Don Diego Portales. Juicio Histórico: 06

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Capítulo: VI
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Don Diego Portales. Juicio Histórico José Victorino Lastarria


Portales tenía carácter y prendas para ser el jefe representante de la reacción colonial que se inauguraba entonces contra la revolución de la independencia, la que había llegado en 1828 a sus últimos resultados en Chile, planteando la república democrática que comenzaba a ensayarse, para llegar mas tarde a convertirse en realidad.

Ningún político medianamente hábil recurre jamás al terror para fundar ni sostener su poder, porque basta una inteligencia común, no se necesita genio, para comprender que un interés exclusivo no puede perpetuarse, ni aún sostenerse por largo tiempo, en pugna con otros intereses políticos o sociales. La resistencia desgasta los resortes del poder extraviándolo de su rumbo: así lo han comprendido siempre todos los hombres de Estado que han pretendido dominar.

Pero no lo han comprendido así jamás los que se han encargado de llevar adelante una reacción: todo gobierno reaccionario es ciego porque es apasionado. Siempre que un espíritu abatido, siempre que un interés o cierto orden de intereses sociales derrotados vuelve a la acción, en lucha con su adversario, la pasión domina a sus representantes, y cuando estos llegan a apoderarse del poder, son déspotas sin remedio, y su despotismo raya en la crueldad, en la locura.

He aquí la razón por que Portales era déspota sin tener ambición y sin abrigar un corazón feroz. Portales no era hombre de genio y estaba bien lejos de serlo, pero tenía bastante aliento, osadía, energía y ardor en grado suficiente para encarnar en sí toda la pasión por el gobierno absoluto y todo el odio por los liberales, que los hombres de sus antecedentes y de su condición sentían en su tiempo.

Dominado de esa pasión y estimulado por ese odio, Portales fundó el gobierno fuerte, sistemando un extenso espionaje contra sus adversarios, y aplicando en todo caso rigurosamente y sin excepción la regla corruptora de dispensar todos los favores del poder absoluto a los que lo acatasen y se le humillasen, y de perseguir sin conmiseración a los enemigos y aún a los indiferentes.

No fue necesario mucho tiempo para que comenzaran a pulular al abrigo de este sistema corruptor todos los intereses egoístas, y muy pronto se vio el gobierno pelucón reforzado por todos las realistas (los godos) que habían decaído con la revolución de independencia, por todos los hombres medrosos o indiferentes que necesitaban del favor del poder para asegurar su tranquilidad personal, o su posición social, o sus intereses privados.

Los liberales, excluidos de toda protección, perseguidos o desairados por la autoridad, quedaron aislados y condenados a conspirar perpetuamente, no tanto para reconquistar el poder, cuanto para conquistar las garantías y la tranquilidad que los amigos del orden les negaban a nombre del orden y de la tranquilidad pública. El ministro Portales no los dejaba alentar, y descontento de no haber hallado, a pesar de prolijas investigaciones, rastro alguno para acusarlos de robos o dilapidaciones durante la administración liberal, o de otros manejos ilegales, los perseguía como conspiradores y los condonaba a un ostracismo perpetuo, a nombre de la necesidad que había de robustecer la autoridad, alejando de toda participación en los negocios públicos a hombres tan funestos por sus ideas desorganizadoras y por sus propensiones a la anarquía. Colocados en tal situación los liberales, por fuerza tenían que ser enemigos del nuevo gobierno y consecuentes con sus antecedentes.

El exterminio de este partido era obra del tiempo. Los años pasarán sobre él apagando sus esperanzas, domeñando su carácter y desacreditando sus principios, hasta que el desprecio y aún el olvido vengan a sepultar esos principios. La reacción colonial triunfará completamente...

Nosotros somos testigos de su triunfo, como que pertenecemos a esta generación que, durante los 30 años de su predominio, se ha desarrollado y educado en el desprecio de los principios liberales, en el miedo al poder, en el hábito de esperarlo todo de su voluntad y de su munificencia, en la falta de estabilidad y de eficacia de las instituciones republicanas, en la persuasión de que todas ellas son una farsa, porque la autoridad en su práctica las ha desacreditado, siendo la primera en falsearlas y en aplicarlas mal.

No importa que el sistema exclusivo y restrictivo de Portales sea alguna vez relajado por sus sucesores, en gracia de la concordia o de la necesidad de dar una tregua a la lucha. El sistema hará siempre el fondo de la reacción y reaparecerá con mayor empuje cuando ésta se halle en peligro de perder su dominación, a causa de la natural aspiración de la sociedad a cimentar sus relaciones en el derecho y la libertad. No importa, sobrarán los imitadores de Portales en esos peligros: la generación que debe su educación al sistema, lo servirá sin comprender que obra contra sus intereses, creyendo con toda fe que el gobierno fuerte es preferible al gobierno flexible, que el espionaje y el despotismo son medios legítimos de afianzar la autoridad, que la autoridad debe predominar sobre la libertad, que la república es una farsa, que la sociedad no debe gobernarse sino dejarse gobernar, que la opinión pública es una mentira. Todo eso y mucho más en el mismo sentido creerá y hará la generación de los 30 años, y mirará como ilusos a los que crean en la libertad; y confesándose hija agradecida de la revolución de independencia, no tendrá rubor de renegar contra ella, acatando y profesando los errores de la vida colonial, y lo que es más triste, creyendo que nuestras sociedades no tienen salvación sino en la Monarquía, puesto que la república, que ella conoce, esa república que ha bastardeado y parodiado la reacción colonial, es impotente.

Tal es el resultado moral y político de la misma reacción en toda la América española; pero es de notar una circunstancia que, en medio del naufragio de la revolución de la independencia, ha favorecido la organización del Estado en Chile, dejando a la sociedad en una situación excepcional.

Apenas terminaba la revolución de la independencia, cuando naturalmente, por un efecto de las leyes naturales de la sociedad, comenzó a abrirse paso la reacción del espíritu colonial y de los intereses que esa revolución había humillado. Los mismos capitanes que la habían servido llevaban ese espíritu en su educación y en sus instintos. Aquí principia esa lucha eterna que ha desacreditado a la América a los ojos del vulgo de Europa, y que ha infundido y aún inspirado extravagantes conclusiones a los escritores que, negados a toda observación filosófica, se han creído capaces de fallar sobro nuestro porvenir, sin más autoridad que la que les daba la posesión de una pluma y del papel que han borrajeado.

Nadie ha querido ver que aquella reacción, teniendo un mismo punto de partida, ha debido buscar distintos apoyos en las diversas secciones americanas, porque la situación social se diferenciaba en todas ellas, por razón de sus antecedentes coloniales y de los intereses predominantes. Así, la reacción colonial entre los argentinos buscó el elemento salvaje, que los caudillos de la independencia habían sublevado y colocado en acción, tal como sucedió en Venezuela y en Centro América. En México, en el Perú y en Bolivia, esa reacción se asiló en la desmoralización administrativa y en la corrupción social que la colonia había engendrado y que la revolución vino a poner en fermentación y en escena. En Chile, en el Ecuador y en Nueva Granada, la reacción buscó un apoyo en la población aristocrática, que a través de la revolución había conservado su adhesión al privilegio y al despotismo, y sus medios y recursos para defenderse de la invasión de las nuevas ideas.

La ambición voló en alas de esos elementos, y Rosas, Monagas y Carrera asombraron al mundo con su despotismo salvaje y sus extravagantes locuras; una caterva de dilapidadores ha hecho cubrirse el rostro de vergüenza a los peruanos y mexicanos; y la tenacidad de los conservadores y su despotismo representado y ejercido por sus distintos jefes, ha inundado en sangre repetidas veces a Chile, el Ecuador y Nueva Granada.

Esa diferencia ha influido profundamente en los resultados; allí donde la reacción colonial ha sido salvaje, la lucha ha tenido un carácter atroz, y la reacción no ha tenido tiempo ni inteligencia para organizarse; donde ha sido corrompida e inmoral, la lucha se ha prolongado y la desmoralización ha corroído todos los resortes de la organización del Estado, sin que al fin haya quedado en la arena ningún elemento social capaz de predominar y de asegurar el porvenir de la sociedad: donde la reacción ha sido apoyada por la aristocracia, allí se ha organizado fuertemente en las instituciones y en las costumbres, y cuando el principio liberal no ha podido obrar pronto, como en Nueva Granada, para utilizar esa organización y apoderarse de ella en beneficio de la sociedad, la reacción colonial presenta, como en Chile, el fenómeno de un pueblo español constituido en República, pero más tiranizado, más atrasado y menos progresista que la España monárquica.

Por esto es que el Estado, como hemos dicho, en medio del naufragio de la revolución de la independencia, se ha organizado en Chile; pero como su organización es contraria al gran fin de aquella revolución, que es la república democrática, la reacción colonial principiada por el partido de Portales en 1830, y continuada hasta ahora, ha dejado en pié el problema y ha legado a la posteridad la necesidad de comenzar de nuevo la revolución y de consumarla.

¿Qué hiciéramos para que los hombres públicos de la América española comprendieran de este modo la gran cuestión de nuestro porvenir político y social? Si todos se persuadieran de que la reacción coloniales la única fuerza que ha puesto en juego las ambiciones personales, el egoísmo, la codicia y demás pasiones e intereses innobles que han alimentado hasta ahora la guerra civil en América, no estarían distantes de comprender que la única salvación de nuestro porvenir está en el triunfo de las instituciones democráticas.

Este triunfo será la obra de una nueva reacción del espíritu liberal, reacción que puede ser también tan costosa y sangrienta, como lo ha sido su contraria, si los que gobiernan no le facilitan su desarrollo adhiriendo a ella con fe, para encaminarla de una manera pacífica a su término. Si el espíritu liberal ha de reaccionar, tarde o temprano, contra el elemento salvaje, como ya sucede en Buenos Aires y Venezuela, contra la corrupción administrativa y social, como sucede en México, contra los intereses privilegiados y exclusivos, como ha sucedido en Nueva Granada, la voz del patriotismo americano aconseja a todos los que gobiernan echarse en esa misma vía para terminar de una vez la guerra deshonrosa y degradante a que nos han condenado los gobernantes que, como Portales, han venido a colocar la reacción colonial en la senda que llevaba la revolución para llegar a su fin.



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