El Dr. D. Teodoro Vilardebó

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EL Dr. D. TEODORO M. VILARDEBO[editar]


Como si estuviese dotada de un instinto infernal de dominacion, la fiebre pestilente acaba de conseguir victoria sobre uno de sus mas denodados é intelijentes adversarios. El jeneroso orgullo del que se consideraba fuerte por la ciencia, ha sido castigado por la mano misteriosa de la naturaleza. El Dr. Vilardebó ha muerto de la fiebre amarilla en la noche del Sábado al Domingo 29 de Marzo último, á la cabecera de los enfermos, esforzándose por tranquilizar los ánimos aterrados por la secreta y rápida circulacion de la muerte, como espira gloriosamente el guerrero al pié de su bandera.

En medio del silencio egoísta que se apodera de las poblaciones azotadas por la peste, no han faltado en Montevideo ecos que repitan el dolor especial causado por la muerte de aquel hombre distinguido. El Dr. Vilardebó habría sido estimado en cualquier parte del mundo por sus luces, por su noble carácter, por su constante devoción á las ciencias y al estudio; pero en esta parte de América donde tan pocos de sus hijos se consagran por puro amor, por irresistible vocacion al cultivo de los conocimíentos recónditos que tienen por base la observación y cálculo, era una especie de escepcion y un objeto de orgullo para los hombres de su propio orijen.

Nosotros no podemos hacer una biógrafia de la noble victima. Hemos estado privados por largos años de su agradable trato y de sus instructivas conversaciones. No estamos iniciados en la marcha de su espíritu desde el año 1845, ni de sus proyectos científicos, ni de los trabajos á que ha sabido consagrarse después de aquella época, aparte del ejercicio de su profesión de médico. El Dr. Vilardebó, bajo aquellas formas sociales y amables con que aparecia revestida en público, ocultaba la severa y elevada rejion en que se mantenían sus ideas constantemente. Su silencioso gabinete era el oasis de sus sueños en ese arenal que atravesaba como médico en las horas de su práctica de cada dia.

El Dr. Vilardebó comenzó sus estudios mayores en la Universidad de Cervera. Creyendo que su vocacion le llamaba á consagrarse á las matemáticas, hubo de dedicarse á ellas esclusivamente, y aun fué invitado para rejentar allí una cátedra de cálculo trascendente. Otra era la profesión á que su destino le llevaba. De España pasó á Francia para dedicarse á la medicina y fué discípulo de la escuela de París hasta recibir en ella su diploma conquistado con un trabajo asiduo, una conducta ejemplar y lucidos actos científicos, de cuyo mérito puede dar testimonio la notable tésis que leyó para recibir el grado de Doctor en la famosa Universidad de aquella capital. Al frente de esa tesis habia escrito con ternura el nombre de su padre, pensando al escribirle en los servicios próximos que iba á ofrecer á su querida patria después de una larga ausencia y de muchos desvelos.

La fama de su mérito se adelantó á él en América. Poco antes de partir para Montevideo, había sido elejido para componer una comisión de distinguidos profesores franceses encargados oficialmente de estudiar en el Norte de Europa el carácter y los síntomas del cólera en sus primeras invasiones en aquella parte del mundo.

Esto era por los años 1830 y tantos: estaba entonces en la plenitud de su robustez y de su fuerza: su estatura era alta, su semblante simpático, sus modales benévolos y cultos, y su palabra pura y perfectamente acentuada no dejaba nunca traslucir que poseía fundamentalmente muchos idiomas estranjeros, porque había cultivado con preferencia el que amaba y respetaba como heredado de sus padres. No nos engaña la afición de amigos. Podemos citar un ejemplo práctico del encanto de la conversación intima del Dr. Vilardebó, con tal que ella se contrajera a materias científicas y graves. A las oraciones de una tarde del verano de 1841 se reclinó nuestro amigo en una hamaca correntina, colgada á las paredes de nuestra habitación. Era la primera vez que descansaba el cuerpo sobre las redes de aquel lecho americano, y las observaciones que hizo con este motivo nos autorizaron para decirle: «Querido Doctor: haga V. de cuenta que se encuentra V. en este momento en las soledades primitivas de Nueva Granada y que ha hallado V. allí como A. Humboldt á aquel pobre americano del Pozo, sediento de los raudales de la ciencia europea, que el sabio viajero describe con tanta admiración en una de sus obras. Hábleme V. de París, del París intelectual que V. conoce tanto, de los profesores que allí se distinguen, de las teorías científicas á la moda, y de las verdades inconcusas que la observación ha arrancado del avaro seno de la naturaleza.» Con qué modestia y con cuanta gracia, comenzando por la parte pintoresca de las costumbres de las escuelas francesas, fué remontando hasta la parte ardua y elevada á que le convidábamos á subir! El sol del dia siguiente bañaba las azoteas de la blanca y rizueña Montevideo, cuando nos despediamos después de haber pasado una noche ática, como él decía, inolvidable para nosotros. Seriamos incapaces de reproducir lo que dijeron de bueno y de interesante los labios que hoy están para siempre mudos. Pero un biógrafo del famoso físico, M. Ampere, hablando del inmenso saber de este profesor, ha descripto con una rara fidelidad el cuadro que acabamos de dibujar con vagos perfiles. «Habló trece horas con una lucidez no interrumpida: y como el mundo es infinito, y todo en él se encadena, y Ampere le conocia zona por zona y de un círculo al otro, sus palabras corrían sin cesar: si el cansancio no le hubiese detenido, creo que aun continuaría'. ¡Oh ciencia! Esta vez habiáis puesto bien á descubierto el puro, bullente y sagrado manantial de tus verdades!»

Ocupaba mucho al Sr. Vilardebó la idea de hacer un estudio formal de la historia política y natural del pais de su nacimiento. Y como la historia civil del territorio oriental está ligada desde la conquista á lo jeneral del antiguo Vireinato del Rio de la Plata; se estendían á todo él sus investigaciones. Llegó á reunir muchos é importantes mapas, planos parciales y documentos escritos para servir á sus miras, y aun redactó unas décadas que, mas que un trabajo histórico completo, eran un cuadro cronolójico de acontecimientos y descubrimientos esplicados con los preciosos materiales que habia sistemado laboriosamente. El estudio de las razas extintas de la gran familia guaranítica que habian poblado las tierras comprendidas entre el Uruguay y el Plata, habíale llamado su atención con preferencia, y deben existir entre sus papeles apuntes útiles sobre esta interesante materia y en especial sobre el carácter, hechos y costumbres de aquellos famosos charruas que fueron rebeldes por siglos á la espada y ó la doctrina de la civilizacion. Creemos que los primeros pasos que se dieron en Montevideo para formar una asociacion de personas, que se contrajesen á la jeografia y á la historia patria, fueron dados por el Sr. Vilardebó. Esta idea se realizó mas tarde, quedando hasta ahora en estado de jérmen, como quedan siempre entre nosotros las ideas de esta naturaleza.

El segundo viaje que emprendió á Europa el Sr. Vilardebó debió tener por objeto, si no estamos mal informados, el perfeccionar sus conocimientos para realizar sus escursiones científicas en el territorio oriental. Al ocuparse de la geografía práctica, al estudiar la geolojia especial de aquel suelo, advertió que las nociones generales que poseía sobre estos ramos no eran suficientes para llegar á la perfección á que aspiraba, y para responder á las exijencias que tiene en la actualidad el mundo científico. Adelantado ya en la vida, pudiendo gozar de la independencia que ya habia conquistado, se resignó por amor patrio y por devoción al estudio, á volver á la humilde condición de discípulo, interrogando los sábios especiales y sentándose en los bancos del aula como en los años de su primera juventud. El aspiraba á determinar astronómicamente los puntos principales que habian de servirle de base para formar en seguida la red trigonométrica de su cartas, asi como aspiraba con este segundo objeto á perfeccionarse en el manejo de los instrumento jeodésicos. En el estudio de los minerales, y de la formación de los terrenos, en la clasificación de los abundantes restos fósiles que en esos mismos terrenos están como incrustados desde las épocas antediluvianas, aspiraba igualmente á presentarse digno de los jeólogos y de los paleontógrafos mas acreditados. Es lástima que las inquietudes politicas y otras causas de desaliento que militan en América para esterilizar los mejores propósitos, hayan detenido al Sr. Vilardebó en este camino tan honroso como útil. Su espíritu debe haber padecido mucho con los obstáculos que encontró invencibles para la prosecución de sus miras, pues hemos sido testigos de la satisfacción con que decia hablando de la firme resolución que tenia de entregarse á ese género de trabajos: «Para quien desea formarse un nombre en la carrera científica, nada es tan penoso como la indecisión del rumbo que haya de seguir. Yo le he hallado ya. Mi ocupación en adelante será el estudio de la naturaleza y de la historia civil de mi pais.» .... La muerte lo ha sorprendido sin haber satisfecho tan laudable ambición. Esta es la historia del hombre.

Lo repetimos, el espíritu y el carácter del Dr. Vilardebó eran serios y reflexivos. El profesaba principio de que no se puede ejercer en la vida mas que un sacerdocio, y que los ocios del medico son la meditación y el estudio. El profesaba también la máxima de Plinio el viejo: para él, vivir era velar. Si las cuestiones de la política intestina de su pais no le eran indiferentes por la relación que tienen con la felicidad pública, nunca quiso tomar una parte activa en ellas, dejando la jestion de los negocios de estado á cabezas mas audaces ó á personas mas presumidas de entender la táctica de los movimientos gubernativos. El era uno de esos pocos hombres con que contamos en estos países para que se coloquen a la cabeza de la falanje científica que es preciso organizar alguna vez para sacar de la pereza en que yacen las fuerzas de la naturaleza y devolverlas activas á las necesidades de un pais que se desarrolla como un niño bien constituido, — á pasos de gigante.

Si hay un consuelo para los amigos del Dr. Vilardebó al verle detenido en la vida, no por el cansancio de los años sino por el veneno traidor de una epidemia inesperada, es sin duda la idea de que ha sucumbido en el lugar de honra á donde le llamaban sus deberes. La actitud del médico que sucumbe al mal que en aquel momento combate, es mas modesta, pero no menos meritoria que la del soldado que dá la vida en su puesto. Nosotros, sin embargo, colocamos al Sr. Vilardebó mas arriba de los héroes de espada, dándole el lugar que merece entre los hombres sabios y rectos que se sacrifican por la humanidad. Tenemos á la vista la carta de un digno y respetable europeo que ha tratado al Dr. Vilardebó hasta sus últimos instantes y de ella estractamos las siguientes palabras: «Estoy convencido por esperiencia propia de que hay almas tan nobles y sublimes en el seno de las civilizaciones jóvenes, como en el de las antiguas. Vilardebó me recordará siempre la verdad de este principio, que para mi es sin contradicción.»

Quien conoce el mérito moral é intelectual de la persona que escribe estas palabras, sabe que ellas son el mayor elojio que se puede escribir sobre el sepulcro del amigo malogrado á quien deseamos paz.