El crimen de Sylvestre Bonnard: 001

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France


EL LEÑO DE NAVIDAD

24 de diciembre de 1849.


Me había puesto las zapatillas y el batín. Enjugué mis ojos empañados por una lágrima que les arrancó el viento al cruzar el muelle.

Una lumbre llameante ardía en la chimenea de mi despacho; una tenue capa de hielo que cubría los cristales de las ventanas, formaba floraciones semejantes a hojas de helechos, y ocultaba a mi vista el Sena, sus puentes y el Louvre de los Valois.

Acerqué al fuego mi sillón y mi mesita para ocupar junto a la lumbre el sitio que Hamílcar se dignaba dejarme. Hamílcar, hecho una bola, dormía cerca de los morillos sobre un almohadón de pluma con el hocico entre las patas; una respiración acompasada hacía oscilar su pelo abundante y suave; al sentirme entreabrió los ojos y mostró sus pupilas de ágata bajo sus párpados entornados que cerró en seguida como si pensara: No es nadie: es mi amigo.

¡Hamílcar! —le dije mientras estiraba las piernas—. ¡Hamílcar, príncipe soñoliento de la ciudad de los libros!; ¡guardián nocturno! Tú defiendes contra los viles roedores los manuscritos y los impresos que el viejo sabio adquirió gracias a un modesto peculio y a un celo infatigable. En esta biblioteca silenciosa protegida por tus virtudes militares duermes con el abandono de una sultana, porque reúnes en tu persona el aspecto formidable de un guerrero tártaro y la gracia apacible de una mujer de Oriente. Heroico y voluptuoso Hamílcar, duermes en espera de la hora en que los ratones bailarán a la claridad de la luna ante los Acta sanctorum de los doctos bolandistas.

El principio de aquel discurso agradó a Hamílcar, el cual lo acompañó de un murmullo semejante al hervor de un puchero; pero como alcé la voz, Hamílcar agachó las orejas y arrugó la piel atigrada de su frente para darme a entender que era de mal gusto declamar así.

Hamílcar meditaba:

"Este hombre que tiene tantos libros habla sin decir nada, mientras que nuestra cocinera sólo pronuncia palabras llenas de sentido, substanciosas, ya con el anuncio de una comida, ya con la promesa de algún castigo. Se sabe lo que dice. Pero este viejo emite sonidos que no comprendo."

Así pensaba Hamílcar. Dejéle entregado a sus reflexiones y abrí un libro que leía con interés por ser un catálogo de manuscritos. No conozco lectura tan sencilla, tan atractiva y tan suave como la de un catálago. El que yo leía, redactado en 1824 por el señor Thompson, bibliotecario de sir Thomas Raleigh, peca, es cierto, por su brevedad excesiva, y no presenta ese género de exactitud que los archiveros de mi generación introdujeron al tratar de obras de diplomática y de paleografía; deja mucho que desear y mucho que adivinar. Acaso por esto me produce su lectura cierta impresión que en una naturaleza más imaginativa que la mía mereciera tal vez el nombre de ensueño. Me abandonaba dulcemente a la vaguedad de mis pensamientos, cuando mi criada me anunció con tono desapacible que el señor Coccoz deseaba hablarme.

En efecto: alguien entró detrás de ella en la biblioteca. Era un hombrecito, un infeliz hombrecito de rostro desmedrado; vestía una chaqueta de poco abrigo. Adelantóse y me saludó sonriente, pero estaba muy pálido, y a pesar de ser joven y afanoso aun, su aspecto era enfermizo. Al verle me produjo la impresión de una ardilla herida. Llevaba debajo del brazo un pañuelo verde que dejó sobre un sillón; luego desató las cuatro puntas del pañuelo para mostrarme algunos librotes amarillentos.

—Caballero —me dijo entonces—, no tengo el honor de ser conocido por usted. Soy corredor de libros, caballero. Trabajo para las principales casas de la capital, y por si me honra usted con su confianza, me tomo la libertad de ofrecerle algunas novedades.

¡Dios justo! ¡Dios clemente! ¡Qué novedades me ofrecía el homúnculo Coccoz! El primer volumen que me presentó fue la Historia de la Torre de Nesle con los amores de Margarita de Borgoña y el capitán Buridán.

—Es un libro histórico —me dijo amablemente—, un libro de historia verdadera.

—En ese caso —respondí— será muy aburrido, porque los libros históricos que no mienten resultan fastidiosos. Yo mismo publico libros verídicos, y si por su desgracia llevara usted uno de ellos de puerta en puerta, se expondría a conservarlo toda la vida en su pañuelo verde sin encontrar una cocinera bastante mal aconsejada para comprarlo.

—No lo dudo, señor —me respondió el hombrecito por pura complacencia.

Y entonces me ofreció los Amores de Abelardo y Eloísa; pero yo le hice comprender que a mi edad no me interesaban las historias amorosas.

Sin dejar de sonreír, me presentó un Tratado de juegos de sociedad: juegos de baraja, ajedrez, damas y dominó.

—¡Ay! —le dije—, si quiere usted recordarme las reglas del ajedrez, devuélvame a mi viejo amigo Bignan, con quien jugaba yo al ajedrez todas las noches antes de que las cinco academias le hubieran conducido solemnemente al cementerio; o bien haga descender hasta la frivolidad de los juegos humanos la grave inteligencia de Hamílcar, que ahora duerme sobre un almohadón y es actualmente el compañero único de mis veladas.

La sonrisa del hombrecito tornóse vaga y despavorida.

—He aquí —me dijo— una nueva colección de los entretenimientos de sociedad, chistes y retruécanos, con los procedimientos para convertir una rosa encarnada en blanca.

Le respondí que desde tiempo atrás yo estaba reñido con las rosas, y que respecto a los chistes me bastaban los que me permito hacer, sin darme cuenta, en el transcurso de mis trabajos científicos.

El homúnculo me ofreció su último libro con su última sonrisa, y estas palabras:

—Aquí tiene usted la Clave de los sueños, con la explicación de todo lo que se puede soñar: oro, ladrones, muerte, caídas desde lo alto de una torre. . . ¡Es muy completo! Yo había cogido las tenazas que oscilaban vivamente oprimidas por mis dedos, y respondí a mi visitador comercial:

—Sí, amigo mío; pero esos sueños y otros mil, alegres y trágicos se resumen en uno solo: el sueño de la vida. ¿Podré hallar en su librito amarillo la clave de semejante sueño?

—Sí señor —me respondió el homúnculo—. El libro es muy completo y nada caro; sólo cuesta un franco y veinticinco céntimos, caballero.

No prolongué mi entrevista con el vendedor ambulante.

No me atrevo a asegurar que haya repetido las frases antedichas como fueron pronunciadas; tal vez al escribirlas las he ampliado un poco. Es muy difícil respetar, ni siquiera en un diario, la verdad estricta. Pero si no fue así mi discurso, tal era mi pensamiento. Llamé a gritos a mi criada, porque no había campanillas en la estancia.

—Teresa —dije—. El señor Coccoz, a quien la ruego acompañe, posee un libro que quizá la interese: es la Clave de los sueños. Yo tendría sumo gusto en ofrecérselo. Mi criada respondió:

—Señor: cuando no se dispone de tiempo para soñar despierta, tampoco lo hay para soñar dormida. A Dios gracias, tengo bastante trabajo todo el día y tiempo suficiente para cumplir con mi obligación; de modo que puedo decir todas las noches: Señor, bendecid el descanso que voy a disfrutar. No sueño ni dormida ni despierta y no confundo mi colcha con el diablo, como le sucedió a una prima mía. Si me permite que le dé mi opinión, diré que aquí hay libros de sobra. Mi señor tiene miles y miles que le hacen perder el juicio, y a mí, con los dos que tengo, me basta: mi Devocionario y mi Cocinera burguesa.

Después de hablar así, mi criada ayudó al hombrecito a guardar sus libros en el pañuelo verde. El homúnculo Coccoz ya no sonreía. Sus facciones adquirieron tal expresión de sufrimiento que sentí haberme burlado de aquel hombre tan infeliz. Le llamé cuando ya se iba, le dije que recordaba haber visto entre sus volúmenes una Historia de Estela y Nemorin, y como los pastores y las pastoras me interesaban mucho compraría gustoso, a un precio razonable, la historia de tan perfectos enamorados.

—Le venderé a usted el libro que desea por un franco veinticinco, caballero— me respondió Coccoz, con el rostro radiante de júbilo—. Es histórico y le agradará mucho. Ahora ya sé qué clase de libros le gustan. Comprendo que es usted entendido. Mañana le traeré los Crímenes de los Papas. Es una obra hermosa. Le traeré la edición de lujo con láminas en colores.

Le rogué que no se molestara en volver y le despedí muy satisfecho. Cuando el pañuelo verde se hubo desvanecido en la obscuridad del pasillo con el vendedor ambulante, pregunté a mi criada de dónde cayó aquel miserable hombrezuelo.

—Esa es la palabra —me respondió—: nos ha caído del tejado, señor, donde vive con su mujer.

—¿Ha dicho usted que tiene mujer, Teresa? ¡Es prodigioso! ¡Las mujeres son unas criaturas muy extrañas! Debe ser una humilde mujercita.

—Yo no sé lo que es —me respondió Teresa—, pero me la encuentro todas las mañanas en la escalera, vestida con trajes de seda manchados de grasa. Tiene unos ojos muy brillantes, y me pregunto si esos ojos y esos trajes son propios de una mujer a quien han recibido por caridad; porque los han admitido en el desván, mientras componen el tejado, en atención a que el marido está enfermo y la mujer embarazada. La portera dice que esta mañana la tal mujer sintió dolores le parto, y que ya guarda cama a estas horas. ¡Para qué necesitarán un hijo esas gentes!

—Teresa —la respondí—, sin duda no lo necesitan para nada, pero la Naturaleza quiere que lo tengan y les ha hecho caer en su lazo. Hace falta una prudencia ejemplar para defenderse contra los engaños de la Naturaleza. ¡Compadezcamos y no critiquemos! En cuanto a los trajes de seda, no hay una mujer a quien no gusten; las hijas de Eva adoran el adorno. Y usted misma, Teresa, que es prudente y comedida, ¡cuánto alborota el día que le falta delantal blanco para servir la mesa! Pero dígame, ¿esos infelices tienen todo lo necesario en su desván?

—¿Cómo han de tenerlo, señor? El marido, a quien acaba usted de ver, era corredor de relojería, según me ha dicho la portera y no se sabe por qué ya no vende relojes. Ahora vende almanaques. Ese no es un oficio decente, y no creeré nunca que Dios bendice a un vendedor de almanaques. La mujer, dicho sea entre nosotros, me parece una inutilidad completa, una María sin gusto. La creo tan capaz de criar a un niño como yo de tocar la guitarra. No se sabe de dónde han venido, pero estoy cierta de que llegaron del país de la Frescura en el coche de la Miseria.

—Vengan de donde vengan, Teresa, son desgraciados y el desván está muy frío.

—¡Como que el techo se hundió por varias partes y la lluvia del cielo cae a chorros! No tienen muebles ni ropa. ¡El ebanista y el tejedor no trabajan, me parece, para los cristianos de esa cofradía!

—Todo esto es muy triste, Teresa, y ahí está una cristiana peor atendida que nuestro pagano Hamílcar.

¿Ella, qué dice?

—Señor, no hablo jamás con tales gentes; no sé lo que dice ni lo que canta; pero canta todo el santo día. La oigo desde la escalera cuando entro y cuando salgo.

—¡Está bien! El heredero de los Coccoz podrá decir, como el huevo de la adivinanza campesina: Mi madre me hizo cantando. Algo semejante le sucedió a Enrique IV. Cuando Juana de Albret sintió los dolores de parto, comenzó a entonar una vieja canción bearnesa:


Nuestra Señora del Puente,

socorred en esta hora
a una humilde pecadora
rogándole al Dios clemente
que me libre de aflicción

¡y el nacido sea varón!


Sin duda es un disparate dar vida a seres desgraciados, pero todos los días ocurre, mi buena Teresa, y entre todos los filósofos del mundo no conseguirán reformar una costumbre tan sencilla. La señora Coccoz la ha seguido, y canta. ¡Está bien! Dígame, Teresa, ¿hoy, ha puesto usted puchero?

—Sí lo he puesto, señor y ya es hora de que vaya a espumarlo.

—Muy bien; pero no deje usted de sacar del puchero una buena taza de caldo que subirá luego a la señora Coccoz, nuestra hipervecina.

Mi criada iba a retirarse, cuando añadí con mucha oportunidad:

—Teresa, haga el favor de llamar inmediatamente a su amigo el mandadero, y dígale que coja en nuestra leñera una buena carga de leña, que subirá a la casa de los Coccoz. Sobre todo que no deje de poner en la carga un buen tronco. Respecto al homúnculus, la ruego que si vuelve le dé muy cortésmente con la puerta en las narices, para que no se me presente otra vez con sus libros de cubiertas amarillas.

Después de tomar tales disposiciones con el refinado egoísmo de un viejo solterón, proseguí la lectura de mi catálogo.

Cuánta sorpresa, cuánta emoción, cuánta alegría me hizo sentir la nota siguiente, que no puedo reproducir sin que mi mano se estremezca de gozo!:

"La leyenda dorada de Jacobo de Génova (Jacobo de Voragine), traducción francesa, en 4° menor."

"Este manuscrito del siglo XIV contiene, además de la traducción, bastante completa de la célebre obra de Jacobo de Voragine: 1° Las leyendas de los santos Ferreol, Ferrucio, Germán, Vicente y Droctoveo. Un poema acerca de la Milagrosa sepultura del señor San Germán de Auxerre. Esta traducción, estas leyendas y este poema son debidos al erudito Juan Toutmouillé."

"El manuscrito está en vitela; contiene un gran número de titulares ornamentadas y dos miniaturas primorosamente hechas, pero en muy mal estado de conservación; una representa la Purificación de la Virgen y otra la Coronación de Proserpina."

¡Qué hallazgo! Cubrióse mi frente de sudor, y un velo nubló mis ojos. Temblé, enrojecí; como no pude articular ni una palabra, un grito ronco fue la expresión de mi contento.

¡Qué tesoro! Durante cuarenta años había estudiado la Galia cristiana, y especialmente aquella gloriosa abadía de Saint-Germain-des-Près, de donde salieron los reyes monjes que fundaron nuestra dinastía nacional. A pesar de la culpable insuficiencia de la descripción, no dudé que aquel manuscrito era procedente de la gloriosa abadía. Todo me lo demostraba; las leyendas añadidas por el traductor se referían a la devota fundación del rey Childeberto; la leyenda de San Droctoveo era especialmente significativa, por ser la del primer abate que hubo en Saint-Germain-des-Près; el poema en versos octosílabos, referente a la sepultura de San Germán, me recordó la nave de la venerable basílica, que fue el ombligo de la Galia cristiana.

La leyenda dorada es de suyo una obra extensa e interesante. Jacobo de Voragine, definidor de la Orden de Santo Domingo y arzobispo de Génova, recopiló en el siglo XIII las tradiciones relativas a los santos católicos y formó un conjunto de tal riqueza que hizo exclamar en los monasterios y en los castillos: "¡Es la leyenda dorada!" La leyenda dorada es, sobre todo, opulenta en hagiografía italiana. Las Galias, las Alemanias e Inglaterra ocupan poco lugar. Voragine sólo vislumbra a través de una fría niebla los más famosos santos de Occidente. Por esto los traductores aquitanios, germanos y sajones cuidaron de añadir a su relato las vidas de sus santos nacionales.

He leído y coleccionado muchos manuscritos de La leyenda dorada; conozco los que describe mi sabio colega Paulino Paris en su hermoso Catálogo de los manuscritos de la Biblioteca del rey; particularmente, dos han fijado mi atención: uno es del siglo XIV, y contiene una traducción de Juan Belet; el otro del siglo XIII, reproduce la versión de Jacobo Vignay; ambos provienen de la casa de Colbert, y fueron colocados en los estantes de la gloriosa Colbertina por el bibliotecario Baluze, cuyo nombre no puedo pronunciar sin descubrirme, porque en el siglo de los gigantes de la erudición Baluze asombra con su grandeza. Conozco un códice muy curioso de la colección Bigot; conozco setenta y cuatro ediciones impresas, incluso la venerable abuela de todas, la gótica de Estrasburgo, que fue comenzada en 1471 y terminada en 1475; pero ninguno de esos manuscritos, ninguna de esas ediciones contiene las leyendas de los santos Ferreol, Ferrucio, Germán, Vicente y Droctoveo; ninguno lleva la firma de Juan Toutmouillé; ninguno, en fin, procede de la abadía de Saint-Germain-des-Près. Son todos, en comparación del manuscrito que describe Thompson, lo que una pajuela comparada a un lingote de oro. Yo veía con mis propios ojos, tenía en la mano un testimonio innegable de la existencia de aquel documento; pero ¿y el documento? Sir Thomas Raley habíase trasladado a la orilla del lago de Como, y allí acabó sus días, entre la mayor parte de sus nobles riquezas. ¿Qué se hicieron, después de la muerte de aquel insigne curioso? ¿Dónde se oculta el manuscrito de Juan Toutmouillé?

"¿Por qué —me dije—, por qué habré averiguado que ese precioso libro existe, si no he de poseerlo, ni siquiera he de verlo jamás? Iría a buscarlo en el corazón ardiente del África o entre los hielos del Polo, si supiese que allí estaba, ¡pero ignoro su paradero!, ignoro si está guardado por un celoso bibliómano en un armario de hierro con triple cerradura; ignoro si se enmohece en la guardilla de un ignorante. ¡Me estremezco ante la idea de que tal vez sus hojas arrancadas cubran los tarros de pepinillos de alguna señora hacendosa!"



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