El Eunuco: 04

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
El Eunuco
Acto III
 de Publio Terencio Africano


Escena I


GNATÓN, TRASÓN, PARMENÓN.


TRASÓN.- ¿Conque Tais me mandaba muchas gracias?

GNATÓN.- Muy grandes.

TRASÓN.- ¿De veras está alegre?

GNATÓN.- No tanto en verdad por el valor del presente, cuanto por habérselo tú dado: De esto está ella más ufana.

PARMENÓN.- (Saliendo de casa de su amo.) A ver vengo cuándo será tiempo de traerlos. Pero he aquí al soldado.

TRASÓN.- Cierto que es buen hado mío, que todo cuanto yo hago se me agradece.

GNATÓN.- Así lo he echado de ver.

TRASÓN.- Hasta el mismo rey, por la menor cosa que yo hacía me daba siempre las gracias. No se portaba así con los demás.

GNATÓN.- La gloria ajena a costa de grandes trabajos adquirida, con una palabra hácela suya muchas veces el que tiene la sal que tú.

TRASÓN.- En el caso estás.

GNATÓN.- El rey, pues, a ti sobre las niñas de sus ojos...

TRASÓN.- Cabal.

GNATÓN.- ... Te llevaba.

TRASÓN.- Sí. Y confiaba de confiaba de mí todo su campo, y todos sus secretos.

GNATÓN.- Admirable.

TRASÓN.- Y si alguna vez los hombres o los negocios le cansaban o enfadaban, cuando él quería descansar, como... ¿ya me entiendes?

GNATÓN.- Sí; como quien quiere escupir del alma aquella fatiga.

TRASÓN.- Cabal. Entonces a mí solo me llevaba por su convidado.

GNATÓN.- ¡Huy!, ¡qué rey tan discreto me cuentas!

TRASÓN.- ¡Oh!, él es así, un hombre que trata con muy pocos.

GNATÓN.- Mejor dirás con ninguno, a mi parecer, si sólo contigo vive.

TRASÓN.- Todos me tenían envidia, y me roían en secreto; pero yo no los estimaba a todos en un pelo. Y ellos, a tenerme extraña envidia; pero sobre todos uno, a quien el rey había hecho coronel de los elefantes de la India. Como éste comenzó a serme más pesado, díjele: Dime, Estratón, ¿haces tanto del bravo porque tienes mando sobre las bestias?

GNATÓN.- Gracioso dicho en verdad, y sabiamente dicho: ¡Oh!, ¡degollástele!; ¿y él que te respondió?

TRASÓN.- Quedó mudo.

GNATÓN.- ¿Cómo no?

PARMENÓN.- (Aparte y aludiendo a TRASÓN.) ¡Soberanos dioses!, ¡qué cabeza tan miserable y tan perdida! (Indicando a GNATÓN.) Y aquel otro, ¡cuán gran bellaco!

TRASÓN.- Y bien: ¿nunca te he contado, Gnatón, cómo te toqué a uno de Rodas en un convite?

GNATÓN.- Nunca. Pero cuéntamelo, por tu vida. (Aparte.) Más se lo he oído de mil veces.

TRASÓN.- Estaba este mancebillo de Rodas que te digo juntamente conmigo en el convite, y yo por casualidad tenía allí una pendanga. Él comenzó a burlar con ella y mofar de mí. Dígole yo: ¿Qué es eso, sin vergüenza? ¿Siendo tú la misma liebre, buscas carne de la pulpa?

GNATÓN.- ¡Ja, ja, je!

TRASÓN.- ¿Qué tal?

GNATÓN.- Gracioso, gustoso, delicado dicho: no hubo más que pedir. ¿Y tuyo era, por tu vida? Yo por más antiguo lo tenía.

TRASÓN.- ¿Habíaslo oído?

GNATÓN.- Muchas veces, y es muy preciado.

TRASÓN.- Pues mío es.

GNATÓN.- ¡Lástima que lo empleases en un mancebillo indiscreto e hidalgo!

PARMENÓN.- (Aparte.) Los dioses te destruyan.

GNATÓN.- ¿Y él, dime, qué...?

TRASÓN.- Quedó corrido; y los que estaban allí, muertos de risa. En fin, ya todos me tenían miedo.

GNATÓN.- Con razón.

TRASÓN.- Pero oye, Gnatón, ¿parécete que yo me disculpe con Tais, pues sospecha que esta esclava (Alude a PÁNFILA.) es mi amiga?

GNATÓN.- En ninguna manera: Antes has de acrecentarle más esa sospecha.

TRASÓN.- ¿Por qué?

GNATÓN.- ¿Y lo preguntas? ¿Sabes por qué? Si ella alguna vez hiciere mención de Fedro o le alabare por darte tormento...

TRASÓN.- Entiendo.

GNATÓN.- ... para que esto no acaezca, sólo hay un remedio. Cuando ella nombre a Fedro, tú a Pánfila en la hora. Si ella dijere: «Traigamos a Fedro a comer»; tú: «llamemos a Pánfila a cantar». Si ella alabare el buen parecer de Fedro, tú, por el contrario, el de Pánfila. Finalmente, ajo por ajo y que la pique.

TRASÓN.- Buen remedio sería este, Gnatón, si ella me amase.

GNATÓN.- Pues recibe y precia lo que tú le envías, no es nuevo el tenerte ella amor, ni es nuevo el poder tú hacer algo que le duela. Siempre estará con miedo de que el provecho que ella ahora recibe, le des a otra si te enojas.

TRASÓN.- Bien dices: no había yo caído en la cuenta.

GNATÓN.- ¡Qué gracia!, porque noté habías puesto a pensarlo; que si lo pensaras, ¡cuánto mejor que yo lo trazaras tú, Trasón!


Escena II


TAIS, TRASÓN, PARMENÓN, GNATÓN.


TAIS.- La voz del capitán me parece que he oído. Y hele aquí. ¡Bienvenido, Trasón, amor mío!

TRASÓN.- ¡Oh, mi señora Tais, dulce beso mío!, ¿qué se hace? ¿Quiéresete mucho por esta tañedora?

PARMENÓN.- (Oculto para los demás personajes.) ¡Qué discreto es!, ¡qué buena entrada ha tenido por llegar!

TAIS.- Muy mucho por tu merecimiento.

GNATÓN.- Vamos, pues, a cenar. ¿Por qué te detienes?

PARTENÓN.- (Aparte.) Cata aquí al otro: Diréis que ha nacido para servir a su vientre.

TAIS.- Cuando quisieres; no estéis por mí.

PARMENÓN.- (Aparte.) Iré y haré como que salgo ahora. Tais, ¿has de ir a alguna parte?

TAIS.- ¡Ah, Parmenón! Bien has hecho: sí, ir tengo...

PARMENÓN.- ¿Adónde?

TAIS.- (Bajo y aludiendo por señas a TRASÓN.) ¿No ves aquí a éste?

PARMENÓN.- (Bajo a TAIS.) Ya le veo, me enfada. Cuando quieras, aquí están los presentes de Fedro a tu servicio.

TRASÓN.- ¿Por qué nos detenemos? ¡Ea!, vamos de aquí.

PARMENÓN.- (A TRASÓN.) Suplícote que con tu licencia podamos darle a ésta lo que queremos, verla y hablar con ella.

TRASÓN.- (Irónico.) ¡Hermosos presentes por cierto!, ¡no se parecen a los nuestros!

PARMENÓN.- Por la obra se verá. (A un siervo.) ¡Hola! Haz que salgan acá esos que mandé traer: ¡Presto! Pasa tú acá. (Preséntase una negra.) Ésta ha venido desde Etiopía.

TRASÓN.- Ésta valdrá tres minas.

GNATÓN.- Apenas.

PARMENÓN.- ¿Dó estás tú, Doro? Llégate acá. (A TAIS.) Cata aquí el eunuco. ¡Mira qué cara de hidalgo y qué años tan tiernos!

TAIS.- Así los dioses me amen, como él es hermoso.

PARMENÓN.- ¿Qué dices tú, Gnatón? ¿Tienes algo aquí que despreciar? ¿Y tú, Trasón, qué dices? Harto le alaban, pues que callan. Pues examínale en cosa de letras, en la lucha, en la música; que yo te le doy por hábil en todo lo que le está bien saber a un hidalgo mozo.

TRASÓN.- (Aparte a GNATÓN.) Yo a ese eunuco... si menester fuese, sin beber mucho...

PARMENÓN.- (A TAIS.) Y el que esto te envía, no te pide que estés por solo él, ni que por él eches de tu casa a los demás. Ni te cuenta sus batallas; ni muestra sus señales de heridas; ni te va a la mano, como algún otro lo hace; sino que, cuando te diere gusto, cuando tú quisieres, cuando tuvieres lugar, entonces se dará por contento, si le recibieres.

TRASÓN.- (A GNATÓN.) Este siervo parece ser de algún amo pobre y miserable.

GNATÓN.- Bien creo yo que el que tuviera con qué comprar otro, no sufriría a éste.

PARMENÓN.- Calla tú, que eres el más abatido de los abatidos; porque un hombre que se pone a lisonjear a éste (Señalando a TRASÓN.) , creo que se pondrá también a sacar la comida del fuego con la boca.

TRASÓN.- (A TAIS.) ¿Vámonos ya?

TAIS.- Haré entrar primero a estos esclavos, y juntamente mandaré lo que quiero que se haga, y luego saldré. (Éntrase en casa.)

TRASÓN.- (A GNATÓN.) Yo me voy: aguarda tú a Tais.

PARMENÓN.- (En tono zumbón.) ¡No es bien que un General vaya por la calle con su amiga!

TRASÓN.- ¿Qué quieres que te diga? Te pareces a tu amo.

GNATÓN.- ¡Ja!, ¡ja!, ¡je!

TRASÓN.- ¿De qué te ríes?

GNATÓN.- De eso que ahora dijiste, y también cuando me acuerdo de aquel dicho del de Rodas. Pero Tais sale.

TRASÓN.- Ve delante, corre, para que todo esté a punto en casa.

GNATÓN.- Sea.

TAIS.- (Saliendo de su casa y hablando con PITIAS, que está dentro.) Mira, Pitias, que procures con diligencia, si Cremes por casualidad viniere aquí, rogarle sobre todo que me espere; y si esto no le acomoda, que vuelva, y si no pudiere, llévamele allá.

PITIAS.- Así lo haré.

TAIS.- ¿Qué?... ¿Qué otra cosa tenía que decirte? ¡Ah!, mucho cuidado con esa doncella; y mira, que me estéis en casa.

TRASÓN.- Vamos.

TAIS.- (A sus doncellas.) Seguidme vosotras.


Escena III


CREMES.


CREMES.- Realmente que cuanto más y más lo pienso, creo que me ha de causar esta Tais algún gran daño, según veo que me va cascando astutamente desde la primera vez que me mandó que me llegase hasta su casa. Alguno me preguntará: ¿Qué tenías tú con ella?» Cierto que ni la conocía. Cuando vine, halló achaque para hacerme quedar allí. Díceme que había ofrecido un sacrificio y que tenía que tratar conmigo un negocio de importancia. Ya yo estaba con sospecha que todo esto lo hacía con engaño. Arrimábaseme, entrometíase conmigo, buscaba ocasión de conversación. Cuando vio que yo le respondía fríamente, vino a dar en esto: Cuánto hacía que se habían muerto mis padres: «Ya ha mucho», le digo; si tenía alguna granja en Sunio, y si estaba lejos de la mar. Yo creo le debe haber parecido bien, y que piensa si me la podrá rapar. Finalmente, si se me había perdido allí alguna hermana pequeña, y quién con ella juntamente, y si habría quién la pudiese conocer. ¿A qué fin estas preguntas, si no pretende, según la mujer es de atrevida, darme a entender que es ella la hermana que se me perdió? Pero aquélla, si es viva, tiene dieciséis años, y no más. Tais es de algo estás tiempo que no yo. Segunda vez me ruega por un siervo que venga. Diga, pues, lo que quiere o no me dé más fatiga; que a buena fe que no vuelva acá la tercera vez. (Llamando a la puerta de TAIS.) ¡Ah, de casa!


Escena IV


PITIAS, CREMES.


PITIAS.- (Dentro.) ¿Quién está allí?

CREMES.- Yo soy. Cremes.

PITIAS.- (Saliendo.) ¡Oh, mancebo gallardísimo!

CREMES.- (Aparte.) ¡Lo dicho: aquí quieren cazarme!

PITIAS.- Tais te pide por merced que vuelvas mañana.

CREMES.- A mi alquería me voy.

PITIAS.- Hazlo por mi amor.

CREMES.- Digo que no puedo.

PITIAS.- Estate a lo menos aquí con nosotras hasta que ella vuelva.

CREMES.- Ni eso tampoco.

PITIAS.- ¿Por qué no, Cremes de mi alma?

CREMES.- Quítateme allá en mal hora.

PITIAS.- Si así lo determinas, ve a lo menos, por mi amor, donde ella está.

CREMES.- Sea.

PITIAS.- Ve, Dorias; lleva de presto a éste a casa del soldado.


Escena V


ANTIFÓN, solo.


ANTIFÓN.- Ayer algunos mancebos en Pireo convinimos en comer juntos hoy, a escote. Dímosle a Querea el encargo, depositamos nuestras sortijas, señalamos lugar y hora. La hora ya es pasada, en el lugar donde concertamos no hay cosa aparejada, el hombre no parece. Ni sé qué me diga, ni sé qué me piense. Aflora todos los otros me han encargado que le busque. Voy a ver si está en su casa. (Aparece QUEREA vestido con la ropa del eunuco.) ¿Quién es éste que sale de la de Tais? ¿Es él o no es él? Realmente que es él. ¿Qué facha de hombre es éste? ¿Qué manera de traje? ¿Qué desgracia es ésta? No salgo de mi asombro, todo me vuelvo conjeturas. Ante todo, apartareme, para averiguar lo que es.


Escena VI


QUEREA, ANTIFÓN.


QUEREA.- ¿Hay alguno aquí? No hay nadie. ¿Sígueme alguno de la casa? (Mirando a la de TAIS.) Nadie. ¿Puedo ya hacer que reviente este mi contento? ¡Oh, Júpiter! Ésta es realmente la hora en que te podría tomar con paciencia que me matasen, porque el resto de mi vida no me agüe con alguna pesadumbre este mi gozo. Pero, ¿no me toparía yo ahora con un amigo curioso que me siguiera por doquiera que fuese y me moliese y me matase a poder de preguntarme qué regocijo es éste, o qué alegría, a dónde voy, o de dó me escapo, de dónde he habido este vestido, qué pretendo con él, si estoy en mi seso o si estoy loco?

ANTIFÓN.- (Aparte.) Voy a darle ese contento que desea. (Alto.) ¿Qué es esto, Querea?, ¿de qué estás así regocijado?, ¿qué vestido es éste?, ¿de qué vienes tan alegre?, ¿qué pretendes?, ¿estás en tu seso?, ¿qué me miras?, ¿por qué no me respondes?

QUEREA.- ¡Oh, encuentro apacible al presente para mí! Amigo, bienvenido seas. Con ninguno me pudiera yo ahora tomar que más placer me diese, que contigo.

ANTIFÓN.- Cuéntame, por tu vida, lo que te pasa.

QUEREA.- Antes yo, en verdad, te suplico que me oigas. ¿Conoces a ésta que es amiga de mi hermano?

ANTIFÓN.- Sí, creo que es Tais.

QUEREA.- Ésa misma.

ANTIFÓN.- Así lo tenía entendido.

QUEREA.- Hanle hoy regalado una doncella, cuyo gracioso rostro no hay para qué yo te lo diga, Antifón, ni te lo alabe, pues ya tú sabes cuán buen juez de rostros soy. Heme aficionado a ella.

ANTIFÓN.- ¿De veras?

QUEREA.- Yo sé que si tú la ves, dirás que es la primera. ¿Que es menester rodeos? Comencé a amarla. Había casualmente en nuestra casa un eunuco que mi hermano había mercado para Tais, y aun no se le habían llevado. Aconsejome entonces mi criado Parmenón una traza que yo al punto hice mía.

ANTIFÓN.- ¿Cuál?

QUEREA.- Callando lo entenderás más presto: que yo trocase con él las ropas, y me hiciese presentar en lugar de él.

ANTIFÓN.- ¿En lugar del eunuco?

QUEREA.- Sí.

ANTIFÓN.- ¿Y qué provecho habías de sacar de eso?

QUEREA.- ¡Vaya una pregunta...! Verla, oírla, estar en compañía de aquella que deseaba, Antifón. ¿No te parece bastante causa y razón para hacerlo? Entréganme, en fin, a la mujer. Ella me recibe muy alegre, me lleva a su casa, encomiéndame la doncella.

ANTIFÓN.- ¿A quién?, ¿a ti?

QUEREA.- A mí.

ANTIFÓN.- A buen seguro, cierto.

QUEREA.- Manda que varón ninguno se llegue a ella, y a mí encárgame que no me aparte de ella, sino que en lo más secreto de la casa me esté con ella sola. Acéptolo, puestos mis ojos en el suelo de vergüenza.

ANTIFÓN.- ¡Cuitado!

QUEREA.- «Yo, dice, me voy convidada a cenar». Y llévase consigo sus criadas. Quedan unas pocas para estar con ella; criadas bisoñas. Aparéjanle luego el baño; dígoles que se den prisa. Mientras lo aparejaban, la doncella estaba sentada en su cámara, mirando una pintura en la cual estaba dibujado como dicen que un tiempo Júpiter había descargado en el regazo de Danae una lluvia de oro. Comencé yo también a mirarla. Y como él antaño había hecho otra burla semejante, tanto más yo en mi alma me alegraba viendo que un dios se había transformado en hombre y venido a casa ajena escondidamente por el tejado a engañar a una mujer. ¿Y qué dios, sino aquel que con sus truenos hace temblar a los más altos alcázares del cielo? ¿Y yo, hombrecillo, no lo había de hacer? ¡Pardiez, que lo hice; y aun de buena gana! Mientras yo estaba en estos pensamientos, llaman a la doncella, para que vaya al baño. Va, báñase, y vuelve. Después ellas échanla en la cama. Yo me estaba de pie, aguardando si me mandarían algo. Viene una y díceme: «¡Hola, Doro!, toma este abanico y hazle a ésta viento así (Imitando la acción de abanicar.) , mientras nosotras nos bañamos. Cuando nosotras nos hayamos bañado, te bañarás tú, si quieres». Tonto el abanico con aire de tristeza.

ANTIFÓN.- ¡Oh, quién viera allí esa tu cara desvergonzada! ¡Qué facha tendría un tan grande asno como tú con el abanico en la mano!

QUEREA.- Apenas la criada me hubo dicho esto, cuando botan todas afuera, vanse a bañar, triscan como lo suelen hacer cuando están fuera los señores. En esto quédase dormida la doncella. Yo cautamente miro de tras ojo, así (Airando.) , por el abanico, y reconozco juntamente si todo lo demás estaba seguro. Veo que lo estaba; echo el cerrojo a la puerta.

ANTIFÓN.- ¿Qué más?

QUEREA.- ¿Cómo qué más, simple?

ANTIFÓN.- Tienes razón.

QUEREA.- ¿Y había yo de dejar pasar una ocasión tan grande, tan breve, tan deseada y que tan sin pensar se me ofrecía? Entonces fuera yo de veras el que me fingía ser.

ANTIFÓN.- Dices muy gran verdad. Pero, ¿qué hay de la comida?

QUEREA.- Todo está a punto.

ANTIFÓN.- Hombre de recado eres. ¿En dónde?, ¿en tu casa?

QUEREA- No; en la del liberto Disco.

ANTIFÓN.- ¡Qué lejos...! Pero tanto mayor prisa nos demos. Muda de ropas.

QUEREA.- ¿Dónde me mudaré, pobre de mí? Porque a casa no puedo ir ahora. Temo que esté allí mi hermano, y también que haya vuelto ya mi padre de la granja.

ANTIFÓN.- Vamos a mi casa; que esto es lo más cerca donde te mudes.

QUEREA.- Bien dices. Vamos. Y de paso quiero consultar contigo acerca de esta moza cómo la podré gozar en adelante.

ANTIFÓN.- Sea.

Acto III