El crimen de Sylvestre Bonnard: 009

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



Monte-Allegro, 10 noviembre 1859.


Descansaba yo con mis guías y sus mulas en el camino de Sciacca a Girgenti, en una posada del modesto pueblecito de Monte-Allegro, cuyos habitantes consumidos por la mal'aria tiritaban al sol; pero son griegos aún y su alegría todo lo soporta. Varios de ellos rodeaban la posada con sonriente curiosidad. Un cuento, si hubiese yo sabido contarles alguno, les hiciera sin duda olvidar las desgracias de la vida. Sus rostros revelan inteligencia, y las mujeres, a pesar de tener curtida y ajada la piel, se envolvían con gracia en su largo manto negro.

Ante mí veía las ruinas carcomidas por el aire del mar, sobre las cuales ni siquiera crece la yerba. La lúgubre tristeza del desierto reina en aquella tierra árida, cuyas agrietadas entrañas apenas engendran algunas mimosas raquíticas, cactus y palmeras enanas. Veinte pasos más allá, a lo largo de un barranco, unas piedras blanqueaban como rastra de huesos. Mi guía me dijo que aquello era un arroyo.

Hacía medio mes que me hallaba en Sicilia. En la bahía de Palermo, que se abre paso entre las dos moles áridas y abrumadoras del Pellegrino y del Catalfano, y que se extiende a lo largo de la Concha de oro cubierta de mirtos y de naranjos, sentí tal admiración que me resolvía a visitar esa isla tan noble por sus recuerdos y tan hermosa por sus cadenas de colinas. Viejo peregrino, encanecido en el Occidente bárbaro, me atreví a aventurarme en aquella tierra clásica; y acompañado por un guía fui de Palermo a Trapani; de Trapani a Selinonte, de Selinonte a Sciacca, de donde salí esta mañana para dirigirme a Girgenti, límite de mi viaje, que me ofrecía la contemplación del manuscrito de Juan Toutmouillé. Las bellezas admiradas por mí en el trayecto se hallan de tal modo impresas en mi espíritu, que juzgo un trabajo inútil describirlas. ¿Para qué desvirtuar la sensación de mi viaje con montones de notas? Los amantes que quieren muy de veras, no escriben sus venturas.

Entregado a la melancolía del presente y a la poesía del pasado, con el alma sumergida en bellas imágenes y con los ojos anegados en perfiles armoniosos y puros, saboreaba en la venta de Monte Allegro un vaso de vino añejo, cuando vi entrar en la sala a una mujer hermosa y joven, que vestía un traje de seda cruda y un sombrero de paja. Sus cabellos eran obscuros, sus ojos negros y brillantes. En su modo de andar adiviné a una parisiense. Acercóse para sentarse, y el ventero la sirvió un vaso de agua fresca y un ramo de rosas. Habíame levantado al verla entrar, y me aparté discretamente de la mesa como si atrajeran mi atención las estampas de asunto religioso colgadas en la pared. Advertí perfectamente que, al verme de espaldas, ella hizo un movimiento de sorpresa, y me acerqué a la ventana para contemplar los carritos que pasaban por el camino pedregoso bordeado de pitas y de chumberas.

Mientras ella bebía agua helada, contemplaba yo el cielo. Para sentir en Sicilia una voluptuosidad inexplicable basta beber agua fresca y respirar el aire puro. En mi interior murmuré los versos del poeta ateniense:


¡O santa luz, ojo de la dorada claridad!


La señora francesa me observaba con extraordinaria obstinación, y aun cuando procuré no mirarla más de lo prudente, comprendí que ella no apartaba de mí los ojos. Según parece, tengo el don de adivinar las miradas que me dirigen, sin mirar yo. Muchas personas poseen también esa facultad misteriosa; pero, ciertamente, no tiene nada de misterioso puesto que nos guiamos en tales ocasiones por algún indicio, tan ligero que apenas lo tomamos en cuenta. No sería imposible que yo viera los hermosos ojos de aquella señora reflejados en los cristales de la ventana.

Cuando me volví hacia ella nuestras miradas se cruzaron.

Una gallina negra entró en la estancia mal barrida y comenzó a picotear el suelo.

—¿Quieres pan, brujita? —dijo la señora echándole unas migajas que había sobre la mesa.

Reconocí la voz que habló de mí por la noche en Santa Lucía.

—Dispénseme usted señora —dije al punto—. Aunque no tengo el placer de conocerla, me creo en la obligación de mostrarme agradecido por la solicitud que la inspiró un viejo compatriota, errante a las altas horas de la noche por las calles de Nápoles.

—¿Me ha reconocido usted, caballero? También yo le reconozco.

—¿En mi facha de buena persona?

—¡Ah! ¿Oyó usted lo que le dije a mi marido? Supongo que no se habrá molestado. Sentiría mucho disgustarle.

—Muy al contrario, señora: me halagaron sus palabras; y su observación me parece oportunísima. La fisonomía no está sólo en los rasgos del rostro. Hay manos ingeniosas y manos tontas. Hay rodillas hipócritas y codos egoístas, talles arrogantes y fachas de buena persona.

—Es cierto —dijo ella—. Pero yo reconozco también su cara. Hemos debido encontrarnos ya en Italia o en otro país; no sé dónde. El príncipe y yo viajamos mucho.

—No creo haber tenido jamás la suerte de verla en parte alguna, señora —respondí—. Soy un viejo solitario. He pasado mi vida entre libros, sin viajar nunca. Usted lo comprendió en mi actitud azorada, y por esto me tuvo lástima. Deploro haber vivido arrinconado y quieto. Mucho se aprende en los libros, pero se aprende mucho más a través de países diversos.

—¿Es usted parisién?

—Sí señora; vivo desde hace cuarenta años en la misma casa, y salgo muy poco. Es verdad que mi casa está situada a la orilla del Sena, en el lugar más ilustre y más hermoso del mundo. Desde mis ventanas veo las Tullerías, el Louvre, el Puente Nuevo, las torres de Nuestra Señora, los torreones del Palacio de Justicia y el agudo remate de la Santa Capilla. Todas esas piedras hablan y me cuentan la prodigiosa historia de los franceses.

Al oír aquel discurso la señora quedóse atónita.

—¿Vive usted en el muelle? —me preguntó con vivacidad.

—En el muelle Malaquais —le respondí—, en el tercer piso de la casa donde se halla establecida una tienda de grabados. Me llamo Silvestre Bonnard. Mi nombre es apenas conocido; pero soy académico, y para mí es bastante que mis amigos no lo olviden.

Ella me miró con extraordinaria expresión de sorpresa, de interés, de melancolía, de enternecimiento, y yo no pude concebir que tan sencillo relato produjera a mi hermosa desconocida emociones tan varias y profundas.

Esperaba que me explicara su sorpresa, cuando un gigante silencioso, dulce y triste, entró en la sala.

—Mi marido —dijo ella, el príncipe Trepof. El señor Silvestre Bonnard, de la Academia francesa.

Para saludarme el príncipe agachó sus hombros, que eran altos, anchos y taciturnos.

—Hija mía —dijo—, siento en el alma privarte de la conversación del señor Bonnard; pero el coche está enganchado y hemos de llegar a Mello antes de que cierre la noche.

Se levantó, cogió las rosas que el ventero le había regalado y salió de la venta. La seguí mientras el príncipe examinaba los arreos de las mulas y comprobaba la solidez de las cinchas y de los correajes. Ella se detuvo bajo el emparrado y me dijo sonriente:

—Vamos a Mello, un pueblecito abominable situado a seis leguas de Girgenti; pero no puede usted imaginar a lo que vamos. No trate de adivinarlo, porque no lo conseguiría. Vamos a buscar una caja de cerillas. Dimitri colecciona cajas de cerillas. Ha coleccionado ya toda clase de objetos: collares de perro, botones de uniforme, sellos de correos, y ahora solamente las cajas de cerillas le interesan . . ., las cajitas de cartón con estampas. Hemos reunido ya cinco mil doscientos catorce modelos diferentes, y nos ha costado un trabajo ímprobo encontrar algunos. Teníamos noticia de que se habían fabricado en Nápoles unas cajitas con los retratos de Mazzini y de Garibaldi, que la policía recogió. A fuerza de buscar y preguntar, encontramos una de aquellas cajitas en casa de un campesino, quien después de vendérnosla por cien liras nos denunció a la policía. Los esbirros registraron nuestro equipaje, y como no encontraron la cajita se llevaron todas mis joyas. Desde entonces me aficioné a esa colección. En verano iremos a Suecia para completar la serie.

—Sentí —¿debo decirlo? —cierta piedad simpática por aquellos obstinados coleccionistas. Sin duda hubiera preferido saber que los señores Trepof buscaban en Sicilia mármoles antiguos, jarrones pintados o medallas. Hubiera querido verlos preocupados por las ruinas de Agrigente y las tradiciones poéticas de Eryx. Pero, en fin, puesto que coleccionaban, eran de la cofradía; ¿acaso puedo burlarme de ningún coleccionador sin burlarme de mí?

—Ahora ya sabe usted por qué viajamos a través de tan abominable territorio añadió.

Al oír aquello, toda mi simpatía convirtióse de pronto en indignación.

—Este país no es abominable, señora —respondí—. Esta tierra es una tierra gloriosa. La belleza es algo tan grande y tan augusto, que ni los siglos de barbarie conseguirán borrarla hasta el punto de que no queden de ella vestigios adorables. La majestad de la antigua Ceres se cierne aún sobre estas colinas áridas, y la musa griega que hizo resonar con sus acentos divinos Arethusa y el Menala resuena todavía en mis oídos; aún canta sobre la montaña talada y la fuente seca. Sí señora: en los últimos días de la tierra, cuando nuestro globo inhabitado, como ahora la luna, paseará por el espacio su blanco cadáver: el suelo de las ruinas de Selinonte conservará signos de belleza en la muerte universal, y entonces, al menos entonces, no habrá ya bocas frívolas para blasfemar sus grandezas solitarias.

Apenas acababa de pronunciar estas frases cuando comprendí que había hecho una simpleza. Bonnard —me dije—, un viejo, que pasa como tú la vida entre libros, no sabe hablar con las mujeres. Felizmente para mí, la señora Trepof comprendió menos mi discurso que si la hubiera hablado en griego, y me dijo con dulzura:

—Dimitri se aburre y yo también me aburro. Nos entretenemos con las cajas de cerillas, pero hasta de las cajas de cerillas nos cansamos. En otro tiempo, cuando me acosaban abrumadoras preocupaciones, nunca me aburría: las preocupaciones entretienen mucho.

Enternecido por la miseria moral de aquella linda persona:

—Señora —dije—, la compadezco, porque la falta un hijo. Con un hijo su vida tendría objeto, y sus reflexiones serían más graves y consoladoras.

—Tengo un hijo —me respondió—. Ya es mayorcito mi Jorge, casi un hombre; ha cumplido los once años. Le quiero tanto como cuando era chiquitín; pero ya es muy diferente.

Me ofreció una rosa de su ramo, y al subir al coche, me dijo risueña:

—No puede usted figurarse, señor Bonnard, cuánto me alegro de verle. Espero que volveremos a encontrarlos en Girgenti.



Girgenti, el mismo día.


Me acomodé lo mejor posible en mi lettica. La lettica es un coche sin ruedas, mejor dicho, una litera, una silla llevada por dos mulas colocadas una tras otra. Su uso es antiguo. He visto varias veces estas literas representadas en los manuscritos del siglo XIV. Nunca imaginé que una litera de aquéllas me llevaría alguna vez desde Monte-Allegro a Girgenti. No debemos nunca extrañarnos de nada.

Durante tres horas las mulas hicieron sonar sus campanillas y golpearon con sus cascos un suelo calcinado. Mientras en torno se extendían lentamente sobre dos hileras de áloes las formas áridas de una naturaleza africana, yo pensaba en el manuscrito del clérigo Juan Toutmouillé y lo deseaba con un cándido apasionamiento que me enternecía por su inocencia infantil y su puerilidad conmovedora.

El perfume de una rosa, que se hizo sentir más al anochecer, me recordó a la señora Trepof. Venus comenzaba a brillar en el cielo, y pensé: "La señora Trepof es una hermosa mujer, muy sencilla y muy ignorante. Tiene instintos de gata. No he descubierto en ella ni siquiera una de esas nobles curiosidades que agitan a las almas reflexivas, y sin embargo ha expresado a su manera un pensamiento profundo: 'Las preocupaciones entretienen mucho'. Sabe que en este mundo la inquietud y el sufrimiento son nuestras diversiones mayores. Las grandes verdades no se descubren sin pena y trabajo. ¿A costa de cuántos afanes, lo habrá aprendido la princesa Trepof?"




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