El cisne de Vilamorta: 09

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Capítulo VIII
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El cisne de Vilamorta Emilia Pardo Bazán


Hasta muy tarde no sopló el Cisne la palmatoria de latón donde la económica tía Gaspara le colocaba, siempre a regañadientes, una vela de sebo. Sentado a la exigua mesa, entre los revueltos libros, tenía delante un pliego de papel, medio cubierto ya de renglones desiguales, jaspeado de borrones y tachaduras, con montículos de arenilla y algún garrapato a trechos. Segundo no pegaría los ojos en toda la noche si no escribiese la poesía que desde el crucero le correteaba por la cabeza adelante. Sólo que, antes de coger la pluma, parecíale llevar la inspiración allí, perfecta y cabal, de suerte que con dar vuelta a la espita, brotaría a chorros: y así que oprimieron sus dedos la pluma dichosa, los versos, en vez de salir con ímpetu, se escondían, se evaporaban. Algunas estrofas caían sobre el papel redondas, fáciles, remataditas por consonantes armoniosos y oportunos, con cierta sonoridad y dulzura muy deleitable para el mismo autor, que temeroso de perderlas, escribíalas al vuelo, en letra desigual; mas de otras se le ocurrían únicamente los dos primeros renglones y acaso el foral, rotundo, de gran efecto, y faltaba la rima tercera, era indispensable cazarla, llenar aquel hueco, injerir el ripio. Deteníase el poeta, mirando al techo y buscando con los dientes un cabo del bigote para morderlo, y entonces la ociosa pluma trazaba, obedeciendo a automáticos impulsos de la mano, un sombrero tricornio, un cometa, o cualquier mamarracho por el estilo... Borradas a veces siete u ocho rimas, se resignaba al fin con la novena, ni mejor ni peor que las anteriores. Acontecía también que una sílaba inoportuna estropeaba un verso, y échese usted a buscar otro adverbio, otro adjetivo, porque si no... ¿Y los acentos? Si el poeta gozase del privilegio de decir, verbi gracia, mi córazon en vez de mi corazón, ¡sería tan cómodo rimar!

¡Malditas dificultades técnicas! El estro alentaba y ardía, a modo de fuego sagrado, en la mente de Segundo; pero en tratándose de que apareciese allí, patente, sobre las hojas de papel... Que apareciese expresando cuanto sentía el poeta, condensando un mundo de sueños, una nebulosa psíquica... ¡Ahí es nada! Obtener la difícil conjunción de la forma y la idea, prender el sentimiento con los eslabones de oro del ritmo! ¡Ah, qué cadena tan leve y florida en apariencia y tan dura de forjar en realidad! ¡Cómo engaña la ingenua soltura, la fácil armonía del maestro! ¡Qué hacedero parece decir cosas sencillas, íntimas, narrar quimeras de la fantasía y del corazón en metro suelto y desceñido, y cuán imposible es, sin embargo, para quien no se llama Bécquer, prestar al verso esas alitas palpitantes, diáfanas y azules con que vuela la mariposa becqueriana!

Mientras el Cisne borra y enmienda, Leocadia se desnuda en su alcoba. Solía entrar en ella otras noches con la sonrisa en los labios, el rostro encendido, los ojos húmedos, entornados, las ojeras hundidas, el pelo revuelto... Y esas noches tardaba en acostarse, se entretenía en arreglar objetos sobre la cómoda, y hasta se miraba al espejo de su vulgar tocador. Hoy tenía los labios secos, las mejillas pálidas; acercose a la cama, se desabrochó, dejó caer la ropa, apagó el quinqué y sepultó la cara en la frescura de las gruesas sábanas de lienzo. No quería pensar; quería olvidar y dormir solamente. Trató de estarse quieta. Mil agujas le punzaban el cuerpo: dio una vuelta buscando el sitio frío, luego otra, luego echó abajo las sábanas... Sentía inquietud horrible, gran amargor en la boca. En medio del silencio nocturno, oía los latidos desordenados del corazón; si se recostaba del lado izquierdo, el ruido la ensordecía casi. Intentó fijar el pensamiento en cosas indiferentes, y se repitió a sí misma mil veces, con monótona regularidad e insistencia: -Mañana es domingo... las niñas no vendrán-. Ni por esas se contuvo el bullir del cerebro y el ardor malsano de la sangre... ¡Leocadia tenía celos!

¡Dolor sin medida y sin nombre que exprese su crueldad! Hasta entonces la pobre maestra había ignorado el contrapeso del amor, los negros celos, con su aguijón que se clava en el alma, su abrasadora sed que quema las fauces, su frío polar que hiela el corazón, su congoja impaciente que crispa los nervios... Segundo apenas se fijaba en las muchachas de Vilamorta; en cuanto a las paisanas, no existían para él, ni por mujeres las tenía; de suerte que las horas de frialdad del Cisne achacábalas Leocadia a malos oficios de la musa... ¡Pero ahora! Recordaba la poesía A los ojos azules y el modo de recitarla. ¡Veneno eran aquellas estrofas de miel: sí, veneno y acíbar! Leocadia sintió acudir llanto a sus lagrimales y las lágrimas saltaron entre sollozos convulsivos, que sacudían el cuerpo y hacían crujir las maderas de la cama y susurrar la hoja de maíz del jergón. Ni por esas suspendió su actividad el caviloso cerebro. Indudablemente Segundo estaba enamorado de la señora de Comba; pero ella era una mujer casada... ¡Bah! En Madrid y en las novelas todas las señoras tienen amantes... Y además, ¿quién resistiría a Segundo, a un poeta émulo de Bécquer, joven, guapo, apasionado cuando se le antojaba serlo?

¿Qué podía Leocadia contra esta gran catástrofe? ¿No valía más resignarse? ¡Ah!, resignarse. ¡Pronto se dice! No, no: luchar y vencer por cualquier medio. ¿Por qué le negaba Dios la facultad de expresar sus sentimientos? ¿Por qué no se había puesto de rodillas delante de Segundo pidiéndole un poco de amor, pintándole y comunicándole la llama que la consumía a ella el tuétano de los huesos? ¿Por qué quedarse muda cuando tantas cosas podía decir? Segundo no iría a las Vides. Mejor. Carecía de dinero. Magnífico. No conseguiría destino alguno, ni se movería de Vilamorta. Mejor, mejor, mejor... ¿Y qué, si al fin Segundo no la amaba; si se desviaba de ella con un ademán que Leocadia estaba viendo todavía a oscuras, o mejor dicho, a la extraña luz de la pasión celosa?

¡Qué calor, qué desasosiego! Leocadia se arrojó de la cama, dejándose caer al suelo, donde le parecía encontrar una frescura consoladora. En vez de alivio notó un temblor, y en la garganta un obstáculo, a modo de pera de ahogo atravesada allí, que no le permitía respirar. Quiso alzarse y no pudo: la convulsión empezaba y Leocadia contenía los gritos, los sollozos, las cabezadas, por no despertar a Flores. Algún tiempo lo consiguió, mas al fin venció la crisis nerviosa, retorciendo sin piedad los rígidos miembros, obligando a las uñas a desgarrar la garganta, al cuerpo a revolcarse, y a las sienes a batirse contra el piso... Vino después, precedido de fríos sudores, un instante en que Leocadia perdió el conocimiento. Al recobrarlo se halló tranquila, aunque molidísima. Levantose, subió a la cama de nuevo, se arropó, y quedó anonadada, sin cerebro, sumida en reparador marasmo. El grato sueño del amanecer la envolvió completamente.

Despertose bastante tarde, no saciada de descanso, rendida y como atontada. Apenas acertaba a vestirse; parecíale que desde la noche anterior había transcurrido un año por lo menos; y en cuanto a su celosa cólera, a sus proyectos de lucha... Pero ¿cómo pudo ella pensar en cosas semejantes? Que Segundo fuese feliz, eso tan sólo importaba y convenía; que realizase sus altos destinos, su gloria... Lo demás era un delirio, una convulsión, una crisis pasajera, sufrida en horas que el alma amante no quiere solitarias.

Abrió la maestra la cómoda donde guardaba sus ahorros y el dinero para el gasto. No lejos de un montón de medias palpó un bolsillo, ya muy lacio y escueto. En él se contenían poco ha unos miles de reales, todo su peculio en metálico. Quedaban sobre treinta duros descabalados, y para eso debía un corte de merino negro a Cansín, licores al confitero y encargos a unas amigas de Orense. Y hasta noviembre no vencían sus rentitas. ¡Brillante situación!

Tras un minuto de angustia, causada por la pugna entre sus principios económicos y su resolución, Leocadia se lavó, se alisó el pelo, se echó el vestido y el manto de seda, y salió. Por ser día de misa recorría mucha gente la calle, y el rajado esquilón de la capilla repicaba sin cesar. En la plaza, animación y bullicio. A la puerta de la botica de doña Eufrasia, tres o cuatro cabalgaduras clericales sufrían mal las impertinencias de las moscas y tábanos, volviendo a cada paso la cabeza con desapacible estrépito de ferraje, y mosqueándose los ijares con la hirsuta cola. Tampoco las fruteras, entre regateos y risas, descuidaban espantar los porfiados insectos, posados en el lugar donde la grieteada piel de las claudias y tomates descubría la melosa pulpa o la carne roja. Mas el verdadero cónclave mosquil era la dulcería de Ramón. Daba fatiga y náusea ver a aquellos bichos zumbar, tropezarse en la cálida atmósfera, prenderse las patas en el caramelo de las yemas, hacer después esfuerzos penosos para libertarse del dulce cautiverio. Sobre una tarta de bizcocho, merengue y crema, que honraba el centro del escaparate, se arremolinaba un enjambre de moscas: ya no se tomaba Ramón el trabajo de defenderla, y el ejército invasor la saqueaba a todo su talante: a orillas de la fuente yacían las moscas muertas en la demanda: unas desecadas y encogidas, otras muy espatarradas, sacando un abdomen blanquecino y cadavérico...

Leocadia pasó a la trastienda. Estaba Ramón en mangas de camisa, arremangado, luciendo su valiente musculatura y meneando un cazo para enfriar la pasta de azucarillo que contenía; después la fue cortando con un cuchillo candente, y el azúcar chilló al tostarse, despidiendo olor confortativo. El dulcero se pasó el dorso de la mano por la frente sudorosa.

-¿Qué quería, Leocadia? ¿Anisete de Brizar, eh? Pues se acabó. Tú, Rosa, ¿verdad que se acabó el anisete?

Vio Leocadia, en el rincón de la trastienda-cocina, a la mujer del dulcero, dando papilla a un mamón endeble. La confitera clavó en la maestra su mirada sombría de mujer histérica y celosa, y exclamó con dureza:

-Si viene por más anisete, acuérdese de las tres botellas que tiene sin pagar.

-Ahora mismo las pago -respondió la maestra, sacando del bolsillo un puñado de duros.

-No, mujer, calle por Dios... ¿qué prisa corre? -murmuró avergonzado el dulcero.

-Cobre, Ramón, ande ya... Si justamente vengo a eso, hombre.

-Si se empeña... Maldito el apuro que tenía.

Marchose Leocadia corriendo. ¡No acordarse de la confitera! ¿Quién le pedía nada a Ramón delante de aquella tigre celosa, que chiquita y débil como era, acostumbraba solfear al hercúleo marido? A ver si Cansín...

El pañero vendía, rodeado de paisanas, una de las cuales se empeñaba en que una lanilla era algodón, y la restregaba para probarlo. Cansín, por su parte, la frotaba con fines diametralmente opuestos.

-Mujer, que ha de ser algodón, que ha de ser algodón -repetía con su agria vocecilla, acercando, pegando la tela a la cara de la compradora. Parecía tan amostazado Cansín, que Leocadia no se atrevió a llamarle. Pasó de largo y aceleró el andar. Pensaba en su otro pretendiente, el tabernero... Mas de pronto recordó con repugnancia sus gruesos labios, sus carrillos que chorreaban sangre... Y dando vueltas a cuantos expedientes podían sacarla del conflicto, le ocurrió una idea. La rechazó, la pesó, la admitió... A paso de carga se dirigió al domicilio del abogado García.

Al primer aldabonazo abrió la tía Gaspara. ¡Qué significativo fruncimiento de cejas y labios! ¡Qué repliegue general de arrugas! Leocadia, cortada y muerta de vergüenza, se mantenía en el umbral. La vieja, parecida a un vigilante perro, interceptaba la puerta, próxima a ladrar o morder al menor peligro.

-¿Qué quería? -gruñó.

-Hablar con don Justo. ¿Se puede? -interrogó humildemente la maestra.

-No sé... veremos...

Y el vestiglo, sin más ceremonias, dio a Leocadia con la puerta en las narices. Leocadia aguardó. Al cabo de diez minutos un bronco acento le decía:

-Venga.

El corazón de la maestra bailó como si tuviese azogue. ¡Atravesar la casa en que había nacido Segundo! Era lóbrega y destartalada, fría y desnuda, según son las moradas de los avarientos, donde los muebles no se renuevan jamás y se apuran hasta la suma vetustez. Al cruzar un corredor vio Leocadia al través de una entornada puertecilla alguna ropa de Segundo, colgada de una percha, y la reconoció, no sin cosquilleo en el alma. Al final del corredor tenía su despacho el abogado; pieza mugrienta, sobada, atestada de papelotes y libros tediosos y polvorientos por dentro y fuera. La tía Gaspara se zafó, mientras el abogado recibía a la maestra de pie, en desconfiada y hostil actitud, preguntando con el severo tono de un juez:

-¿Y qué se le ocurre a usted, señora doña Leocadia?

Fórmula exterior relacionada con otra interior:

-¡A que la bribona de la maestra viene a decirme que se casa con el loco del rapaz y que los mantenga yo!

Leocadia fijó sus ojos abatidos en García, buscando en sus facciones secas y curtidas los rasgos de un amado semblante. Sí que se parecía a Segundo, salvo la expresión, muy diferente, cauta y recelosa en el padre, cuanto era soñadora y concentrada en el hijo.

-Señor don Justo... -balbució la maestra-. Yo siento molestarle... Le suplico no extrañe este paso... porque me aseguraron que usted... señor, yo necesito un préstamo...

-¡Dinero! -rugió el abogado apretando los puños-. ¡Me pide usted dinero!

-Sí, señor, sobre unos bienes...

-¡Ah! (transición en el abogado, que todo se aflojó y flexibilizó). Pero ¡qué tonto soy! Entre usted, entre usted, doña Leocadia, y tome asiento... ¿Eh? ¿Está usted bien? Pues... cualquiera tiene un apuro... ¿Y qué bienes son? Hablando se entienden las gentes, mi señora... ¿Por casualidad la viña de la Junqueira y la otra pequeñita del Adro...? Estos años dan poco...

Debatieron el punto y se firmó la obliga o pagaré. La tía Gaspara, inquieta, con paso de fantasma, rondaba por el corredor. Cuando salió su hermano y le dio algunas órdenes, se hizo varias cruces en la cara y pecho, muy de prisa. Bajó furtivamente a la bodega y tardó algo en subir y en vaciar sobre la mesa del abogado su delantal, de donde cayeron, envueltos en polvo y telarañas, cuatro objetos que rebotaron produciendo el sonido especial del dinero metálico. Los objetos eran una hucha de barro, un calcetín, una bota o gato y un saquete de lienzo.

Aquella tarde le dijo a Segundo Leocadia:

-¿Sabes una cosa, corazón? Que es lástima que por un traje o por cualquier menudencia así pierdas de colocarte y de conseguir lo que pretendes... Mira, yo tengo ahí unos cuartos que... no me hacen mucha falta. ¿Los quieres, eh? Yo te los daba ahora y tú después me los volvías.

Segundo se irguió con arranque sincero de pundonor y dignidad:

-No vuelvas a proponerme cosas por ese estilo. Admito tus finezas a veces por no verte llorar a lágrima viva. Pero eso de que me vistas y sostengas... Mujer, no tanto.

La maestra insistió amorosamente media hora más tarde, aprovechando la ocasión de encontrarse el Cisne algo pensativo. Entre él y ella no cabía mío ni tuyo. ¿Por qué reparaba en aceptar lo que le daban con tan gran placer? Acaso dependía su porvenir de aquellos cuartos miserables. Con ellos podría presentarse decentemente en las Vides, imprimir sus versos, ir a Madrid. ¡Ella sería tan dichosa viéndole triunfar, eclipsar a Campoamor, a Núñez de Arce, a todos! ¿Y quién le privaba a Segundo de restituir, hasta con creces, el dinero?... Charlando así, echaba Leocadia en un pañuelo, anudado por las cuatro puntas, onzas y doblillas y centenes a granel, y lo entregaba al poeta, preguntándole con voz velada por el llanto:

-¿Me desairas?

Segundo cogió con ambas manos la basta y gruesa cabeza de la maestra, y clavando sus ojos en las pupilas que le miraban húmedas de felicidad inexplicable, pronunció:

-Leocadia... ¡Ya sé que tú eres la persona que más me ha querido en el mundo!

-Segundiño, vida... -tartamudeaba ella fuera de sí-. No vale nada, mi rey... Conforme te doy esto... así Dios me salve... ¡te daría sangre de las venas!

¿Y quién le diría a la tía Gaspara que varias onzas del calcetín, de la hucha, de la bota y del saco, volverían inmediatamente, a fuer de bien enseñadas y leales, a dormir, si no bajo las vigas de la bodega, al menos bajo el techo de don Justo?


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