cada paso, que no le amaba tampoco, que vivía lejos de él, más lejos que si estuviese en el polo opuesto, á pesar de que vivieran en la misma casa; recordaba á su María de otras épocas, tan sencilla, tan buena, tan amante, y la comparaba con aquella otra María, tan altiva, tan orgullosa, tan fría en medio de su fastuoso palacio. Pensaba, pensaba sobre todo en que su corazón iba también endureciéndose por culpa de su orgullo de millonario; pensaba en el pobre Lúcas, arrojado por él, solo porque le había hecho recordar los servicios que le prestara en su antigua miseria, cuando era Juan, el carpintero ... Y pensaba también en su egoismo, cuando quería protejer en conjunto á sus ex-compañeros de dolores, solo para que no volvieran sus armas contra él ...

 - ¡Ese no soy yo! exclamaba. ¡Que me vuelvan lo que me han quitado! Que me dén el amor de mi esposa, el cariño de mis hijos, el recuerdo de los beneficios que se me han hecho, el agradecimiento que me falta! ¡Que me quiten lo que me han dado de más! El egoismo, la dureza de corazón, la ruindad de sentimientos! ¡Oh! me han engañado vilmente, quitándome, por un poco de oro, todo lo mejor que poseia!

 - Yo no te he engañado, dijo una voz en medio de la oscuridad.

 - ¡Te atreves á decirlo!

- No te he dado más que la fortuna que ambicionabas.

 - ¡Has endurecido mi corazón!

- Duro es el oro: tu corazón se habrá contagiado.

 - ¡Me has quitado el amor de mi esposa!

 - Es falso: tu esposa misma te lo quita, sin necesidad que yo me entrometa en ello. Pero, si ese te falta, con dinero podrás adquirir otros ...

 - ¡Mis hijos se olvidan de mí por tu causa!

 - Tienen otras cosas más importantes que hacer que acordarse de tí. ¿Acaso lo mereces? Eres rico; pero ellos, aunque tan niños, son ya más ilustrados que tú; por lo general, el hombre que sabe, desprecia al ignorante.

 - ¡Me has hecho egoista!

 - ¿A qué me culpas á mí de lo que no he hecho? Tus millones y tu orgullo te obligan á ser egoista, á mirar á tu yo engrandecido, y á respetarlo tú mismo; no soy culpable de ello.

 - Pues si el dinero es quien hace todas esas cosas, tómalo, llévatelo; ya no lo deseo: ¿á qué desearlo, si es la causa de todos mis males?

 - Ahí tienes la prueba de que no he querido engañarte: he puesto como condición que estudiaras tu nueva vida durante toda una semana; deja trascurrir siete dias más, y el encanto cesará.

 - Yo quisiera que cesase hoy.

 - Imposible: has aceptado mis condiciones y debes conformarte con ellas ...

 La voz calló, y aunque Juan volvió á hacer numerosas preguntas, no obtuvo contestación: el silencio más profundo reinaba en el taller abandonado.

 Y el carpintero se entregó á éste monólogo, hasta que al fin, el cansancio y el sueño lo rindieron.

 - ¡Maldita sea la hora execrable en que quise verme rico, deseando una felicidad mayor que la que tenía! Héme aquí más pobre y miserable que nunca, pues me falta lo único apetecible: el cariño de los mios, que es tan suave y tan dulce como el calor del hogar que nos reunía por la noche!.... ¿Por qué deseamos siempre lo que no poseemos, creyendo en nuestra locura que en ello está la felicidad?... ¡Vida espantosa! ¡Fortuna que ódio! ¡Juro no ver á persona viviente hasta que vuelva á mi anterior estado! ¡Juro permanecer en mi habitación , hasta que pueda venir durante el dia á mi humilde taller, y trabajar en el hasta caer rendido, para no sufrir otras decepciones que desgarren mi corazón!


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VI.


 Cuando las primeras luces de la mañana fueron á quebrarse en mil chispas en los instrumentos de acero de la carpintería; cuando las sombras de la noche abandonaron hasta el último rincón del taller, arrojadas de allí como del postrer baluarte, por la luz vencedora; cuando en la ciudad todo era bullicio y animación, Juan despertó de su profundo sueño, revolvió su vista espantada por el taller lleno de tablones, de virutas y de herramientas, y dió un gran suspiro, como si se librase de una pesadilla horrible. Estaba en su casa, rodeado por objetos bien conocidos: podía creer que todo había sido un sueño. Sin embargo, no convencido todavía, fué de puntillas hácia la alcoba y vió en ella, durmiendo tranquilamente, á su esposa y á sus hijos tan amados.

 - ¡Esto es mejor! dijo suspirando, y volvió á su ruda tarea.

 Lucas, el curtidor, su amigo mas querido, entró á poco en el taller, y Juan le contó sin callar una palabra todo su horrible sueño. Cuando llegó á la escena que con él tuvo, el Hércules exclamó:

 - ¡Ah! ¡Si hubieras hecho eso! ...

 - ¿Qué? preguntó Juan.

 - Hubiera sido yo más rico que tú, con todos tus millones.

 María que supo el cuento, rió hasta desternillarse, y los niños, soñándose ya á cargo del aya inglesa, se reían de ella á mandíbula batiente.

 De allí en adelante Juan no soñó ya con que el diablo le daba fortunas portentosas, y todos fueron felices en medio de su pobreza.

 Con lo que termina la historia.



 - Es un cuento bastante entretenido, dijo Arturo; pero Vd. no nos pinta más que una clase de ricos.

 - Es verdad, contestó el anciano; pinto solamente lo malo. Conocemos todos á la otra. ¿para que retratarla, pues? Quiero creer que la mayoría es buena.

 - ¿Es Vd. optimista ó pesimista? preguntó Luís.

 - No sé lo que es eso; pero en mi camino, la mayoría de los hombres pobres que he encontrado, ha sido buena, la mayoría de los ricos mala.

 - ¿De veras?

 - Si, señor.

 - ¿Y está Vd. contento con su suerte?

 - Sí, porque soy felíz, y porque la felicidad llega pocas veces con la fortuna.

 - La máxima es trillada, dijo Arturo.

 - Sin embargo es verdadera. Pero aquí tenéis otra menos vieja que la anterior, y tan cierta como ella: "Si quieres ser feliz, no ambiciones; si quieres no ambicionar, compara tu suerte con la de otros, y te verás menos desgraciado que lo que crées."


 Temperley Agosto de 1887.


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