El crimen de Sylvestre Bonnard: 002

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France


30 de agosto de 1850.


Un calor sofocante moderaba mis pasos. Seguía los muros de los malecones del norte, y en la tibia sombra, los puestos de libros usados, de estampas y muebles antiguos, recreaban mi vista y hablaban a mi espíritu. Vagaba y revolvía libros; saboreaba algunos versos rimbobantes de un poeta de la pléyade y contemplaba luego una elegante mascarada de Wateau; fijaba los ojos en un montante, en una gorguera de acero, en un morrión. ¡Qué casco tan fuerte y qué coraza tan pesada señores! ¿La vestidura de un gigante? No; el caparazón de un insecto Los hombres de aquel tiempo iban armados como coleópteros; su debilidad era interior. Al contrario, ahora nuestra fuerza es interior, y nuestras almas bien armadas habitan cuerpos frágiles.

Descubro el retrato de una señora antigua; sonríe su rostro, borroso como una sombra, y se ve una mano enmitonada que sujeta sobre sus rodillas de raso a un perrito adornado con cintas. Aquella imagen me inspira una tristeza encantadora. ¡Los que no tengan en su alma un retrato borroso, podrán burlarse de mí!

Como los caballos que olfatean el establo, me apresuro al acercarme a mi domicilio. He aquí la colmena humana donde tengo mi celda para destilar la miel un poco áspera de la erudición. Subo pesadamente los peldaños de mi escalera. Unos cuantos escalones más y llego a mi puerta. Pero adivino, más bien que advierto, un vestido de seda que cruje al bajar. Me detengo y me aparto contra la barandilla. La mujer que baja, sin sombrero ni cofia, es joven, y canta; sus ojos y sus dientes brillan en la obscuridad, porque sonríe con la boca y con la mirada. No me cabe duda: es una vecina de lo más expansivo que se conoce. Lleva en los brazos un precioso niño, desnudo como el hijo de una diosa, y en el cuello del niño luce una medalla sujeta por una cadenita de plata. Advierto que la criatura se chupa los dedos y se fija en mí; abre mucho los ojos curioseando este viejo mundo, nuevo para él. Al mismo tiempo, la madre me contempla con expresión misteriosa y alegre; se detiene junto a mí, se pone colorada y acercándome su niño, que está muy gordito, me lo presenta. Los bracitos y el cuello de la criatura forman rodajitas, y los hoyuelos de su carne sonrosada ríen sin cesar.

La madre me lo muestra con orgullo.

—Caballero —me dice melodiosamente—, ¿verdad que mi niño es muy hermoso?

Le coge la mano, y se la pone sobre la boca, inclina luego hacia mí sus deditos sonrosados, y dice:

—Hijito mío: échale un beso a este señor, que es muy bueno; no quiere que los niños recién nacidos tengan frío. Échale un beso.

Oprime a su hijo contra su corazón y desaparece con la agilidad de una gata; se aleja en un pasillo que, a juzgar por lo que huele, conduce a una cocina. Yo entro en mi casa.

—Teresa, ¿quién será una mujer joven que he visto en la escalera y que lleva un precioso niño en brazos? Teresa me responde que es la señora Coccoz. Miro al techo como para buscar alguna luz que me aclare aquella obscura noticia. Teresa me recuerda al pobre vendedor ambulante que el año pasado me ofrecía libros mientras su mujer daba a luz.

—¿Y Coccoz? —pregunto.

Me responde mi criada que nunca le volveré a ver. Al pobrecito lo enterraron, sin que lo advirtiéramos, poco después del feliz parto de la señora Coccoz. Al enterarme de que su viuda vivía ya consolada, me tranquilizo.

—Pero, Teresa —pregunto—, ¿la señora Coccoz, no carece de nada en su desván?

—Muy cándido sería usted, señor —me responde mi criada—, si se preocupase de semejante persona. La ordenaron que desalojara el desván, cuyo techo está ya compuesto; pero sigue allí contra la voluntad del casero, del administrador, del portero y del escribano. Creo que los ha embrujado a todos. Dejará el desván cuando la convenga, señor, ¡y se irá en coche! Créame a mí.

Teresa reflexiona un momento y pronuncia luego esta sentencia:

"Una cara bonita es una maldición del cielo."

Aunque sé a punto fijo que Teresa nunca disfrutó del menor atractivo, ni siquiera en su juventud, inclino la cabeza para decirle con abominable intención:

—¡Cuidado, Teresa, porque no ignoro que en sus tiempos también tuvo usted una cara bonita!

No debe tentarse a ninguna criatura humana, ni siquiera a la de mayor santidad.

Teresa baja los ojos y responde:

—Sin ser lo que se llama una mujer bonita, no desagradaba, y si hubiese querido lograra lo que las demás.

—¿Y quién se atrevería a dudarlo? Pero cójame usted el sombrero y el bastón. Para recrearme, voy a leer algunas páginas de Moreri. Según me advierte mi olfato de viejo zorro, esta noche cenaremos una gallina cuyo guiso huele a gloria. Conságrela usted sus atenciones, hija mía, y compadézcase del prójimo, para que los demás la disculpen a usted y a su viejo amo.

Después de hablar así, desenmaraño las intrincadas ramas de una genealogía de príncipes.


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