Dos mujeres: 27

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo XXVI
Pág. 27 de 34
Dos mujeres Gertrudis Gómez de Avellaneda


Luisa se hallaba restablecida de su enfermedad. Don Francisco, encantado con revivir sus antiguas amistades y lleno de ambición y de proyectos respecto a su hijo, había resuelto permanecer en la corte, y un lindo cuarto principal en la calle de Alcalá hospedaba ya al buen caballero, a su hijo y a su nuera.

Demostrado tenemos que el señor de Silva no carecía de cierta vanidad, perdonable, sin duda, y no sorprenderemos al lector al decirle que al hallarse nuevamente relacionado en la corte, y en contacto con el círculo aristocrático y político, entrósele súbitamente en el cerebro el pensamiento de proporcionar alguna importancia, según decía, a su único heredero.

Con la misma tenacidad con que en otros días se empeñó en mandarle a Madrid, se decidió entonces a obtener para Carlos, a cualquier precio, algún destino honorífico que hiciese resaltar las ventajas de su ilustre nacimiento, esmerada educación y considerables riquezas: ventajas que creía oscurecidas mientras no ocupase algún puesto en el mundo político.

La carrera diplomática era y había sido siempre su favorita, y todos sus esfuerzos se dirigieron a alcanzar para su hijo el título de secretario de embajada en alguna de las principales cortes extranjeras.

Carlos, sin embargo, no se cuidó en su principio de estas pretensiones. Su corazón se hallaba demasiadamente ocupado con su posición, respecto a las dos mujeres a cuyos destinos se hallaba enlazado el suyo.

La condesa permanecía en su quinta, a la cual iba diariamente Carlos a pasar muchas horas en su compañía. Más apasionado, más afectuoso que nunca, su amor se forzaba por hacer olvidar a Catalina la amargura de su posición, y jamás se apartaba de su lado sin hacerse una dolorosa violencia.

Conocía ella que nunca como entonces había sido amada. Segura estaba de su imperio, afianzado por la generosidad con que sacrificaba su orgullo y el celoso exclusivismo de la pasión, a la ventura de su amante y de su misma rival, pero era, no obstante, muy feliz.

¿Podía aniquilar aquel orgullo que había atrevidamente pisado?, ¿podía olvidar la brillante vida que había renunciado, su reputación perdida para siempre, su libertad encadenada por reprobados vínculos? La pasión en aquella alma fogosa y delicada, ¿tendría el vigor de perseverancia que aleja los momentos de cansancio, en los cuales volvemos la vista a lo pasado y nos asombramos de la extensión del camino que hemos recorrido, y nos decimos con profundo desaliento: «¡No es posible ya el volver atrás!».

Devorada todavía por la pasión, la condesa analizaba ya los dolores que ella le atraía, y sus momentos más dulces eran aquéllos en que el torcedor de los celos la atormentaba bastante para privarla de la facultad de medir su desventura.

Horrible cosa era, sin duda, para aquella mujer tan apasionada y a la par delicada: haber de dividir con otra la posesión de su amante; tocar su mano caliente, aun con el calor de Luisa; respirar su aliento impregnado aún, por decirlo así, del aliento de Luisa. Los hombres no comprenden esta especie de suplico en las mujeres. Se creen con el derecho de ser exclusivamente delicados en este punto, y, por eso, sin duda les vemos tan exigentes, tan celosos de la pureza de sus mujeres, mientras que no escrupulizan de ofrecer a la más inmaculada virgen los restos impuros de una juventud pródigamente dispendiada. Pero, atormentada por los celos, la condesa era siempre generosa, y la vida de aquella rival con quien dividía a su amante era el consuelo de su propia desventura.

No la había visto nunca. La peregrina belleza de Luisa no había podido exaltar sus temores, y acordábase siempre de que había estado moribunda, acaso por encontrar el corazón de su marido sin calor para abrigar su delicada existencia. Sentía compasión hacia la tierna joven que ya no tenía madre, que entraba en el mundo inexperta y tímida, sin armas para defenderse de las perfidias, sin antídoto alguno que oponer a los dolores. La felicidad que Carlos diese a Luisa debía forzosamente causar envidia y dolor a la condesa, y, sin embargo, érale necesario aquel dolor, érale necesaria la felicidad de Luisa.

Carlos le daba mil seguridades de ella. Decíala con frecuencia que la inocencia y la credulidad de su esposa no la permitían concebir la menor sospecha, que, después de las primeras escenas desagradales que habían tenido lugar entre los dos, la buena y demasiado indulgente Luisa se había dejado consolar sin dificultad, prestando entero crédito a las falsas explicaciones que él creyó conveniente darla. Carlos estaba cierto, según decía, de que Luisa era incapaz de celos, y que siendo con ella atento y afectuoso, nada más pedía ni necesitaba. Luisa era, juzgada por su marido, una criatura eminentemente apreciable y sosegada. Ra, en fi, forzosamente una mujer dichosa, supuesto que no se quejaba nunca.

Pero, ¡cuánto se engañaba! La callada y, al parecer, tranquila esposa era más infeliz de lo que podía expresarse. No la cegaba ya su inocencia, ni la sostenía su confianza. Una terrible verdad había brillado delante de sus ojos. ¿Qué valí su ignorancia respecto a la infidelidad de su marido? Para ser profundamente desgraciada bastábale la certeza de no ser amada.

Las palabras de Carlos, aquellas palabras que la habían lanzado al borde de la tumba, ¿podrían borrarse jamás de su memoria y de su corazón? Oíalas siempre, oíalas sin cesar: junto a Carlos, lejos de Carlos, despierta, dormida... Aquellas palabras resonaban constantemente en sus oídos e iban a grabar directamente en su alma la amarga certidumbre de que el vínculo eterno que los unía era ya para él una pesada cadena.

No se quejaba, es verdad. Había escuchado con atención y bondad las explicaciones y disculpas de su marido, y, a pesar de toda su inexperiencia, comprendió que se hallaba arrepentido de su imprudente sinceridad y que intentaba repararla. Era todavía bastante bueno y compasivo para desear engañarla, y ella aparentó estarlo.

Era la vez primera que fingía: es también lo primero que enseña el mundo y Luisa entraba en él. Ya se iniciaba, a pesar suyo, en los secretos de sus decepciones y de sus perfidias.

Guardaba, pues, silencio y observaba a su marido. Bien pronto al pesar de conocerse desamada debía seguir la dolorosa sospecha de creerse ofendida.

Carlos estaba con ella cada día menos. Marchábase a caballo todas las tardes después de comer y no volvía hasta muy avanzada la noche, dando siempre frívolos pretextos a sus periódicas y largas ausencias.

Estaba don Francisco tan ocupado de sus proyectos y pretensiones, y tan asediado por sus antiguos amigos, que no fijaba su atención en la conducta de Carlos. Salía por las tardes antes o poco después que éste, y no volvía hasta la hora de acostarse, que era para él fijamente las once. Antes de meterse en la cama iba un momento a la alcoba de Luisa, en la que hallaba algunas veces a Carlos, y como ninguna alteración notase en la tierna confianza con que se trataban, retirábase muy satisfecho de la felicidad de los dos esposos. Verdad es que con más frecuencia encontraba a Luisa, pero al presentarse el buen caballero siempre acudía una dulce sonrisa a disipar las nubes de tristeza que oscurecían el semblante de la pobre abandonada, la que disculpaba la ausencia de su esposo, de manera que dejaba satisfecho al anciano.

-¿Estás contenta? -solía preguntarla al marcharse.

-Sí, padre mío -contestaba ella.

Íbase, entonces, muy complacido don Francisco, y un mar de lágrimas espiaba la generosa mentira de la infeliz niña.

A nadie podía confiar sus penas, a nadie pedir consejo y compasión. Evitaba con extremo cuidado que don Francisco pudiese concebir la menor sospecha, porque temía ver destruida la buena armonía que reinaba entre padre e hijo, hacer sufrir a éste la cólera violenta de aquél, y acaso emponzoñar los últimos días del anciano que se consideraba feliz con la dicha de sus hijos.

Tanto poder tenían en ella estos temores que cuando Carlos volvía demasiado tarde velaba para esperarle y hacerle entrar con sigilo, evitando que don Francisco, sabiendo la desusada hora a que se recogía, exigiese explicaciones que acaso Carlos no podía dar, o que pudieran producir dolorosos efectos.

Pero en medio de tan increíble bondad su descontento crecía por instantes. Sospechaba ya toda la extensión de su desgracia, y los celos fermentaban ocultos en su alma.

Muchas veces en mitad de la noche dejaba su lecho para espiar -por decirlo así-, el sueño de su marido, con la esperanza de oír escaparse de sus labios alguna palabra que disipase o confirmase sus temores. Al despertar, Carlos hallábala todavía junto a su cama.

-¿Tan temprano te has levantado, querida mía?

-Ya lo ves -respondía ella-, como tus ocupaciones me privan de ti muchas horas del día quisiera anticipar aquéllas en que puedo verte y oírte.

Si entonces Carlos la dirigía una tierna mirada, si articulaba una palabra afectuosa, retirábase para ocultar el exceso de su emoción, y se decía con alegría:

-¿Acaso volverá a amarme, acaso no se ha mudado completamente su corazón?, ¿no tiene todavía aquella mirada que me hacía feliz, aquel mismo acento que siempre llega a mi alma?

Cuando hemos sido amados con verdad y hemos tenido fe en el sentimiento que inspiramos, nunca prevemos la posibilidad que deje de existir. El momento llega, sin embargo, súbito, inesperado. El corazón fascinado no ha comprendido los síntomas precursores de su llegada, y muchas veces dudamos todavía, aun después de tocar la terrible verdad. El corazón parece asirse con mayor tenacidad a la ilusión que se le escapa. Así, Luisa, en presencia de aquél que tan venturosa la había hecho y podía hacerla aún, creía imposible la duración de su desventura.

Pero cuando dejaba de verle, cuando contaba en la soledad de su cuarto horas interminables de ansiedad, cuando volvía los ojos en torno suyo sin encontrar un seno amigo donde reclinar su cabeza atormentada, entonces faltábala resistencia y saliendo de su habitual mansedumbre osaba quejarse al cielo.

-¡Dios mío!, ¡Dios mío! -exclamaba-. No es justo que una pobre mujer sea oprimida por tanta desventura.

Mientras tanto, pasaban días y días, y ninguna mudanza se operaba favorable a Luisa, por el contrario, su situación era cada vez más desgraciada.

Un día, a la hora en que se acostumbraban a comer, Carlos, que se paseaba por la sala, entró de pronto en el gabinete en que ella se hallaba sumida en triste cavilación:

-¡Y qué! -la dijo con mal disimulada impaciencia-. ¿No comemos hoy?

-Nuestro padre -respondió Luisa- no ha salido todavía de su aposento.

-¿Y qué hace?, ¿en qué se ocupa? -repuso Carlos con enfado-. ¿Qué significa que a las cinco de la tarde aún no hayamos despachado?

-No lo sé -dijo ella con dulzura.

La impaciencia de Carlos era tan fácil de comprender como la morosidad de don Francisco. El uno anhelaba volar junto a su amada y el otro, que en aquella mañana había visto fallida su esperanza de obtener para su hijo un brillante destino, era presa de un negrísimo humor que le hacía olvidar hasta la necesidad de comer.

Carlos continuó paseándose, pero como pasaban los minutos unos tras otro sin que su padre saliese del aposento en que ocultaba su despecho, el enfadado joven se hacía más y más visible.

-¡No comeremos hoy! -volvió a decir a su mujer.

-No lo sé -respondió segunda vez ella reprimiendo una lágrima.

-¡Esto es insufrible! -exclamó Carlos-. Tengo precisión de salir, precisión absoluta, y mi padre se enojaría si me marchase antes de acompañarle a la mesa. ¿No es verdad, Luisa?

-No lo sé -tornó a decir ella.

Y Carlos, enojado con el laconismo de sus respuestas, le volvió la espalda con precipitación. Su reloj, que miraba por momentos, señalaba ya las seis y no pudo sufrir más. Pensó en la impaciencia, en la inquietud que su tardanza causaría a la condesa, y volviendo a donde estaba su mujer con una cara en que se pintaba su anhelo por dejarla:

-Luisa -la dijo-, hazme el favor de entrar en el aposento de mi padre y advertirle la hora que es.

Obedeció Luisa y volvió a decir a su marido que ambos debían comer solos, pues don Francisco se sentía un poco indispuesto y no quería asistir a la mesa.

Carlos entró corriendo a ver a su padre, pero enterado de la poca importancia de su indisposición volvió a salir prontamente y dijo a su esposa, que le esperaba para sentarse a la mesa.

-Comes hoy sola, querida mía, pues, como ya te he dicho, tengo absoluta precisión de salir ahora mismo.

Luisa bajó los ojos, y por más esfuerzos que hizo para reprimir su dolor, estalló en un mar de lágrimas.

Carlos, que iba a salir, se detuvo oyendo sus ahogados sollozos:

-¡Luisa!, ¿qué tienes? -la preguntó.

-Nada -contestó la niña; el llanto embargaba su voz.

-¿Qué significa esto, Luisa?

Un repentino impulso de indignación prestó valor a Luisa, que contestó con profunda amargura:

-¡Qué soy muy desgraciada!

Admirado y conmovido Carlos se quedó parado, y sin hallar palabras para pedir a su esposa más clara explicación. Luisa continuaba llorando y él se sentía impulsado a permanecer junto a ella, a consolarla, a mentir si era preciso para devolverla la tranquilidad; pero el momento no era oportuno, la condesa esperaba y los minutos volaban.

Tomó la mano a su esposa rogándola con mal ordenadas frases que se calmase, y ofreciéndola volver temprano se marchó precipitadamente.

El dolor ahogaba a Luisa. Aquella conducta de su marido le pareció bárbara y humillante. No sólo no la amaba sino que tampoco trataba ya de engañarla. Carlos la desentendía, despreciaba su dolor, hollaba toda clase de consideraciones y daba al olvido sus deberes.

Estos pensamientos la volvían loca, pues experimentaba impulsos nuevos y extraños a su naturaleza, impulsos de odio y de venganza, que en casos iguales han perdido a muchas mujeres, que no hubieran jamás sido culpables si hubiesen podido ser insensibles al ultraje.

Agitábase aquel tierno corazón con movimientos desordenados, y exclamaba con dolor y cólera:

-¿Quién es, quiero saberlo, quién es la mujer que usurpa su cariño, que le ve, que le escucha, mientras que yo, pobre abandonada, me adorno inútilmente en la soledad con el vano título de su esposa? ¡Pérfido!, ¿por qué ha jurado amarme eternamente?, ¿por qué engañarme así?, ¡y a Dios!... ¡Sí, también a Dios a engañado el infiel! ¡Oh, madre mía, madre mía!, ¡cuán amargos hubieran sido tus últimos momentos si hubieses previsto la suerte que aguardaba a tu hija!

Lloraba amargamente y sucumbía en algunos momentos a la fatiga que causaba en su delicada organización la continuidad de su pesar, pues aquella situación no era de un día, todos eran acompañados del mismo malestar, y con haber dejado conocer a su marido que padecía, sólo había conseguido hacerle más culpable a sus ojos.

En efecto, Carlos no se hacía ya ilusión, sabía que su esposa era infeliz, y este descubrimiento le era tanto más doloroso cuando que se veía imposibilitado de devolverle la dicha que le había robado su nueva pasión. Su posición era más difícil con respecto a Luisa, y su conducta, por consiguiente, menos natural. Cuando la creía ignorante de su falta, aún hallaba un placer en su compañía, pero desde que en su presencia sólo podía encontrarse como un reo delante de su juez, o como un verdugo delante de su víctima, evitaba cuanto le era posible el encontrarla sola.

Conociendo que no podía satisfacer al corazón de su esposa, que no trataba ya de disimular su descontento, observaba con mayor cuidado todas las exterioridades, desvelado por no darla ningún motivo aparente de disgusto. Cuando no podía evitar encontrarse a solas con ella, hallábase confuso, embarazado, y, por consiguiente, frío; pero en público redoblaba sus atenciones y cariño, y puede asegurarse que jamás marido infiel ha sabido honrar tanto a la esposa que ultrajaba.

Pero, ¿qué valían todas aquellas aparentes consideraciones para una criatura que con poca vanidad tenía un excesivo amor a su marido? Más tierna que orgullosa Luisa hubiera trocado por una mirada de ternura todos aquellos respetos que parecían destinados a encubrir su desventura.

Crecía ésta con su duración. La pobre joven iba perdiendo de día en día la esperanza de una mutación feliz. Y no la agobiaba únicamente el dolor de verse desamada, que también era para su religioso corazón un pesar profundo, la idea de que su marido era culpable a los ojos de Dios. Persuadida ya de que una nueva pasión era la causa de su indiferencia hacia ella, estremecíase al considerar la enormidad de aquel pecado, y en aquellos momentos.

-¡Dios mío! -decía con fervorosa piedad-. No es mi felicidad sino su salvación la que os pido. Que jamás, si es preciso, vuelva a pertenecerme su corazón, pero que sea vuestro solamente. Yo cubriré mi frente de ceniza y me arrastraré por el polvo para expiar su pecado. ¡Perdonadle, Señor!, y volved al redil esa oveja extraviada.

Pero Dios parecía sordo a la angélica súplica. La oveja no volvía al redil, y la celestial resignación de Luisa la abandonaba con frecuencia.

-¡No es un capricho! -decía-, ¡no es un pasajero extravío!, ¡le he perdido para siempre!, ¡ha olvidado a Dios en cuya presencia juró amarme toda su vida! ¿Cómo es posible este exceso de perversidad? ¿Cómo es esto posible, Dios mío? -repetía la inocente con profundo dolor-. ¿Cómo faltar así a un juramento sancionado por vos?

En la primera época de la juventud, y aun más tarde, los corazones tiernos descansan con entera confianza en la solemnidad de un juramento, y no conciben la posibilidad de quebrantarlo sin perder la estimación que inspira el objeto amado.

Así es que una mujer exige de su amante la promesa de un amor eterno, y un amante pide a su querida igual seguridad, como si de ésta dependiese la duración del sentimiento, y como si debiese respetarla.

Tanto valdría pedir el juramento de que en el día de mañana gozaremos la misma salud de hoy, o que tendremos la misma juventud a los cuarenta que a los veinte años. Tal es, sin embargo, la ceguedad del amor que la persona que confesaría absurdo el juramento de no tener nunca arrugas ni canas, ni padecer de dolores de estómago, jaquecas o ataques de nervios, confía en el que una boca amada pronuncia, obligándose a hacer que el corazón no experimente nunca las influencias irresistibles del tiempo y los acontecimientos.

Nada es más común que oír en boca de la persona desamada la terrible interpelación: ¿qué se han hecho tus juramentos?; ¿Por qué antes no se pregunta a la naturaleza?, ¿qué se han hecho las hojas y las flores de que vestían los árboles cuando el viento invernal las arrebata?, ¿qué se hace, en fin, la vida del hombre cuando deja de animar su cuerpo?

-Ella, la naturaleza -respondería-. ¡Todo cambia, todo pasa! Ésta es mi ley, la ley inmutable, ¡la ley eterna!


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII

>>>