El Duque de Alburquerque en la Batalla de Rocroy

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Don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque (1884) de Cesáreo Fernández Duro

El Duque de Alburquerque en la Batalla de Rocroy
por Antonio Rodríguez Villa
I.II. Antes de la BatallaIII. En la BatallaIV. Después de la Batalla
Informe


EL DUQUE DE ALBURQUERQUE


EN LA


BATALLA DE ROCROY.




IMPUGNACIÓN Á UN ARTÍCULO DEL DUQUE DE AUMALE SOBRE ESTA BATALLA Y NOTICIA BIOGRÁFICA DE AQUEL PERSONAJE


POR



I.


Con el título de La première campagne de Condé, ha publicado el duque de Aumale en la Revue des Deux Mondes, números correspondientes al 1.° y 15 de Abril de 1883, una extensa narración de este famoso hecho de armas, escrita con tanta parcialidad, tan desfigurados los sucesos, con omisiones tan graves y tan evidentes inexactitudes, que no parece sino que deliberadamente se ha propuesto oscurecer la verdad.

No necesitaba el duque de Anguien, su protagonista, para consolidar su fama de valeroso y hábil caudillo, que se rebajase de tal modo el valor y pericia de sus enemigos en tan memorable día: hartas pruebas tiene la historia de sus grandes dotes militares, de todos con justicia reconocidas.

El duque de Aumale, que ha debido tener á la vista para escribir este artículo, á más de las fuentes históricas de su país, las españolas contemporáneas, tan dignas como aquellas de fé y autoridad para depurar y esclarecer los hechos, ó no las ha consultado ni compulsado, ó para satisfacer el amor propio de su nación ó de su familia se ha dejado llevar ciegamente de las relaciones francesas, cerrando los ojos á los documentos y testimonios españoles. Inclínome á creer esto último, por ver citado á Vincart en el referido artículo, por más que unas veces lo hace para desautorizar su relación, y otras para apoyarse en ella, según á su propósito conviene.

Ocasión sería ésta de referir detalladamente los antecedentes, preliminares y curso de esta batalla, dada, como saben mis eruditos lectores, el día 19 de Mayo de 1643, con motivo de haber bloqueado nuestras tropas la importante plaza de Rocroy y de haber acudido en su socorro el ejército mandado por Luis de Borbón, Duque de Anguien. Por fortuna, tan delicado y difícil trabajo está magistralmente hecho por el actual director de la Real Academia de la Historia y eminente hombre de Estado el Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo, en su interesantísimo opúsculo titulado: Del principio y fin que tuvo la supremacía militar de los españoles en Europa, con una relación y algunas particularidades de la batalla de Rocroy.

El duque de Aumale, que ciertamente conoce este trabajo del señor Cánovas, modelo de erudición, de crítica y de exposición histórica, dado á luz muchos años hace, ni se ha dignado discutirlo en los numerosos pasajes que difieren de su relato, ni siquiera citarlo una sola vez. Prueba evidente de que el Duque quería campar solo por su respeto, no atenerse á pruebas ni consideraciones de ningún género y sentenciar el pleito á su manera. No es así como hoy se escribe la historia.

En cambio, el Sr. Cánovas del Castillo, en su amenísima obra, pocos meses há publicada, El Solitario y su tiempo[2], ha refutado, aunque incidentalmente, algunos de los errores históricos cometidos por el moderno historiador de los príncipes de Condé. «La relación, dice, de la batalla de Rocroy por el duque de Aumale carece de valor histórico, porque su disculpable amor nacional le ciega al punto de desconocer y negar la verdad en hechos interesantísimos y con toda evidencia demostrados.»

No es tampoco mi propósito emprender una refutación completa de todos los errores históricos en que con ocasión de esta batalla ha incurrido el duque de Aumale. Sería esta tarea larga y pesada, y hasta cierto punto inútil, toda vez que basta sólo leer y confrontar la narración del uno con la del otro, para que salte á la vista la ligereza y parcialidad del duque y la autorizada voz y sinceridad del Sr. Cánovas.

Mi deseo es tan solo volver por el honor militar y buena memoria del duque de Alburquerque, general de la caballería ligera en aquella función, á quien el de Aumale maltrata desapiadada é injustamente en muy pocas palabras. Parecía natural que, teniendo el articulista necesidad para tan dura agresión de apartarse por completo de cuantos testimonios históricos españoles se refieren á este acontecimiento, insistiese con singular empeño en presentar de una manera clara y concluyente las pruebas en que apoya su relato. Exigíalo así la propia dignidad de) historiador, la calidad y méritos de la persona ofendida, el deber de fundar su aserto en datos irrecusables á toda sana crítica, antes de lanzar la acusación de cobarde y atribuir en gran parte la pérdida de la batalla al duque de Alburquerque. Acusaciones como ésta no se escriben sin inmediata, plena y terminante demostración. ¿Lo ha hecho así el duque de Aumale? Ni siquiera lo ha intentado.

Siguiendo la Historia de Condé[3] explica este escritor la parte que el duque de Alburquerque tomó en esta batalla del siguiente modo. Dice que nuestra caballería montó á caballo al primer alarma; que los escuadrones mandados por el general Gassión, se adelantaron hacia ella; que entonces quiso oponérsele Alburquerque, y que en el momento de venir á las manos le sorprendió y envolvió el duque de Anguien, que colocado algo detrás de Gassión, y oculto hasta entonces por un bosque, le cogió en flagrante delito de maniobra. El choque fué duro. Las compañías acometidas no se rehicieron y desaparecieron del campo de batalla perseguidas por los Croatas del ejército francés. «Alburquerque, arrastrado por los fugitivos, llegaba á las ocho de la mañana á Philippeville[4]. Ha debido salir temprano y caminar aprisa, añadía Fabert, dando esta noticia á Mazarino.»

Esto es cuanto en su extensa narración refiere del duque de Alburquerque. Después añade que sus lugartenientes Vivero y Villamor[5] ocuparon su puesto, y finalmente, al hacer el resumen de la batalla, se expresa así: «Primer momento. El 19, al apuntar el día, el ala derecha francesa, mandada por Gassión y dirigida por el duque de Anguien, comienza el combate; quince escuadrones, que formaban dos escalones en línea de columnas, auxiliados por un batallón, destrozan á mil infantes escogidos y desbaratan la caballería de Flandes: el duque de Alburquerque desaparece del campo de batalla. Los escuadrones victoriosos toman posición más allá de la infantería enemiga.....»

De donde se deduce que el duque de Alburquerque queda en esta memorable jornada, según la narración de Aumale, como la figura más odiosa, más negra y más deshonrada. Todos los generales de nuestro ejército cumplieron con su deber: Fontaine, Velandia, Villalba, Visconti y Ponti mueren batiéndose valerosamente; Garcíes, Castelví, Pérez de Peralta, Rocafull, Ritbergue, Mercader, Strada y muchos otros capitanes, quedan ó heridos ó prisioneros, ó las dos cosas á la vez; el mismo Meló acude solícito y valeroso á todas partes; desprecia cien veces el peligro y esfuerza y anima á todos. Sólo el duque de Alburquerque huye al primer choque de la caballería, tan vergonzosa y cobardemente, que no se ve seguro hasta encontrarse dentro de Philippeville, salvando así en pocas horas la distancia de treinta y dos kilómetros que separa aquella población del campo de batalla de Rocroy.

Y como esto es en todas sus partes inexacto, destituido de fundamento y contrario á cuanto nos refieren del comportamiento de Alburquerque los documentos españoles más auténticos y verídicos, según tendré ocasión de demostrar, dolíame como español y devotísimo de esta ilustre casa, que la memoria de tan egregio personaje quedase bajo el peso de tan tremenda y bochornosa nota de infamia, lanzada en un siglo que se vanagloria de haber elevado la crítica histórica á la altura que merece, y por un personaje de gran significación social y política y de alta jerarquía militar, que pretende sentar plaza de historiador concienzudo, verídico é imparcial con la publicación de su Histoire des princes de Condé pendant les XVI° et XVII° siècles.

Mal ha cumplido en esta parte las promesas que en las primeras páginas del tomo primero, escritas á guisa de introducción, hizo de no dejarse inspirar para nada del espíritu de partido y de permanecer fiel á la divisa de Montaigne, repitiendo con él: Cecy est un livre de bonne foy.

Voy, pues, á trazar un ligero bosquejo biográfico del duque de Alburquerque, así injuriado, deteniéndome especialmente en la parte que tomó en la batalla de Rocroy, apoyándome únicamente en documentos y testimonios de todo punto auténticos, fehacientes y en gran parte originales, para que de esta suerte, viéndose, por decirlo así, su retrato de cuerpo entero, puedan apreciarse mejor y con más luz sus relevantes dotes militares y políticas.

II.


ANTES DE LA BATALLA.


D. Francisco Fernández de la Cueva, octavo duque de Alburquerque, pertenecía por su cuna á la más encumbrada nobleza española, y á una familia que se había distinguido siempre por su valor, caballerosidad y pericia militar [6]. Nació en Barcelona el año de 1619. Todos sus ascendientes, desde el célebre D. Beltrán de la Cueva, habían desempeñado con aplauso y gloria elevados cargos en la milicia, en los Consejos ó en la diplomacia.

Su palacio contenía, por este motivo, numerosa y escogida armería [7], no sólo de armas propias de los señores de la casa y de sus vasallos y servidores, sino también de trofeos adquiridos en los campos de batalla en las guerras con los moros de España, con los rebeldes de Alemania ó con los ejércitos franceses. Muchas debían ser las conservadas en el antiguo castillo de Cuéllar, poco antes de comenzar nuestro protagonista su vida militar, cuando en 16 de Abril de 1637 recibió el duque una carta del Rey [8] pidiéndole «todas las pistolas, carabinas, arneses, corazas y otras armas de á caballo» que tuviese, para equipar la caballería que se estaba levantando, á causa de la gran escasez de ellas que en el reino había, y por tener entendido que el duque poseía algunas.

Habiendo fallecido su padre en el año últimamente citado, libre ya del todo su voluntad, y ardiendo en deseo de consagrarse al ejercicio de las armas, halló modo de conseguir que su tío, el almirante de Castilla, le llevase consigo en 1638 á la expedición militar que acaudillaba para arrojar á los franceses de Fuenterrabía.

En la Relación del socorro que hizo el almirante de Castilla á Fuenterrabía, y de la batalla que ganó al ejército del Rey de Francia, gobernado por el Príncipe de Condé [9], encuéntrase, en efecto, á nuestro duque de Alburquerque formando parte del tercio del marqués de Mortara, y combatiendo en el cuerno derecho de las picas en la vanguardia del ejército. Allí «estuvo muy á pique el de Condé de ser preso, porque llegaron los nuestros por aquella parte cuando se acababa de hacer á la mar.» Comenzó, pues, con gloria y bajo los mejores auspicios su arriesgada carrera, hallándose en la reñida batalla de Fuenterrabía, «no en la corte de los generales, sino con una pica en la primera hilera de los escuadrones [10]

Derrotados en aquella campaña completamente los franceses, volvió el duque á Madrid, donde á mediados de Julio del siguiente año de 1639, le ocurrió una de las aventuras que tan frecuentes eran en la corte de Felipe IV, y de la que, gracias á su valor, salió ileso. Paseábase por el Prado en carroza con el conde de Oropesa á cosa de las diez de la noche, cuando «emparejó con su carroza otra de damas. Llamó una de ellas al duque, y con esto los dos se apearon y se dispusieron á hablar en los estribos: fueron luego acometidos de tres: uno cayó con el de Alburquerque y dos con el de Oropesa. El de Alburquerque derribó al suyo en tierra de una estocada, aunque no se sabe le hiriese por venir armado. Al de Oropesa le dieron una estocada..... [11]»

Ardía entonces más viva que nunca la guerra en Flandes contra franceses y holandeses, que simultánea ó alternativamente, y con fuerzas más numerosas que las nuestras, atacaban aquellas lejanas provincias, «donde tan escasos socorros podía enviar España á la sazón, y donde había sido tan difícil enviarlos siempre, que el poner un solo soldado ó sea una sola pira en Flandes, quedó por refrán en nuestra lengua para significar alguna casi imposibilidad vencida [12]»

En tan críticos momentos y apuradas circunstancias, el duque de Alburquerque ofreció á S. M. ir donde le mandare [13]. El Rey, conociendo sus vehementes deseos de adquirir fama y conquistar laureles, le envió á Flandes, teatro el más apropiado á su belicoso anhelo. No podía ser otra, en verdad, la nobilísima aspiración del propietario de un título esclarecido, de un pingüe y valioso mayorazgo, de una de las más poderosas y opulentas casas de Castilla. Loable determinación y plausible energía argüiría en tan arriesgado peligro análoga resolución en un hidalgo arruinado, en un labrador empobrecido, en un estudiante aventurero; pero en un acaudalado magnate, en la flor de su juventud, á quien las delicias y placeres de una corte fastuosa, la suntuosidad y magnificencia de sus propios palacios y castillos, la adulación y respeto de sus servidores, colonos y protegidos, y la vida muelle y placentera brindaban por do quiera, ¿no revela claramente un espíritu esforzado y valeroso?

Comenzó en Flandes sirviendo con una pica, y pronto se conquistó de aquel sufrido y valiente ejército, el primero entonces del mundo, la general simpatía por su bravura, caballerosidad y afecto á los soldados. De grado en grado, y merced á sus excelentes dotes militares, ascendió al codiciado cargo de maestro de campo de un tercio de infantería española, que vistió á su costa.

En la importante y sangrienta batalla de Chatelet, tan gloriosa para nuestras armas, ganada á los franceses el 26 de Mayo de 1642, justificó plenamente nuestro Duque la rapidez con que había ascendido á tan alto puesto. Subió por las fortificaciones del enemigo en pleno día, y rompiendo los regimientos de Bresse y del Piamonte, les ganó con su tercio siete piezas de artillería. Recogiendo después los soldados que se derramaban en el alcance, se formó y sustentó en la plaza de armas, abrigando á los que volvían rechazados, con lo que no poco se aseguró la buena fortuna de aquel día[14]. Dando cuenta el capitán general de aquel ejército D. Francisco de Meló á S. M. del suceso de tan ventajosa batalla, le decía: «Serían las tres de la tarde del lunes 26 de Mayo, cuando se empezó por todas partes furiosamente el ataque; ganó el barón de Beck el bosque con sumo valor de nuestra infantería; cargó el enemigó todo allá. Fué la caballería en escuadrones con la espada en mano, al mismo tiempo que por el costado derecho avanzaron los dos tercios de D. Alfonso de Avila y duque de Alburquerque[15], también con la espada en la mano, cumpliendo con las obligaciones de su sangre. Subió el Duque y fué rechazado dos veces de las trincheras.....[16]» En otra carta sobre la misma batalla se lee[17]: «Al duque de Alburquerque con su tercio le tocó el pelear con el de Piamonte: deshízole completamente y apoderóse de seis piezas de las diez que se tomaron.»

Informado el Rey de su heroico comportamiento en tan porfiada lucha, le escribió la siguiente carta, cuyos halagüeños y lisonjeros términos prueban, mejor que yo pudiera hacerlo, el aprecio y distinción que al Monarca y á su inmediato jefe Melo merecía.

«El Rey.—Duque de Alburquerque, primo, gentil-hombre de mi Cámara y maestro de campo de un tercio de infantería española en mis Estados de Flandes. D. Francisco de Melo alaba mucho el valor con que habéis procedido en las ocasiones presentes; y como esto es tan conforme á las obligaciones de vuestra sangre, ni puede hacerme novedad ni dejar de obligarme á particular estimación de vuestra persona y del exemplo que dais para que se alienten todos; y así he querido daros gracias dello y spero en Dios que os ha de ayudar para que por vuestros hechos os las deba yo cada día mayores. De Molina á 2 de Julio de 1642.—Yo el Rey.—Andrés de Rocas[18]

Por este tiempo hallóse también en tres sitios de plazas ganadas, dos por ataques y una por asedio. Defendióla ribera del Sasso, y rechazó al príncipe de Orange, que empezaba á pasar por los esguazos del Selsat[19]; y en fin, por no ser molesto á los benévolos lectores, y por el ansia que tengo de llegar á lo de Rocroy, les remito, en comprobación délo dicho, y para el conocimiento de otros actos de menor importancia, relativos al duque de Alburquerque, al «Diario de lo que hizo D. Francisco de Meló desde que salió hasta ganarla Bassea[20]» donde puede vérselo que en aquella empresa trabajó, adquiriendo cada vez más reputación militar.

Y como quiera que algunos pudieran imaginarse que por su egregio nacimiento y elevada posición social escalaba más rápidamente que otros los altos puestos militares, él mismo sale á la defensa de esta gratuita suposición en su ya citada Representación al Rey, diciendo: «Ninguno de los puestos que he tenido me le ha granjeado la atención de lo que soy. A todos he subido tan por sus escalones, que para ser maestro de campo serví dos campañas con una pica. El puesto de general de la caballería de Milán tampoco se dio al duque de Alburquerque, sino al maestro de campo más antiguo de todos los Tercios españoles. El cargo de general de la caballería de Flandes, me halló ya general de la de Milán[21]

En todos estos cargos se gobernó con la puntualidad, pericia y valor que le eran característicos; y en los riesgos y descomodidades propios de toda guerra, y mucho más de la de aquellos Estados, anduvo siempre tan igual con los más pobres soldados, que aun se llegó á murmurar por afectación. Estando con tercianas no se quiso dispensar el entrar de guardia á las trincheras de la Bassée, y dentro de ellas pasó más de dos veces la calentura.

Con estas empresas militares, con el alejamiento de sus Estados y posesiones, con el deseo de alcanzar la mejor asistencia y brillantez de su tercio, y con las comisiones que Meló, su capitán general, le confiaba, no es maravilla que su mayorazgo se enflaqueciera, y que escribiera más adelante su Representación al Rey pidiendo justa recompensa á sus reconocidos y multiplicados servicios. Satisfácese también con lo dicho á los que murmuraban ' que el favor que Meló dispensaba á Alburquerque era principalmente debido á su intención de casarle con una de las tres hijas que tenía: sospecha gratuita, toda vez que el duque se casó, en efecto, pocos años después, pero con una ilustre dama de la aristocracia española, que más adelante mencionaré.

Con todos estos antecedentes nobiliarios, personales y militares y con el cargo de general de la caballería ligera, encontramos al duque de Alburquerque en la batalla de Rocroy. Veamos ahora la parte que en ella tomó. A este efecto, seguiré en primer lugar como testimonio el más auténtico é irrecusable la Relación de los sucesos de las armas de S. M. Católica el Rey D. Felipe IV, nuestro señor ^ gobernadas por el Excmo. Sr. D. Francisco de Meló, marqués de Tordelagmia, conde de Assumar, del Consejo de Estado de S. M. , gobernador, lugarteniente y capitán gejieral de los Estados de Flandes y de Borgoña, en la campaña del año 1643; dirigida d S. M, por Juan Antonio Vincart, secretario de los avisos secretos de guerra 2. Tacha de parcial y amañada el duque de Aumale esta detallada relación de Vincart, «que ni podía mentir escribiendo á su Rey y á la Reina de Francia á un tiempo, ni tenía interés ninguno en ello 3. Siguiendo criterio tan egoísta de desechar las fuentes históricas que no concuerdan totalmente con las ideas preconcebidas sobre un acontecimiento, la crítica histórica se hace de todo punto imposible, é imposible también el alto fin que la historia se propone, que es la investigación de la verdad. Pero como es más fácil negar á secas la veracidad de un documento, que probar las causas en que la negativa se funda, y el duque de Aumale no se ha tomado este trabajo con la Relación de Vincart, seguiremos, ínterin otra cosa no demuestre, considerándola como el más auténtico testimonio de cuanto á la campaña de 1643 se refiera.

Mem. hist. csp. — Tomo XVII, piifí. 1fi4.

A la l)eucvc)lciicia del oxcolcnlisinio señor ninri|iins de San Román, debo el hal>er po- dido dislrutarii mi saliortan iuteresanle iloinimonln, y otros no meuos raros y curiosos i|ue en su selecta hihlioteca atesora, complaciéndome en tributarle por ello público y siucero testimonio de mi .igradeeimieuto.

El Sr. Cánovas del Castillo cu su obra El Solitario y su tiempo.

III.


EN LA BATALLA.


Dióse por ambas partes la señal de ataque, «j ea este instante, dice Vincart, adelantándose el enemigo con sus batallones j escuadrones hacia los de S. M., el duque de Alburquerque habiéndose puesto al costado izquierdo de la batalla, al opósito donde estaba el mayor número de la caballería francesa y á la frente de la caballería de S. M. con sus tenientes generales D. Juan de Vivero y D. Pedro de Villamayor, diciendo: «Agora es tiempo de hacer como quien somos,» cerró con tan grandísimo valor con la dicha caballería y infantería francesa, que rompió la manguardia de la dicha caballería y también dos regimientos de infantería, que eran esguízaros, haciendo abertura en los escuadrones enemigos hasta llegar á su artillería y hacerse dueño de ella, dejándose muchísimos franceses caer por muertos y muchos de ellos pidiendo cuartel.

»En este mismo tiempo llegó el conde de Isemburgue á todo galope con la caballería de la Alsacia, y hallando ya la batalla comenzada y la caballería de S. M. al cuerno izquierdo peleando, cargó muy á propósito, también con su caballería al cuerno derecho, y llevando él mismo sus regimientos de caballería á la carga, tomando primero el regimiento del conde de Bucquoy y luego los otros regimientos, cerró tan dichosamente con la caballería enemiga que estaba á su opósito, que la rompió y repuso también á su costado hasta muy adelante en su infantería y desbaratando otro regimiento de infantería y haciéndole abandonar sus piezas.

»Estando así los batallones y escuadrones de la manguardia del exército del enemigo rompidos, la caballería repujada, la infantería hecha pedazos y ganada la artillería, y los soldados de S. M. echando sus sombreros en lo alto dando señal de la victoria, se adelantaron los escuadrones y batallones de la batalla que eran mucho más numerosos y fuertes que los de la manguardia, y embistieron la caballería de S. M. con muchas mayores fuerzas, cada batallón viniendo acompañado con dos escuadrones de caballería á sus alas; y los de la manguardia que ha- bían estado rompidos, tomaron ánimo y rehicieron sus escuadrones tras de los de la batalla y juntamente doblaron la carga.

»La caballería de S. M., viéndose cargada de infantería y caballería francesa, y echando de ver que la infantería de S. M. no se adelantaba, algunos escuadrones tomaron el espanto y empezaron á desordenarse.

»Y luego los enemigos, viendo que la caballería de S. M. estaba desabrigada de infantería, cerraron con su caballería é infantería mez- clada, con tal fuerza, que después de muchos choques, donde así el ge- neral de la caballería como los tenientes ge^ierales y los capitanes se portaron valerosisimamente, hicieron abertura en la caballería de S. M. y pasaron hasta la infantería, la qual hallando sin caballería, invistieron con los cinco batallones de españoles que estaban á la manguardia, ce- rrando con cada batallón español con escuadrón de caballería y batallón de infantería, los quales batallones españoles resistieron con tan gran valor, y el ataque y la defensa fué tan sangrienta, que de los enemigos quedaron muchísimos muertos, tanto cabos como soldados, y de los de S. M. quedaron muertos el maestro de campo general, conde de la Fon- tana, y los maestres de campo conde de Villalba y D. Antonio de Ve- landia, con muchos capitanes y mucha gente particular, quedando los dichos batallones españoles firmes como una muralla, sin que los pudie- ran romper ó descomponer un paso »

Refiere luego Vincart cómo Meló fué á ocupar el puesto de Fontana, y cómo con la presencia de dicho capitán general y los esfuerzos del ge- neral de la caballería y de los tenientes generales, muchos escuadrones de la caballería de S. M. tomaron nuevo ánimo y volvieron á hacer cara al enemigo. Mas nuevamente repitió con furor el enemigo sus cargas contra la infantería española primero, y contra la alemana y valona después.

«El señor marqués, viendo este mal suceso ú la infantería valona y alemana, volvió á la caballería, donde hallando el duque de Albur- querqite y sus tenientes generales procurando juntar los escuadrones y amonestando los capitanes y soldados desordenados á hacer grueso, mandó avanzar unas tropas de reserva que no estaban aún desechas; pero vinieron tantos escuadrones y batallones de caballería y infantería francesa investirlos, que rompieron otra vez todos los escuadrones de la caballería de S. M

vRetiráudose en este estado los dichos gruesos toparon al duque da Al'>'irqu.erqne con la capada en la mano con sus tenientes gene- rales D. Juan de Vivero y Ü. Pedro de Villamayor, queriendo juntar otros escuadrones que tampoco estaban aún del todo desechos, y amo- nestando los capitanes hiciesen grueso; los quales bien se animaron á hacerlo, pero no hallaron sino capitanes sin soldados.

»D. Pedro de Villamayor, queriendo investir con ellos con un regi- miento francés que estaba al opósito del dicho duque de Alburquerque, fué repusado. El duque, habiendo mandado al capitán Torillo, que es- taba más cerca del, que hiciese grueso para socorrerle, no hallando tampoco sino capitanes y oficiales, fué rechazado y herido de un mos- quetazo en lap)ierna; y todos fueron forzados á retirarse al puesto don- de estaba el barón de André con la resta de cuatro gruesos de reserva que él había mandado, donde toda la caballería francesa les vino á car- gar también, con tal fuerza y furia, que fueron también forzados á reti- rarse; y el dicho duque de Alburquerque, habiendo estado presente en esta postrera acción y postrero esfuerzo de estas tropas, compuestas de sólo capitanes y oficiales sin soldados, viendo que no había ya más ca- ballería en pié, fu.é forzado guarnecerse de la infantería, española, ha- biendo quedado tan tarde con su caballería en esta postrera acción, y también fueron forzados á retirarse á la dicha infantería sus tenientes generales D. Juan de Vivero y D. Pedro de Villamor con los demás capitanes.»

Todavía esperaba Meló contrarrestar al enemigo con su poderosa in- fantería, que firme siempre y animosa resistía con singular denuedo los reiterados ataques de la caballería é infantería enemigas.

Pero dejemos que relate los últimos momentos de esta batalla otro tes- tigo de vista, maestre de campo y escritor militar distinguido, digno, por consiguiente, del mayor crédito y autoridad, y que por lo visto descono- ce el duque de Aumale. D. Francisco Dávila Orejo'n Gastón, en su esti- mada y rarísima obra titulada Política y mecánica militar para sargen- to mayor de Tercio ' , refiriendo la excelencia de las picas como fuerza principal de un escuadrón, presenta como ejemplos notables los de las batallas de Rocroy y de Lens «que como testigos de vista los podremos acreditar ambos para la ponderación de la importancia de la pica.»

«Y sea el primero el del año de 1G43 en la batalla de Rocroy, en los Estados de Flandes , donde habiendo quedado el campo por los fran-

Nueva impresióu. Drusolas, en casa de I", roppciis. — IGSl.; im vol. H.", pái,'. !)K — (Bi- blioteca del Excino. Sr. Marqués de San Komáu.) ceses, sólo se mantenía el escuadrón del Tercio qne había sido del señor duque de Alburquerq^'e, quien en esta batalla sirvió de general déla caballería con los créditos correspondientes d su exclarecida, sangre; y le gobernaba su sargento mayor Juan Pérez de Peralta, soldado de muy conocido valor y experiencias, como lo dirá el exemplo. Habíanse reco- gido á este esquadrón, después de haber defendido los suyos, más de lo que parecía posible, los maestros de campo, el conde de Garcies y Don Jorge de Gastelvi, quien á la sazón lo era mío, y otros muchos oficiales y soldados, á quienes aunque la fortuna les venció, no les rindió el va- lor; pues con él, haciéndose lugar, llegaron descompuestos á componer- se en este peñasco de fortaleza (corta ponderación, á quienes se supieron merecer inmortal gloria), y en él tomando puesto con buena orden, aguardaron como los demás el furor de los vencedores; los quales, para serlo enteramente de la batalla, solo les faltaba romper este esquadrón. Y no habiéndolo podido conseguir con algunos de los suyos de caballería y infantería, obligó á los enemigos á que con el todo de suexército se les arrimase, como lo hicieron, buscándole por todas partes alguna flaqueza, que no pudieron hallar; pues haciendo quatro frentes de las picas y los mosqueteros y arcabuceros, no mostraron flaqueza ni perdieron tiempo en representar que el valor y la destreza estaban muy unidos. Enfrena- ron de tal forma los enemigos, que los obligaron á desviarse y valerse de su artillería; con lo cual le batieron como pudieran á una roca, .sin que se reconociese desmayo ni descompostura. Lo qual, visto por los enemi- gos con notable admiración, hizieron alto, lastimándose de los que no se dolían de sí mismos (tanto puede la fineza y el amor de buenos vasallos para con su príncipe; y esto debe S. M. á sus españoles de aquel tiempo, que no es justo lo obscurezca las tinieblas de el olvido, para que en los siglos futuros sirva de emulación honrosa á los que le gozaren). Enviaron, pues, los enemigos un trompeta, como pudieran á un castillo, preguntan- do (de parte del príncipe de Conde, general de Francia y primer Prínci- pe de la Sangre Real de aquel reino), quién mandaba aquel esquadrón y siéndole respondido que el conde de Garcies, 1). Jorge Castelvi y su sar- gento mayor; mandó replicar, que cómo eran tan bárbaros que llegaban á extremos tales, y que en el mundo sólo ellos (como es así) eran el pri- mer exemplar; que lo mirasen bien y el poco recurso humano que les quedaba, que él les ofrecía quartel, que es las vidas; y en suma, la cosa se rcduxo á capitular como placa fuerte. Y lo que se les pidió (que no podía ser más) fué que cediendo las armas, seles conservasen las vidas y todo lo que tuviesen encima; y así lo concedieron y capitularon y cumplieron los franceses, de quienes no pondero los muchos agasajos y favores (que á todos hicieron después de rendidos, pues nadie conoce más bien el valor que el vencedor.»

A los anteriores testimonios históricos, dignos de toda fé y autoridad, debe añadirse el del propio duque de Alburquerque. ¿Y por qué no? ¿Acaso la palabra del personaje que interviene en los acontecimientos ha de rechazarse siempre como interesada, cuando su testimonio conviene con el de otros admitidos como veraces y auténticos? Negando á la historia esta abundantísima y estimable fuente, habría que borrar de sus páginas infinidad de hechos que descansan exclusivamente en el testimonio de sus autores.

Pues bien: el duque de Alburquerque, en la Representación[22] que elevó al Rey D. Felipe IV algún tiempo después del suceso que nos ocu- pa, con ocasión de justificar su pretensión al virreinato de Nueva España, enumerando los servicios por él prestados á la nación y á la Corona, cita como uno de ellos el que desempeñó en la batalla de Rocroy. Y en verdad, que si hubiera huido tan ignominiosamente al primer encuentro, como pretende el duque de Aumale, ¿cómo se hubiera atrevido, dirigiéndose al mismo Monarca, en cuyo reinado se verificó aquel hecho de armas, á citar este servicio como meritorio?

Oigamos su descargo después de dos siglos y medio con ánimo desapasionado y desprevenido, escrito, por cierto, en breves, pero enérgicas frases, que retratan al militar pundonoroso y valiente. «Halléme en la batalla de Rocroy, y. Señor, no es faltar á la modestia informar á V. M. de la verdad. No hubo grueso nuestro que yo no le llevase á la carga, ni peligro que yo no buscase por mejorar el estado de la batalla. Prisionero estuve dos veces y me libré con la espada. Ningún día me ha debido tanto el servicio de V. M., y ninguno me ha debido menos mi vida; pero ni el no perderla, ni el perderse la ocasión dependió de mí ni de medios humanos.»

La estimada colección do documentos, opúsculos y antigüedades dada á luz por nuestra Real Academia de la Historia con el título de Memorial histórico español, tantas veces citada en este trabajo, contiene[23] un párrafo de carta relativo á la batalla de Rocroy, escrita sin duda por persona que la presenció ó que cuando menos se hallaba muy bien enterada. Este párrafo, que interesa sobremanera á mi propósito, dice así:

 «Lo que de D. Francisco de Meló decís, fué y pasó así, meuos de salir herido y que la caballería dejase de pelear por haberle dado por general á Alburquerque, que es un señor bien quisto y valiente. El improviso los agalliuó, y el hallarse desordenados y cebados en el saco y despojo de los que habían vencido: cosa fea, pero vista infinitas veces. Alburquerque y muchos otros cabos y personas de cuenta salieron heridos, preso el de Garcíes, muerto el de Villalba. La rota en todo caso fué grande, pero no nunca vista ni representada: llególe socorro á Meló, reparóse y escribió animado.»

 Finalmente, ¿quiere el duque de Aumale tan pomposo encomiasta de los suyos como injusto, agresivo y conciso tratándose de los enemigos, una prueba concluyante, terminante, decisiva del comportamiento del duque de Alburquerque en Rocroy? Pues el mismo Felipe IV nos la va á facilitar solemnemente autorizada con su firma y sello real.

 He tenido la suerte, suerte providencial sin duda, de encontrar en el archivo de la casa de Alburquerque[24] la siguiente carta original, que por su extrema importancia en este asunto, trascribo íntegra:

 «El Rey. — Duque de Alburquerque, primo, mi capitán general de la cauallería lijera de mis exercitos de Flandes. Aunque el suceso de la batalla de Rucroy fué infeliz, haviendo os señalado en ella tan conforme á las obligaciones de vuestra sangre (de que me avisa el Marqués de Tordelaguna), He querido deziros la estimación con que quedo del valor y zelo de mi servicio que mostrays en todas ocasiones. Spero en Dios, que habiéndose reforzado essas armas (como lo procuraba el mismo), que se mejorarán las cosas y que vuestro exemplo animará á todos á cumplir con sus obligaciones. De Madrid a 30 de Junio de lü43. — Yo el Rey. — Ge- rónimo de Villanueva[25]»

 Resulta, por tanto, de todos estos irrecusables datos, que el duque de Alburquerque inició la batalla de Rosroy con tan brillante carga de caballería, que rompió la vanguardia de la enemiga y dos regimientos de infantería, llegando hasta la artillería y apoderándose de ella; que deshecha la vanguardia francesa, nuestros soldados, creyendo ya seguro el triunfo, comenzaron á echar los sombreros á lo alto en señal de victoria[26] ; que embriagada y desprevenida por tan próspero comienzo nuestra caballería fué atacada súbitamente por la batalla francesa, compuesta de escuadrones y batallones hábilmente combinados; que viéndose en- tonces nuestra caballería tan poderosamente cargada, y que no era soco- rrida de nuestra infantería, por causas que aún no han podido con cer- teza apreciarse ', empezó á desordenarse; que observado por los enemi- gos el desamparo en que la infantería había dejado á la caballería, aco- metieron á ésta con tal furia, que, á pesar de portarse su general y te- nientes valerosísimamente, la destrozaron y deshicieron; que el duque de Alburquerquo hizo repetidas veces los mayores esfuerzos por reha- cer los restos dispersos y llevarlos al combate, en cuyas tentativas le en- contró el capitán general Meló, siendo dos veces hecho prisionero, y li- bertándose con su espada; que Alburquerque, viendo que no había ya más caballería con que combatir, ^<'fué forzado guarecerse de la infantería es- pañola;) con sus tenientes y capitanes; que se retiró, antes de rendirse ésta, con Alelo y la gente que pudieron recoger, según más adelante ten- dremos ocasión de ver, continuando en su cargo de general de la caba- llería; que el Rey le escribió una carta agradeciéndole el valor y celo de su servicio en esta empresa; y finalmente que el duque de Albur- querque 710 desajiareció del cauípo de batalla en el primer momento de ella, ni huyó ignominiosamente como asegura el duque de Aumale, sin citar otro testimonio que un simple dicho de Fabert, cuya exactitud de- bió haber depurado y esclarecido, á fuer de historiador de bonne foy.

(le Sirol, pon sus lro|i:is i conlrnrrcstnr l;i caliMllcria ospañoln, l'uó dotcuido eu su movi- inieülo por el Mariscal deliatalla l,a Valliére, t|iie niauíhi tocará retirada, por.|ue "UO lia- bia recurso, decía, estando perdida la batalla." Ilistnin: ile Louin tic. fíauíhon, lib. 1, páij;. '■','.

Véase el opúsculo citado del Sr. Cánovas del Castillo sobreestá batalla.

IV.


DESPUES DE LA BATALLA.


Con el resto del ejército que se salvó de la derrota de Rocroy, y con otras divisiones que no habían tomado parte en esta batalla, hizo luego Melo una admirable campaña defensiva contra los dos ejércitos francés y holandés que le embistieron [27] . El fruto de la victoria de Rocroy se redujo para los coligados enemigos á la toma de la plaza de Thionville en aquel año. Todo lo que por de pronto pareció que se había perdido fué el prestigio y reputación de Melo - ; por más que allí loque principalmente


Interesante bajo este concepto me parece el siguiente párrafo en cifra de una carta que, origiual é inédita, tengo á la vista, escrita á D. Luis Méndez de Haro por el conde de Siruela, á la sazón gobernador y capitán general do Milán, y embajador que habla sido antes en Génova y Roma por el Rey de España.

"Aunque allá habrán llegado las nuevas ciertas del suceso de Flandes, os envió esa lle- lacióii que yo he tenido: verdad es ([ue me pan>ce algo apasionada ciintr.i Meló, á quien longo grandísima lástima por haber experimentado con cuáu poca culpa propia padecen mnclio en los malos sucesos los ((ue tienen las armas á su cario ■. Pero bien me parece que sobre la gana que algunos le tendrán, bastará pira descomponer. Vo os condeso, señor niio, que en ésta he aprendido mucho á conli.ir de Dios, pues veo tan trocadas las cosas de su fortuna, y de la que yo he tenido, ((uo el dia de lioy no me trocara en ninguna manera por el estado cu ([ue se b illa, pues con todas sus victorias y mis pérdidas pasadas, consi- derado todo, importa menos haber perdido tres ó quatro plazas do nonada en el Piainonle, doxando libre el Estado propio y con exército para dcfeuderle, que quedar Flandes sin las tropas veteranas de españoles ([ue le hablan de defender de amigos y enemigos; y demos gracias á Dios de que en el mismo tiempo murió el lley de Francia, con que se puede es- perar (|ue el mal no llegue á todo lo ((uc pudiera; p("ro á lee (|ue si eslo no sucediera que no inq)orlara menos la ■ ' (|ue el perderse para siempre los Estados de Flandes; pero se habrá visto á lo menos que quien tiene provincia propia qne defender ha de hacer quenta de perderla dedo á dedo, y no aventurarla toda en un dia, pues en muchos que son me- nester para perder un Estado poco á poco, pueden suceder los accidentes con que nuestro Señor ha sido servido de asegurar á S. M. este y los demás Est idos de sn monar(|uía. > si la muerte del Rey de Francia cayera sobre haberse perdido este Estado, como ipiiza hubiera sucedido si yo me gobernara como muchos echaban menos, cu verdad ((ue la muerte del ■ I.o iiuc siti'ie estii en cifra en el orieiual. " Hay un claro, como de una palabr.v. Djbo al parecof aobrentjndcr.ío la "périliilu» ú la "batalla-p se perdió fué el hasta entonces universal y reconocido prestigio y reputación de los viejos tercios españoles.

El duque de Alburquerque continuó desempeñando su cargo de capitan general de la caballería, tomando parte muy activa en la referida campaña defensiva.

Primeramente, habiéndose detenido Meló dos días con la corte en la villa de Guinblou, ^vcl duque de Alburquerque se alojó con la gente en Walsen hasta ver en qué paraba la marcha del enemigo '.« Resuelto después aquel capitán general á dirigir sus fuerzas contra las del príncipe de Orauge, <,^dió orden al duque de Alburquerque, general de la caballería, de marchar por el camino más cómodo para los cuarteles y alojamientos de la gente, y su persona marchó por el camino derecho de Bruselas Entre tanto el duque de Alburquerque, habiendo venido marchando con el ejército de S. M. por los contornos de Lovaina y Bilbonda se fué á alojar en Loqueren -.->

Pasó luego á ocupar y guarnecer con su caballería y alguna infantería los puntos de Moorbeque y Wabeque, y aumentando cada vez más el ejército holandés, determinó Alelo «hacer al enemigo una diversión,) á cuyo efecto llamó á consejo de guerra, entre otros generales, al duque de Alburquerque para sacar el ejército de Flandes.

Cuando Meló quedó con el grueso del ejército de Namur, la infantería y caballería se mantuvieron alojadas en los casares vecinos á cargo de nuestro Duque.

Quedó éf5te más adelante encargado de todo el ejército con asistencia de D. Alvaro de Meló, hermano del capitán general, «dándole orden á dicho Duque de marchar hacia la frontera» é intentar deshacer el cuerpo de ejército del mariscal Mauecamp. En su consecuencia marchó Alburquerque «con todo el cuerpo de exército hacia Landrey, y de allí donde estava con su exército francés el dicho ma rechai Manecamp resuelto de investirle y de pelear con él ■

Con esta operación, hábilmente ejecutada por nuestro personaje, consiguió Meló el objeto que se había propuesto, que era sacar al de Anguien del país de Luxemburgo, y «escribió orden al duque de Alburquerque que se retirase y volviese al cuartel de donde había salido.»

Cardenal y del Rey hubieran llegado tarde. De Gayan y Junio 1 1- de liií-3. — Siruela.» — (Ar- cliivii dol Mnniucs de Alíañiecs.— Sepcióu histórica.)

I Relación de Viucart.

■i lliid. .5 Ihid. Por último, le mandó «con cuarenta compañías de caballos _y tres re- gimientos de infantería y cinco piezas de artillería convoyar y remitir la gente en las villas de Burmonde, Geldres, Venloo y Estevenment, el cnal volvió por la campiña, marchando por Fourliante, y dejando allí algo refrescar su caballería hasta meterse en las guarniciones i.->

Concluida la campaña de 1G43, y acuarteladas las tropas en los alo- jamientos de invierno, recibió orden el duque de Alburquerque de pa- sar á la corte de España para representar á S. M. el estado de aquellas provincias. Pero antes de su viaje le ocurrió en Bruselas otro lance caba- lleresco, tan característico de aquellos tiempos como del ;ínimo esforzado y antifrancés de nuestro personaje. Me refiero al desafío de éste con Car- los de Lorena, duque de Elboeuf, cuñado del Rey de Francia, por estar casado con hermana suya natural. El motivo fué que la célebre duquesa Mad. de Ghevreuse, residente á la sazón en Bruselas, yendo un día en su carroza se encontró con la de la mujer de D. Pedro Girón, y sobre quién había de ceder el paso hubo competencia entre los dos cocheros. Adelantóse el de la Girón, logrando que el otro se arrimase á un lado. «Fué esto en ocasión que pasaba por allí cerca su pariente el de Elboeuf, el cual, como caballero galante, tomó su demanda y esperó al día si- guiente junto á las puertas de las casas de la Girón para hacerla un des- aire. Ella, que lo supo, se valió del favor del de Allnirquerque, el cual fué allá acompañado de sus criados é hizo cortar la cara á un escudero de la Ghrevcuse, resultando algunos heridos más de una y otra parte. Los duques se desafiaron y salieron al campo, pero el que esta noticia escribió, no dice quién fué el vencido - .» No debió serlo el de Albur- querque, porque á los pocos días emprendió su viaje á Madrid, saliendo de Bruselas el 2 de Diciembre <^<accmpañúndole toda la corte en coches hasta la salida 3 ,» testimonio inequívoco de las generales simpatías y vivo afecto que logró inspirar en aquel país.

Llegó á España por la posta on catorce días y consagróse por algún tiempo al arreglo de su hacienda, que no poco lo había menester. Trató después de hacer valer sus servicios, y pretendió el importante cargo de virrey de Nueva España, pero ni su edad, ni su experiencia política, ha- bían llegado todavía á la madurez necesaria para tan delicado y difícil puesto; así es que el Roy dilató para más adelante el conferirle esta alta

Viucart.

Mem. hist. esp., tomo XVI, pág. I i-.

Mem. hist. esp., tomo XVII, áii. MG. magistratura; y para hacer ver que esta y no otra razón de desagrado le movía en su negativa, le honró con el ejercicio de gentil-hombre de su cámara *, y le llevó consigo en su viaje á Aragón, emprendido con áni- mo de fomentar la guerra que ardía en Cataluña.

Ed esta sazón, llegando á noticia dcS. M. la enfermedad déla Reina Isabel de Borbón, «despachó por la posta al señor duque de Alburquer- que;> con buenas nuevas de la guerra para la Reina, y para enterarse del estado de su salud; mas si por de pronto aquéllas la consolaron, no fue- i'on parte á salvarla de la muerte, que poco después la arrebató de este mundo, siendo nuestro Duque uno de los grandes que velaron su ca- dáver -.

En 12 de Enero de 1645 casó el duque de Alburquerque con la se- ñora Doña Juana Francisca de Armeudáriz, segunda marquesa de Ga- dreita, dama de la difunta Reina Doña Isabel, y después camarera mayor de las Reinas Doña María Luisa y Doña Mariana de Neoburgo, esposas de Garlos II.

Al poco tiempo de verificado su enlace le volvemos á encontrar de general de la caballería en el ejército de Cataluña. De este cargo, que desempeñó algunos años, pasó á ejercer el de general de las galeras de España, con las cuales se halló en el sitio de Barcelona y se opuso á la armada de Francia con tanta pericia y denonado esfuerzo, que llevó á cabo uno de los hechos más gloriosos de aquella larga y sangrienta campaña. Consistió éste pero oigamos cómo lo refiere con voz más autorizada y competente el mismo Rey D. Felipe IV:

«Bl Rey. — Duque de Alburquerque, primo, gentil-hombre de mi cá- mara, capitán general de mis galeras de España: Por una carta de 24 de Noviembre escrita sobre Tarragona, he visto referís que habiendo tenido noticia venían con socorro á Tortosa algunas embarcaciones y que se hallaban en el paraje de Cambriles, os encaminastes en su busca con seis galeras, cinco de España y una de Gerdeña, que descubrieron cuatro navios de enemigos al amanecer, y luego comenzaron á salir con viento fresco á la mar, y vos navegastes en su seguimiento acañoneándolos; y reconociendo quanto convenía desalojarlos de donde se hallaban, y des- truirlos, pues con eso se aseguraba el ocupar á Tortosa, distes orden á las galeras fuesen siempre peleando, á que distes principio con vuestra

Avisos de Pcllicer de 3 de Muyo de IGÜ.— Semauario ciudito de Valladares. — Tomo 33.

Avisos de Pcllicer Ocurrió su ralleriiiiiciito el (i de Octubre de KJli. capitana, (juc sola por abordo cmListió y rindió un navio de trescientas toneladas j diez y seis piezas de artillería, que enviastes con una galera á los Alfaques; y á este exemplo cumpliendo las demás galeras con sus obligaciones, embistieron á otro navio del mismo porte, y peleando al- gún tiempo, le tomastes como también el tercero, obrando con las mis- mas circunstancias de valor que en los demás, y habiendo entrado calma á las diez del día, quedando el quarto, que era de quinientas toneladas y treinta piezas, después de haber peleado mucho con él, enviastes á decir á su cabo que se rindiese como los demás, porque no se le daría quartel, á que respondió Monsiur de Legni, mariscal de batalla y comandante des- tos navios, pidiendo muchas condiciones, y vos sólo le concedistes las que contiene la memoria que me remitís; con que á las cuatro de la tarde se habían ya tomado los cuatro baxelcs y hecho prisioneros quinientos in- fantes que en ellos venían, en que se hallaron también víveres en mu- cha cantidad, quatro piezas de campaña y dos morteros; y ponderáis lo mal paradas que quedaron las galeras y el particular valor con que pe- learon los capitanes y soldados y vuestros camaradas y suplicáis se les haga merced. Y he querido deciros que esta facción ha correspondido á lo que esperé de vos quando os elegí para este cargo; ^ríí<?.? si bien en otras ocasiones habéis dado ¡aa.estras de vuestro Lvdur (propio y here- dado con vuestra sangre), en esta habéis obrado como valeroso general y con todo el acuerdo que pudo producir largas experiencias de las cosas de la mar para conseguir la victoria que tuvistes, exponiéndoos con tan pocas galeras á pelear y rendir estos navios, cuyas fuerzas son tan des- iguales á las de las galeras como ventajosas, y más cuando sabíais ve- nían reforzadas de infantería, con que entrastes en conocido riesgo de la xida, consiguiendo en quitar tan considerable socorro al exército del enemigo su retirada (como subcedió); y asegurarse rendir la plaza de Tortosa (que es de tanta consecuencia), porque os doy muy particulares gracias, quedando enterado del gran amor y singular fineza con queme servís, que tendré siempre en memoria para honraros y haceros merced, como lo merecen vuestros señalados y particulares servicios y este tan singular, y en parte de remuneración os he hecho ahora la que entende- réis de otro aviso.

»En lo que toca á premiar á las personas particulares que se señala- ron, avisaréis los que fueron, y si los muertos eran casados y qué hijos dejaron, para que mande hacerles las mercedes proporcionadas á cada sujeto; y vos estaréis advertido (jue en el proponer ventajas sobre cual- quier sueldo habéis de seguir la orden (juc hay en las galeras para en casos semejantes, haciendo (en la cantidad y forma de repartir), lo que se os permite como su capitán general, üe Madrid á 5 de Diciembre de 1650.

1 »Duque, este servicio que me havéis hecho me a sido muy agrada- ble y de gran reputación para mis armas gobernadas por vuestra mano, de ([ue quedo con particular memoria para honraros y favoreceros como merecéis. — Yo el Rey. — Por mandado del Rey nuestro Señor. — Don Luis de Oyanguren 2.» Cuatro días antes, y con ocasión de la misma gloriosa victoria, le había dirigido el primer ministro D. Luis Méndez de Haro, la siguiente laudatoria epístola:

«Primo y señor mío: Llegó D. Juan Vicentelo con el aviso del buen suceso que Dios había sido servido de dar á V. E. contra los baxeles del enemigo, y dexo á la consideración de V. E. el gusto que yo recibiría con esta nueva. Despáchela al punto con una carta mía á Colmenar, donde S. M. se hallaba en una batida de lobos. V. E., Señor mío, ha he- cho á S. M. un gran servicio y S. M. le ha estimado en este grado, y demás de las consequencias que se han seguido demás de haber impedido á los enemigos este socorro, entiendo que la reputación que se sigue á las armas de S. M, con una acción tan resuelta como la que V. E. ha executado, importa más que todo lo demás, con ser tanto; y yo puedo asegurar á V. E. que demás de los intereses del servicio de >S. M., á que estoy obligado en primer lugar, me ha alegrado muy particularmente este suceso por la gloria que resulta á V. E. del, circunstancia tan grande para mí en las obligaciones que reconozco al servicio de V. E.

Después acá he recibido el segundo correo que V. E. me despachó con la noticia de haber comenzado á capitular el enemigo, consecuencia que siempre juzgamos que se seguiría al buen suceso que Dios había sido servido de dar á V. E. antecedentemente; y de aquí á mañana á medio- día parece que probablemente se puede esperar que llegue el aviso del señor marqués de Mortara de haberse rendido Madrid 1.° de Diciem- bre de 1650. Señor mío, haber tomado con seis galeras quatro navios, no tengo noticia de que se haya visto otra vez. Alegróme con V. E. de todo corazón de un suceso tan feliz y de tanta reputación, y es cierto que merezco á V. E. muy enteramente toda la merced que me hace. — Su

1 Todo lo que sigue está escrito de puño y letra del Rey hasta su firma.

2 Esta carta y la siguiente se conservan originales en el Archivo de la Casa de Alburquerque.

3 Lo que sigue, de letra de Méndez de Haro. primo y más servidor. — Luis Méadez de Haro. — Señor duque de Albur- querque.»

Y por último, con fecha 11 del mismo mes, escribía de nuevo el mis- mo ministro al duque de Alburquerque:

«Todos estos días tengo escrito áV. E. largo; pero habiendo llegado D. Juan Bravo de Acuña con la nueva de haber entrado las armas de S. M. en Tortosa, no puedo dejar de repetir á V. E.la enhorabuena y las gracias, habiéndose debido tanta parte deste suceso al buen día que V. E. nos había dado en la mar.

S. M. ha sido servido de hacer merced á V. E. de 4.000 rs. de encomienda en la misma situación de la sal, donde V. E. tiene la otra*.»

No tardó el Rey en recompensar más espléndidamente todavía los muchos y buenos servicios prestados por tan bizarro general. Concedió- le al fin el elevadísimo cargo que tanto anhelaba el de Alburquerque, nombrándole virrey de Nueva España. Siete años le desempeñó con tan- to celo y general satisfacción, así en lo político y militar, como en la administración de la Real Hacienda, que durante su gobierno se cobra- ron todos los alcances que se debían, y se aumentaron las remesas metá- licas en sumas muy considerables, según consta en las cartas y cuentas enviadas al Consejo de Indias. Concluido el tiempo de su mando y termi- nado su juicio de residencia «fué dado por libre y declarado por buen mi- mistro.»

De regreso á España, vS. M. le nombró capitán general de la armada Real del Océano, ejerciendo tan importante magistratura militar, hasta que fué promovido á la superior de teniente general de la mar. Hallándose en la corte sirviendo en la cámara de S. M., y ofrecién- dose la jornada de la Serenísima Emperatriz Doña Margarita -, aceptó el ir sirviendo á S. M. Cesárea hasta las entregas, cuando otros de su grado se excusaron con diferentes pretextos; y lo que es aún más digno de en- comio, hallándose enfermo, de suerte que desde la cama salió para asis- tir á la jornada, sin reparar en el inminente riesgo de su vida, habién- dole durado su achaque, acaso por esta temeridad, mas de un año des- pués que salió de esta corte; y sin que por esto faltase en el curso de todo el viaje á la continua asistencia y servicio de S. M. Cesárea, y á aten- der á la mayor comodidad de toda la casa.

1 Er,i comcmhulor de (iuailnlcimal en I.t Orden militar de Santiago, en la que tamhiéu gozaba la diguidail de Treec.

2 Hija de Felipe IV y de su segunda mujer Doña Mariana de Austria. Nació el 12 de Julio de 1651, casándose con el Emperador Leopoldo el 12 de Diciembre ile KiCti. Mereció por tan noble conducta que el Rey le encumbrase á la codiciada y honrosísima dignidad de Consejero de Estado; y acabada la función de las entregas fué de nuevo honrado por S. M. con el alto cargo de virrey de Sicilia.

Pasó, por consiguiente, á tomar posesión de su virreinato, y en él se condujo, durante los tres años que le desempeñó, con la discreción, habilidad y acierto de que dan buena cuenta la correspondencia oficial que con tal motivo mantuvo con los Consejos de Estado y de Italia, y los laudatorios despachos de S. M.

Al terminar el tercer año de su virreinato en Sicilia, ocurrió el fallecimiento del Rey D. Felipe IV. Dispuso entonces la Reina gobernadora Doña Mariana de Austria que viniese el duque de Alburquerque á desempeñar su plaza en el Consejo de Estado, ejecutándolo así con toda puntualidad, tan luego como llegó su sucesor.

A poco de su llegada á la corte, siendo uno de los más antiguos gentiles hombres de Cámara, y con ocasión de haber fallecido el marqués de Aytona, solicitó y obtuvo de la Reina Doña Mariana el puesto de mayordomo mayor del Rey, su hijo, que aquél había dejado vacante.

Cargado, en fin, de años y de servicios, falleció en Madrid el viernes 27 de Marzo de 1676.

Juzgúese ahora con entera imparcialidad y buen criterio si un hombre de su calidad, importancia y carácter merecía ser tan injusta y esdeñosamente tratado, como lo ha sido por el duque de Aumale. Si por causas del todo ajenas á su conducta militar fué vencido por los franceses en Rocroy, ganó en cambio sus más preciados laureles venciéndolos en Fuenterrabía, en Chatelct, en Cataluña y en el Mediterráneo.

1 ,ii Duiíucsn, su Muijor, uo liilk'.'ió linslí! el Di Sclieiiibre de l(i9G, liin'iiéu cu Madrid.

  1. Madrid: imprenta de D. G. Hernando, 1884.
  2. Tomo II, pág. 173 y siguientes.
  3. Histoire de Louis de Bourbón, prince de Condé. — Cologne, 1645.
  4. Treinta y dos kilómetros do Rocroy. — (Nota del duque de Aumale.)
  5. Escribe el duque de Aumale constantemente equivocados muchos nombres de nuestros generales, como Albuquerque, Vivera, Villamer; deslices de poca importancia, pero que vienen á demostrar su poca escrupulosidad y falta de atención á los documentos españoles.
  6. Era hijo de D. Francisco Fernández de la Cueva, séptimo duque de Alburquerque, embajador en Roma, virrey de Sicilia y Cataluña, de los Consejos de Estado y Guerra de Felipe IV, y presidente del Consejo de Aragón; y de Doña Ana Enríquez de Mendoza, hija á su vez del almirante de Castilla D. Luis Enriquez y de la duquesa Doña Victoria Colona.
  7. Véase el Inventario del mobiliario, alhajas, ropas, armería y otros efectos del Excelentísimo Sr. D. Beltrán de la Cueva, tercer duque de Alburquerque, hecho en el año 1560.— Madrid, Hernando, 1883, publicado por el autor de esta impugnación, asi como el Bosquejo biográfico de D. Beltrán de la Cueva, primer duque del mismo titulo.— Madrid, 1881.
  8. Dice así: «El Rey.— Duque de Alburquerque, primo: Los avisos de las prevenciones que se hacen en Francia para recobrar los puestos que en la provincia de Labort han ocupado mis armas y inquietar las provincias confinantes á ella, obligan á disponer lo necesario para su defensa con suma brevedad; y porque una de las cosas que más lo dificulta es la falta que hay de armas, en particular para la caballería que se está levantando, por las muchas que de las fábricas y magacenes destos reinos se han sacado y son menester para las ocasiones presentes, aunque se ha prevenido mandando se traigan de fuera de España; y porque en tanto que llegan conviene socorrer esta necesidad, y he entendido tenéis algunas, os encargo hagays entregar á la persona que nombrare el marqués de Castrofuerte, de los mis Consejos de Guerra é Indias, capitán general de la artillería en interin y veedor general de la caballería en España, todas las pistolas, carauinas, arneses, coraças y otras armas de á caballo que tuviéredes, tomando recibo de la persona que el marqués enviare á conducirlas con declaración de la calidad y cantidad de cada género, para que acabada la ocasión se os restituyan en la misma forma con toda prontitud; la qual executareis entregándolas sin dilación alguna, por lo que conviene que no la haya en la disposición de la defensa destos reynos; y estoy cierto de vuestra atención y celo de mi servicio que con vuestra asistencia se ha de reparar el daño que podría resultar si faltasen estas armas, y avisareis de lo que dispusiéredes para tenerlo entendido. De Madrid á 16 de Abril de 1637 años.— Yo el Rey.— Por mandado del Rey nuestro Señor.— Don Fernando Ruiz Coutreras.»
    Entregáronse en virtud de esta carta real más de quinientas piezas de la armería de su excelencia.
  9. Memorial histórico español, publicado por la Real Academia de la Historia,— Tomo XV.
  10. Representación original del duque de Alburquerque al Rey Felipe IV. — Archivo de la casa de Alburquerque.
  11. Mem. hist. esp. — Tomo XV, pág. 293.
  12. Cánovas del Castillo: Del principio y fin que tuvo la supremacía militar de los españoles en Europa.
  13. Mem. hist. esp — Tomo XV, Agosto de 1639.
  14. Representación original al Rey.
  15. Estos dos tercios, «como de vanguardia, atacacaban la frente de las fortificaciones á cuerpo descubierto.» En la misma carta de Melo.
  16. Mem. hist. esp.—Tomo XIX, pág. 263.
  17. Mem. hist. esp.—Tomo XIX, pág. 392.
  18. En el sobrescrito: «Por el Rey.—Al duque de Alburquerque, su primo, gentil-hombre de su cámara y maestro de campo do infanteria española en Flandes.» Consérvase original en el Archivo de la casa de Alburquerque, con su correspondiente sello real.
  19. Rep. al Rey.
  20. Mem. hist. esp.—Tomo XVI, pág. 396.
  21. En efecto, el ascenso inmediato al cargo de general de la caballería del Estado de Milán, era á general de la misma arma on los Estados de Flandes; asi había ascendido antes D. Alonso de Idiáquez, y asi ascendió después el marqués Caracena.
  22. Se conserva autógrafa en el Archivo del Estado de Alburquerque.
  23. Tomo XVII, pág. 144.
  24. Radica en la actualidad en el archivo del Excmo. Sr. Marqués de Alcañices.
  25. En el sol)rcsiTÍto: «l'or el Rey.— Al Duijuc de Albur.iiier(|up, iJeatil-hoinhre do su Cámara y su Capitnn licueral de la ravaüoria lijera del exérfito ile Flandes." Couserva el sello real eu lacre.
  26. TaQ cierto era esto, ((uc habióudosc adclaut.vdo el jefe de la reserva fraucesa, baróu
  27. El Sr. Cánovas del Castillo: De la supremacía, etc.