El Eunuco: 02

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El Eunuco
Acto I​
 de Publio Terencio Africano

Escena I


FEDRO, PARMENÓN.


FEDRO.- ¿Pues qué haré? ¿Será bien que vaya ahora que ella de su voluntad me llama, o será mejor que me esfuerce a no sufrir afrentas de rameras? Echome y ahora me torna a llamar: ¿Volveré? No, así me lo ruegue.

PARMENÓN.- A fe, a fe que si tú pudieses hacer eso, nada mejor ni más propio de un hombre. Pero si lo emprendes y no perseveras en ello firmemente, cuando no pudiéndolo tú sufrir, sin llamarte nadie y sin hacer las paces, vinieres a su casa mostrando que la amas y que no puedes soportar su ausencia, acabado has, no hay más que hacer, perdido eres. Burlarse ha de ti cuando te sintiere rendido.

FEDRO.- Por tanto, tú, ahora que es tiempo, míralo muy bien.

PARMENÓN.- Señor, cuando la cosa en sí no tiene consejo, ni manera ninguna, nadie puede regirla ni tratarla con consejo. En el amor hay todas estas faltas: agravios, sospechas, enemistades, treguas, guerras, luego paces. Quien cosas tan inciertas pretendiese regirlas con razón cierta, sería como quien quisiese hacer el loco con buen seso. Y todo eso que tú ahora piensas entre ti, muy colérico y airado: «¿Yo... a una mujer que al otro... que a mí... que no...? Poco a poco; ¡más quiero morir! Ya verá quién soy yo»; todas estas palabras las pagará ella, a buena fe, con una falsa lagrimilla, que, a fuerza de restregarse los ojos, hará ella salir por fuerza, y te acusarás a ti mismo, y tú voluntariamente le darás de ti entera venganza.

FEDRO.- ¡Oh, qué indignidad! Ahora entiendo yo cuán gran bellaca es ella, y yo cuán mísero: y me enfado, y me abraso en su amor, y a sabiendas, en mi juicio, vivo, y viéndolo yo, me pierdo, y no sé qué me haga.

PARMENÓN.- ¿Qué has de hacer, sino, pues estás cautivo, rescatarte por lo menos que pudieres; y si no pudieres por poco, por lo que pudieres, y no afligirte?

FEDRO.- ¿Eso me aconsejas?

PARMENÓN. Sí, si eres cuerdo. Y que no aliadas más pesadumbres a las que el mismo amor se trae consigo, y que las que él trae, las sufras con valor. (Indicando a TAIS, que en este momento sale de su casa.) Pero hela dónde sale la piedra de nuestra granja; pues lo que nosotros habíamos de medrar ella lo rapa.


Escena II


TAIS, FEDRO, PARMENÓN.


TAIS.- (Sin verlos.) ¡Desdichada de mí! ¡Qué recelo tengo no haya sentido mucho Fedro el no haberle ayer dejado entrar en casa, y no lo haya tomado a otro fin del que yo lo hice!

FEDRO.- (A PARMENÓN.) Todo estoy temblando, Parmenón, y erizado después que he visto a ésta.

PARMENÓN.- Ten buen corazón, y allégate a este fuego, que tú te calentarás más de la cuenta.

TAIS.- ¿Quién habla aquí? ¡Ay, Fedro, alma mía!, ¿aquí estabas tú?, ¿por qué te parabas?, ¿por qué no entrabas sin llamar?

PARMENÓN.- (Aparte.) Pero del no haberle admitido, ni palabra.

TAIS.- ¿Por qué no me respondes?

FEDRO.- (Con ironía.) Sí, por cierto; pues tu puerta me está siempre abierta; en tu casa yo soy el más cabido.

TAIS.- Déjate ahora de eso.

FEDRO.- ¿Qué dejar? ¡Oh, Tais, Tais! ¡Ojalá tú y yo corriésemos parejas en el amor, y fuésemos iguales en que, o tú sintieses esto como yo lo siento, o a mí no se me diese nada de lo que tú has hecho!

TAIS.- ¡No te atormentes, te ruego, alma mía, mi Fedro!, que, en buena fe, no lo hice por amar ni querer a otro más que a ti, sino que se ofreció así el caso y no se pudo evitar.

PARMENÓN.- Yo creo que de tanto quererle, como sueles, le echaste a la calle. ¡Pobrecita!

TAIS.- ¡Ay, Parmenón!, ¿y con ésas me vienes? ¡Corriente! (A FEDRO.) Pero óyeme a qué fin te mandé llamar aquí.

FEDRO.- Sea.

TAIS.- Dime, cuanto a lo primero, ¿este mozo puede callar?

PARMENÓN.- ¿Yo? Muy bien. Pero mira, con tal condición te lo prometo, que lo que entiendo ser verdad lo callo y lo retengo muy bien; pero si es cosa falsa o vana o fingida, luego la digo. Por tanto, si tú quieres que yo calle, di verdad.

TAIS.- Mi madre era de Samos y vivía en Rodas.

PARMENÓN.- Callarse puede esto.

TAIS.- Un mercader regalole allí una muchacha que había sido robada en tierra de Atenas.

FEDRO.- ¿Ciudadana?

TAIS.- Pienso que sí: cosa cierta no sabemos. A su padre y a su madre ella nombrábalos; mas su tierra y las demás señas, ni las sabía, ni tenía aún años para ello. Decía el mercader que de los corsarios de quien la había comprado, había entendido que la habían robado de Sunio. Mi madre, así que la recibió, comenzó a enseñarle cuidadosamente toda cosa y criarla con la misma diligencia que si fuera su hija propia. Los más creían que era hermana mía. Yo, con aquel con quien sólo tenía entonces amores, que era un forastero, víneme aquí; el cual me dejó todo esto que poseo.

PARMENÓN.- Lo uno y lo otro es mentira: fuera saldrá.

TAIS.- ¿Cómo mentira?

PARMENÓN.- Porque ni tú te tenías por contenta con uno, ni él sólo te lo dio; que mi amo ha traído también a tu casa buena y grande parte.

TAIS.- Así es; pero déjame venir a lo que quiero. En esto, el soldado, que había comenzado a ser mi galán, fuese a Caria. Entonces te conocí, y bien sabes tú después acá cuán en mis entrañas te tengo, y cómo fío de ti todos mis secretos.

FEDRO.- Tampoco lo callará eso Parmenón.

PARMENÓN.- ¿Qué hay que dudar en ello?

TAIS.- Óyeme, por mi amor. Mi madre murió allí poco ha. Su hermano es algo codicioso del dinero; y como vio la moza de buena gracia, y que sabía tañer, confiando sacar de ella dinero, pónela luego en venta, y véndela. Por fortuna estaba casualmente allí mi amigo el capitán, y comprola para regalármela, sin saber nada de estas cosas y sin tener de ello noticia. Ahora ha venido, y como ha sentido que también contigo tengo trato, busca muy de veras achaques para no dármela. Dice que si él estuviese seguro de que yo le querré más que a ti, y no temiese que en teniéndola en mi poder, le deje, holgaría de dármela; pero que se recela de esto. Aunque, a lo que yo sospecho, él ha puesto su afición en la doncella.

FEDRO.- ¿Ha pasado más adelante?

TAIS.- No: estoy bien informada. Ahora, amor mío, hay muchas razones por donde yo deseo atrapársela. Primeramente, por haber sido tenida por hermana mía. Además, por restituirla y volverla a sus deudos. Soy mujer sola; no tengo aquí ni amigo ni pariente, y por esto, Fedro, querría con esta buena obra ganar algunos amigos. Ayúdame tú, por mi amor, para que mejor se haga. Deja que por unos pocos días sean del capitán las primeras veces en mi casa. ¿No me respondes?

FEDRO.- ¡Malvada! ¿qué he de responderte yo con esos hechos?

PARMENÓN.- ¡Oh, mi señor, muy bien! Al fin escociote; eres todo un hombre.

FEDRO.- ¡Como si yo no supiera dónde ibas a parar! Robáronla de aquí pequeña; criola mi madre como hija propia; fue tenida por hermana mía; deseo quitársela por volverla a sus deudos... Todas tus razones vienen a parar en que yo soy el despedido, y el otro el recogido. ¿Y por qué, si no porque le quieres más que a mí, y te recelas que ésa que ha traído te quite un tal amigo?

TAIS.- ¿Yo me recelo de eso?

FEDRO.- ¿Pues qué otra cosa te da pena? Di, ¿por ventura sólo él te hace presentes? ¿Has visto jamás que en cosa que a ti te tocase haya sido escasa mi liberalidad? Cuando me dijiste que deseabas una negra de Etiopía, ¿no lo dejé todo y la busqué? Dijísteme luego que querías un eunuco, porque no le tienen sino las reinas; hele habido. Ayer di por arribos esclavos veinte minas. Y con haberme tú tenido en poco, no me he olvidado de ti; y en pago de todo esto me desdeñas.

TAIS.- No más, amor mío, Fedro; que, aunque deseo quitársela, y por esta vía entiendo que se pudiera hacer fácilmente, con todo eso, por no enojarte, haré lo que tú mandes.

FEDRO.- Ojalá tú dijeses de corazón y con verdad eso de por no enojarte; que si yo creyese que lo dices con llaneza, a todo me pondría.

PARMENÓN.- (Aparte.) Ya cae; ¡qué presto le ha vencido con una palabrilla!

TAIS.- ¡Ay, triste de mí!, ¿y no lo digo yo de corazón?, ¿qué cosa me has pedido, aun en burlas, que no la hayas alcanzado? Y yo no puedo recabar de ti que me concedas siquiera dos días.

FEDRO.- ¡Si no fuesen más de dos!... Pero temo que esos dos días se me vuelvan veinte.

TAIS.- No serán en buena fe más de dos, o...

FEDRO.- ¿O...? No escucho más.

TAIS.- No serán más; hazme solamente esta merced.

FEDRO.- En fin, ha de ser lo que tú quieres.

TAIS.- Con razón te quiero mucho. Muy bien haces.

FEDRO.- Yo me iré a la granja, y me afligiré estos dos días. Resuelto estoy. Debemos complacer a Tais. Tú, Parmenón, haz que aquéllos (Aludiendo a los dos esclavos.) se traigan.

PARMENÓN.- ¡A maravilla!

FEDRO.- Tais, pásalo bien estos dos días.

TAIS.- Y tú, mi Fedro. ¿Mandas otra cosa?

FEDRO.- Lo que yo quiero es que estando presente con ese soldado, estés ausente de él; de día y de noche me ames; me desees, me sueñes, me aguardes, pienses en mí, en mí confíes, conmigo te huelgues, toda estés conmigo: finalmente, haz que tu corazón sea todo él mío, pues el mío es todo tuyo.


Escena III


TAIS.


TAIS.- ¡Cuitada de mí! Éste por ventura fía poco de mí, y me juzga por las condiciones de las demás. Mas yo, que me conozco, sé de cierto que en nada le he mentido, y que en mi corazón no hay cosa más querida que mi Fedro, y que lo que he hecho, lo he hecho por la doncella. Porque casi casi pienso que he hallado ya a su hermano, que es un mancebo muy principal, el cual me ha prometido venir hoy a verme. Voyme, pues, a casa, y allí le aguardaré hasta que venga.


Acto I