El Eunuco: 05

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El Eunuco
Acto IV
 de Publio Terencio Africano


Escena I


DORIAS.


DORIAS.- Así me amen los dioses, como yo, cuitada, según vi al soldado, temo no haga hoy aquel loco a Tais alguna revuelta o alguna fuerza. Porque en cuanto llegó allá ese mancebo Cremes, hermano de la doncella, ruégale al soldado que le mande entrar. El soldado puso al instante mala cara; pero no osaba decirle que no. Tais comienza a porfiarle que convide al hombre. Esto hacíalo ella por entretener a Cremes; porque entonces no era ocasión para decirle lo que le quería descubrir acerca de su hermana. Convidole de mala gana. Quédase Cremes. Ella comienza a trabar con él conversación. El soldado entiende que le ha metido a su competidor por los ojos, y quiere también él a ella darle pena. «¡Hola, mozo! -dice-; llámanos aquí a Pánfila para que nos regocije. -¡De ninguna manera! -grita Tais-. ¿Ella al convite?». El soldado rompe a reñir con Tais. Y mi señora quítase secretamente los anillos y dámelos a guardar. Señal de que en pudiendo se escabullirá de sus manos: yo lo sé.


Escena II


FEDRO.


FEDRO.- Yendo a la granja, comencé por el camino a discurrir entre mí de una cosa en otra, como suele acaecer cuando alguna pasión hay en el alma, y a pensar en todas lo peor. ¿Que es menester razones? Yendo en esto pensativo, sin caer en la cuenta, me pasé de largo de la granja; cuando di en la cuenta, ya me había alejado mucho. Vuelvo atrás harto mohíno. Pareme, y comencé a pensar entre mí mismo: «¡Ah!, ¿dos días he de estar aquí, solo, sin ella? ¿No hay algún remedio? Ninguno.- ¿Eh? ¿Ninguno? ¿Ya que no tenga lugar de tocarla, no le tendré siquiera de verla? ¡Oh!, si aquello no es posible, esto a lo menos lo será; que todavía es algo gozar siquiera de la última raya del amor.» Y así me pase a sabiendas de la granja.- Pero ¿qué ocurre, que Pitias sale de casa tan alterada y tan de prisa?


Escena III


PITIAS, DORIAS, FEDRO.


PITIAS.- ¿Dónde hallaría yo, cuitada, a aquel malvado y descomedido, o dónde le iría yo a buscar? ¡Y que haya tenido semejante atrevimiento!

FEDRO.- (Aparte.) ¡Pobre de mí! ¡Qué habrá sido esto!

PITIAS.- (Aparte.) Y el muy bribón, después de haber escarnecido a la doncella, le rasgó a la infeliz toda la ropa y le deshizo todo su peinado.

FEDRO.- (Aparte, con indignación y asombro.) ¡Eh!

PITIAS.- ¡Oh, quién le tuviera ahora aquí! ¡Cómo le arremetiera prestamente a los ojos con mis uñas al hechicero!

FEDRO.- (Aparte.) No sé qué revuelta ha habido en casa en mi ausencia. Acercareme. ¿Qué es eso, Pitias? ¿A dó corres? ¿A quién buscas?

PITIAS.- ¡Ah, Fedro! ¿Que a quién busco....? ¡Véteme de aquí donde mereces con tus presentes tan donosos!

FEDRO.- ¿Qué es ello?

PITIAS.- ¿Y lo preguntas? El eunuco que nos diste, ¿qué escándalos piensas nos ha hecho? Ha seducido a la doncella que el soldado había regalado a mi señora.

FEDRO.- ¿Qué me dices?

PITIAS.- ¡Ay, cuitada de mí!

FEDRO.- Borracha estás.

PITIAS.- ¡Así se vean los que mal me quieren!

DORIAS.- ¡Ay, Pitias mía! Dime por tu vida: ¿qué monstruo era ése?

FEDRO.- Tú estás loca. ¿Cómo pudo un eunuco hacer cosa semejante?

PITIAS.- Yo no sé quién él es; pero lo que él ha hecho, por la obra se ve. La pobre doncella está llorando, y si le preguntan qué ha, no lo osa decir. Y a todo esto, el hombre de bien no parece por ninguna parte, y aun sospecho, cuitada, no se me haya llevado algo de casa a la partida.

FEDRO.- No sé yo que se pueda haber ido muy lejos el follón, si ya no se nos ha vuelto a nuestra casa.

PITIAS.- ¡Mira, por mi amor, si está!

FEDRO.- Yo haré presto que lo sepas.

DORIAS.- ¡Ay, cuitada de mí! Te digo, hija, que en mi vida he oído tan gran bellaquería.

PITIAS.- Yo bien había oído decir, en buena fe, que los eunucos eran muy aficionados a las mujeres, pero que no podían hacer nada. Pero yo no pensé en ello, cuitada de mí; que le hubiera encerrado en alguna parte, y nunca le hubiera encomendado la doncella.


Escena IV


FEDRO, DORO, PITIAS, DORIAS.


FEDRO.- (A la puerta de su casa.) ¡Sal acá fuera, bribón! ¿Aún te detienes, fugitivo? ¡Ven acá, eunuco de perdición!

DORO.- (En ademán suplicante.) ¡Por lo más sagrado!...

FEDRO.- ¡Oh, mira cómo tuerce la boca el bellaco verdugo! ¿Qué vuelta es ésta por acá? ¿Qué mudanza de traje es ésta? ¿Qué dices? Si un poco me descuido, Pitias, no le atrapo en casa, según había aparejado ya su fuga.

PITIAS.- ¿Tienes el hombre por tu vida?

FEDRO.- ¿Pues no le había de tener?

PITIAS.- ¡Oh, qué bien lo has hecho!

DORIAS.- ¡Vaya si estuvo bien!

PITIAS.- ¿Dónde está?

FEDRO.- ¿Eso preguntas? ¿No le ves allí?

PITIAS.- ¿Que si le veo? ¿Quién es?

FEDRO.- Éste.

PITIAS.- ¿Quién es este hombre?

FEDRO.- El que os llevaron hoy a vuestra casa.

PITIAS.- A éste, Fedro, ninguna de nosotras jamás le ha visto de sus ojos.

FEDRO.- ¿Que no le ha visto?

PITIAS.- ¿Este creíste tú de veras que nos habían traído a nuestra casa?

FEDRO.- ¿Pues cuál...? Otro ninguno yo no he tenido.

PITIAS.- ¡Bah!, ¡qué tiene que ver éste con el otro! Aquél era de rostro hermoso y ahidalgado.

FEDRO.- Pareciótelo entonces así, porque estaba vestido de colores: y como ahora no los lleva, te parece feo.

PITIAS.- ¡Calla, por tu vida! ¡Como si fuese poca la diferencia! El que trajeron a nuestra casa es un mancebillo que tú holgaras, Fedro, de verle. Éste está marchito, viejo, dormidor, arrugado, de color de comadreja.

FEDRO.- ¿Qué cuentos son éstos? A punto me traes, que yo mismo no sepa lo que he hecho. (A DORO.) Dime tú, ¿no te compré yo a ti?

DORO.- Me compraste.

PITIAS.- Mándale que me responda a mí ahora.

FEDRO.- Pregúntale.

PITIAS.- ¿Has venido tú hoy a nuestra casa? (DORO hace un signo negativo.) Mira cómo dice que no. El que vino sería de dieciséis años, y Parmenón le trajo consigo.

FEDRO.- Ea, pues, declárame ya esta maraña primeramente: ¿Esas ropas que tienes, de dónde las has habido? ¿Y aún callas? ¡Monstruo de natura humana!, ¿no hablarás?

DORO.- Vino Querea...

FEDRO.- ¿Mi hermano?

DONO.- Sí.

FEDRO.- ¿Cuándo?

DORO.- Hoy.

FEDRO.- ¿Cuánto ha?

DORO.- Poco.

FEDRO.- ¿Con quién?

DORO.- Con Parmenón.

FEDRO.- ¿Conocíasle tú antes de ahora?

DORO.- No. Ni quién fuese había oído.

FEDRO.- ¿De dónde, pues, sabías que él era mi hermano?

DORO.- Parmenón decía que lo era. (Continuando su declaración.) Me dio este vestido...

FEDRO.- Perdido soy.

DORO.- (Terminando.) Y él se puso el mío. Después se salieron juntos de casa.

PITIAS- Bien a la clara ves ya que yo no estoy borracha, y que no te he mentido en nada; bien notoria está la seducción de la doncella.

FEDRO.- ¡Calla, bestia!, ¿a éste das tú crédito?

PITIAS.- ¿Qué necesidad tengo yo de creer a ése? Ello mismo lo dice.

FEDRO.- (A DORO.) Hazte hacia allá un poco: ¿entiendes? Otro poco más. Basta. Dime ahora de nuevo: ¿Querea te quitó a ti tu vestido?

DORO.- Sí.

FEDRO.- ¿Y él se lo puso?

DORO.- Sí.

FEDRO.- ¿Y en tu lugar fue traído a esta casa? (Indicando la de TAIS.)

DORO.- Sí.

FEDRO.- (Con ironía.) ¡Oh, soberano Júpiter, y qué hombre tan bellaco y atrevido!

PITIAS.- ¡Ay, de mí! ¿Todavía no crees las fuertes burlas que nos han hecho?

FEDRO.- Ya me maravillaba yo que tú no creyeses lo que ése dice. (Aparte.) No sé qué me haga. (A DORO, en voz baja.) ¡Hola, tú! Niégalo ahora todo. (Alto.) ¿No he de poder yo sacar de ti hoy en limpio la verdad? ¿Has visto a mi hermano Querea?

DORO.- No.

FEDRO.- No puede éste, según veo, confesar sin tormento la verdad. Ora dice sí, ora no. (Bajo, a DORO.) Pídeme perdón.

DORO.- De veras te suplico, Fedro.

FEDRO.- ¡Acaba: entra ya! (Le golpea.)

DORO.- ¡Ay, ay!

- FEDRO. (Aparte.) De otra manera no sé cómo desenredarme honestamente de este lío. (Alto, a DORO, que ya ha entrado en casa.) He de acabar contigo, bribón, si pretendes burlarte de mí.


Escena V


PITIAS, DORIAS.


PITIAS.- Tan cierto sé que ésta ha sido traza de Parmenón, como que tengo de morir.

DORIAS.- Realmente es así.

PITIAS.- Pues a fe que yo halle hoy con qué pagarle en lo mismo. Pero, ¿qué te parece ahora, Dorias, que yo haga?

DORIAS.- ¿En lo de la doncella dices?

PITIAS.- Sí; ¿será bien que lo calle, o que lo descubra?

DORIAS.- Tú, hija, si eres cuerda, haz del ignorante, así en lo del eunuco, como en lo de la violación de la doncella. Porque con esto tú te librarás de todo enojo, y a la doncella le harás placer. Solamente di cómo se ha ido Doro.

PITIAS.- Así lo haré.

DORIAS.- Pero, ¿no es Cremes el que veo? Presto estará aquí Tais.

PITIAS.- ¿Por qué?

DORIAS.- Porque cuando yo salí de allá, ya entre ella y Trasón quedaba la riña comenzada.

PITIAS.- Mete allá dentro este oro; (Entrégale los anillos.) yo sabré de éste (Señalando a CREMES.) lo que pasa.


Escena VI


CREMES, PITIAS.


CREMES.- (Sin ver a PITIAS.) ¡Ta!, ¡ta! Realmente que he sido engañado; hame volcado el vino que bebí. Cuando estaba sentado, ¡cuán en mi seso me parecía que estaba! Y después que me he levantado, ni los pies ni la cabeza hacen bien su oficio.

PITIAS.- (Llamándole.) ¡Cremes!

CREMES.- ¿Quién va? ¡Hola, Pitias! ¡Bah!, ¡cuánto más hermosa me pareces ahora, que antes!

PITIAS.- Y tú a mí harto más regocijado, por cierto.

CREMES.- Realmente que es verdadero aquel dicho: «Sin el bien comer y bien beber, son cosa muy fría los amores». Pero, ¿ha mucho que ha venido Tais?

PITIAS.- ¡Cómo!, ¿salió ya de casa del soldado?

CREMES.- Rato ha: un siglo. Ha habido entre ellos grandes riñas.

PITIAS.- ¿No te dijo que vinieses con ella?

CREMES.- No; pero al salir me hizo señas.

PITIAS.- Y qué, ¿no te bastaba?

CREMES.- No entendía que me decía eso, sino la reprendiera el soldado; lo cual mucho menos lo entendí, porque me echó a la calle. Pero hela aquí dó viene. Maravíllome dónde la he podido yo pasar delante.


Escena VII


TAIS, CREMES, PITIAS.


TAIS.- Bien creo yo que él vendrá ahora a quitarme por fuerza la doncella. Pero déjale tú; que si él ni aun con sólo un dedo me la toca, yo le sacaré luego aquellos ojos. Yo hasta tanto podré sufrir su necedad y palabras fanfarronas, mientras no fueren más que palabras; pero si las pone por obra, él llevará en la cabeza.

CREMES.- Tais, rato ha ya que yo estoy aquí.

TAIS.- ¡Oh, mi Cremes!, a ti mismo esperaba. ¿No sabes como por ti han sucedido todas estas riñas? ¿Y cómo todo este negocio te interesa a ti?

CREMES.- ¿A mí?, ¿por qué?, ¡como si eso...!

TAIS.- ¿Por qué? Por procurar yo devolverte y restituirte tu hermana, he pasado estas cosas, y otras muchas tonto éstas.

CREMES.- ¿Dónde está ella?

TAIS.- En mi casa.

CREMES.- (Con temor.) ¡Oh!

TAIS.- ¿De qué te alteras? Criada como a ti y a ella es debido.

CREMES.- ¡Ah!, ¿qué me dices?

TAIS.- La realidad de la verdad. Yo te la doy graciosamente: no te pido por ella ni una blanca.

CREMES.- Yo te lo agradezco, Tais, y te lo pagaré como tú lo has merecido.

TAIS.- Pero mira, Cremes, no la pierdas antes de recibirla de mi mano; porque ella es la que el soldado me viene a quitar por fuerza. Corre tú, Pitias; saca de casa la cestilla con los documentos.

CREMES.- (Viendo a lo lejos a TRASÓN con acompañamiento.) Tais, ¿no ves tú aquél...?, ¿no ves el soldado, Tais?

PITIAS.- (Preguntando por la cestilla.) ¿En qué parte está?

TAIS.- En el baúl: ¡enemiga, camina!

CREMES.- ¡Es el soldado! ¡Qué de gente trae consigo! ¡Tate!

TAIS.- ¡Ay, amigo mío! ¿Y tan cobarde eres, por tu vida?

CREMES.- ¡Eso no! ¿Yo cobarde? No hay hombre que lo sea menos.

TAIS.- Pues eso habemos menester.

CREMES.- ¡Ah, temo que aún no sabes bien qué, hombre soy yo!

TAIS- Sobre todo, considera que el sujeto con quien has de habértelas es forastero, menos poderoso que tú, menos conocido y tiene aquí menos amigos.

CREMES.- Ya lo veo eso. Pero cuando se puede evitar el peligro, necedad es ponerse en él. Mas quiero yo que lo proveamos con tiempo, que no tomar venganza del agravio después de recibido. Ve tú y cierra tu puerta, por dentro, mientras yo corro a la plaza. Quiero que en esta brega tengamos algunos valedores.

TAIS.- Espera.

CREMES.- Es lo mejor.

TAIS.- Espera.

CREMES.- Déjame, que ya vuelvo.

TAIS.- Que no hay necesidad de esos valedores, Cremes. Di solamente que ella es tu hermana, que te la hurtaron siendo niña pequeña y que ahora la has conocido, y muéstrales las pruebas.

PITIAS. - (Entrando con la cestilla.) Helas aquí.

TAIS.- (A CREMES.) Tómalas. Si te hiciere el hombre fuerza, llévale delante de la justicia. ¿Hasme entendido?

CREMES.- Muy bien.

TAIS.- Procura decirle todo esto con ánimo esforzado.

CREMES.- Así lo haré.

TAIS.- Álzate esa capa. (Aparte.) ¡Pobre de mí! ¡Él se ha menester padrino y tómole yo por mi amparo!


Escena VIII


TRASÓN, GNATÓN, SANGA, con sus camaradas; CREMES, TAIS.


TRASÓN.- ¡Que haya yo de sufrir una tan grande afrenta, Gnatón! ¡Más vale morir! Simalión, Donace, Sirisco, seguidme. Lo primero de todo he de combatir la casa.

GNATÓN.- Muy bien.

TRASÓN.- Y quitarle por fuerza la doncella.

GNATÓN.- Bien dices.

TRASÓN.- A ella darle una buena mano.

GNATÓN.- Al caso.

TRASÓN.- Donace, al centro del escuadrón con la barra: tú, Simalión, en el ala izquierda, y tú, Sirisco, a la derecha. Vengan los otros. ¿Qué es del centurión Sanga y toda aquella manada de ladrones?

SANGA.- ¡Presente!

TRASÓN.- ¡Don... cobarde! ¿Haces cuenta de pelear con la esponja, pues la traes acá?

SANGA.- ¿Yo? Como conozco el valor del General y el empuje de las tropas, entendí que esto no se podía hacer sin derramar sangre. ¿Con qué, pues, había de limpiar las heridas?

TRASÓN.- ¿Qué es de los otros?

SANGA.- ¿Cuáles otros, mala peste?... Sólo Sannión guarda la casa.

TRASÓN.- (A GNATÓN.) Tú ponlos a éstos en orden de batalla: yo aquí detrás de los primeros; desde allí haré a todos la señal.

GNATÓN.- (A los espectadores.) Aquello es ser cuerdo mirad cómo los ha ordenado y tomado el lugar más seguro para sí.

TRASÓN.- Esto mismo, ya antes de ahora, lo hizo Pirro muchas veces.

CREMES.- (En casa de TAIS.) ¿No ves tú, Tais, lo que ése hace? Realmente que fue bueno aquel consejo de cerrar las puertas.

TAIS.- Sábete que ése, que te parece ser algún hombre de valor, es una fanfarria: no le tengas miedo.

TRASÓN.- (A los suyos.) ¿Qué os parece?

GNATÓN.- Una honda quisiera yo ahora que tuvieras, para que les sacudieras desde aquí, de lejos, encubierto: luego huyeran.

TRASÓN.- (En actitud bélica.) Pero allá veo a la misma Tais.

GNATÓN.- ¿Por qué no arremetemos ya?

TRASÓN.- Detente; que el hombre cuerdo primero ha de procurarlo todo, que venir a las manos: ¿qué sabes tú si ella hará sin violencia lo que yo le mande?

GNATÓN.- ¡Oh, soberanos dioses, qué cosa tan grande es el saber! Jamás me allego a ti, que no me despida más sabio.

TRASÓN.- Tais, cuanto a lo primero, respóndeme a esto: cuando yo te di esa doncella, ¿no me prometiste que estarías por mí solo todos estos días?

TAIS.- Bien, ¿y qué?...

TRASÓN.- ¿Eso me preguntas, habiéndome traído a tu amigo delante de mis ojos...?

TAIS.- ¿Qué tienes tú que ver con él?

TRASÓN.- ¿Y venídote con él escondidamente?

TAIS.- ¡Me dio la gana!

TRASÓN.- Vuélveme, pues, a Pánfila. aquí, si no quieres más que te la quite por fuerza.

CREMES.- ¿Ella que te la vuelva, o tú que la toques? ¡El muy...!

GNATÓN.- (A CREMES, intimidándole.) ¡Ah!, ¿qué haces? ¡Calla!

TRASÓN.- ¿Qué buscas tú aquí? ¿Por qué no he de tocar yo la que es mía?

CREMES.- ¿Tuya, ladrón?

GNATÓN.- Mira, por tu vida, que no sabes a cuán principal varón afrentas.

CREMES.- (A GNATÓN.) Quítateme de aquí. (A TRASÓN.) ¿Sabes cómo te va en el negocio? Si tú aquí movieses ningún alboroto, yo haré que para siempre te acuerdes de este lugar y día, y aun de mí.

GNATÓN.- (Burlándose de CREMES y de TRASÓN.) Duelo tengo de ti, que con un hombre tan principal tomas enemistad.

CREMES.- Hacerte he pedazos la cabeza, si de aquí no te me quitas.

GNATÓN.- ¿Díceslo de veras, perro? ¿Así nos tratas?

TRASÓN.- ¿Quién eres tú?, ¿qué pretendes aquí?, ¿qué tienes tú que ver con ella?

CREMES.- Vas a saberlo. Cuanto a lo primero, digo que ella es libre.

TRASÓN.- ¡Je, je!

CREMES.- Ciudadana de Atenas.

TRASÓN.- ¡Huy!

CREMES.- Hermana mía.

TRASÓN.- ¡Habrá cara dura!

CREMES.- Y desde ahora, soldado, te requiero que no le hagas ninguna fuerza. Tais, yo me voy a casa de Sofrona, su nodriza: yo la traeré aquí y le mostraré estos documentos.

TRASÓN.- ¿Tú has de prohibirme que yo toque la que es mía?

CREMES.- Digo que te lo prohibiré.

GNATÓN.- (A TRASÓN.) ¿Le entiendes? Éste en pleito de hurto se enreda, y para ti esto te basta.

TRASÓN.- Tais, ¿dices tú lo mismo?

TAIS.- Busca quien te responda.

TRASÓN.- (Pausa.) Y ahora, ¿qué hacemos?

GNATÓN.- Volvámonos; que ella vendrá luego a rogar de su propia voluntad.

TRASÓN.- ¿Así lo crees?

GNATÓN.- ¡Como si lo viera! Yo conozco la condición de las mujeres; cuando las quieren, no quieren, y cuando no las quieren, ellas ruegan.

GNATÓN.- Bien dices.

GNATÓN.- ¿Despido ya el ejército?

TRASÓN.- Cuando quieras.

GNATÓN.- Sanga amigo: acuérdate también de la casa y de la cocina, como cumple a los soldados valerosos.

SANGA.- Rato ha que en los platos tengo puesto el pensamiento.

GNATÓN.- Hombre eres de provecho.

TRASÓN.- Seguidme vosotros por aquí.

Acto IV