El Puñal del Godo: 02

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El puñal del godo, Drama en un acto de José Zorrilla
del tomo dos de las Obras completas ordenadas por Narciso Alonso Cortés.


EL PUÑAL DEL GODO de José Zorrilla Drama en un acto

ESCENA II[editar]

ROMANO; TEUDIA, embozado

TEUD.

Gracias.

ROM.

¿Mas quién se guarece
de esta choza?

TEUD.

Un caballero.
(Entra Teudia y se desemboza. Quedan mirándose un momento.)
Sorprendido os hais quedado.
¿Qué es lo que tenéis, buen hombre?

ROM.

¿Y no queréis que me asombre
de que hayáis aquí llegado?

TEUD.

En verdad que es aprensin
tener, como una cigüeña,
en la punta de esta peña
un hombre su habitación.

ROM.

Mis votos me retrajeron
a esta triste soledad.

TEUD.

¡Monje sois! Oh, perdonad
mis palabras, si os pudieron
ofender.

ROM.

No, en modo alguno.
Acogíme a esta montaña,
sin creer que gente extraña
me hallara en tiempo ninguno.

TEUD.

Si os estorbo…

ROM.

(interrumpiéndole). ¡Aparte Dios
tal pensamiento de mí!
Contento os tendré yo aquí
como estéis contento vos.

TEUD.

Yo estaré siempre contento,
que mil noches he pasado
peor acondicionado
en mitad del campamento.

ROM.

¿Soldado sois?

TEUD.

Helo sido;
porque salí de mi tierra.

ROM.

¿Os cansaba ya la guerra?

TEUD.

No; pero nos han vencido,
merced a infames traidores,
y evito la suerte, huyendo,
de vivir esclavo siendo
de mis fieros vencedores.

ROM.

Mas huir…

TEUD.

Téngase, anciano:
contra ellos se alzó bandera,
y yo voy adonde quiera
que la defienda un cristiano.
Pero fatigado estoy:
¿tenéis algo que cenar?

ROM.

Fruta seca os puedo dar:
no os regalo.

TEUD.

Sobrio soy.
(Romano le pone delante algunas frutas y una vasija con agua. Teudia come y bebe.)

ROM.

Ea, pues, tomad, sentaos.
Dadme la capa, os la cuelgo.

TEUD.

Que así me tratéis me huelgo;
mas yo…

ROM.

No, vos calentaos,
que bien lo necesitáis.

TEUD.

Buen viejo, por Dios que sí.
(Romano mira a la parte de afuera, teniendo abierta la puerta.)
Pero, ¿qué hacéis, ¡pese a mí!
que esa puerta no cerráis?
¿No veis que empieza a llover
y el aire no hay quien resista?

ROM.

Eso es lo que me contrista.

TEUD.

¿Pues qué nos da que temer?

ROM.

Nada; por un compañero
siento en verdad pesadumbre.

TEUD.

¿Fuera está?

ROM.

Sí.

TEUD.

Ya costumbre
tendrá en ese ruin sendero.

ROM.

¡Ay infeliz! No lo sé.
Dios en sus pies ponga tino.

TEUD.

¿Pues no conoce el camino?

ROM.

No siempre.

TEUD.

Torpe es a fe.

ROM.

Hablad de él con más respeto,
que aunque es hoy bien desdichado,
hombre es que no fué criado
de invectivas para objeto.

TEUD.

Perdonad.

ROM.

De ello no hablemos;
sabedlo, que no es de más.

TEUD.

Si es que me juzgáis quizás
útil, descender podemos
a ayudarle.

ROM.

No es preciso,
que todo el auxilio humano
le fuera ofrecido en vano;
mas estemos sobre aviso.
(Va a la puerta otra vez.)

TEUD.

(¡Si equivocado me habré
y a caer habré venido
en la cueva de un bandido!
Veamos.) ¿Buen viejo?

ROM.

(volviendo a la escena). ¿Qué?

TEUD.

Yo, como soldado, soy
algo hablador y curioso.
Decidme, pues, si enojoso
con mis preguntas no estoy:
puesto que es un compañero
ese hombre a quien aguardáis,
¿por qué recelando estáis
que no dé con el sendero?

ROM.

Porque es capaz por sí mismo,
si su demencia le apura,
de abrirse la sepultura
en el fondo de ese abismo.

TEUD.

¡Jesús! ¿La mente le falta?

ROM.

De lo pasado el recuerdo
le pone tan sin acuerdo,
que algunas veces le asalta
una fiebre tan cruel,
un delirio tan insano,
que no hallo remedio humano
que pueda acabar con él.
Y aunque, o engañado estoy,
o ningún acceso extraño
le ha acometido hace un año,
me temo que le dé hoy.

TEUD.

¿Y sabe de él la razón?

ROM.

Guarda un silencio profundo
de lo que le hizo en el mundo
tan íntima sensación.

TEUD.

Picáis mi curiosidad;
de historia debe ser hombre.

ROM.

Me ha callado hasta su nombre.

TEUD.

Padre, ¿os burláis?

ROM.

No, en verdad:
cinco años hace que vino
a demandarme asistencia
en una grave dolencia,
y estuvo a morir vecino.
Mas sanó al fin, y tornar
no quiso al mundo otra vez,
viviendo en esta estrechez
con una vida ejemplar.
¡Oh! Si él su perdón no alcanza
con vida tan penitente,
no sé quién sea el viviente
que de ello tenga esperanza.

TEUD.

¿Mas no decís que está loco?

ROM.

Dejóle su enfermedad
extrema debilidad
que hirió su cerebro un poco.
Y cuando en algún acceso
el desdichado no entra,
es un hombre en quien se encuentra
mucho valor, mucho seso;
mas cuando el mal le acomete,
¡oh! entonces es extremado.

TEUD.

¿Pero nunca os ha contado?…

ROM.

Jamás; y si se le mete
conversación de su historia,
según que tiembla y se espanta,
parece que se levanta
un espectro en su memoria.

TEUD.

¡Es bravo caso, a fe mía,
y que atención me merece!
¿Y en qué da cuando enloquece?

ROM.

En una horrible manía.
Tiene consigo una daga
que jamás del cinto quita,
y dice que está maldita,
y que a su existencia amaga;
y en su demencia al entrar,
exclama con gran pavor:
«con ese puñal traidor,
con ese, me ha de matar.»

TEUD.

¡Raro es por Dios! ¿Y conviene
con período o día alguno
fijo su mal?

ROM.

Hoy es uno;
el más terrible que tiene.

TEUD.

¡Hoy!

ROM.

Por eso es mi recelo
mayor.

TEUD.

¿Sabéis si ese hombre es
de esta tierra?

ROM.

¿Portugués?
Creo que no.

TEUD.

¡Por el cielo,
que a ser español, podría
su demencia comprender!

ROM.

Pero ¿qué tiene que ver
ese mal con este día?

TEUD.

¡Hoy es un día de hiel,
de luto y baldón y saña
para la infeliz España!
Y ¡ay de quien fué causa de él!
Mas hablemos de otra cosa.
¿Vos sois portugués?

ROM.

Sí soy;
mas once años ha que estoy
morando aquí.

TEUD.

¿Y no os acosa
el deseo de saber
lo que por el mundo pasa?

ROM.

Dióme el dolor tan sin tasa
y con tal tasa el placer
ese mundo que mentáis,
que los días de mis años
conté en él por desengaños
y huyo de él.

TEUD.

Y lo acertáis.

ROM.

Mas callad… oigo rumor
en la maleza. ¿Quién va?

ROD.

(dentro). Yo, hermano

TEUD.

¿Es él?

ROM.

Aquí está.