El Papa del mar : 1-03

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El Papa del mar

PRIMERA PARTE
LA CIUDAD DE LAS TRES LLAVES

Capítulo III
La Gran Cautividad De Babilonia

de Vicente Blasco Ibáñez


Siguiendo las indicaciones de su acompañante, Rosaura echó la cabeza atrás para abarcar con su vista la altura del monumento.

Un lado de la plaza estaba ocupado por una construcción enorme, robusta, asentada sobre el suelo con majestuosa pesadez, dejando adivinar la amplitud extraordinaria de sus muros. Todo era en este palacio—castillo de forma rectangular, de líneas rígidas, con esquinas que habían sido verticales y aparecían ahora dentelladas por las roeduras del tiempo o las huellas de los proyectiles de piedra que arrojaron las bombardas durante los sitios.

La arquitectura civil de la Edad Media no había producido en el interior de las ciudades nada semejante. Su masa formidable ocupaba una superficie de más de seis mil metros cuadrados con muros macizos y desnudos, verdaderos muros de fortaleza, sin las rasgaduras luminosas y coloreadas de los ventanales con vidrios. Las cortinas de piedra tendidas de una torre a otra tenían arcos prolongadísimos que empezaban a ras del suelo, remontándose audazmente hasta cerca de los matacanes y las almenas. Pero dichos arcos, estrechos como un hierro de lanza, los cegaba un segundo muro. Eran obras salientes de refuerzo, pilares unidos por ojivas, que parecían añadir nueva robustez al palacio—fortaleza. El sol y la atmósfera habían teñido de suave rojo muros, alamedas y torres.

—Es el color de Aviñón —dijo Borja—; el color de sus templos, murallas y puentes, de todo lo que en esta tierra fue construido con piedra. Parece reflejar una interminable puesta de sol; recuerda el tono de las hojas otoñales.

Luego llamó la atención de su acompañante sobre la amplitud de su plaza, obra de don Pedro de Luna. Durante cuatro años y medio se había defendido en este palacio con su pequeña guarnición de españoles, y al triunfar por algún tiempo, hizo destruir los edificios inmediatos, como si presintiese los nuevos asedios a que iban a someterle sus enemigos.

Las casas actuales eran posteriores al reinado de los Papas de Aviñón, vistosos palacios del Renacimiento, construidos por los legados que enviaba Roma para gobernar la ciudad. A un lado de la plaza, junto a la colina sobre el Ródano, llamada el Peñasco Doms, estaba la catedral, con su campanario rematado por una imagen cubierta de oro; torre posterior a la que aprovecharon los enemigos del Papa Luna para batir el palacio vecino con sus bombardas.

Otra vez la viuda argentina y su acompañante volvieron a fijar sus ojos en la extensa fachada del castillo. No era posible mirar otra cosa. Su enormidad parecía absorber todos los edificios próximos. La catedral de Doms, que no era grande, se achicaba aún más pegada al palacio. Rosaura lo admiró como si lo viese por primera vez. Le parecía más gigantesco estando al lado de Claudio Borja, «que sabia explicar muy bien las cosas.»

—Yo he leído un poco.——dijo con modestia—; lo que puede leer una mujer de mi clase; libros de entretenimiento aconsejados por la moda, zonceras casi siempre, lo reconozco. Muchas veces, al pasar por aquí, se me ha ocurrido la misma pregunta: «¿Por qué hubo papas en Aviñón?....» Va usted a burlarse de mi ignorancia y de que no haya hecho el menor esfuerzo por esclarecerla. Usted se irá convenciendo, amigo Borja, de que acompaña a una mujer indigna de su sabiduría.

Claudio rió de esta hipócrita y sonriente humildad, apresurándose a disculparla. La misma pregunta se hacían muchos al hablar de Aviñón y muy pocos procuraban conocer el motivo de tal hecho histórico.

—El mundo no era entonces como ahora —siguió diciendo—; no existía Francia en su forma actual; tampoco existía España; y en cuanto a Italia, no era más que un conglomerado de pequeños estados en incesante ebullición. Príncipes y barones feudales vivían de las rapiñas de una continua guerra. El Papa, señor de grandes territorios en torno a Roma, se veía despojado por las familias nobles del país.

Mientras el Santo Padre era venerado por el resto de la Cristiandad, los romanos sólo veían en él a un señor como los otros obedeciéndole si era poderoso, menospreciándole cuando un pequeño soberano lograba vencerlo. Familiarizados con los papas por haberlos visto simples hombres antes de su elevación, no parecían temer gran cosa los rayos de sus excomuniones.

La ciudad de Roma era uno de los lugares más inseguros de la Tierra.

En sus calles se batían casi a diario las bandas de los Orsinis y los Colonnas, familias rivales, en eterna disputa por la posesión de la antigua urbe, majestuosa como un cementerio, casi despoblada, con más ruinas que edificios enteros. A veces, los dos grupos rivales pactaban momentáneo acuerdo para imponer duras humillaciones a un tercer contendiente, que era el Papa. No había altura en el campo romano que no estuviese ocupada por un castillo de barón bandolero. Atravesar las cercanías de Roma en el siglo XIV para ver al Pontífice resultaba tan peligroso como ir hasta Jerusalén en busca del Santo Sepulcro. Los peregrinos eran asaltados y robados por las bandas feudales, quedando muchas veces prisioneros hasta que llegaba el rescate exigido por el señor.

Dentro de la capital del orbe cristiano se vivía como en una selva, entre emboscadas y astucias mortales, con las armas en la mano a todas horas y la casa bien cerrada. Los de un bando tenían su fortaleza en el castillo de San Angelo; los otros se habían atrincherado en el Capitolio.

Estas guerras interminables destruían los majestuosos recuerdos de la antigua civilización romana con una barbarie mayor que la de las invasiones venidas del Norte. Los barones echaban abajo arcos de triunfo, termas, columnatas de los palacios de los Césares, para construirse torres y casa almenadas en las callejuelas de la Roma medieval. Los capiteles de marmórea hojarasca, las lápidas cubiertas de inscripciones, los fragmentos de estatuas, todo servía de sillares para estas fortalezas urbanas.

Aparecían los papas ante el resto de la Cristiandad como si viviesen en Roma; pero sólo estaban dentro de ella cortas temporadas, durante las grandes ceremonias que hacían necesaria su presencia, o en momentos de tregua, cuando las dos facciones, por cansancio, deponían las armas. Consideraban más prudente instalarse en el castillo de algunos de sus sobrinos, que la influencia papal había convertido en gran señor, o en pequeñas ciudades agradecidas al Santo Padre por la enorme muchedumbre de viajeros que atraía su presencia. Aún perduraba en Italia la separación entre güelfos y gibelinos, aceptando una parte del país con malicioso regocijo todos los infortunios que pudiera sufrir el Papa. Uno de los más enérgicos, al que suponían por su tenaz voluntad ser de remoto origen español, Bonifacio VIII, se veía insultado y hasta abofeteado en su propio castillo de Agnani a causa del abandono en que lo dejaron sus compatriotas.

Defendiendo los derechos de la Iglesia, emprendía una guerra tenaz contra Felipe el Hermoso, rey de Francia. En vano lo excomulgaba, atrayendo sobre su cabeza las iras del Cielo. El monarca tenía a su lado como ministro un jurisconsulto de Tolosa, Guillermo de Nogaret, meridional que, por su audacia, aparece en la Historia como un precursor de Dantón y otros personajes de la revolución francesa.

Nogaret tomaba la ofensiva, pasando a Italia como representante de su rey, y auxiliado por los Colonnas, tenaces enemigos del pontífice, asaltaba con sus bandas la ciudad de Agnani, sorprendiendo a Bonifacio VIII en su castillo. El pueblo encontró muy interesante ver al Santo Padre tratado como un soberano cualquiera, y favoreció con su indiferencia esta invasión del retiro papal. En vano el enérgico Pontífice pretendió intimidar a los invasores recibiéndolos con la tiara puesta y sus vestiduras de gran ceremonia. Nogaret, que era un patarín nieto de albigenses de Tolosa, perseguidos cien años antes por la Inquisición papal, se dio el gusto de insultar a un Pontífice cara a cara. Uno de los Colonnas, perseguido cruelmente por Bonifacio hasta el punto de verse esclavo de los corsarios mahometanos, lo abofeteó con su guantelete de acero.

Murió el Papa de cólera y vergüenza; su carácter enérgico no pudo sobrellevar tal humillación. Hubo que nombrarle sucesor en medio de la anarquía italiana, y los cardenales designaron a Beltrán de Got, prelado francés, arzobispo de Burdeos, el primero de los papas de Aviñón.

—Antes de él, que tomó el nombre de Clemente Quinto —dijo Borja—, habían existido otros papas de origen francés. Pero lo raro del caso fue que el arzobispo de Burdeos dependía del rey de Inglaterra, no del monarca de Francia. Usted sabrá, indudablemente, que Francia estaba dividida entonces, y los ingleses ocupaban una parte considerable de su suelo, manteniendo la guerra llamada de los Cien Años. Esta Guerra, que durante tres cuartos de siglo fue de un resultado incierto, sólo se decidió con la aparición e intervención de la extraordinaria Juana de Arco.

Borja fue describiendo a su acompañante la vida azarosa de este primer Papa que nunca vivió en Roma. A su coronación, en Lyon, asistían los reyes de Francia, de Aragón y de Mallorca. Felipe el Hermoso y el duque de Bretaña llevaban las bridas del caballo papal. Tal era la concurrencia, que un muro viejo cargado de espectadores se derrumbó, matando al duque de Bretaña y a uno de los hermanos del Papa.

El audaz Nogaret procuró explotar la fuerza de la Iglesia en beneficio de su rey al ver establecido al Papa en una ciudad de Francia. Quería apoderarse de los bienes de los templarios, y para ello necesitaba el apoyo del Pontífice. Este, no queriendo legitimar tal injusticia, huyó a su diócesis de Burdeos. Pero allí quedaba bajo el dominio del rey de Inglaterra, que procuró también explotar su presencia.

Clemente V, gravemente enfermo, tuvo que volver un año después a los estados del rey de Francia, lo que le hizo ceder a las pretensiones de Nogaret, ansioso de remediar los apuros del erario real confiscando los tesoros de los templarios. Poseían éstos ricos establecimientos en Oriente y Occidente; eran los banqueros universales de pueblos y reyes. Al fin se vio obligado a autorizar la persecución y supresión de dicha Orden, y para no vivir más tiempo bajo la influencia de Felipe y su consejero, pensó en el condado Venaissino, que pertenecía a la Iglesia desde un siglo antes por cesión de los condes de Tolosa, y en cuyo límite estaba la ciudad de Aviñón. Carpentras. capital del condado, era pequeña comparada con dicha ciudad junto al caudaloso y navegable Ródano, y fue a instalarse en un convento de dominicos, construido sobre una isla frente a Aviñón.

Este alojamiento lo consideraba circunstancial. Su deseo era volver a Roma; pero los desórdenes de la urbe cristiana, cada vez mayores, hacían imposible el viaje. Muy al contrario, los cardenales italianos que habían quedado allá vinieron poco a poco a establecerse en torno al Papa, considerando más tranquila y segura la vida en Aviñón. Muchos celebraron en estilo poético la suerte de que los pontífices hubiesen heredado el condado de Venaissino. De este modo, «la barca de San Pedro podía amarrar tranquilamente, después de tantas tempestades, al abrigo de un peñasco sobre el Ródano.»

Al morirse Clemente V, los cardenales elegían al obispo de Aviñón, que tomó el nombre de Juan XXII. Este continuó habitando como Papa su palacio episcopal; pero cada año se veía más lejana la posibilidad de que la Santa Sede pudiese volver a Roma, viviendo en ella tranquilamente. A partir del segundo Papa, empezaron las construcciones parciales que habían de formar más adelante el imponente conjunto del palacio de Aviñón. Dicho palacio tuvo que ser al mismo tiempo una fortaleza. Resultaba insegura la vida en aquellos siglos, y los Papas no se veían a cubierto del peligro general. La guerra de los Cien Años tenia largas treguas, que obligaban a licenciar las tropas mercenarias, costosas de mantener, y estas bandas de guerreros a sueldo, al verse sin ocupación, se dedicaban al bandidaje, saqueando poblaciones, exigiendo tributos a los pequeños soberanos.

Los mismos papas que hacían una fortaleza de su vivienda levantaron alrededor de Aviñón sus hermosos baluartes, útiles para aquella época, graciosos ahora y de aspecto frágil como un juguete.

—El más célebre —continuó Borja— por su magnificencia fue Clemente VI, cuarto Papa de Aviñón, llamado por algunos el trovador con tiara. Era un noble del Mediodía de Francia, que imponía respeto por su natural majestad y sus gustos de príncipe letrado. «Mis antecesores no supieron ser papas», decía este gran señor.

Borja se imaginaba cómo debió de ser el castillo en tiempos de Clemente VI. Ahora sólo quedaba la osamenta, la piedra enrojecida de sus fachadas y la piedra blanca de sus vastos salones, con sólo algunos fragmentos de pinturas que equivalían a piltrafas de la antigua carne, jugosa y multicolor.

Se había acostumbrado la mayor parte de la Cristiandad a ver los papas instalados junto al Ródano. Este retiro circunstancial adquiría cada año un carácter más estable. Los cardenales agrandaban los caserones de Aviñón que les ofrecía el Pontífice con el título de libreas, convirtiéndolos en palacios suntuosos. La ciudad parecía nadar en oleadas de dinero.

Pocas veces se vieron tan ricos los papas. Algunos de ellos, hábiles administradores, habían organizado los ingresos de la Iglesia, obligando a clérigos y obispos a enviar puntualmente su tributo. Aviñón pertenecía ya a los papas. Al principio fue propiedad de la famosa reina Juana de Nápoles, la mujer más elegante, más graciosa en palabras y ademanes, y de costumbres más disolutas que se encuentran en la historia de aquellos siglos. Cambió varias veces de esposo. Casada con Andrés de Hungría, fue asesinado éste por un amante de ella. Luis, rey de Hungría, marchó contra Juana para vengar la muerte de su hermano, y al mismo tiempo con el propósito de hacerse dueño de Nápoles. Juana, que era también condesa de Provenza, huyó de esta tierra. como si buscase el amparo espiritual de los papas, instalados en su ciudad de Aviñón. En vista de que el rey húngaro pedía su castigo a Clemente VI, compareció Juana ante el Pontífice rodeado de toda su Corte.

—Yo me he imaginado muchas veces la escena —dijo Borja—. Esta mujer seductora por su hermosura, por su lujo y hasta por sus pecados y aventuras, presentándose ante un Padre Santo artista y ante sus cardenales, muchos de ellos ordenados de diácono solamente, y que llevaban una vida de príncipes... Pero esto lo verá usted mejor cuando estemos en el gran Salón de Audiencia. La reina Juana, instruida y de fácil palabra, se enseñoreó al momento de la asamblea. Igual habría convencido de su inocencia a una reunión de verdaderos ascetas, aunque fuese autora de crímenes mayores. Los napolitanos, irritados por las demasías del invasor, pidieron a Juana que reconquistase su trono, y como necesitaba dinero para reclutar soldados mercenarios y alquilar galeras en Marsella, vendió Aviñón a los papas en ochenta mil florines, suma que equivaldría hoy a unos cuatro millones de francos..., pero en oro. Pintores italianos y franceses cubrían de frescos los muros de las salas pontificias. Talleres de orfebres cincelaban sin descanso objetos de culto, recamados de piedras preciosas, u objetos de uso personal para los papas. Los muros de piedra desaparecían bajo vistosos tapices. El sacro tesoro de Roma —urnas preciosas conteniendo reliquias, ropas de altar, imágenes áureas— había sido traído a Aviñón, por creerlo aquí más seguro. Dentro de la fortaleza crecía un jardín con fuentes de mármol, paseos cubiertos y fingidas perspectivas para agrandar su tamaño. La curiosidad de estos pontífices meridionales había reunido en jaulas todas las bestias raras que se conocían entonces: leones, tigres, dromedarios, avestruces, osos.

El generoso Clemente VI adquiría con tal abundancia las ropas primorosamente bordadas, los tapices, los muebles, que muchos de tales encargos, después de ser admirados en el momento de su llegada, quedaban recluidos por falta de sitio en los desvanes del palacio. Los papas sucesivos mantuvieron su lujo con las magnificencias que había olvidado el Pontífice gran señor.

Desde las terrazas almenadas podían ver todos ellos el crecimiento de su ciudad de Aviñón. El recinto amurallado comprendía, además del caserío, vastos jardines adosados a los conventos, cada vez más numerosos, y a los palacios de los cardenales en incesante desdoble. Más de cien torres se elevaban sobre los tejados.

Abajo, en las callejuelas estrechas, bullía a todas horas un pueblo súbitamente enriquecido y orgulloso de la inesperada importancia de Aviñón, centro del mundo. Uno de sus barrios era todo de posadas. Llegaban clérigos y laicos de remotas naciones. En sus plazas sonaban todas las lenguas de Europa. La muchedumbre, además de recibir el dinero de los fieles, gozaba las delicias de un continuo espectáculo, siendo su existencia semejante a la del antiguo populacho romano.

Unas veces llegaba una peregrinación procedente de países lejanos: hombres y mujeres cubiertos de polvo, asombrando al vulgo con el exotismo de sus trajes, rostros y voces. En otras ocasiones se presentaba un rey con su cortejo o el mismo emperador del Sacro Romano Imperio, ganoso de visitar al Padre Santo en su nueva capital. Y desfilaban jinetes vestidos de hierro, sobre caballos encaparazonados y engualdrapados con blindajes de escamas, cual si fuesen bestias mitológicas. Las puntas de sus lanzas rozaban los balconajes extremadamente salientes, prolongación de cada vivienda sobre la húmeda calle, siempre en fresca penumbra. El metal vibrante de las trompetas buscaba en lo alto el metal volteador de las campanas. En muchas ocasiones, rey o emperador recibía la Rosa de Oro, regalo del Papa, y era costumbre que el soberano pasease a caballo por las calles de Aviñón, mostrando al pueblo la joya en su diestra. Los monarcas cristianos, cuando alcanzaban un triunfo sobre los enemigos de Dios, enviaban sus despojos a Aviñón como un presente.

Un día sus vecinos vieron pasar cien moros a pie, con alquiceles blancos, llevando de la diestra cien caballos andaluces cargados de armas y de joyas. El rey de Castilla, después de su victoria del Salado sobre los sarracenos, enviaba al Papa del Ródano una parte de su botín. En otra ocasión contemplaron una embajada del Gran Kan de Tartaria, cuyos enviados provocaban sus risas a causa de sus mantos y turbantes.

Las damas de Aviñón obtenían una celebridad universal por su lujo costoso y sus artes de tocador para aumentar la belleza. Algunos cardenales italianos y franceses, que nunca creían llegado el momento de ordenarse sacerdotes, rivalizaban en amoríos con los señores laicos del país Venaissino o con los hombres de armas del Pontífice, los cuales obedecían al jefe militar del condado (casi siempre parientes del Papa), que tenía el título de rector.

—Entonces aún estaba entero el famoso puente sobre el Ródano. Ahora sólo le quedan cuatro arcos de los dieciocho que tuvo cuando lo fabricó San Benezet, un pastorcito que, según la leyenda, soñó desde pequeño con la construcción de este puente colosal, apoyado en las islas del Ródano para llegar hasta Villeneuve, ciudad fronteriza, en la orilla perteneciente a Francia. De sol a sol, el pueblo aviñonés bailaba la farandola al son de pitos y tamboriles en las islas verdes, bajo la sombra de sus audaces arcos. Todo el mundo conoce la canción antigua:

Sur le port d'Avignon
tout le monde y danse en rond.

También era continuo el espectáculo en las estrechas calles de la ciudad. Desfilaban procesiones de frailes vistiendo diversos hábitos. Orquestas numerosas acompañaban a los cantores de la Corte pontificia. La ciudad atraía a todos los músicos de aquel tiempo. Ser cantor o instrumentista del Papa de Aviñón representaba un certificado de valor internacional. Los devotos se aglomeraban en las plazas para escuchar a predicadores famosos venidos de todas partes: tan estrecho resultaba el ámbito de los templos.

En esta ciudad de verdes alrededores la vida sólo era molesta cuando soplaba el mistral. Petrarca se lamentó muchas veces de este viento frío y huracanado. Las gentes de su época inventaron un refrán en latín de la Edad Media, exagerando los desórdenes climatéricos de Avenio, antiguo nombre de Aviñón: Avenio ventosa, cum vento fastidiosa, sine vento venenosa.

Una calamidad mayor que el mistral hizo repetidas apariciones en el curso del siglo XIV: la peste, tan mortífera y repetida, que mereció el título histórico de la Gran Peste, exterminando, según los cronistas de entonces, la tercera parte de la población de Europa. No sólo se ensañó en la Corte papal. Italia vio sus ciudades casi desiertas. En Florencia la mortandad fue inaudita, y Boccaccio, el futuro canónigo, para entretener a las damas y los caballeros refugiados como él, en un jardín aislado, compuso las alegres novelas de su Decameron.

La ciudad de las tres llaves (la del cielo, la de la tierra y la del infierno), atributos pontificios que figuraban en el escudo aviñonés. volvía a reanudar su existencia amplia y ostentosa apenas se alejaba dicha calamidad.

El populacho iba ricamente vestido con los despojos de la Corte papal. La servidumbre del Palacio y las de los cardenales reflejaban en su indumento el lujo de sus señores. La gran ostentación de los personajes de la Corte eran las peleterías preciosas.

—Pontífices y cardenales aparecen en los retratos con las esclavinas guarnecidas de marta. Los papas, cuando no llevan la tiara, van tocados con un becoquín de púrpura, que adornan, igualmente bandas de armiño.

Su mesa era bárbara, como la de todos los grandes señores de aquella época; pero con una abundancia que exigía enormes gastos. Las bodegas pontificales de Aviñón adquirían renombre. En la orilla del Ródano, al pie de un castillo. poseían las generosas viñas de Châteauneuf—du—Pape, cuyo vino es todavía famoso. Los colectores de los impuestos, cuando salían a cobrarlos por las diócesis, llevaban el encargo de remitir al intendente papal los mejores productos de cada país para embellecimiento de su mesa.

—La cocina de entonces tenía especialidades que ahora nos parecen repugnantes. Los colectores de Bretaña y otras regiones del Océano enviaban pedazos de ballena, cetáceo que abundaba mucho en el golfo de Gascuña y el Cantábrico. La ballena era entonces plato muy apreciado hasta en las mesas reales. Otras veces remitían peces del Atlántico, distintos a los del Mediterráneo. Nada significaba la duración del viaje y las malas condiciones del transporte. El paladar estaba habituado al sabor y el olor de una pesca extraída quince días antes. De aquí el empleo del limón para refrescar momentáneamente este alimento algo corrupto, uso que, por rutina, ha llegado hasta nosotros, empleándolo sin objeto en los peces frescos. Una gran masa de desterrados políticos ansiosos de justicia aumentaba el vecindario de Aviñón. Como no existían casas bastantes para dicha afluencia internacional, ocupaban los pueblos inmediatos y en días de fiesta venían a engrosar la muchedumbre de sus calles. Los más eran italianos, antiguos güelfos que buscaban el amparo del Papa, o gibelinos a los que perseguían nuevas facciones, empujándolos hacia la Santa Sede, cuya influencia habían combatido.

—Hijo de uno de estos proscritos fue Petrarca, cuyo recuerdo va usted a encontrar por todas partes: en el palacio, en las calles de Aviñón, en la célebre fontana de Vaucluse. ¿Usted no conoce Vaucluse?... Debe hacer este pequeño viaje. La fuente del poeta es tan célebre como el Papa aviñonés.

El joven italiano, venido a Aviñón cuando todavía era niño, desarrollaba las primeras ramas de su gloria al abrigo del Pontificado del Ródano, viviendo de sus liberalidades e insultándolo al mismo tiempo porque difería su vuelta a Roma. Como había recibido órdenes menores, aceptaba de los Papas ricos beneficios y canonicatos, sin pensar nunca en ocupar dichos cargos.

—La vida eclesiástica de entonces era muy diferente a la que ahora conocemos. Los más de los cardenales no pasaban de ser simples diáconos librándose con ello de las obligaciones del sacerdocio: decir misa, leer diariamente su breviario, etcétera. De ese modo podían entregarse por completo a sus asuntos políticos o mundanos. Muchos pontífices se ordenaban de sacerdotes al día siguiente de su proclamación y cantaban misa por primera vez.

Italia, que había repelido a los papas con sus desórdenes y revueltas, ansiaba ahora hacerlos volver por una conveniencia egoísta. El dinero de la Cristiandad había cambiado de rumbo. Ya no iba a Roma, y chorreaba, más abundante que nunca, sobre la ciudad de Aviñón.

Al ser proclamado el magnífico Clemente VI, una delegación del pueblo de Roma venía a saludarle. Petrarca residente en Aviñón, se agregaba a ella y esto le hacía contraer amistad con uno de los diputados, joven de palabra ardorosa, gran imaginación y una audacia sin límites, llamado Cola di Rienzo, hijo de un tabernero.

El Papa trovador se dio cuenta de los servicios que podía prestar este tribuno a los pontífices en la desordenada Roma, y le concedió un título honorífico. Tal vez las palabras de Clemente VI le impulsaron a realizar el gran ensueño de su existencia.

De vuelta a su ciudad, oprimida por el bandidaje feudal, organizó una conspiración, apoderándose del Capitolio con el apoyo del pueblo y del legado del Papa. Rienzo, constante lector de la Historia antigua, se proclamó tribuno de la Sacra República Romana por la voluntad del muy clemente Jesucristo. Hizo cosas buenas, expulsando a los magnates, venciendo a los barones bandidos, restableciendo el orden después de tantos años de anarquía. El Papa, desde Aviñón, sostuvo su autoridad. Petrarca, entusiasmado por tal resurgimiento de la Roma antigua, dirigió al tribuno su célebre canción Spirto gentil.

Mas el héroe, excesivamente imaginativo, creía en la importancia sobrenatural de su persona, y se entregó a desórdenes y extravagancias que disminuyeron su prestigio. Dio consejos a todos los soberanos de la Tierra como si fuesen inferiores a él; ordenó a las ciudades italianas, con menosprecio de su independencia, que acudiesen a Roma para cimentar una alianza; exigió continuos impuestos para sostener sus tropas y costear fiestas enormes organizadas por su fantasía teatral. El hijo del tabernero se bañó públicamente en una vasija de bronce, que pasaba por ser el baño del emperador Constantino, y a continuación se hizo armar caballero con exagerada pompa.

Creyéndose invencible, habló al Papa como a un igual, despreciando su apoyo, y Clemente VI lo abandonó. Lo mismo hicieron las ciudades de Italia, celosas de su poder e irritadas de su orgullo. El pueblo acabó por atacarlo, y tuvo que huir, refugiándose en Praga, cerca del emperador Carlos IV, el cual lo entregó al Papa, que lo había declarado sedicioso y herético.

Borja hizo una pausa, y prosiguió:

—En una torre de este palacio donde vamos a entrar cree el vulgo, equivocadamente, que permaneció el tribuno preso durante varios años. Lo indiscutible es que Rienzo vivió cautivo hasta la muerte de Clemente VI. El gran Papa había perdido su fe en este orador de voluntad cambiante y ambiciones inseguras. Hasta se cree que le hubiese ahorcado de no intervenir Petrarca, muy apreciado por él como poeta.

Inocencio VI, al sucederle, fijó su atención en Rienzo, que se consumía olvidado en un calabozo. Fue un español quien hizo pensar al nuevo Pontífice en el ex tribuno. Los pequeños soberanos de Italia y sus turbulentas ciudades habían aprovechado la ausencia de los papas para roer la tierra de sus estados. Apenas mantenían aquellos una autoridad sobre Roma, más nominal que efectiva. Los cardenales hablaban de reconquistar con las armas los bienes de la Santa Sede, pero ni ellos ni los pontífices eran hombres para conseguirlo.

Uno de los cardenales extranjeros residentes en Aviñón se comprometió a devolver a la Iglesia su patrimonio terrenal, creando un ejército en Italia y poniéndose a su frente: el español Carrillo de Albornoz, que en su juventud había sido hombre de guerra. Como arzobispo de Toledo, siguió al monarca de Castilla contra los moros, batiéndose cuerpo a cuerpo en la batalla del Salado, donde salvó personalmente la vida de su rey, dándole tal hazaña enorme influencia en la Corte. Huyendo luego de las persecuciones de don Pedro el Cruel, heredero del reino, se refugió en la Corte de Aviñón, cerca del brillante Clemente VI, quien le hizo cardenal.

Albornoz, gran conocedor de los hombres, hábil para explotar sus virtudes o sus defectos, pidió que el olvidado Rienzo fuese sacado de su encierro y le siguiera a Roma con el título de senador. Mientras él combatía a los tiranuelos de Italia, Rienzo, apoyándose en el pueblo romano, reanudó su lucha contra los barones que desolaban el país, obteniendo varios triunfos. Mas el ídolo popular estaba quebrantado por su primera caída. Una parte de Roma protestó de sus leyes severas y sus gastos fastuosos. Los Colonnas aprovecharon tal descontento para sublevarse contra el dictador y éste, sorprendido, intentó huir del Capitolio; pero sus mismos partidarios al reconocerlo, lo mataron, y el inconstante populacho arrastró su cadáver, quemándolo después y aventando sus cenizas.

Hábil capitán y político, continuó Albornoz su guerra de conquista, apoderándose de todas las ciudades pertenecientes al Papado: unas, por asedio y asalto; otras, por negociaciones felizmente conducidas. Desde Bolonia, su residencia predilecta, dirigió esta campaña, cuyo éxito le fue creando numerosos enemigos en la Corte pontificia. Bajo la influencia de cardenales envidiosos, Inocencio VI estorbó sus triunfos con recomendaciones inoportunas y fatales.

El ingrato Pontífice llegó un día a insinuar dudas sobre la probidad con que Albornoz había manejado los dineros de la guerra, y le pidió cuentas. El cardenal de Toledo envió a Aviñón como respuesta una carreta tirada por bueyes llena de cerrojos, candados y cadenas de las ciudades conquistadas. «Estas son mis cuentas, Padre Santo.»

Al morir en Bolonia dejaba establecido y dotado el famoso Colegio Español de dicha ciudad, y su entierro resultó algo nunca visto. Jamás príncipe ni Pontífice alguno fue llevado a la tumba con pompa tan grandiosa. Sus restos viajaron de Bolonia a España siempre en hombros y a pequeñas jornadas. Esta conducción fúnebre duró meses. Todo convento encontrado al paso designaba un grupo de monjes para que se uniese a la comitiva. Cuando el cadáver llegó a Toledo, en cuya catedral iba a ser enterrado, el cortejo fúnebre constaba de miles y miles de religiosos, todos llevando cirios encendidos; un verdadero ejército que estremecía el aire con sus estrofas funerarias. Cuantos bienes dejó libres el cardenal español los consumió este viaje extraordinario hacia su tumba.

La conquista de los estados papales había aumentado las quejas y peticiones de los italianos. El pueblo de Roma, arrepentido de sus revueltas que repelieron a los papas e indignado al ver cómo el dinero de los fieles lo disfrutaba otra ciudad, extremó sus peticiones para que la Santa Sede abandonase las orillas del Ródano, volviendo a las del Tíber.

Dicha propaganda encontró el más elocuente e infatigable de sus apóstoles dentro de la misma Corte pontificia. Era Petrarca.

Cardenales de vida suntuosa, funcionarios pontificios de alegres costumbres, le tenían por amigo y protegido, haciéndole partícipe de las dulzuras y abundancias de su existencia. Esto no le impedía escribir contra las venalidades e impurezas del Pontificado de Aviñón, como si la vida de los papas residentes en Roma hubiese sido más ejemplar. La disolución de las costumbres, mal común de aquella época, hacía quejarse a los ascetas y los prelados virtuosos, pidiendo una severa reforma eclesiástica.

Encontró Petrarca una imagen que hizo circular por el mundo, entusiasmando con ella a sus compatriotas. La Iglesia vivía esclava, lo mismo que el pueblo judío en tiempos de Nabucodonosor.

El Pontificado de Aviñón era la gran cautividad de Babilonia.


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