El aderezo de esmeraldas

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
EL ADEREZO DE ESMERALDAS




Estábamos parados en la carrera de San Jerónimo, frente á la casa de Durán y leíamos el título de un libro de Mery.

 Como me llamase la atención aquel título extraño y se lo dijese así al amigo que me acompañaba, éste, apoyándose ligeramente en mi brazo, exclamó: —El día está hermoso á más no poder; vamos á dar una vuelta por la Fuente Castellana. Mientras dura el paseo, te contaré una historia en la que yo soy el héroe principal. Verás cómo, después de oírla, no sólo lo comprendes él título, sino que te lo explicas de la manera más fácil del mundo.

 Yo tenía bastante que hacer; pero como siempre estoy deseando un pretexto para no hacer nada, acepté la proposición, y mi amigo comenzó de esta manera su historia:

 — Hace algún tiempo, una noche en que salí á dar vueltas por las calles sin más objeto que el de dar vueltas, después de haber examinado todas la colecciones de estampas y fotografías de los establecimientos, de haber escogido con la imaginación delante de la tienda de los Saboyanos los bronces con que yo adornaría mi casa, si la tuviese, de haber pasado, en fin, una revista minuciosa á todos los objetos de artes y de lujo expuestos al público detrás de los iluminados cristales de las anaquelerías, me detuve un momento en la de Samper.

 No sé cuánto tiempo haría que estaba allí regalándole con la imaginación a todas las mujeres guapas que conozco; á ésta, un collar de perlas; á aquélla una cruz de brillantes; á la otra unos pendientes de amatistas y oro. Dudaba en aquel punto a quién ofrecería, que lo mereciese, un magnífico aderezo de esmeraldas, tan rico como elegante, que entre todas las otras joyas llamaba la atención por la hermosura y claridad de sus piedras, cuando oí á mi lado una voz suave y dulcísima exclamar con un acento que no pudo menos de arrancarme de mis imaginaciones: «¡Qué hermosas esmeraldas!»

 Volví la cabeza en la dirección en que había oído resonar aquella voz de mujer, porque sólo así podía tener un eco semejante, y encontré en efecto que lo era, y de una mujer hermosísima. No pude contemplarla más que un momento y, sin embargo, su belleza me hizo una impresión profunda.

 A la puerta de la joyería de donde había salido estaba un carruaje. La acompañaba una señora de cierta edad, muy joven para ser madre, demasiado vieja para ser su amiga. Cuando ambas hubieron subido á la carretela, partieron los caballos, y yo me quedé hecho un tonto, mirándola ir hasta perderla de vista.

 ¡Qué hermosas esmeraldas!, había dicho. En efecto, las esmeraldas eran bellísimas: aquel collar, rodeado a su garganta de nieve, hubiera parecido una guirnalda de tempranas hojas de almendro, salpicadas de rocío; aquel alfiler sobre su seno, una flor de loto cuando se mece sobre su movible onda coronada de espuma. ¡Qué hermosas esmeraldas! ¿Las deseará acaso? Y si las desea, ¿por qué no las posee? Ella debe ser rica y pertenecer a una clase elevada; tiene un carruaje elegante, y en la portezuela de ese carruaje he creído ver un noble blasón. Indudablemente hay en la existencia de esa mujer algún misterio.

 Estos fueron los pensamientos que me agitaron después que la perdí de vista, cuando ya ni el rumor de su carruaje llegaba a mis oídos. Y en efecto, en su vida, al parecer tan apacible y envidiable, había un misterio horrible. No te diré cómo pero yo llegué á penetrarlo.

 Casada desde muy niña con un libertino, que, después de disipar una fortuna propia, había buscado en un ventajoso enlace el mejor expediente para gastar otra ajena; modelo de esposas y de madres, aquella mujer había renunciado á satisfacer el menor de sus caprichos para conservar á su hija alguna parte de su patrimonio, para mantener en el exterior el nombre de su casa á la altura que en la sociedad había tenido siempre.

 Se habla de los grandes sacrificios de algunas mujeres. Yo creo que no hay ninguno comparable, dada su organización especial, con el sacrificio de un deseo ardiente, en el que se interesan la vanidad y la coquetería.

 Desde el punto en que penetré el misterio de su existencia, por una de esas extravagancias de mi carácter, todas mis aspiraciones se redujeron á una sola: poseer aquel aderezo maravilloso, y regalárselo de una manera que no lo pudiese rechazar, de un modo que no supiese ni aun de qué mano podría venir.

 Entre otras muchas dificultades que desde luego encontré á la realización de mi idea, no era seguramente la menor que, ni poco ni mucho, tenía dinero para comprar la joya.

 No desesperé, sin embargo, de mi propósito.

 ¿Cómo buscar dinero? decía yo para mí, y me acordaba de los prodigios de las Mil y una noches, de aquellas palabras cabalísticas, á cuyo eco se habría la tierra y se mostraban los tesoros escondidos, de aquellas varas de virtud tan grande que, tocando con ellas en una roca, brotaba de sus hendiduras un manantial no de agua, que era pequeña maravilla, sino de rubíes, topacios, perlas y diamantes.

 Ignorando las unas, y no sabiendo donde encontrar la otra, decidí por último escribir un libro y venderlo. Sacar dinero de la roca de un editor no deja de ser milagro; pero lo realicé.

 Escribí un libro original, que gustó poco, porque sólo una persona podía comprenderlo; para las demás sólo era una colección de frases.

 Al libro le titulé El aderezo de esmeraldas, y lo firmé con mis iniciales solas.

 Como yo no soy Víctor Hugo, ni mucho menos, excuso decirte que por mi novela no me dieron lo que por la última que ha escrito el autor de Nuestra Señora de París, pero con todo y con eso, reuní lo suficiente para comenzar mi plan de campaña.

 El aderezo en cuestión valdría como cosa de unos catorce á quince mil duros, y para comprarlo contaba ya con la respetable cantidad de tres mil reales: necesitaba, pues, jugar.

 Jugué, y jugué con tanta decisión y fortuna que en una sola noche gané lo que necesitaba.

 A propósito del juego, he hecho una observación en la que cada día me confirmo más y más. Como se apunte con la completa seguridad de que se ha de ganar, se gana. Al tapete verde no hay más que acercarse con la vacilación del que va a probar su suerte, sino con el aplomo del que llega por algo suyo. De mí sé decirte que aquella noche me hubiera sorprendido tanto el perder como si una casa respetable me hubiese negado dinero con la firma de Rothschild.

 Al otro día me dirigí a casa de Samper. ¿Creerás que al arrojar sobre el despacho del joyero aquel puñado de billetes de todos colores, aquellos billetes que representaban para mí, cuando menos, un año de placer, muchas mujeres hermosas, un viaje a Italia y champagne y vegueros á discreción, vacilé un momento? Pues no lo creas; los arrojé con la misma tranquilidad, ¡qué digo tranquilidad!, con la misma satisfacción con que Buckingham, rompiendo el hilo que las sujetaba, sembró de perlas la alfombra del palacio de su amante. Y eso que Buckingham era poderoso como un rey.

 Compré las joyas y las llevé a mi casa. No puedes figurarte nada más hermoso que aquel aderezo. No extraño que las mujeres suspiren alguna vez al pasar delante de esas tiendas que ofrecen a sus ojos tan brillantes tentaciones. No extraño que Mefistófeles escogiese un collar de piedras preciosas como el objeto más a propósito para seducir a Margarita: yo, con ser hombre y todo, hubiera querido por un instante vivir en el Oriente y ser uno de aquellos fabulosos monarcas que se ciñen las sienes con un círculo de oro y pedrería para poder adornarme con aquellas magníficas hojas de esmeraldas con flores de brillantes.

 Un gnomo para comprar un beso de una silfa no hubiera logrado encontrar entre los inmensos tesoros que guarda el avaro seno de la tierra, y que solos conocen, una esmeralda más grande, más clara, más hermosa que la que brillaba, sujetando un lazo de rubíes, en mitad de la diadema.

 Dueño ya del aderezo, comencé a imaginar el modo de hacerlo llegar a la mujer a quien le destinaba.

 Al cabo de algunos días, y merced al dinero que me quedó, conseguí que una de sus doncellas me prometiese colocarlo en su guarda-joyas sin ser vista, y a fin de asegurarme de que por su conducto no había de saberse el origen del regalo, la di cuanto me restaba, algunos miles de reales, a condición de que apenas hubiese puesto el aderezo en el lugar convenido, abandonaría la corte para trasladarse a Barcelona. En efecto lo hizo así.

 Juzga tú cuál no sería la sorpresa de su señora cuando, después de notar su inesperada desaparición, y sospechando que tal vez había huido de la casa llevándose alguna cosa de ella, encontró en su secretaire el magnífico aderezo de esmeraldas. ¿Quién había adivinado su pensamiento? ¿Quién había podido sospechar que aún recordaba de cuando en cuando aquellas joyas con un suspiro?

 Pasó tiempo y tiempo. Yo sabía que conservaba mi regalo, sabía que se habían hecho grandes diligencias por saber cuál era su origen, y, sin embargo, nunca la ví adornada con él. ¿Desdeñará la ofrenda? ¡Ah! -decía yo-, si supiese todo el mérito que tiene ese regalo; si supiese que apenas le supera el de aquel amante que empeñó en invierno la capa para comprar un ramo de flores! ¡Creerá tal vez que viene de mano de algún poderoso que algún día se presentará, si lo admiten, a reclamar su precio. Cómo se engaña!

 Una noche de baile me situé a la puerta de palacio y, confundido entre la multitud, esperé su carruaje para verla. Cuando llegó éste y, abriendo el lacayo la portezuela, apareció ella radiante de hermosura, se elevó un murmullo de admiración de entre la apiñada muchedumbre. Las mujeres la miraban con envidia; los hombres, con deseos. A mí se me escapó un grito sordo é involuntario. Llevaba el aderezo de esmeraldas.

 Aquella noche me acosté sin cenar; no me acuerdo si porque la emoción me había quitado las ganas ó porque no tenía qué: de todos modos, era feliz. Durante mi sueño creí percibir la música del baile y verla cruzar ante mis ojos, lanzando chispas de fuego de mil colores, y hasta me parece que bailé con ella.

 La aventura de las esmeraldas se había traslucido, siendo objeto, cuando apareció en su secretaire, de las conversaciones de algunas damas elegantes.

 Después de haberse visto el aderezo, ya no quedó lugar á dudas, y los ociosos comenzaron á comentar el hecho. Ella gozaba de una reputación intachable. A pesar de los extravíos y del abandono en que su marido la tenía, la calumnia no pudo jamás elevarse hasta el alto lugar en que la habían colocado sus virtudes; sin embargo, en esta ocasión comenzó á levantarse el venticello por donde comienza, según Don Basilio.

 Un día en que me hallaba en un círculo de jóvenes, se hablaba de las famosas esmeraldas, y un fatuo dijo al fin, como terminando la cuestión:

 — No hay que darle vueltas: esas joyas tienen un origen tan vulgar, como todas las que se regalan en este mundo. Pasó ya el tiempo en que los genios invisibles ponían maravillosos presentes debajo de la almohada de las hermosas, y el que hace un regalo de ese valor es con la esperanza de la recompensa... y esa recompensa, ¡quién sabe si se cobraría adelantada!...

 Las palabras de aquel necio me sublevaron, y me sublevaron sobre todo, porque encontraron eco en los que las oían. No obstante, me contuve. ¿Qué derecho tenía yo para salir á la defensa de aquella mujer?

 No había pasado un cuarto de hora cuando se me ofreció la ocasión de contradecir al que la había injuriado. No sé á propósito de qué le contradije; lo que te puedo asegurar es que lo hice con tanta aspereza, por no decir grosería, que de contestación en contestación sobrevino un lance. Era lo que yo deseaba.

 Mis amigos, conociendo mi carácter, se admiraban, no solo de que hubiese buscado un desafío por una causa tan fútil, sino de mi empeño en no dar ni admitir explicaciones de ningún genero.

 Me batí, no sé decirte si con fortuna ó sin ella, pues aunque al hacer fuego ví vacilar un instante á mi contrario y caer redondo á tierra, un instante después sentí que me zumbaban los oídos y que se oscurecían mis ojos. También estaba herido, y herido de gravedad en el pecho.

 Me llevaron á mi pobre habitación presa de una espantosa fiebre... Allí... No sé los días que permanecí, llamando á voces no sé á quién... á ella sin duda. Hubiera tenido valor para sufrir en silencio toda la vida, á trueque de obtener al borde del sepulcro una mirada de gratitud; ¡pero morir sin dejarle siquiera un recuerdo!

 Estas ideas atormentaban mi imaginación en una noche de insomnio y de calentura, cuando ví que se separaron las cortinas de mi alcoba, y en el dintel de la puerta apareció una mujer. Yo creí que soñaba, pero no. Aquella mujer se acercó a mi lecho, á aquel pobre y ardiente lecho en que me revolcaba de dolor; y levantándose el velo que cubría su rostro, dejó ver una lágrima suspendida de sus largas y oscuras pestañas. ¡Era ella!

 Yo me incorporé con los ojos espantados, me incorporé y... en aquel punto llegaba frente á casa de Duran...

 — ¡Cómo! exclamé yo interrumpiéndole al oir aquella salida de tono de mi amigo; ¿pues no estabas herido y en la cama?

 — ¡En la cama!... ¡ah! ¡qué diantre!... Se me había olvidado advertirte que todo esto lo vine yo pensando desde casa de Samper, donde en efecto ví el aderezo de esmeraldas y oí la exclamación que te he dicho en boca de una mujer hermosa, hasta la Carrera de San Jerónimo, donde un codazo de un mozo de cuerda me sacó de mi abstración frente á casa de Duran, en cuyo escaparate reparé un libro de Mery con este título: Histoire de ce qui n' est pas arrivé, «Historia de lo que no ha sucedido». ¿Lo comprendes ahora?

 Al escuchar este desenlace, no pude contener una carcajada. En efecto, yo no sé de qué tratará el libro de Mery; pero ahora comprendo que con ese título podrían escribirse un millón de historias á cual mejores.