Dos mujeres: 21

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Capítulo XX
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Dos mujeres Gertrudis Gómez de Avellaneda


Si el amor de la condesa era más vehemente cada día, también cada día era más infeliz. Aquella mujer que gozaba con avidez de la felicidad de un instante, aquella cuya filosofía consistía en la imprevisión y en la imprudencia, hallose de súbito asaltada por un nuevo género de tormento, y en los instantes más dulces que tenía junto a Carlos, el pensamiento de aquella dicha no podía ser duradera, exaltaba su pasión destrozando al mismo tiempo su alma.

-¡No es libre! ¡Tiene una patria! ¡Una familia! ¡Una esposa! -decía Catalina a cada minuto del día-. Será forzoso que vuelva a ellas, ¡forzoso! Y yo... ¡Dios mío!, ¿qué haré cuando deje de verle?

Y muchas veces tomaba la resolución de seguirle a Sevilla, de vivir en la ciudad que él viviese, de renunciar a todo por él. Pero en el propio instante acordábase que en aquella ciudad, extraña para ella, a que le seguiría pisando su reputación y renunciando su vida libre y brillante, encontraría una rival adornada de un nombre sin mancilla: una rival joven, hermosa y pura, y que a ella pertenecería el hombre por el cual se iba a sacrificar, que ella sería la honrada con el título de esposa suya, y a la que él se haría un deber de proteger y amar, mientras que su desventurada amante sólo tuviese por premio de inmensos sacrificios y de humillantes dolores, una palabra de ternura pronunciada en la soledad, y de la cual se acusaría como de un crimen. ¡Oh!, ¡qué distinta es siempre la práctica a la teoría! Cuando Catalina había pintado a Carlos la felicidad suprema que gozaría con sólo amarle y ser amada en el secreto de sus corazones, cuando le aseguraba a su amante que sus virtudes domésticas y la dicha que diese a su esposa, le harían más amable a sus ojos y la servirían de gloria a ella misma; cuando se decía bastante generosa para dejar sin pena todo el honor a su rival, bastándola tan sólo el premiar a su amante en secreto con una mirada o una sonrisa. ¿Mentía descaradamente o se engañaba a sí misma? Sí, se engañaba sin duda y ¿cuándo no se engañan todos aquellos que, dotados del fatal don del entusiasmo, pretenden realizar las brillantes teorías que eles inspiran sus delirantes sueños?

He aquí por qué rara vez se halla en los caracteres entusiastas la apreciable cualidad llamada consecuencia.

La condesa estaba muy lejos ya del heroísmo de que se creía capaz al principio de sus relaciones con Carlos. Temblaba sin cesar temiendo el anuncio de su partida, porque bien le siguiera, bien se quedase, creíase que aquel momento completaría la desgracia de su vida. Ni concebía la posibilidad de vivir sin Carlos, ni menos aún la de verle vivir con otra. El germen de la terrible pasión de los celos comenzaba a desenvolverse en su corazón, y había momentos en que la muerte se le presentaba como un bien apetecible.

No era ya la brillante condesa de S.***, no era ya siquiera la mujer de talento que inventaba recursos para retener al amante. Su tez alterada; su mirada, ora ardiente y casi febril, ora lánguida y apagada por el desaliento; la desigualdad de su humor; sus movimientos nerviosos; la continua abstracción en que se le veía siempre que no estaba Carlos a su lado; todo revelaba en ella aquel torcedor secreto que cada día la oprimía con más rigor.

Pero si ella padecía no era Carlos a la verdad más dichoso. Su pasión le devoraba: era un hombre y en vano quería olvidarlo. Si los remordimientos de su falta aún dormían a veces en su corazón, era porque los sufrimientos de la pasión contrariada le hacían tan infeliz que podía creer que estaba ya suficientemente expiada.

Arrastrado por su corazón al lado de la condesa, pasaban días y días en la más estrecha y peligrosa intimidad, y cada vez se retiraba de junto a ella más enamorado y más infeliz.

Cuando todos le juzgaban tranquilo poseedor de Catalina, era presa de todas las agonías de una pasión continuamente irritada y nunca satisfecha.

Su propia resistencia había sucumbido más de una vez junto a la condesa, pero parecía que la flaqueza del hombre vigorizaba el orgullo de la mujer.

Había algo de incomprensible para el mismo Carlos en la larga resistencia de aquella criatura tan imprudente y tan apasionada. No entendía cómo sacrificaba su dicha y reputación al amor para condenar a aquel mismo amor a una eterna lucha. La mayor parte de las mujeres son detenidas por el temor del desconcepto público; pero Catalina, ¿qué podía respetar cuando arrojaba a los pies del ídolo de su culpable amor todo cuanto su sexo aprecia más?

Ignoraba Carlos, al raciocinar así, el poder del orgullo, del grande orgullo que se basta a sí mismo y sólo a sí mismo se respeta. Sí, el orgullo y el amor eran los solos defensores de la condesa. Sabía que su resistencia la engrandecía, y gozábase en comprar aquel heroísmo aparente a costa de la felicidad de ambos. Hubiera sucumbido si amase menos y si la estimación de Carlos no le fuese tan apreciable. Pero cuando le amaba bastante para sacrificarle sus triunfos, sus placeres, su reputación y su sosiego, cuando a fuerza de amor se hacía su esclava, tenía necesidad de ser admirada, respetada y querida. Gozábase en tributarle todos los sacrificios, excepto aquél que acaso pudiera parecer una felicidad para ella misma; y prefiriendo ver sufrir a su amante a verle tibio en su entusiasmo, había hallado el secreto de su virtud en un sentimiento de egoísmo; que, sin embargo, era un egoísmo del mejor género posible, y al cual pudieran darse otros nombres mucho más raros y sublimes.

No se engañaba en su esperanza: Carlos era infeliz -bien que acaso lo hubiera sido más siendo ella menos virtuosa- pero ni se quejaba, ni se atrevía a condenarla. Catalina era a sus ojos un ser excepcional a quien idolatraba más y más, y casi se complacía en hallarla tan grande y tan superior que le fuese imposible dejar de amarla.

En los sacrificios que una mujer hace vencida por el amor, se descubre siempre la flaqueza y es natural que inspire más lástima que admiración. Pero si una mujer que todo lo pospone a su pasión domina a esta misma pasión enrobustecida con sus sacrificios, por el solo poder de su voluntad, entonces la admiramos a la par que la compadecemos. Entonces no vemos la débil y ciega víctima de un amor insano: vemos a la mujer en toda su dignidad y en toda su abnegación.

¿Ignoraba esto Catalina?... No sabemos. Y si el lector se complace en creer pura virtud su resistencia, dejámosle en libertad para que así lo asegure. Pero si las personas que en todas las virtudes humanas buscan por origen y apoyo el egoísmo (por otro nombre: interés personal), se empeñasen en probarnos que a él y al orgullo debe nuestra heroína el no merecer el nombre de una mujer común, no nos creeremos tampoco obligado a contradecirles.


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