El Café de la Amistad: 2

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


II

Fué por los años de 1842 que los Dirube, bayoneses de honrada raza, establecieron el Café de la Amistad en el Paseo de Julio, bajo el número, 160 hoy. Rico estanciero escocés, de los numerosos pastores, cuya laboriosidad acumuló en nuestros campos gran fortuna, donó ese inmueble para que sus alquileres costearan la educación de dos menores, que debían seguir enviándose mensualmente á la Sociedad Escocesa luego, á objeto de contribuir al sostén del Colegio de esa colectividad como hasta el presente se cumple.

El más joven de los hermanos Dirube, después de veinte años traspasó el Café á su consocio Cancillo y Gómez, vendiéndole más tarde á Posse y Duran. Fué bajo esta dirección que se clausuró cuando ya el hijo de su fundador, laborioso joven, levantaba fortuna en su Estancia más allá de Lujan, comarca vecina á los ricos campos de Areco, donde falleció el propietario escocés de la casa Paseo de Julio. En las primeras horas de la mañana, la concurrencia era toda de marinos. Alrededor de lustrosas mesitas, yendo ó viniendo de á bordo, entre dos sorbos del fragante café y mucho humo, conversaron y discutieron largos años: los tenientes Ballesteros, Rodríguez, el mayor Seguí, ó Zacarías Pereyra y su inseparable infortunado Massini, cuando de un poco más distante del Japón arribaron; Don Pedro el Cruel (capitán Carreras), Pedraja, Cabal, Jorge, Folly Brown, Türner el rubio, y el rubicundo capitán Badía, Morris que salvó el vapor «Buenos Aires» y Constantino Jorge el griego que perdió los dedos de una mano por defender á Murature en el drama de traición, herido el padre sobre el cadáver del hijo; Marzano y Marzanito, Py, Neves, Fidanza, el Comandante Somellera y hasta el Capitán del Puerto alguna vez, Coronel don Francisco Seguí (el vencedor en Juncal), Sinclair, que alcanzó su centenario, Murature y su suegro Galeano, viejos y jóvenes, marinos de ese barrio de la Marina, que en cuanto desembarcaban, era por su devoción la primera parroquia donde oficiaban.

Aunque no con tanta frecuencia, solía encontrarse en la mesa de entrada, un grupo que casi llegó á ser grupo histórico. Cuando de su rancho de Belgrano llegaba el corneta de Ayacucho, a echar su cuarto á espaldas con el antiguo grumete de «La Argentina», copita de coñac en medio, sesentones ambos, Obregoso y Manrique, en continua disputa, sobre quien había hecho resonar más la trompeta de la Fama, ó conducido más allá el pabellón de la Patria. Verdad que este último, le hizo flamear sobre todos los mares, en la nave que el Comandante Buchardo condujo al Mar Índico, y Obregoso, mellado tenía el labio de tanto tocar á la carga en el Regimiento de Granaderos que por habitud, á degüello le salía últimamente cualquier toque. Tras la inacabable narración de sus hazañas, sobre quien obtuvo más heridas y medallas, apéndice infaltable tenía el último sorbo de café, si el de Yungas del panteón que él bebió al pie de la planta donde en Bolivia florece, desde antes de nacer Bolivia — según la frase del Mayor Obregoso — ó el te de Honkong que sin azúcar le brindaron al Teniente Manrique, antes, mucho antes de ser Teniente, en tacitas tan minúsculas como las que en Arabia mascan el moka. A cortar el diálogo solía pasar don Manuel Pedro de la Peña, despidiéndose de este par de porfiados patriotas, repitiendo: «Digan lo que quieran, no hay mejor te que el del Paraguay, bebido á la sombra del yerbal. Ya lo probarán ustedes si llegan á mi tierra».

Llegaron y ocasión de ello hubieron, pues que estos dos meritorios servidores de la patria, que en su prolongada vida abarcaron la primera batalla por su independencia, siguieron íntimos camaradas de campamento en la guerra de los cinco años.



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