El candil (Saavedra)

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El candil
de Ángel de Saavedra



Romance primero[editar]

Más ha de quinientos años,   
en una torcida calle,   
que, de Sevilla en el centro,   
da paso a otras principales;                 

cerca de la medianoche, 
cuando la ciudad más grande   
es de un grande cementerio   
en silencio y paz imagen;   

de dos desnudas espadas   
que trababan un combate, 
turbó el repentino encuentro   
las tinieblas impalpables.   

El crujir de los aceros   
sonó por breves instantes,   
lanzando azules centellas, 
meteoro de desastres.   

Y al gemido, «¡Dios me valga!   
¡Muerto soy!», y al golpe grave   
de un cuerpo que a tierra vino,   
el silencio y paz renacen. 


Al punto una ventanilla   
de un pobre casuco abren;   
y, de tendones y, huesos,   
sin jugo, como sin carne,   

Una mano y brazo asoman,  
que sostienen por el aire   
un candil, cuyos destellos   
dan luz súbita a la calle.   

En pos, un rostro aparece   
de gomia o bruja espantable 
a que otra marchita mano   
o cubre o da sombra en parte.   

Ser dijérase la muerte   
que salía a apoderarse   
de aquella víctima humana 
que acababan de inmolarle,   

o de la eterna Justicia,   
de cuyas miradas nadie   
consigue ocultar un crimen,   
el testigo formidable. 

Pues a la llama mezquina,   
con el ambiente ondeante,   
que, dando luz roja al muro,   
dibujaba desiguales   

los tejados y azoteas 
sobre el oscuro celaje,   
dando fantásticas formas   
a esquinas y bocacalles,   

se vio en medio del arroyo,   
cubierto de lodo y sangre, 
el negro bulto tendido   
de un traspasado cadáver.   

Y de pie, a su frente, un hombre,   
vestido negro ropaje,   
con una espada en la mano,  
roja hasta los gavilanes.   

El cual, en el mismo punto,   
sorprendido de encontrarse   
bañado de luz, esconde   
la faz en su embozo, y parte; 

aunque no como el culpado   
que se fuga por salvarse,   
sino como el que inocente,   
mueve tranquilo el pie y grave.   


Al andar, sus choquezuelas 
forman ruïdo notable,   
como el que forman los dados   
al confundirse y mezclarse.   

Rumor de poca importancia   
en la escena lamentable, 
mas de tan mágico efecto,   
y de un influjo tan grande   

en la vieja que asomaba   
el rostro y luz a la calle,   
que, cual si oyera el silbido 
de venenosa ceraste,   

o crujir las negras alas   
del precipitado arcángel,   
grita en espantoso aullido,   
«¡Virgen de los Reyes, valme!» 

Suelta el candil, que en las piedras   
se apaga y aceite esparce,   
y cerrando la ventana   
de un golpe, que la deshace,   

bajo su mísero lecho 
corre a tientas a ocultarse,   
tan acongojada y yerta,   
que apenas sus pulsos laten.   

Por sorda y ciega haber sido   
aquellos breves instantes, 
la mitad diera gustosa   
de sus días miserables,   

y hubiera dado los días   
de amor y dulces afanes   
de su juventud, y dado 
las caricias de sus padres,   

los encantos de la cuna,   
y..., en fin, hasta lo que nadie   
enajena, la esperanza,   
bien solo de los mortales; 

pues lo que ha visto la abruma,   
y la aterra lo que sabe,   
que hay vistas que son peligros,   
y aciertos que muerte valen. 



Romances históricos: Una antigualla de Sevilla

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