El anillo de amatista: XIII

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El anillo de amatista Anatole France



XIII

El joven Bonmont hallábase en París, con licencia de convaleciente, y visitaba la Exposición de Automóviles establecida en un rincón del jardín de las Tullerías, a lo largo de la terraza de los Feuillants. En una de las galerías laterales —reservada a las piezas sueltas y accesorios— examinaba el carburador "Plutón", el motor "Abeja" y el engrasador "Alfonso", con ojos placenteros y con fatigada curiosidad.

Correspondía, inclinando la cabeza o levantando la mano, a los saludos amables de jóvenes tímidos y de viejos corteses. Nada soberbio, nada triunfante, sencillo y hasta un poco vulgar, provisto solamente de su expresión maliciosa, impertinente y satisfecha, que tan socorrida le resultaba en el trato de los hombres, iba como encogido en su corta estatura, rechoncho, robusto aún, pero atacado ya por el padecimiento que le arqueaba un poco la espalda. Después de bajar los peldaños de la terraza y de observar las marcas distintas de los diversos aceites de pata de buey, propios para engrasar mecanismos "patentizados", encontró en su camino una estatua de jardín, que estaba cubierta por el velum en el recinto de lona embreada, una obra clásica de estilo francés: un héroe de bronce que lucía en su académica desnudez la ciencia del estatuario y golpeaba con su maza un monstruo en hermosa actitud.

Engañado, sin duda, por el falso aspecto de sport que ofrecía semejante asunto, no supuso que la estatua se hallase ya en el jardín antes de la Exposición y trató de apropiarla instintivamente al turismo automovilista. Pensó que el monstruo, la serpiente semejante a un tubo, era quizá un neumático; pero lo pensó de una manera vaga y confusa. Luego apartó de la estatua sus ojos displicentes y entró en la sala donde los coches, puestos sobre tarimas, lucían orgullosos las pesadeces y torpezas de sus formas rudimentarias, mal equilibradas, y aun parecían adquirir ante los visitantes una expresión despreciativa de suficiencia y engallamiento.

El joven Bonmont no se divertía allí; no se divertía en parte alguna; pero, al menos, respiraba complacido el olor del caucho. de los aceites y de las grasas calientes que perfumaban el aire, y contemplaba sin impaciencia los coches, los cochecitos, los cochecillos. A pesar de todo, le preocupaba una sola idea: las cacerías de Brecé; y el deseo de obtener el botón rebosaba en su alma, porque había heredado de su padre una voluntad firme.

El ardor con que deseaba el botón de los Brecé se mezclaba en sus venas con las primeras fiebres de la tisis, y le consumía. Deseaba el botón de Brecé con la impaciencia de un niño (había conservado no poco de infantil en su carácter), lo deseaba con la tenacidad acomodaticia de un ambicioso calculador, muy ducho en el trato de las gentes por haber observado muchas cosas en pocos años.

Comprendía que, a pesar de su nombre francés y de su título pontificio, para el duque de Brecé siempre era el judío Gutenberg; pero no ignoraba el poder de los millones, y sabía en este punto más de lo que nunca aprenderán los pueblos y sus ministros; de modo que ni se ilusionaba ni se desanimaba, y se representaba la situación con exactitud, porque veía claro. La campaña antisemita se desarrollaba con rudeza en aquel departamento agrícola, donde no hay judíos, es verdad, pero donde hay un clero numeroso.

Los últimos acontecimientos y los artículos de los periódicos habían abrumado con graves cargos al débil duque de Brecé, jefe del partido católico en aquella región. Sin duda, los Bon- mont pensaban como nietos de emigrados y sentían ciegamente la vieja devoción vendeana, tan católicos en el fondo como los Brecé, pero el duque tenía en cuenta la raza, era sencillo y terco, y el joven Bonmont no lo ignoraba. Examinó una vez más la situación frente al ómnibus de petróleo "Dubos-Laquille", persuadiéndose de que el medio más seguro para obtener el anhelado botón era proporcionar la mitra al padre Guitrel.

"Es necesario que yo influya para que lo nombren obispo —imaginó—; y no debe de ser muy difícil para quien sabe qué teclas ha de tocar."

Lamentaba que su padre no pudiese auxiliarle.

"Papá me daría un buen consejo, si viviese. Debió de hacer muchos obispos en tiempo de Gambetta."

Aun cuando carecía de aptitudes para concebir ideas generales, al punto reflexionó que todo se consigue con dinero. El dinero aseguraría el éxito de su empresa... Y, al levantar los ojos, vio al joven Gustavo Dellion a cuatro pasos de distancia, delante de un break amarillo.

En el mismo instante, Dellion reparaba en él; fingió no haberlo visto, y fue a ocultarse detrás de la caja del coche. Debíale a Bonmont algún dinero, y entonces no se hallaba en situación de saldar su deuda.

Los ojos azules de su amigo se le indigestaban. Bonmont tenía generalmente para sus deudores una mirada y un silencio terribies. Dellion los había padecido algunas veces, y sorprendióle ver que el "torete", como le llamaba, le abordaba entre el break amarillo y la pared de lona embreada, le tendía cordialmente la mano y le decía sonriente:

—¿Cómo va de salud?... Bonito break; un poco largo; pero, a pesar de todo, muy bonito, ¿eh?... Uno así necesita usted para Valcombe, mi querido Gustavo. ¡De veras! Es un taf-taf que rodará perfectamente entre Valcombe y Montil.

El mecánico estaba en la tarima, junto al coche, y aprovechó la oportunidad para intervenir, haciéndole observar al señor barón que el coche podía usarse como break con seis asientos, o como faetón con cuatro, según conviniera. Seguro de que hablaba con personas entendidas, entró en explicaciones técnicas: —El motor se compone de dos cilindros horizontales; cada pistón impulsa una manivela, cuyo engranaje hace dar ciento ochenta rotaciones a la manivela próxima...

Expuso claramente las ventajas de aquella combinación. Luego, contestando a una pregunta de Gustavo Dellion, hizo saber que el carburador era automático y que bastaba prepararlo en el momento de partir.

Se calló, y los dos jóvenes permanecieron atentos y silenciosos. Al fin, Gustavo Dellion, pasando el bastón entre los radios de una rueda:

—¿Ve usted, Bonmont, cómo está dispuesto el guía? —dijo. —Se maneja con suavidad —repuso el mecánico. A Gustavo Dellion le agradaban los automóviles, sin apasionarse como Bonmont. Contemplaba el coche, que, a pesar de la aridez de los vehículos modernos, parecía una bestia, un monstruo nada extraño, un monstruo vulgar, correcto, con un rudimento de cabeza y dos ojos enormes: los faros.

—No es feo el taf-taf —dijo en voz baja el joven Bonmont a su amigo—. Cómprelo usted.

—¡Comprarlo!... ¿Cómo lanzarse al menor derroche cuando "se padece" a un papá como el mío? —suspiró suavemente Gustavo—. No se puede usted imaginar cuántas molestias... y apuros ocasiona la familia.

Luego añadió con fingida tranquilidad: —Esto me hace recordar, querido Bonmont, que le debo una pequeña...

La palma de una mano cordial cayó sobre su hombro, no dejándole terminar la frase, y sorprendióse de ver a su lado a un hombrecito rubio, con la cabeza metida entre los hombros, rechoncho, un poco jorobado y muy afable, que le sonreía bondadosamente; un hombre rubio con ojos azules, de una dulzura desconocida.

—¡Bah! —le dijo aquel hombre, que se parecía mucho a un cordero que deja su lana en los matorrales.

Gustavo apenas reconoció a Bonmont. Sintióse conmovido y absorto; pero el baroncito había saltado al break y comenzó a manejar el volante bajo la mirada indulgente del mecánico.

—Bonmont, ¿es usted chófer? —le preguntó con deferencia Gustavo.

—A veces —respondió el joven Bonmont.

Y, con la mano en el guía, refirió pormenores de su paseo en automóvil a través de la Turena durante una de sus licencias por convaleciente, de las que solía regresar más enfermo. Fue a una velocidad de cuarenta por hora. Es cierto que la carretera no tenía polvo ni baches; pero pastaban en los linderos vacas y caballos asustadizos que podían ocasionar molestias. Era menester buena vista y, sobre todo, no consentir al compañero que tocara el volante. Hizo memoria de algunos incidentes del viaje. Cierta aventura con una lechera le dejó un recuerdo muy agradable.

—Veo venir a distancia —dijo— a una buena mujer, que me intercepta el camino con su caballejo y su carro. Toco la bocina. La mujer no se aparta. Entonces me lanzo hacia ella. La mujer se asusta, y para librarse tira del animal con tanta tuerza, que le hace caer sobre un montón de piedras; el caballejo, el carro, la lechera y las cántaras de leche, todo rueda... Y yo sigo.

El joven Bonmont, que se apeó de un salto, ya fuera del break, adujo:

—El automóvil, a pesar del ruido y del polvo, es un medio de locomoción muy agradable. ¿Por qué no lo prueba usted?

"Está muy afectuoso", pensaba Dellion para sí.

Y su extrañeza se aumentó cuando Bonmont, mientras lo arrastraba por un brazo al pasadizo central, le dijo:

—Obra usted cuerdamente al no comprar esa máquina; yo le prestaré la mía, porque no pienso usarla en algún tiempo. He de incorporarme pronto; mi licencia termina... Yo también, además... A propósito, ¿sabe usted si la señora de Gromance está en París?

—Creo que sí; no estoy seguro —contestó Gustavo—; hace tiempo que no la he visto.

Decía una mentira galante, pues la víspera, a las siete y diez minutos de la noche, había dejado a la señora de Gromance en un cuarto del hotel donde solían citarse.

Bonmont nada respondió. Se detuvo ante una inscripción bilingüe que prohibía fumar, y fijó en su amigo una mirada meditabunda que agravó su silencio. Gustavo quedóse de pronto mudo, juzgando que no era prudente rehuir la conversación a un compañero semejante.

—Quizá tenga pronto ocasión de verla —dijo—. Puedo, si usted lo desea, enterarme en seguida.

El baroncito lo miró a los ojos, y le preguntó:

—¿Quiere usted hacerme un favor?

Gustavo respondió que sí, con la solicitud de un alma complaciente y con la turbación de un espíritu que se ve de pronto comprometido en una empresa dificultosa.

Sin embargo, era cierto que Gustavo podía complacer a Ernesto de Bonmont. Este le indicó la manera:

—Si quiere usted hacerme un favor, querido Gustavo, obtenga usted de la señora de Gromance que solicite de Loyer el nombramiento de obispo para el padre Guitrel. Se lo pido a usted con verdadero interés.

Gustavo sólo respondió con un silencio estúpido y miradas de asombro, no porque se negara, sino porque no había comprendido. Fue necesario que el joven Bonmont repitiera varias veces las mismas palabras, y explicase que Loyer, ministro de Cultos, nombraba los obispos. Tuvo paciencia para insistir, y Gustavo se acostumbró poco a poco a esas ideas; llegó hasta repetir exactamente lo que oía:

—Usted quiere que la señora de Gromance vaya a pedirle a Loyer, ministro de Cultos, que nombre obispo al padre Guitrel.

—Obispo de Tourcoing.

—Tourcoing... ¿Está eso en Francia?

—Seguramente.

—¡Ah! —extrañóse Gustavo; y reflexionó.

De pronto se alzaron en su pensamiento graves objeciones, y las expuso, a riesgo de parecer poco amable; pero aquel asunto le parecía demasiado importante para comprometerse a la ligera. Receloso y tímido, expuso la primera objeción, de carácter general:

—No es una broma, ¿eh?

—¡Cómo ha de ser broma! —dijo secamente Bonmont.

—¿Luego es de veras? —preguntó Gustavo.

Aún dudaba, pero una mirada despreciativa del hombre rubio desvaneció sus dudas.

Y con mucha firmeza hizo esta declaración:

—Desde el momento en que habla usted seriamente, puede contar conmigo. Soy muy serio en los asuntos serios.

Nuevas dificultades abrumaron su pensamiento, y con dulzura, temeroso, dijo:

—¿Cree usted que la señora de Gromance trata con alguna intimidad al ministro, y puede pedir... eso? Porque no habla nunca de Loyer; se lo aseguro.

—Sin duda tiene otros motivos más interesantes de conversación cuando usted la acompaña. No digo que delire por Loyer; pero seguramente le juzga un viejo simpático y nada tonto. Se conocieron hace tres años, en la inauguración de la estatua de Juana de Arco. Loyer sólo desea que la señora de Gromance le pida cualquier cosa. Le aseguro que no es un hombre desagradable: cuando se pone su levita nueva tiene la facha de un viejo maestro de esgrima. Puede ir a verle; se mostrará muy complaciente con ella.

—Siendo así —dijo Gustavo—, ¿debe pedirle que nombre obispo a Guitrel?

—Sí.

—¿Obispo de dónde?

—Obispo de Tourcoing —repitió el joven Bonmont—. Será más acertado que se lo escriba en un papel.

Y cogiendo de una mesa que tenía al lado la tarjeta del fabricante de la "Reina de los pigmeos" escribió con su lapicito de oro: "Nombrar a Guitrel obispo de Tourcoing."

Gustavo cogió la tarjeta. Aquellas ideas que antes juzgaba estrambóticas y absurdas, ya le parecían sencillas y naturales; habíanse moldeado en su cerebro; y con mucha desenvoltura le dijo a Bonmont, mientras se guardaba la tarjeta:

—Guitrel, obispo de Tourcoing; perfectamente. Puede usted contar conmigo.

De este modo se justificaba la frase de la señora Dellion, que al hablar de su hijo solía decir: "Gustavo no aprende con facilidad, pero nunca olvida lo que aprende; y váyase lo uno por lo otro."

—No dude usted —añadió gravemente Ernesto— que Guitrel será un buen obispo.

—Tanto mejor —dijo Gustavo—, porque...

No completó su idea.

Los dos iban acercándose a la salida.

—Estaré en París hasta fin de semana —dijo Bonmont—. Téngame usted al corriente de sus gestiones. No hay tiempo que perder; los nombramientos se firmarán en estos días. Ya hablaremos del automóvil.

En el pórtico, donde flotaban las banderas formando trofeos, estrechó la mano de Gustavo, y, reteniéndola entre las suyas, dijo:

—Una recomendación importantísima, querido Dellion. Es necesario, ¿entiende usted?, es indispensable que todos ignoren la influencia ejercida por usted sobre la señora de Gromance en este asunto. ¿Comprendido?

—Comprendido —respondió Gustavo, mientras oprimía con efusión la mano de su camarada.

* * *

Seguidamente, a las ocho de la noche, el joven Bonmont entró en casa de su madre, a quien veía poco, a pesar de hallarse

con ella en bonísimas relaciones, y la encontró en su tocador, donde acababa de vestirse.

Mientras su doncella la peinaba, desvió los ojos del espejo, miró a Ernesto, y le dijo:

—No tienes buen semblante, hijo mío.

Desde tiempo atrás se preocupaba por la salud de Ernesto.

Sufría mayores angustias, ocasionadas por su Rara, pero también se intranquilizaba muchas veces cuando pensaba en su hijo.

—¿Y tú, mamá?

—Yo estoy bien.

—Ya lo veo.

—¿Sabes que tu tío Wallstein ha sufrido un ligero ataque?

—¡No es extraño! ¡Siempre de jolgorio en París! A su edad, esa vida es peligrosa.

—No es viejo; tiene cincuenta y dos años.

—Cincuenta y dos años no es, precisamente, la adolescencia... A propósito, ¿y los Brecé?

—Los Brecé, ¿qué?

—¿Te han dado las gracias por el copón?

—Me han enviado una tarjeta con una frase de cortesía.

—Me parece poco.

—Pero, hijo mío, ¿esperabas algo más?

Se puso en pie, y para colocar en sus cabellos una rama de brillantes levantó sobre la cabeza sus desnudos brazos, que formaban dos magníficas asas en el ánfora admirablemente torneada de su cuerpo. Sus hombros resplandecían bajo los transparentes racimos de fruta que dejaban filtrar la luz eléctrica, y en su blancura dorada marcábanse unas venas azules al borde del pecho. Las mejillas estaban sonrosadas con afeites, y los labios pintados, pero la fisonomía conservábase lozana, saludable y ansiosa; la marchitez del cuello, que hubiera podido revelar el cansancio de los años, se diluía en los esplendores de la carne.

El joven Bonmont la miró un momento atentamente, y luego dijo:

—Oye, mamá: ¿y si tú visitaras también a Loyer para interesarle por el padre Guitrel?...