El crimen de Sylvestre Bonnard: 008

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



Nápoles, 10 de noviembre de 1859.


Contra calle vive, mange e lave a faccia.


"Comprendo, amigo mío; por tres céntimos puedo beber, comer y lavarme la cara, y todo esto con sólo adquirir una de las rajas de sandía que tienes sobre una mesa."

Pero, prejuicios occidentales me impidieron saborear con bastante candor tan sencilla voluptuosidad. ¿Cómo he de comer sandía? Gracias a que pueda tenerme derecho entre la multitud. ¡Qué noche tan alegre y ruidosa en Santa Lucía! Las frutas apiladas forman verdaderas montañas en las tiendas iluminadas por farolitos multicolores. En los anafres encendidos al aire libre, los calderos humean, y las frituras chisporrotean en las sartenes. El olor de pescado frito y de carne caliente me cosquillea en las narices y me hace estornudar. En aquel momento advierto que mi pañuelo no está en el bolsillo de mi levita. Me siento empujado, alzado y volteado en todas direcciones por el pueblo más alegre, más hablador, más vivo y más habilidoso que pueda imaginarse. De pronto una joven comadre, precisamente mientras admiro sus magníficos cabellos negros, me envía sin lastimarme —con un golpe de su hombro elástico y fuerte— tres pasos atrás, hasta los brazos de un hombre que come sus macaroni, y me recibe sonriente.

Ya estoy en Nápoles. Cómo he llegado hasta aquí, con algunos restos informes y mutilados de mi equipaje, no podría decirlo, por la sencilla razón de que yo mismo no lo sé. He viajado en un sobresalto perpetuo, y me parece que en esta ciudad tan clara tengo la facha de un murciélago al sol. ¡Esta noche es peor todavía! Para observar las costumbres populares me fui a la Strada di Porto, donde actualmente me hallo. En torno mío, grupos animados se apiñan ante los puestos de vituallas, y floto como un buque náufrago arrastrado por olas vivientes que cuando sumergen acarician aún. Porque este pueblo napolitano tiene en su vivacidad no sé qué de dulce y de halagüeño. No empujan, mecen, y creo que a fuerza de balancearme estas gentes acabarían por dormirme de pie. Admiro, al pisar los escalones de lava de la Strada, a esos esportilleros y a esos pescadores que hablan, cantan, fuman, gesticulan, se pelean y se abrazan con extraordinaria rapidez. Viven a un tiempo con todos los sentidos y, filósofos por naturaleza, comprenden sus deseos y la brevedad de la vida. Me acerco a una taberna muy bien alumbrada, y leo en la puerta este cuarteto en dialecto napolitano:


Amice, alliegre magnammo, e bevimmo;
Nfin che n'ce stace noglio a la lucerna:
¿Chi sa s'a l'autro munno n'ce vedimmo?
¿Chi sa s'a l'autro munno n'ce taverna?


(Comed, bebed alegres, sin medida;
con el aceite brilla la linterna.
¿Nos veremos acaso en la otra vida?
En la otra vida ¿habrá alguna taberna?)


Horacio les daba consejos semejantes a sus amigos. Tú los recibiste, Póstumo; tú los escuchaste, Leuconoe, hermosa insurrecta que deseabas conocer los secretos del porvenir. Aquel futuro es para nosotros el pasado, y lo conocemos. En realidad hiciste mal en atormentarte por tan poco, y tu amigo demostró ser un hombre de buen sentido cuando te aconsejaba que fueras prudente y filtrases los vinos griegos. Sapias, vina liques. De este modo una tierra hermosa y un cielo puro aconsejan las tranquilas voluptuosidades; pero hay almas atormentadas por un sublime descontento: son las más nobles. Tú fuiste una de ellas, Leuconoe; yo saludo respetuoso tu sombra melancólica aparecida en el ocaso de mi vida y en una ciudad donde resplandeció tu belleza. Las almas semejantes a la tuya que aparecieron en la cristiandad, fueron almas de santas, y sus milagros llenan La leyenda dorada. Tu amigo Horacio ha dejado una posteridad menos generosa, y reconozco a uno de sus descendientes en la persona del tabernero poeta que en este momento llena de vino los vasos a la sombra de su muestra epicúrea.

Y sin embargo, la vida da la razón a mi amigo Flacco, y su filosofía es la única que se acomoda al paso de los acontecimientos. Ved a ese mozuelo que, apoyado en una celosía cubierta de pámpanos, toma un helado y contempla las estrellas. No se agacharía para recoger ese viejo manuscrito que a costa de tantas fatigas voy a buscar. En verdad, el hombre más bien ha nacido para tomar helados que para compulsar textos antiguos.

Continuaba yo mis divagaciones en torno de los borrachos y de los artistas. Algunos amantes cogidos por la cintura mordían deliciosas frutas. Acaso por ser el hombre naturalmente perverso, toda aquella alegría exterior me apenaba profundamente. La multitud ostentaba un deseo tan elemental de vivir, que todos mis pudores de viejo escriba se escandalizaron. Además, me desesperaba no comprender las palabras que se perdían en el aire. Era una prueba humilladora para un filósofo. Sentíame taciturno, cuando algunas frases pronunciadas a mi espalda me hicieron aguzar el oído.

—Ese viejo es seguramente un francés, Dimitri. Me da lástima verle tan aburrido. ¿Por qué no le hablas. . .? Tiene facha de buena persona, ¿verdad, Dimitri?

Aquello fue dicho en francés por una voz femenina. Al principio me desagradó oírme llamar viejo. ¿Es viejo un hombre a los sesenta y dos años? Hace pocos días, en el puente de las Cortes, mi colega Perrot d'Avrignac me cumplimentó por mi aspecto juvenil, e indudablemente será más entendido en edades que aquella alondra que a mi espalda canturreba, si es que las alondras cantan de noche. ¿Me reconoce facha de buena persona? ¡Oh!, ¡ah!, siempre creí serlo; y ahora lo pongo en duda, cuando así opina una pájara. No pienso volver la cabeza para conocer a la parlanchina, pero estoy seguro de habérmelas con una mujer bella. ¿Por qué?

Porque la voz de las mujeres que son bellas, o que lo fueron, que agradan o que agradaron, es la sola que puede tener esa variedad de inflexiones encantadoras, el sonido argentino como una risa eterna. De la boca de una fea saldrá tal vez una palabra más suave y más melodiosa, pero nunca tan vibrante ni tan gorjeada.

Tales ideas invadieron de pronto mi cerebro, y en seguida, para huir de aquellos dos desconocidos, me interné entre la más apiñada multitud napolitana por una callejuela tortuosa donde no había más luz que la de una lamparilla encendida ante el altarcito de una Virgen. Allí reflexioné con más tranquilidad, y me convencí de que aquella mujer bonita —seguramente bonita— había expresado acerca de mí una idea muy amable y merecedora de agradecimiento.

"Ese viejo es seguramente un francés, Dimitri. Me da lástima verle tan aburrido. ¿Por qué no le hablas? Tiene facha de buena persona, ¿verdad, Dimitri?"

Al oír estas palabras bondadosas no debí alejarme con tanta precipitación. Hubiera sido más prudente dirigirme con maneras corteses a la señora que con tanta claridad hablaba, y expresarme de este modo: "Señora: sin proponérmelo he oído lo que acaba usted de decir. ¿Quería usted hacer un favor a un pobre viejo?, pues ya lo consiguió; bastan las inflexiones de su voz francesa para proporcionarme un goce por el cual le quedo agradecido." Sin duda alguna debí decirle estas palabras u otras semejantes. Seguramente es francesa, porque su voz lo es. La voz de las damas de Francia es la más agradable del mundo. Los extranjeros advierten su encanto lo mismo que nosotros. Felipe de Bergame dijo en 1483, refiriéndose a Juana la Doncella: Su voz era suave como la de todas las mujeres de su país. El caballero a quien hablaba se llama Dimitri. Debe ser un ruso. La señora y su acompañante serán personas ricas de las que pasean su aburrimiento por el mundo. Debemos compadecer a los ricos; sus bienes los rodean, pero sin penetrarlos; en su interior son pobres y carecen de todo. Es lamentable la miseria de los ricos.

Acompañado por estos pensamientos, llegué a una callejuela cruzada por tantos arcos y con balcones tan salientes, que no penetraba en ella la menor claridad. Todo me hizo suponer que me hallaba sin rumbo y condenado a buscar una salida durante todo la noche. No podía orientarme sin preguntar, y para ello era preciso que se ofreciesen a mi vista rostros humanos; desconfiaba ya de ver uno siquiera. En mi desesperación seguí al azar una calle o, mejor dicho, un paraje medroso como un degolladero. Efectivamente, al poco rato vi a dos hombres que sacaron las navajas para reñir; pero reñían más con la lengua que con las armas, y por las injurias que se dirigían comprendí que se trataba de un conflicto amoroso. Me interné prudentemente por una callejuela próxima, mientras aquellos dos hombres ventilaban sus asuntos sin preocuparse ni por asomo de los míos. Después de caminar largo rato a la ventura, sentéme desalentado en un banco de piedra, y lamenté haber huido tan loca y tortuosamente de Dimitri y de su compañera de voz cristalina.

—Buenas noches, señor. ¿Viene usted de San Carlos? ¿Ha oído usted a la diva? Sólo en Nápoles se canta de esa manera.

Levanté la cabeza, y al reconocer a mi hotelero, comprendí que me hallaba sentado junto a la fachada del hotel, debajo de mi propia ventana.


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