El Alcázar de Sevilla: 4

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El Alcázar de Sevilla Fernán Caballero


La equidad exige que recaiga una parte de estos elogios en el entendido y perseverante Teniente de Alcaide actual, que con singular constancia, celo e inteligencia, superando obstáculos y venciendo inercias, ha sabido realizar los deseos de la augusta señora, eficazmente ayudado en la parte artística por el distínguidísimo pintor sevillano Don Joaquín Domínguez Bécquer. Difícilmente se hubiera hallado otra persona que hubiera podido hacer lo que el Señor D. Alonso Núñez de Prado ha llevado a cabo, pues no es fácil seguramente encontrar quien esté dotado de su fuerza de voluntad, quien se enamore, como él de su obra, y le dedique todo su tiempo; quien tenga su buen gusto y su inteligencia, y quien sea asimisino bastante acaudalado para poder anticipar de sus propios fondos las sumas necesarias para tan dispendiosa obra, a cubrir las cuales no siempre alcanzaban los rendimientos de las fincas del Real Patrimonio puestas a su cuidado. Así, pues, tanto nuestros soberanos como el país, deben estar reconocidos al que, interpretando dignamente los nobles deseos de nuestra reina, ha logrado restaurar este Alcázar, preparando infatigablemente la noble hoguera de la que en todo su primitivo esplendor ha resucitado al morisco Fénis.

Ya en la fachada deslumbran los vivísimos colores y el oro, que constituyen el regio manto de esta encantadora mansión. La entrada carece a nuestro entender de grandeza, privándola una pared de la vista del magnífico patio principal, al que conduce una pequeña puerta lateral. Hállase este patio rodeado de cincuenta y dos columnas de mármol, de las que cuarenta están apareadas, formando las doce restantes cuatro grupos de a tres en los ángulos. Sobre estas columnas álzanse veinte y cuatro arcos piramidales, formado cada uno de trece semicírculos, menos los cuatro que ocupan el centro de cada frente, que constan de quince; rodeando al patio una galería, cuyos muros así como los de los arcos, están cubiertos de arabescos, y tienen formados sus zócalos de aquel brillante y perdurable alicatado peculiar de los moros.

Frente a cada uno de los cuatro arcos centrales, que son mayores y menos agudos que los demás, hay en la galería una gran portada, de las que una comunica al salón de Embajadores, otra al llamado de Carlos V, otra a otro salón, y la restante constituye el emplazamiento en que, según es fama, se colocaba el trono de los Reyes moros para recibir el feudo de las cien Doncellas impuesto a sus vasallos por el usurpador Rey de Asturias Mauregato, y pagado anualmente a los árabes en recompensa de haber auxiliado a aquel para apoderarse de la corona, hasta que su sucesor el gran rey D. Alfonso II el Casto redimió a los cristianos de tan vergonzoso tributo, gracias a sus brillantes victorias sobre los infieles.

De verificarse en este patio la entrega de este feudo, pretende la tradición que se deriva su nombre de patio de las Doncellas.

Dos de los tres pequeños ajimeces o claraboyas caladas que hay encima de la magnífica puerta de alerce que conduce al salón llamado de Carlos V, por haberlo reedificado este soberano y sustituido a su antigua techumbre el precioso artesonado que hoy se admira en él, tienen en su parte superior dos cabezas árabes cubiertas con sus turbantes, una de hombre y otra de mujer. Según tradición, son retratos del alarife que el rey D. Pedro hizo venir de Granada para reconstruir el antiguo Alcázar, y de su mujer puestos en aquel paraje por orden del monarca para perpetua memoria.


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