Dos mujeres: 13

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Capítulo XII
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Dos mujeres Gertrudis Gómez de Avellaneda


-Y bien, ¿qué tal sigue Ud. con Catalina? -preguntaba una mañana Elvira a su primo-. Parece que durante mi enfermedad se han hecho Uds. amigos.

Carlos, que estaba sentado a alguna distancia del sofá en que se hallaba tendida la convaleciente, se levantó y fue a colocarse a su lado.

-La condesa -dijo- tendrá tantos amigos como personas tengan la dicha de tratarla.

-Según eso -repuso Elvira sonriendo-, su opinión de Ud. respecto a ella ha cambiado mucho. Veinte días hace, un mes a lo más, que Ud. me aseguraba que jamás podría querer ni estimar a semejante mujer.

Carlos se enfadó de que le recordase Elvira su prevención en contra de la condesa, y respondió con bastante sequedad:

-Eso sólo prueba que si fui entonces sobrado ligero en mis juicios, soy siempre bastante sincero para no querer pasar por consecuentes a expensas de la justicia.

-Ya le había dicho yo a Ud. -añadió Elvira-, que Catalina era una mujer irresistible, y me alegro mucho que, por fin, estén en buena armonía las dos personas que en Madrid me son más allegados.

En aquel momento llegó la condesa. Ocho días hacía que se hallaba de convaleciente Elvira, y en todos ellos su amiga la había visitado con la exactitud de un médico y con la esmerada y natural afectuosidad de una hermana. Desde las doce del día hasta las cuatro de la tarde, no salía un momento del aposento de la convaleciente, a la que entretenía con su variada conversación o con amenas y ligeras lecturas. Leía admirablemente: los versos, sobre todo, eran una música verdadera entonados por su voz cadenciosa y armónica. Como poseía con igual perfección las lenguas francesa y castellana, y traducía y hablaba más que medianamente el inglés, el italiano y el alemán; no le era extraño ningún escritor de mérito. Comprendía igualmente a Corneille, a Schiller, a Shakespeare y al Dante, y traducíalos con igualable talento y facilidad. Su agradable voz expresaba con tanta dulzura y gracia las ideas de Chenier como las de Garcilaso, y Racine como Calderón hubiéranse complacido en oír sus hermosos diálogos en aquella boca hechicera, que le prestaba nuevas galas.

Carlos, que se hallaba siempre presente a las lecturas y conversaciones de las dos amigas, admiraba cada día más el universal talento de la condesa, y su vasta y -sin embargo- modesta erudición. Como él poseía también varios idiomas, podía conocer mejor que Elvira todo el mérito que encerraban aquellas bellas e improvisadas traducciones que solía hacer de los poetas extranjeros, sin dar a este trabajo difícil y arduo la menor importancia. No menos le encantaba oírla recitar los más bellos versos de los grandes poetas franceses y españoles con exquisita sensibilidad y comprensión, y cuando discutía con ella sobre el mérito de unos y otros, sorprendíase siempre de la rapidez de su análisis y de la justicia y exactitud de sus decisiones. Reunía la condesa a la ardiente y poética imaginación de una española toda la sagacidad y finura de una parisiense. Analizaba como filósofo y como poeta, tenían sus pensamientos el vigor y la independencia de un hombre, y expresábalos con todo el encanto de la fantasía de una mujer, y aun con un poco de su amable versatilidad.

Era, en fin, un compuesto singular, una amalgama difícil de analizar; mas cualquiera que fuese el fondo del carácter que resultase de aquella combinación de cualidades opuestas. Había indudablemente una picante originalidad y un atractivo siempre nuevo en sus exterioridades, o por decirlo así, en su fisionomía, porque también hay fisonomía en los caracteres, y, a veces, más engañosa que la que presenta el rostro.

Catalina, condesa de S.***, era lo que suele llamarse en el mundo un carácter vivo y amable, pero el que observase las desigualdades que encubría aquel carácter bajo su aparente alegría, el que notase que aquella mujer era a la vez demasiado fría y demasiado ardiente, que había en ella como una contradicción perpetua entre el corazón y la cabeza, no podría menos que estudiarla con curiosidad y acaso con miedo. Hay en algunas naturalezas tempestuosas y contradictorias, una especie de influencia amenazante. Ciertas organizaciones son de una complicación tan dificultosa que no podemos analizarlas por temor de descomponerlas.

Carlos, sin embargo, estaba cada día más cautivado por la amenidad del trato de la condesa, y formaba un juicio más ventajoso de su corazón a medida que creía conocerla mejor. No salía apenas de casa de Elvira: levantábase temprano y esperaba con vivísima impaciencia la hora en que acostumbraba ir a Catalina. Cuando aquella hora sonaba el ruido de cada coche hacía palpitar su corazón, y cuando por fin se presentaba la condesa Carlos se admiraba de la alegría que su sola vista le causaba. Junto a ella hallábase ebrio en cierto modo. Junto a ella sólo podía admirarla, aplaudirla, gozar ávidamente de los momentos de dicha que su talento y su dulzura le proporcionaban, y felicitarse a sí mismo de poseer la amistad de una mujer tan distinguida y amable. Pero en el momento en que se marchaba Catalina se encontraba agitado y descontento. No podía pensar en ella sin una especie de dolorosa desconfianza, temía examinar aquella misma felicidad que gozaba junto a ella, y, aunque impaciente por volver a verla, sentía una especie de zozobra, que se aumentaba a medida que el momento en que debía llegar se aproximaba.

Sin embargo, no se le había pasado por el pensamiento al esposo de Luisa la más leve sospecha de estar enamorado. El sentimiento que le inspiraba la condesa no era ni podía ser amor: así por lo menos lo creía Carlos.

Aun siendo libre no hubiera elegido por su compañera a aquella brillante notabilidad de la corte, aun siendo libre no hubiera creído posible ser amado de la que era el objeto de tantas adoraciones.

Catalina no le inspiraba sino sentimientos de admiración y, a veces, timidez, y, aunque se fuese aumentando su estimación hacia ella a medida que la trataba, sucedíale que se aumentaba al mismo tiempo su desconfianza. Creíala buena, generosa, sincera, exaltada, pero en vano quería persuadirse algunas veces de que podía poseer al mismo tiempo las cualidades apacibles y las virtudes modestas que prometen la felicidad y justifican la confianza. Así es que era un admirador entusiasta de la condesa, él se excedía hasta calificarse como su más apasionado amigo, pero no comprendía que se pudiese desear el ser su esposo, y compadecía, auque no condenaba, a los que se mostraban sus amantes. Carlos, pues, no quería confesarse que había peligro para él en aquella intimidad.

Por lo que hace a Catalina, que en ocho días no había pensado en otra cosa que en Elvira y Carlos, que no había tenido otra distracción que el estar con ellos, y que veía con disgusto que muy pronto tendría que volver a su vida de placeres, gozaba con una especie de avaricia de aquellas horas de dulce intimidad que tanto sabía hermosear, y no se cuidaba de evitar el trato frecuente con un joven que harto sentía no le era indiferente. Conocía que si bien había sido el despecho de la vanidad herida el primer móvil de su empeño en cautivar a Carlos, hacía ya muchos días que causaba en su corazón una impresión extraña. Sorprendíase muchas veces junto a él embebida en contemplar sus grandes ojos negros de mirada altiva y ardiente, y su frente tan noble y tan pura como la del Adán de Milton. Cuando él hablaba ella contenía su respiración y le oía con un interés que no procuraba ocultar. Su talento y su timidez, y su orgullo, su ignorancia de la vida y del mundo, y su perfecto conocimiento de sus deberes, la natural bondad de su corazón y la severidad de sus principios. En fin, el encanto nunca agotado que ella encontraba en estudiar aquella alma activa y aquella cabeza meridional, todavía jóvenes y poderosas, siempre empero dominadas por una enérgica voluntad; lo nuevo que era para ella el tener que conquistar a fuerza de verdaderas y apreciables cualidades de corazón, un homenaje que siempre había obtenido por sólo su talento y su hermosura, todo esto la aficionaba más y más a Carlos. Cada día se hallaba más preocupada, a cada momento pasado junto a él se aumentaba la impresión vivísima y profunda que causaba en su corazón.

Pero lejos de huirle se daba prisa en tratarle, en estudiarle, en comprenderle y en abrevarse -por decirlo así-, en la ponzoña de sus miradas: miradas que tenían un poder indecible sobre aquella mujer singular. Y no se crea que Catalina procediese así por falta de prudencia, ni que se hubiese propuesto conquistar a cualquier precio el corazón de Carlos. Su conducta era precisamente el efecto de un deseo contrario y de un prudente cálculo. Sabía ella que sus ilusiones no resistían jamás al análisis, sabía que ningún hombre era para ella conocido lo que había sido imaginado: confiaba en su inconstancia, en su delicada sensibilidad tan fácil de lastimar, en la percepción admirable que había en ella para con los defectos... En fin, Catalina hacía con el amor lo que se debe hacer con el terror pánico. Sabía que el miedo no se disipa huyendo del objeto que nos le inspira, porque la imaginación le dará formas más colosales y medrosas a medida que menos le veamos con los ojos del cuerpo, y el mejor remedio es acercarse, palpar, descomponer, si es preciso, el objeto desconocido que nos ha atemorizado. Regularmente dicho objeto luego que es examinado inspira desprecio, y nos reímos de nuestro pasado temor.

Éste era, pues, ni más ni menos lo que la condesa esperaba. Se conocía lo bastante para saber que huyendo sólo haría más fuerte a su enemigo, y como mujer que comprende las pasiones y que se apoya en su talento, quiso combatir cuerpo a cuerpo, persuadida que acaso hallaría una sombra en lo que su imaginación le presentaba como un formidable gigante.

Tal era su cálculo, y se admiraba de que en ocho días de un trato casi continuo y de un examen severo, no se hubiese entibiado en manera alguna su entusiasmo.

Cuando Elvira se halló completamente buena y declaró que iba a volver a su antiguo régimen de vida, Carlos y Catalina se estremecieron. Miráronse al mismo tiempo con igual expresión, y cada uno de ellos comprendió que el pensamiento de dejar de verse todos los días era ya insoportable para el otro.

-¡Acaso me ama! -se dijo a sí misma Catalina con imprudente e involuntaria alegría.

-¡Acaso me ama! -se atrevió a pensar por primera vez Carlos. Y se estremeció de espanto y acaso también de orgullo.

Cada uno de ellos juzgaba los sentimientos del otro, y no examinaba los suyos. ¿Por qué? Catalina porque empezaba a temerlos, Carlos porque aún no los conocía.


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