El Gíbaro/Escena XXI

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ESCENA XXI.


LA LINTERNA MÁGICA.


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na de las cosas que distinguen mi carácter, y que en él sirven de contraste á ciertos arranques impetuosos, es la grandísima flema con que muchas veces me detengo, aun en los parajes mas públicos, á mirar objetos que son tenidos por la gente de frac y levita como indignos de llamar su atencion; así no estraño hallarme con tamaña boca abierta parado delante de una tienda de estampas contemplando una testa contrahecha de Napoleon, un Gonzalo de Cordóva pa
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tituerto, ó un Luís XIV jorobado, y allí me estoy largo rato, para despedirme despues con una sonrisa: tampoco es raro el verme detenido en medio de una calle, estorbando, si es menester, á los que pasan, para oir la ensarta de disparates con que un ciego publica el romance nuevo, donde se da razon de la batalla sangrienta de los doce Pares de Francia contra los moros mandados por don Juan de Austria.

Un dia, no muy lejano de este en que escribo, iba yo por una calle muy concurrida, cuando picó mi natural curiosidad un grupo de personas apiñadas alrededor de una especie de cajon pintado de verde y colocado sobre un trípode de cuatro palmos de elevacion, y que tenia en el frente que daba á los espectadores un cristal de forma circular. Cada uno de los que se acercaban á mirar por él entregaba un dar de cuartos á un hombre estravagantemente vestido, que tocaba el tamboril; mientras un muchacho de unos doce años, cubierto de harapos, y no tan limpio como cualquier cosa sucia, gritaba sin parar, díciendo:

—Vamos, señores; ¿quién por dos cuartos no ve todos los paises de la tierra y de la luna? Reparen él ahorro de dinero que esto puede proporcionarles.

—Aquí, aquí, señores y señoras de ambos secsos, y verán, sin necesidad de estropearse corriendo en un carruaje, de marearse navegando, ni de morirse de hambre y de asco en las posadas, todo lo que pasa desde la isla del gigante Rebienta-

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panzas, situada en el cuerno izquierdo de la luna, hasta los trópicos del polo norte, y desde allí hasta la casa del Preste Juan de las Indias.

  Los circunstantes pagaban é iban mirando uno despues de otro por el cristal, retirándose despues muy satisfechos; el muchacho gritaba mas fuerte cuando disminuia el número, y así continuó por un largo rato: íbame yo á marchar, cuando le oí que decia entre varios otros despropósitos:
—Ea, señores, aprovechen el dia, que esto no se logra sino una vez al año; saquen esos cuartejos que se les estan pudriendo en los bolsillos, y prevengan otros para esta noche, que el maestro dará una gran funcion de magia en la calle de los Imposibles, número treinta, primera habitacion bajando del cielo. Allí verán ustedes como se adivina lo que ha de venir, y se dice lo que cada prójimo piensa de los de más, y los demás de él.
  Al escuchar esto me acerqué al que el muchacho llamaba maestro, y que en realidad le convenia este dictado en la ciencia de los embrollos y mentiras.
—Oiga V, le dije, seria V. capaz de alcanzar lo que pensarán de cierta obrita en cierto país que yo sé.
—Sí señor, y por de pronto digo: que esa obrita se titula El Gibaro y V. es el autor.
Quedéme pasmado, y él añadió:
—No estraño la turbacion de V.; lo mismo sucede á todos; pero, perdone V que no puedo entretenerme, y si quiere ver maravillas no deje de ir esta noche á mi casa.
 En efecto, llegué á ella de los primeros, y despues de aguardar cerca de dos horas, se corrió una cortina, y empezó la funcion por mi pregunta, que habia sido la primera, despues de un rato de música de pito y tamboril.
—Muchacho, dijo el charlatan, métele dentro del diablo.
 Así llamaba una cara disforme mal pintada en un lienzo blanco, detrás del cual se metió el asqueroso muchacho.
—¿Estás ya listo?
—Sí señor, ya estoy dentro.
—Vamos pues, dime lo que ves; prosiguió el maestro, á guisa de magnetizador.
—Señor, veo una ciudad en que hay unos cuantos que oyen leer un libro: los unos rien, los otros bostezan; que bueno es esto, dicen unos; que malísimo, dicen otros; cada cual cree conocer mejor que los demás donde está el mérito y donde las faltas.
—Bueno, muchacho; y ¿quémas?
—Hay uno que dice que el autor es rubio; otro que moreno, y otro que negro.
—Muchacho, sigue, esos son unos tontos.
—Señor, hay una vieja que dice que es hereje.
—Chico chico, deja esa vieja, que despues de haber dado, como se dice, la carne al diablo, quiere dar ahora los huesos á Dios.
—Hay dos guapos mozos que en cada personaje ven un retrato de una persona que conocen.
—Pues dale un coscorron á cada uno de esos guapos mozos, para que aprendan á ver la falta y no el culpable, y para que sean mas nobles y no crean tan bajo al autor.
—Señor, señor, veo á dos que estan á punto de desafiarse, porque el uno dice que el autor es frio, y el otro que demasiado caliente.
—Déjalos que se rompan las narices, que los dos piden peras al olmo.
  Habló despues el muchacho de infinidad de tipos, que no dejaron de servirme de diversion: poetas que jamás han escrito un verso, literatos que ¡Dios nos asista! críticos ignorantes que hallaban un defecto en el perfil de cada letra, y amigos desconsiderados que todo lo aplaudian; finalmente dijo: Ahora alcanzo á ver unos señores muy comedidos que discuten sin enfadarse y que hacen con mucha calma sus observaciones.
—Pues sal de dentro del diablo, para que no digas algun despropósito contra esos señores, que deben ser hombres de talento.
  Salió efectivamente de detrás de la cortina, y yo de la casa pensando en lo que habia oido.
  Al dia siguiente fui á buscar al charlatan para que me dijera como habia sabido todo aquello de ser yo el autor del Gíbaro.
—Muy sencillamente, me respondió: dias pasados estuve donde imprimen la obrita, allí le vi á V. y hasta leí una prueba vieja que me dió uno de los cajistas que es amigo mio. En cuanto á la opinion que de ella formarán, eso es cosa olvidada ya y poco mas ó menos de todas se forma la misma, segun el caletre de cada uno de los que la leen.  ¡Dichoso yo! esclamé cuando me vi lejos de aquella buena pieza, dichoso yo que no seré juzgado segun me ha predicho este perillan, porque en Puerto-rico ni hay quien me crea de ninguno de los colores del iris, ni viejas que me tengan por hereje, ni guapos mozos que me consideren capaz de copiar á un individuo determinado para hacer públicos sus defectos, ni majaderos que me crean frio ni caliente; sino personas instruidas y juiciosas que metienen por templado, cual conviene al escritor de costumbres, y ajeno á toda pasion mezquina, y lo que es mas ni siquiera tengo un enemigo, y carezco de envidio sos émulos, porque carezco tambien del mérito que pudiera acarreármelos. ¡Dichoso yo! que estoy cierto de que al concluir de leer este libro dirán mis paisanos lo que yo dije al comenzarle: Es el fruto de muchas horas robadas al sueño y al descanso de una profesion noble y santa á que se dedica.

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