Dos mujeres: 28

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo XXVII
Pág. 28 de 34
Dos mujeres Gertrudis Gómez de Avellaneda


La vida de Luisa era bien amarga: no salía casi nunca, ni hallaba en la soledad ningún género de consuelo. En uno de sus más tristes días fue Elvira a visitarla y quedó asombrada de la alteración que había sufrido su hermosura. Quiso ser discreta y no darse por entendida de los sufrimientos que revelaba el abatido semblante de la joven esposa, pero eran tan claras las muestras de dolor que en la conversación daba a Luisa, sin advertirlo, que Elvira se sintió enternecida.

La pobre niña no podía sostener la más insignificante conversación: hacía preguntas extravagantes sin escuchar la respuesta, y contestaba a las de Elvira con tal desconcierto que ésta no podía comprenderla. A veces deteníase en mitad de una frase y sin acertar a concluirla principiaba otra que dejaba tan truncada como la primera.

Elvira la miraba con sorpresa y lástima. Preguntola por Carlos y a éste sólo nombre vio estremecer a la pobre niña.

-¿No va a su casa de Ud.? -dijo con ansiedad-. ¿No la visita a Ud. con frecuencia? Yo creía que pasaba con Ud. todas las tardes.

-No, ciertamente -respondió Elvira bajando los ojos, porque no ignoraba con quién pasaba las tardes el marido de Luisa.

Luego, deseando dar otro giro a la conversación, preguntó a su prima por qué vivía tan retraída de toda sociedad, y la invitó a proporcionase algunas distracciones.

-¡Cómo estoy tan sola! -dijo con profunda tristeza Luisa-. ¡Siempre sola! No tengo en esta corte ninguna amiga.

-Yo creía -repuso Elvira-, que Ud. me honraría con este título.

-Es verdad -dijo Luisa con distracción-, es verdad que Ud. debe quererme un poco..., ¡compadecerme! Ud. es la única persona que en Madrid me está allegada por vínculos de parentesco.

Y recordando de pronto y por primera vez que existía otra señora que estaba en igual caso, añadió con la mayor sencillez:

También la viuda del conde de S.*** es mi parienta, pero no la conozco, no me ha visitado.

La turbación de Elvira al oír estas palabras fue tan notable que no pudo menos que fijar la atención de Luisa. Fingiose distraída con el paisaje de su abanico, pero como Luisa la miraba con alguna sorpresa, se esforzó para decir algo y dijo con tono de indiferencia:

-Si la condesa no ha visitado a Ud. no será ciertamente ni por olvido ni por desprecio del vínculo que las une, sino porque se halla fuera de Madrid, en su casa de campo hace cinco meses.

-No ha sido mi intención -contestó Luisa- quejarme de la condesa.

Y estas pocas palabras dichas con la más perfecta simplicidad alarmaron a Elvira, que con más bondad que discernimiento se apresuró a decir:

-No tiene Ud. tampoco motivos de queja. La condesa tiene enemigos que la calumnian y no debe Ud. dar crédito a nada de cuanto digan.

-Ningún enemigo suyo conozco -repuso Luisa con la misma sencillez de antes-. Nadie me ha hablado de la condesa, cuya visita no he deseado, pero hubiera agradecido. Y participando, a pesar de su angélica bondad, de las prevenciones de su madre, añadió:

-Y no debo a la verdad extrañar su falta, porque nunca han existido relaciones amistosas entre esa extranjera y mi familia.

Elvira hallaba en cada una de las palabras de Luisa un indicio vehemente de que no ignoraba el amor de Carlos a la condesa, y con aquella ligereza que tan a menudo la hacía cometer con las mejores intenciones las peores imprudencias, se propuso justificar en lo posible a su amiga.

-Veo -dijo-, que han influido en Ud. las lenguas maldicientes que se empeñan en hacer daño a Catalina de S.*** y como me honro con su amistad creo un deber mío desmentir calumnias que alteran la felicidad de Ud. y agravian a mi amiga.

Luisa la miró fijamente. Aquellas indiscretas palabras hacían nacer en ella sospechas que hasta entonces no habían pasado ni remotamente por su pensamiento, pues ni de la existencia de la condesa se había acordado hasta aquel momento. La fijeza de su mirada desconcertó a Elvira que continuó pronunciando palabras incoherentes:

-La envidia, la malignidad, Carlos sabe que siempre han calumniado a la condesa. ¡Su amistad por ella es tan desinteresada y tan pura! No debe Ud. creer hablillas y chismes.

Después de este truncado discurso calló Elvira, evidentemente embarazada con su posición, y Luisa calló también.

La visita no fue larga. Elvira se despidió sin volver a mencionar a la condesa, y Luisa permaneció profundamente pensativa hasta que llegó su marido.

Carlos parecía aquel día más triste que nunca. Luisa, por el contrario, le recibió con un rostro más risueño de lo que el suyo lo estaba hacía bastante tiempo.

Mientras llegaba la hora de comer, quiso dar conversación a su marido, bien que esta antigua costumbre hubiese estado interrumpida en aquellos últimos meses, y entre otras cosas dijo a Carlos que tenía en Elvira una apasionada amiga.

Carlos hizo mil elogios de aquella dama, y de otras varias que sucesivamente y con aparente sencillez fue nombrando Luisa, la cual le dijo por último:

-De quien nunca me has hablado es la condesa de S.***, y, según he oído, también te profesa una grande amistad.

Carlos lanzó sobre ella una mirada de águila que parecía querer penetrar hasta su alma, y como Luisa acertase a sostener su papel de simplicidad, él se puso en pie y la dijo con atrevimiento:

-Esa grande amistad es una concesión gratuita que me dispensa el público. La condesa de S.***, no es tan amiga mía como suponen. Pero, ¿quién te ha hablado de ella, querida Luisa?

-Nadie más que Elvira -contestó la joven.

Carlos, a quien esta declaración aumentaba la osadía, añadió:

-Tengo con ella mucha más intimidad que con la condesa. Y bien, ¿qué te ha dicho Elvira de su amiga?

-Que es muy hermosa -dijo Luisa atreviéndose a mirar fijamente a su marido.

-¡Muy hermosa!... No, no tanto. Es una figura mediana -respondió él aparentando indiferencia.

-Y aun antes de venir a Madrid -añadió Luisa-, me acuerdo de haber oído celebrarla como mujer de gran talento.

-Sí..., así se dice -tartamudeó Carlos, sin saber que postura tomar-, pero se exagera. ¡Y qué!, ¿no comeremos hoy, querida mía? Son las cinco.

Luisa se levantó y con el pretexto de ir a dar disposiciones para la comida se retiró a llorar. ¡Todo lo sabía ya! Su rival era la condesa de S.*** ¡y era hermosa!, ¡y tenía gran talento!

Aquella conversación que daba tanta luz a las sospechas que Elvira había inspirado a Luisa, prestó a Carlos alguna tranquilidad.

Muchas veces en aquella última época había creído a su mujer perfectamente instruida en todo lo relativo a su falta; y como no pudiese sospechar a la sencilla niña capaz de astucia, como ignoraba la rapidez con que el mundo y la desventura enseñan a las mujeres este arte que algunas veces las sirve de escudo y muchas veces más de puñal, dedujo de cuanto había oído a la desgraciada niña que se hallaba en completa ignorancia respecto a la cómplice de su crimen, y volvió a creer posible él tranquilizarla, mintiendo excusas a la conducta extraña que no podía menos que notar él.

Su error fue corto, por desgracia. Aquel mismo día estaba señalado por el destino para descubrirle toda la extensión de su falta y de la desventura de su esposa.

Luisa, sucumbiendo a los dolores de su corazón en aquella mañana, tuvo por la noche una fiebre violenta. Cuando volvió Carlos de la quinta de la condesa, hallola delirando. Por fortuna, don Francisco, que ignoraba la indisposición de su nuera, no se encontraba junto a ella, pues de lo contrario todo lo hubiera sabido aquella noche.

Luisa, en su desvarío, nombraba a la condesa y a Carlos, hablaba de perfidias y de infidelidades, y a veces invocaba a la muerte exclamando:

-¡Él la desea acaso para mí! ¡Es el único medio de recobrar su libertad perdida!

Carlos, traspasado de dolor, la pedía en vano de rodillas que se tranquilizase. Luisa le miraba sin conocerle al pronto, y cuando por fin le reconocía:

-¡Ven! -exclamaba-. ¡No me abandones sin compasión! Yo estudiaré los medios de agradarte y adivinaré tus deseos, lo más fantásticos! ¿Necesitas talentos en la mujer a quien ames? Por ti y para ti los adquiriré yo. Quiero poseer como ella todos los encantos, quiero que al verme digan todos: «Es la primera mujer del mundo, porque es la esposa de Carlos».

La fiebre la prestaba una elocuencia que jamás podía alcanzar en su natural estado. Estaba hermosa, patética, sublime en su delirio.

Carlos, apretándola en sus brazos, pensaba morir de dolor, y hubo momentos en aquella terrible noche que tres meses antes hubiera bastado para decidir la cuestión del destino de las dos mujeres, entre las que se veía colocado. Momentos en los cuales no hubiera sido escuchada la voz del amor del amor que le hablaba en favor de Catalina, ni hubiera podido el recuerdo de sus sacrificios libertarla de ser inmolada en las sagradas aras del deber, junto al lecho de dolor de la casta esposa.

Pero ya no era posible: Catalina era ya únicamente una seductora amante, una sublime amiga. La naturaleza, revistiéndola de augusto carácter, de un indisputable derecho, la ligaba Carlos con el más dulce y más santo de los vínculos. Delante de él eran débiles todos aquellos creados por los hombres, y el nuevo deber y el nuevo sentimiento que llenaban el corazón de Carlos, eran más poderosos que todos los impulsos de ternura y de piedad que podía excitar la situación de Luisa.

Sufría horriblemente, pero ninguna resolución podía tomar que le sacase de aquel insoportable estado de agonía. Con ninguna promesa podía consolar el corazón de luisa que veía destrozado.

Entre las dos mujeres a quienes hacía igualmente desgraciadas, y de las cuales la una tenía el derecho sagrado de su esposa, y la otra un derecho no menos respetable, animado de la más viva ternura por la una, de la más violenta pasión por la otra, y de la más profunda piedad hacia las dos, desesperábase de no poder conciliar la felicidad de ambas y no se hallaba con valor de sacrificar a ninguna.

Lamentable era aquella posición, y sin duda de los tres personajes de esta historia, no era Carlos, por entonces, el menos infeliz.

Aquella noche fue para él verdaderamente terrible, pero aquella noche pasó como otra cualquiera. Luisa, calmada de la fiebre que habían producido las agitaciones de aquel día en que descubrió quién era su rival, volvió a su estado habitual de silenciosa tristeza. Y Carlos, que la veía resignada aunque infeliz, y que imaginaba que su presencia debía ser dolorosa para aquella mujer tan ofendida y tan callada, buscaba en su imaginación un medio decoroso para sacarla de tan violenta situación, que era para él mismo insufrible.

Todo lo sabía ya Luisa, no podía ya intentar engañarla, y no pudiendo tampoco satisfacerla realmente el partido único que le quedaba era dar reposo a su corazón, alejando de su vista al ingrato que la ultrajaba. Así pensaba Carlos, sólo su ausencia le parecía un consuelo para Luisa, después que le era conocida toda su desgracia. Aquella ausencia necesaria ya, acaso la proporcionaría tranquilidad y olvido. Era una barbarie abusar de su prudencia, poniendo siempre delante de sus ojos a su ofensor. Era, también, una insufrible humillación para Carlos hallarse todo el día confuso y trémulo en presencia de aquella víctima callada, que nada exigía, que de nada se quejaba, y que, sin embargo, le acusaba con su silencio y le humillaba con su resignación.

Entonces se acordó de las pretensiones de su padre, y pensó mucho en ellas como un recurso plausible para salir de aquella posición de la cual era preciso librarse a toda costa. Obteniendo el destino de secretario de embajada en cualquiera nación extranjera, podía separarse de su mujer sin llamar la atención de nadie, y con un pretexto satisfactorio que ella misma aprobaría.

La salud de Luisa parecía decaída. Algunos facultativos opinaban que la convendría volverse a Andalucía, y de todos modos Carlos se proponía declarar que un viaje más largo le sería perjudicial, y que un clima más frío no le era en manera alguna conveniente. Contaba con la docilidad de Luisa y con el deseo que ella misma debía tener de facilitar aquella indispensable separación, y contaba también con el influjo de la condesa para obtener el destino que pretendía.

En efecto, Catalina que era libre y podía seguirle a cualquier parte debía regocijarse con aquella determinación de su amante. Los médicos podían ordenarla unos baños que justificasen su salida de Madrid, caso que ella quisiese disfrazar la verdad, y en el estado en que se hallaba nada podía convenirle tanto como una vida oscura en un país extranjero, cerca del hombre a quien amaba y al cual iba a poseer por fin exclusivamente.

La felicidad que tanto había anhelado algunos meses antes y por la cual estaba dispuesta a sacrificar su posición, su nombre, su porvenir, aquella felicidad que había sido el sueño de su amor, estaba ya en su mano, y para obtenerla no era preciso un escándalo, ni hacer su amante el sacrificio de su destino, ni herir de muerte a un padre y a una esposa. Catalina debía considerarse tan dichosa cuanto era posible serlo en la posición en que se había colocado, ¡pero no sucedía así!

El mismo sentimiento nuevo y poderoso que prestaba energía al corazón de Carlos, había quebrantado el corazón de su amiga. En aquella alma poderosa aquel sentimiento en aquella posición era una cosa terrible.

Un gran trastorno, un trastorno doloroso se había apoderado en aquella mujer: sólo entonces comprendió toda la extensión de su falta y el horror de su destino.

¿Qué felicidad podía existir para ella? ¿El amor? ¡No! No era el amor ya la pasión dominante en su corazón de fuego. El amor, ¡ah!, ¡a él debía aquella inmensurable desventura de hallar en el más dulce de los sentimientos el más humillante de los dolores!

Catalina hubiera sido fuerte para su infortunio, pero entonces otro destino y no el suyo la ocupaba: una vida cien veces más preciosa que la suya estaba en las garras de la desventura y del oprobio. Aquella misma opinión que un mundo que despreciaba, cuando su fallo sólo en ella podía recaer, se revestía de una autoridad terrible cuando le consideraba levantado contra una adorada víctima.

No seremos nosotros los que explotemos aquella alma para pintar con detalles sus secretos dolores, nos basta bosquejarlos. ¡Mujeres que sois madres! A vosotras dejamos el cuidado de terminar con este cuadro. Vuestro corazón os dirá más que cuanto la imaginación nos revela.


<<<

Prólogo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII

>>>