Dos mujeres: 22

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Capítulo XXI
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Dos mujeres Gertrudis Gómez de Avellaneda


Era el 6 de julio. La mañana había sido calurosa y la tarde no lo era menos. Por consiguiente, apresurábanse las personas elegantes de Madrid a ir a tomar el polvo del Prado, diciendo que tomaban el fresco. Los coches formaban una larga hilera y en el salón lucíanse las perfumadas cabezas, cubiertas de trasparentes velos y los ligeros talles y los pulidos pies, pues entonces, era el año 1819, aún no habíamos adoptado la exótica moda de los vestidos arrastrando. En un ligero carruaje, e forma no común en España en aquella época, aparecieron ya cerca de anochecer la condesa de S.*** y su amiga Elvira de Sotomayor. Más de dos meses hacía que no se las veía en ningún paraje público.

-¿Quiénes son ésas? -preguntaba una marquesa a otra gran señora que iba con ella en su coche.

-Si no me engaño, la condesa de S.*** y su inseparable.

-¡Hola!, ¿vuele a darse a la luz la francesa?, ¿habrá dejado ya a su último adonis?

-Vendrá a caballo... Mas no, no le veo.

-Pero, amiga mía, si creo que te engañas, ésa no es Catalina de S.***

-Es ella, no lo dudes, pero está flaca que da miedo. ¿qué se ha hecho de su ponderosa hermosura?

-Sin duda se ha gastado con su último amor.

Y las dos damas se sonrieron.

Diálogos parecidos a éste se suscitaron varios al ver a la condesa; pero ella no parecía cuidarse mucho del efecto que causaba su presencia, y en su rostro se veía una vivacidad triste y extraña, como la que produce la fiebre. Hablaba con Elvira sin echar una mirada entorno suyo.

-Sí, amiga mía, ésa es la causa de haber venido al Prado, y mañana daré un baile, y pasado mañana y siempre... ¡Quiero volver a la vida!

-¿Quieres volver a la vida? -observó con tristeza Elvira-, ¿y te estás dejando morir? ¡Si vieras qué pálida, qué desemblantada estás! Catalina, me das lástima.

-¡Lástima!...

Y sus labios hallaron todavía aquella su antigua sonrisa, desdeñosa e irónica; pero enseguida llenáronse de lágrimas sus ojos, y añadió con profunda amargura:

-¡La merezco, no hay duda!

-¡Eso te dijo el bárbaro!

-Sí, que su madre, es decir, la madre de... de esa mujer con quien le han casado, está muy enferma; que su padre le manda imperiosamente salir de Madrid... En fin, que se va y que yo... ¡Yo no debo acompañarle!

-Pues, qué querías.

-Sí, quería ir con él, como su hermana, como su amiga, como su dama, o como su esclava... quería.

-¡Dios mío! -exclamó Elvira mirando con terror a la condesa, que prosiguió:

-¡No sabes cuánto le amo! ¡No puedes concebir una pasión como la mía!

-Pero dime, ¿no le has visto hoy? Desde ayer no le veo..., acaso se ha marchado.

-¡Y bien!, ¿qué me importa?... ¿No le dije ayer que le aborrecía, que estaban rotos nuestros vínculos, que le iba a olvidar?

-¿Eso le dijiste, Catalina?

-¡Y qué!, ¿lo desapruebas?... ¿No sabes que me había arrodillado delante de él, bañada en llanto, rogándole no me abandonase?, ¿no sabes que dos veces me he desmayado a sus pies? Y el ingrato, ¡ah!, el ingrato me repetía: «¡No puedo!».

-Y entonces...

-Entonces le aborrecí... Le dije que le aborrecía y debo aborrecerle. ¿Le has visto hoy?

-No. Desde que no vive en mi casa no le veo con frecuencia.

-Acaso se ha ido ya... ¡Elvira! Es preciso saberlo... para... ¡para morir! Porque esto es imposible.

-¡Dios mío!, ¡qué tienes! ¡Catalina!... Cochero, a mi casa pronto.

La condesa sufría una terrible congoja. Elvira la apretaba las manos y el coche corría con dirección a su casa. Pero antes de llegar a ésta era preciso pasar por delante de aquélla en que vivía Carlos, y a pesar de su conturbación notolo Elvira y dijo:

-¡Y que haya venido a pasar este torpe cochero por aquí!

Oyolo la condesa y animose su rostro de una expresión extraña. Tiró del cordón mandando al mismo tiempo con imperio que parase el coche, y apenas lo hizo arrojose rápidamente si que Elvira tuviese valor ni tiempo para detenerla. En tal caso, todo lo que pudo hacer fue seguirla.

Entró en la casa que habitaba Carlos y subió precipitadamente la escalera, mas al llegar a la puerta de su cuarto detúvose fatigada y pálida, y hubiera caído a no llegar Elvira que la sostuvo en sus brazos.

Dos o tres minutos transcurrieron sin que Catalina pudiese o quisiese tirar del cordón de la campanilla, y acaso cediendo a las súplicas de su amiga hubiera consentido, por fin, en volverse al coche sin entrar, cuando la puerta se abrió de pronto y el criado de Carlos apareció en el umbral. Al conocer a la condesa exclamó:

-A casa de Vuestra Señoría iba yo ahora.

La condesa con indecible ansiedad le preguntó:

-¿A qué?, ¿a qué iba Ud. a mi casa?

-Señora, no lo lleve Vuestra Señoría a mal; es que, como estaba solo y el amo está tan malo que no me conoce, ni hace más que hablar disparates, y...

Elvira quiso en vano contener a la condesa, que se precipitó en la sala llamando a gritos a su amante. Cuando pudo alcanzarla hallola ya de rodillas junto a la cama de Carlos. Una fiebre violenta le tenía postrado, y el delirio se veía pintado en sus desencajadas facciones y en sus encendidos ojos. La condesa le besaba las manos y le llamaba con los más tiernos nombres. A su voz pareció calmarse la agitación del doliente, y su mirada buscó a Catalina, que le sostuvo en sus brazos.

-Yo soy, soy Catalina, tu amante, aquí estoy para vivir o morir contigo. ¡Carlos, Carlos mío!

Y besaba sus cabellos y su frente abrasada.

Carlos la conoció, pero sus palabras eran tan incoherentes que la condesa, traspasada de dolor, estuvo próxima a desmayarse.

Elvira, que en esta ocasión desplegó una presencia de ánimo de que no parecía capaz, logró hacer comprender a su amiga que el estado del enfermo requería cuidados y no lágrimas, y cuando la vio más dispuesta a proceder con prudencia mandó inmediatamente el coche de la condesa en busca de su médico, y procuró tomar informes del criado de Carlos relativos a la enfermedad de éste.

El criado dijo que hacía dos días que su amo había recibido de Sevilla una carta, que al parecer no le había sido grata: que le notó preocupado y pensativo desde entonces, y que la noche última había salido como loco olvidándose hasta el sombrero; que él corrió a llevársele, y que no le había alcanzado hasta cerca de la casa de la condesa de S.*** Que su amo volvió muy tarde, y que desde que le vio conoció que no venía bueno. Que toda la noche le oyó levantado, paseándose por su cuarto con extrema agitación y hablando solo algunas veces, hasta que por la madrugada le llamó quejándose de frío, y le vio tan demudado que le rogó se metiese en la cama, lo que ejecutó al momento.

Desde entonces, añadió el criado, la calentura se ha ido aumentando y me ha parecido que empeoraba rápidamente, por lo cual determiné avisar a la señora condesa, de quien mi amo hablaba sin cesar en su desvarío.

De rodillas junto al lecho de Carlos la condesa escuchaba estas palabras con una dolorosa expresión de placer.

-¡Me ama! -repetía besando delirante sus cabellos y sus manos ardientes con la fiebre-. ¡Me ama, a mí sola!, ¡solamente a mí!, ¡por mí padece!, ¡por mí muere!... Pues bien, ¡el sepulcro nos unirá con lazos más eternos que aquellos que los hombres tiránicamente nos imponen! ¡Carlos, Carlos! -añadía con exaltado amor-. La muerte sola podía hacerte mío, libertándote del yugo que en el mundo te esclaviza. Pues bien, venga en buena hora. Ambos debemos saludarla como un ángel libertador.

Elvira logró nuevamente calmarla, y la llegada del médico la obligó a disimular lo mejor que le era posible el exceso de su emoción.

Carlos comenzó a mejorar desde aquel instante, como si la presencia de su querida tuviese una influencia física sobre él, y después de una copiosa sangría, que se le hizo por mandato del médico, su cabeza pareció completamente despejada y su pulso perdió el vigor febril que había tenido durante el día.

Habló Elvira dándola gracias por su cuidado, y asiendo una mano de la condesa la dijo en voz baja:

-¿Por qué me conservas una vida que no puedo consagrarte?

Ella por única contestación le dio una de aquellas miradas que dejan sin armas a la razón y sin fuerzas a la resistencia.

En toda la noche las dos amigas no se apartaron ni un minuto de junto al lecho del doliente. Éste no les decía nada. Adormecíase a intervalos y, entonces, se le oían pronunciar alternativamente los nombres de Luisa y Catalina, pero cuando estaba despierto guardaba un silencio triste y parecía preocupado de algún pensamiento doloroso.

Al amanecer del día siguiente hallándose un momento solo con la condesa la dijo, asiéndola una mano:

-Me vuelves con la vida el sentimiento de mis deberes. Creía morir y estaba en paz en aquel momento con mi conciencia y con el mundo. Pero tú me lanzas de nuevo a esta lucha espantosa, de la cual saldrá mi corazón despedazado. Toma esta carta, léela, amiga mía, y dime si puedo olvidarla sin ser despreciable a tus propios ojos.

Tomó la carta la condesa y la leyó temblando. Decía así:

«Carlos: mi hermana se halla a las puertas del sepulcro. Cuando recibas ésta tu esposa será huérfana. La infeliz niña, sucumbiendo a los pesares que devora en silencio, desde el momento en que pudiendo estar a su lado permaneces voluntariamente lejos de ella, y a las fatigas y desvelos que sufre con la asistencia de su madre, se halla casi en tanto peligro como ésta. Padece hace días cruelmente, y hay momentos en que tiemblo por su razón, que parece a las veces próxima a abandonarla.

»La desolación ha entrado en esta casa, antes tan tranquila y tan dichosa, y a nombre de las lágrimas de tu esposa y con la autoridad de padre te mando salir de Madrid en el instante que recibas esta triste carta. Tu deber y mi voluntad te llaman a Sevilla, y si eres sordo al uno y a la otra... Pero no, ¡es imposible! Ven, hijo mío, ven si no quieres obligarme a maldecir el derecho que tengo para darte este nombre».

La condesa devolvió la carta a Carlos sin proferir palabra alguna.

-¡Y bien! -exclamó él-, ¿qué me aconsejas, Catalina?

-No es ahora tiempo -respondió ella-, tu estado hace imposible la obediencia a esa orden paternal. Luego que estés bueno... entonces... Entonces partirás, si puedes, si quieres... Si es preciso.

Enseguida hizo venir a Elvira que con la aprobación de arlos escribió las siguientes líneas a don Francisco de Silva:

«Primo mío: Por orden de Carlos participo a Ud. que no puede obedecer inmediatamente la orden de Ud. por hallarse enfermo, pero que saldrá para ésa tan pronto como se halle en estado de poderlo hacer sin peligro.

»Participamos del vivo dolor que experimenta por la situación desesperada en que Ud. le dice hallarse nuestra amada Leonor. Pido al cielo conceda a Uds. La resignación cristiana que en tal caso puede únicamente servirles de consuelo, y tengo el honor de repetirme, etc., etc.».

Esta carta fue despachada al correo y Carlos continuó mejorando rápidamente, aunque se notaba que con la salud parecía aumentarse su tristeza.

La condesa no se apartaba de junto a él, pero, ¡ah!, ¡cuánto más padecía ella misma que aquél por quien se inquietaba!... Las dos más terribles pasiones devoraban su alma de fuego: el amor y los celos.

Allí, a la cabecera de aquel lecho junto al cual ella velaba sin cesar prodigando ternura, allí sobre la cabeza del hombre que amaba, del hombre a cuyo amor inmolaría con placer su vida, allí estaba como un severo juez, como un dueño celoso, como un testigo eterno, el retrato de la otra. Catalina hubiera adivinado quién era el original, aun cuando hubiese visto aquel retrato en otra parte. Su corazón la decía que tan celestial imagen era la única que podía resistir por tanto tiempo al poder de su pasión. Miraba sin cesar aquel retrato que la causaba una emoción indecible, y la hermosura de Luisa, exagerada por su imaginación, le parecía tan irresistible que todo su orgullo, toda su pasión, toda su confianza en su propio mérito vacilaban y sucumbían al inquieto y temerosos sentimiento de los celos.

-¡Y qué! -pensaba ella-. ¡Habré de devolverlo a sus brazos!... ¡Consentiré en restituírselo a esa rival dichosa después de haber sacrificado a un loco amor el porvenir de mi vida!

Y al fijar de nuevo sus ojos en la angélica imagen, la expresión de una inocente sonrisa que aparecía en su boca la pareció un sarcasmo.

-¡Ella ríe! -se dijo apretando sus dientes de marfil sobre su labio inferior que quedó ensangrentado-. ¡Ella es feliz! ¡Es virtuosa!, ¡es pura!... Para ella el honor y la dicha, y para mí la vergüenza y la desesperación. ¡Ah!, ¡no! -añadió levantándose con ímpetu de ira-. ¡No! Guarde ella la gloria de la virtud, yo acepto la infamia, pero quiero la dicha y la quiero a cualquier precio.

Carlos, que dormía, acababa de despertar agitado, y un nombre se escapó de sus labios:

-¡Luisa!

La condesa se puso pálida y seguidamente encendida como la grana. Acércose al lecho y sentándose junto a Carlos le miró con una expresión desusada. El terrible sentimiento que la animaba en aquel momento prestaba a su fisonomía un carácter de hermosura particular. Carlos la contempló un instante y se estremeció como si hubiese leído en su rostro la resolución desesperada que acababa de tomar en silencio. ¡Pero estaba tan bella!... Ciñola con sus brazos y la dijo:

-No, no tendré fuerzas para dejarte jamás si tú misma no me las das, Catalina. Si no me ocultas esa agitación, ese enérgico dolor que revelan tus facciones. Ten, pues, lástima de mi corazón...

-¡Ah! No sabes, no, ¡cuánto ha padecido!

-Esta separación que le destroza era ya necesaria, forzosa. La pasión que me consume la hace tan precisa como el deber que me llama a otra parte. Al menos, amiga mía, parto digno de ti; parto sin la vergüenza de haber maldecido como una cruel tiranía la virtud que te ha hecho superior a una pasión delirante. Pero esta lucha no podía prolongarse. El destino me aparta de ti en el momento en que mi extenuado valor daba el último aliento. ¡Oh, amada mía! Nuestro amor, que los hombres llamarán culpable, ha sido puro y santo como el de los ángeles..., pero yo no soy más que hombre y mi corazón hubiera pedido más al tuyo.

La condesa le miró fijamente con una pasión que hizo saltar en el pecho el corazón de Carlos.

-¡Y bien! -le dijo-, ¿temerías acaso ligarte a mí con más estrechos vínculos?... ¿La felicidad que te diese no bastaría a tu corazón?

Carlos la abrazó delirante.

-¡Ah!, sí -exclamó-. ¡Un momento de suprema ventura y en cambio una vida entera de expiación! Yo lo hubiera aceptado, Catalina: llamarte mía un momento y luego: ¡el infierno!, ¿qué me importa? No -prosiguió-, no sabes cuánto he padecido, porque no sabes que en este mismo instante tu mirada me abrasa, tu aliento me enloquece y el contacto de tu mano me devora... ¡Catalina!, ¿por qué nos separamos sin haber conocido la felicidad?...

Y ella sin esquivarse ni ceder sus trasportes, clavándole su mirada de fuego, exclamó:

-¿Quieres que sea tuya?, ¿quieres que te consagre mi vida entera?, ¿quieres que olvidemos ambos, en brazos de la felicidad, al cielo, al mundo y a sus leyes?, ¿quieres...?

Él la abrumaba de ardientes caricias...

-Soy tuyo, sí, quiero que seas mía, quiero la dicha o la muerte -repetía.

-Pues la dicha para ambos -dijo ella- ¡la dicha! Mañana dejaremos para siempre este país y cualquier rincón del nuevo mundo nos dará un asilo. Soy rica, y los amantes dichosos muy poco necesitan. ¡Bien! Huyamos de esta sociedad que hace un crimen de los sentimientos que ella no autoriza, que ella no mide con su compás de hielo. Bajo el cielo de la joven América seremos libres, seremos virtuosos..., ¡viviremos oscuros e ignorados, pero viviremos! ¡Ah! No es vivir la eterna lucha de la naturaleza con las leyes humanas, Carlos, amigo mío, no hay, no puede haber crimen para el corazón sino en la falsedad y en la perfidia, no puede ser virtud la hipocresía. Arrojemos su máscara cobarde, y pues no hemos podido ser ángeles, sepamos al menos ser hombres. Amarnos es una desgracia, pero engañar sería una infamia. Tengo bastante amor para seguirte a donde quieras, a donde pueda vivir como tu esposa.

Carlos la escuchaba inmóvil. Su exaltación había cedido a la sorpresa, al espanto que tan inesperada proposición le causaba. La impresión que le dominaba no se escapó a la penetrante perspicacia de la condesa, y el movimiento de indignación y de celos que entonces sintió en su corazón contribuyó a hacer más ardiente y vigorosa su elocuencia.

-¡Y qué!..., ¿vacilas?... -exclamó con un gesto enérgico de dolor-. ¿Vacilas?... Temes acaso -añadió con amarga ironía- comprometer mi reputación, ¿que está perdida? ¿Temes parecer egoísta aceptando por compañera de tu vida a la mujer que es llamada públicamente tu querida? ¿O es acaso que vale para ti más que esa mujer, y más que tu propia dicha, un nombre y una posición cuyo sacrificio ella te pide: ¡ella que no se esperó a que le pidieses igual sacrificio para hacerlo con placer, con orgullo!

-¡Basta, por Dios! -exclamó Carlos a quien estas últimas palabras habían profundamente conmovido-. ¡Oh! No me pidas lo que sólo podría ejecutar convirtiéndome en un monstruo. No, no puedo violar un juramento solemne que Dios y los hombres han oído y sancionado. No puedo inmolar al ángel que me ha sido confiado... ¡Harto culpable soy con no amarle como merece!... No puedo arrojar los dolores del infierno en aquella alma inocente formada para la beatitud del cielo...

-Acaba, ¡bárbaro! -exclamó con desesperación la condesa-. Acaba de pisotear a la desgraciada a quien su amor por ti ha encubierto de vergüenza.

Y cayó sofocada por el dolor y la cólera.

Carlos se echó fuera del lecho y la levantó con sus brazos.

-¡Catalina! -la decía-. Yo te amo, te adoro..., pero ¿qué quieres de mí? ¿Serías tú dichosa perdiéndote para siempre en la opinión del mundo?... Este amor infeliz que nos extravía, ¿bastaría siempre a tu corazón?...

Ella se desprendió de sus brazos.

-Para mí -dijo-, no hay más que esta alternativa. ¡Tu amor o la muerte! El uno o la otra te pido. Pero tu amor, mío, mío exclusivamente, ¡mío todo!... ¿Quieres que acabe de humillarme ante ti?, ¿quieres que descubra a tus ojos toda la flaqueza de mi corazón? ¡Pues bien! ¡Sábelo! ¡Tengo celos!, celos que me matan, que me vuelven loca. ¡Carlos, Carlos! ¡A qué estado me has reducido!

Y cayó a los pies pálida, suelto el cabello, inundada en llanto.

-¡Ya es demasiado! -gritó él apretándola en sus brazos-. ¡Catalina! ¡Tuyo soy! ¡Dispón de mí! Te seguiré donde quieras, cometeré mil crímenes si tu voz omnipotente en mi corazón me los dicta. ¡Ven! ¡Todo lo olvido! Dios, el mundo, el honor... ¡Ven! Y embríagame de amor y de placer, y seamos tan felices como somos culpables.


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