Don Diego Portales. Juicio Histórico: 01

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Capítulo: I
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Don Diego Portales. Juicio Histórico José Victorino Lastarria


Tal vez ningún hombre público de Chile ha llamado más la atención que don Diego Portales, con la particularidad de que a ninguno se le ha quemado más incienso, a ninguno se le ha elogiado más sin contradicción, más sin discusión sobre su mérito.

Portales dominó durante su vida a sus adversarios y persiguió a sus enemigos, sin dejarles un respiro. Después de su muerte hicieron otro tanto sus partidarios, y hasta la época en que escribimos, su nombre ha llegado siempre unido al predominio y a la gloria del partido que ha gobernado la República con el sistema político que estableció aquel personaje y que afianzó con su martirio.

¿Quién ha podido contradecir su mérito, quién ha podido juzgarlo? Durante su vida habría sido una temeridad estudiarlo, y en esa época tanto como en la que sucedió a su muerte, no había ni pudo haber inteligencia alguna libre de preocupaciones para estudiar al hombre ni para apreciar imparcialmente su obra. Por esto es que jamás se ha levantado una voz para contradecir el unísono coro de alabanzas que ha ensalzado siempre el nombre de Portales; y por esto es que hasta ha parecido de mal tono, o se ha mirado como un bostezo de pasiones mal disimuladas, cualquiera palabra, cualquiera objeción que se haya hecho oír en público o en privado contra el hombre que han dado en presentar como el primer estadista de América.

La generación presente ha entrado a la vida, hallando en pié esa gran figura histórica, y no se ha atrevido a tocarla; así como sucede con esos ídolos que, a pesar de su deformidad, llegan a ser sagrados a fuerza de ser adorados por todas las generaciones anteriores.

Los extranjeros que han venido a Chile, o que han querido conocerlo o estudiarlo, han hallado también en pié ese coloso de reputación, y guiándose por los juicios apasionados de sus adoradores, han concluido también por creer que en Chile nada hay más alto que Portales.

Amen de todo esto, la imbecilidad ha venido a prestar su irrevocable sanción al voto que nos han trasmitido los amigos de Portales, y para ella es poco menos que una herejía el no creer en el ídolo, o atreverse a tocarlo sin estar a su altura. No es extraño: la pasión con que se abraza un partido, sea político, sea religioso, hace aceptar siempre sin discernimiento todo lo que se inventa y se dice de sus héroes; y así se forman esas famas prestigiosas, en que los prosélitos creen con entera fe, que admiran con entusiasmo, y que atestiguan bajo juramento, aunque no les consten los hechos de que dan testimonio.

Pero cuando uno de esos héroes ha coronado su prestigio con un martirio cruento, entonces la admiración se convierte en simpatía y la creencia en sus virtudes pasa a ser adoración. Tal es lo que ha sucedido a don Diego Portales. Víctima inmolada al furor de una revolución vencida, fue también, no solamente para su partido, sino para la nación entera, objeto de la veneración y del respeto, porque nadie quiso hacerse cómplice del crimen, y todos prefirieron participar de la gloria de la víctima inmolada.

Portales fue un hombre público feliz, murió muy oportunamente para su gloria. Si hubiera sobrevivido al combate del Barón y muerto después tranquilamente en su lecho, sin más dolores que los de un achaque ordinario, su gloria no habría sido tan viva, ni habría despertado el entusiasmo de sus amigos. Su nombre habría pasado silenciosamente a la historia, después de unas cuantas ceremonias oficiales destinadas a hacer el duelo.

Veinte y cuatro años nos separan de él, y por lo mismo podemos ya pronunciar un fallo desapasionado, puesto que formamos su posteridad. El que estas líneas escribe no está ligado a la memoria de Portales por ningún móvil personal de odio o de amor. Dedicado desde mis primeros años al estudio de la ciencia política, con la noble aspiración de influir alguna vez en el gobierno de mi patria, aunque he llegado a viejo sin realizarla, era natural que estudiase también con interés al hombre que se presenta como el primer estadista hispano-americano; y al emitir sobre él mi juicio, no hago más que trazar una página para la historia. Puede ser que yo provoque alguna refutación, que subleve alguna pasión en mi contra; ¡qué importa! La historia recogerá lo que juzgue verdadero, si es que, al lado de mi juicio, llega a manos de quien la escriba lo que se diga de estos renglones trazados con calma y seguridad.

Don Diego Portales vivió solo cuarenta y cuatro años (junio de 1793 a junio de 1837), y al morir estaba todavía en todo el vigor de su juventud, ágil, lozano, bien apersonado, ceño severo y un tanto burlesco, fisonomía imponente y altanera. Tenía la conciencia de su superioridad, y estando habituado al respeto de todos, miraba y trataba a los que le rodeaban con tal cual aspereza y con modales y palabras que estaban muy distantes de ser dulces y afables.

Aunque era joven cuando estalló la revolución de la independencia, no se apasionó por ella, como todos los jóvenes de su tiempo, y antes bien guardó en general cierta prescindencia que no se conformaba con el entusiasmo de muchos de sus amigos y de no pocos de sus parientes por la libertad de Chile. Menos se conformaba su prescindencia con sus antecedentes personales, porque mientras fue estudiante en el colegio de San Carlos, se distinguió, más que por sus talentos, por un carácter dominante, travieso y arrojado, que auguraba en él más al revolucionario que al hombre de letras y de estudio. Portales no aprendía nada en el colegio, pero subvertía el orden a cada paso e incomodaba a todos, tanto a los superiores como a sus compañeros, con picantes travesuras y extravagantes ocurrencias.

Fuera ya del colegio, se ocupó en el empleo de ensayador de la Casa de Moneda, cuyo jefe era su padre, y mas tarde se dedicó al comercio, llevando en uno y otro giro una vida oscura en medio del estruendo de la guerra, y consagrada a sus afecciones privadas. Pero allí en la oscuridad era siempre el dominador de todo lo que le rodeaba. Dotado de una voluntad persistente y enérgica, dominaba en sus amores como en sus amistades, en el escritorio como en la tertulia, y tenía siempre a su devoción a muchos parásitos, porque era generoso, franco y leal.

Estaba ya en sus treinta y un años de edad Portales, cuando comenzó a figurar en la vida pública, no como empleado sino como negociante.


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