El Reloj

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El Tesoro de la Juventud (1911)
El libro de la Poesía, Tomo 2
El Reloj
 de José Zorrilla

Nota: se ha conservado la ortografía original.


Ruedan las horas, tristes o alegres, llevándose jirones de nuestra existencia; pasan las estaciones y los años, marchitando lozanías; y allá, en lo alto de la torre, permanece la esfera del reloj, como rostro de un ser invisible que con la voz de sus campanadas fuera contando los pasos del mundo hacia la eternidad. Tal es el pensamiento que se desenvuelve poéticamente en la siguiente composición de José Zorrilla, el poeta de las leyendas y de Don Juan Tenorio, uno de los primeros representantes del romanticismo en España (1817-1893).


EL RELOJ

C

UANDO en la noche sombría

Con la luna cenicienta,
De un alto reloj se cuenta
La voz que dobla a compás;
Si al cruzar la extensa plaza
Se ve en su tarda carrera
Rodar la mano en la esfera
Dejando un signo detrás;

Se fijan allí los ojos,
Y el corazón se estremece.
Que según el tiempo crece,
Más pequeño el tiempo es;
Que va rodando la mano.
Y la existencia va en ella,
Y es la existencia más bella
Porque se pierde después.

¡Tremenda cosa es pasando
Oir entre el ronco viento,
Cuál se despliega violento
Desde un negro capitel
El son triste y compasado
Del reloj, que da una hora
En la campana sonora
Que está colgada sobre él!

Aquel misterioso círculo,
De una eternidad emblema,
Que está como una anatema,
Colgado en una pared,
Rostro de un ser invisible
En una torre asomado.
Del gótico cincelado
Envuelto en la densa red,

Parece un ángel que aguarda
La hora de romper el nudo
Que ata el orbe, y cuenta mudo
Las horas que ve pasar;
Y avisa al mundo dormido,
Con la punzante campana.
Las horas que habrá mañana
De menos al despertar.

Parece el ojo del tiempo.
Cuya viviente pupila
Medita y marca tranquila
El paso a la eternidad;
La envió a reir de los hombres
La Omnipotencia divina,
Creó el sol que la ilumina.
Porque el sol es la verdad.

Así a la luz de esa hoguera,
Que ha suspendido en la altura.
Crece la humana locura,
Mengua el tiempo en el reló;
El sol alumbra las horas
Y el reloj los soles cuenta,
Porque en su marcha violenta
No vuelva el sol que pasó.

Tremenda cosa es por cierto
Ver que un pueblo se levanta,
Y se embriaga y ríe y canta
De una plaza en derredor;
Y ver en la negra torre
Inmoble un reloj marcando
Las horas que van pasando
En su báquico furor...

¡Ay! que es muy duro el destino
De nuestra existencia ver
En un misterioso círculo
Trazado en una pared:
Ver en números escritos
De nuestro orgulloso ser
La miseria... el polvo... nada,
Lo que será nuestro fue!

Es triste oir de una péndola
El compasado caer,
Como se oyera el rüido
De los descarnados pies
De la muerte que viniera
Nuestra existencia a romper;
Oir su golpe acerado
Repetido una, dos, tres.
Mil veces igual, continuo.
Como la primera vez.

Y en tanto por el oriente
Sube el sol, vuelve a caer.
Tiende la noche su sombra;
Y vuelve el sol otra vez;
Y viene la primavera,
Y el crudo invierno también;
Pasa el ardiente verano.
Pasa el otoño, y se ven
Tostadas hojas y flores
Desde las ramas caer.

Y el reloj dando las horas
Que no habrán más de volver,
Y murmurando a compás
Una sentencia crüel
Susurra el péndulo, « nunca,
Nunca, nunca vuelve a ser
Lo que allá en la eternidad
Una vez contado fue ».