El crimen de Sylvestre Bonnard: 017

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



IV



París, 16 de abril.


San Droctoveo y los primeros abates de Saint-Germain-des-Près han absorbido cuarenta años de mi vida, y aún ignoro si llegaré a escribir su historia antes de ir a reunirme con ellos. Hace ya tiempo que soy viejo. El año pasado, en el puente de las Artes un compañero mío de la Academia se lamentaba conmigo de lo mucho que le disgustaba envejecer. «Por ahora —le respondió Sainte-Beuve—, es el único medio que se conoce para prolongar la vida». He usado ese medio y sé cuanto vale. La desgracia no consiste en perdurar, sino en ver que todo pasa en torno nuestro. Madre, mujer, amigos, hijos; la Naturaleza forma y destruye esos divinos tesoros con melancólica indiferencia, y al fin nos convenceremos de que sólo hemos querido y acariciado a unas sombras.

Pero ¡hay sombras tan atractivas! Si alguna vez una criatura se deslizó como una sombra en la vida de un hombre, fue aquella muchacha a quien tanto quise cuando —¡cosa inconcebible ahora!— era yo también un mozo; y sin embargo el recuerdo de aquella sombra es aún para mí una de las más firmes realidades de la vida.

Un sarcófago cristiano de las catacumbas de Roma tiene una fórmula de imprecación, cuyo terrible sentido sólo con el tiempo llegué a comprender; dice así: «Si algún impío viola esta sepultura, que muera el último de todos los suyos». En mi calidad de arqueólogo he abierto sepulturas y removido las cenizas para recoger pedazos de tela, ornamentos de metal y las gemas que había revueltas con los restos. Lo hice por una curiosidad de sabio no exenta de veneración y de respeto. ¡Quiera Dios que la maldición, grabada por uno de los primeros discípulos de los apóstoles sobre la tumba de un mártir, no recaiga jamás sobre mí! ¿Cómo es posible que recaiga sobre mí? No debe asustarme sobrevivir a los míos, porque mientras haya hombres sobre la tierra siempre habrá quien merezca ser amado.

¡Ay! La facultad de amar disminuye y se pierde con los años, como todas las demás energías del hombre. El ejemplo nos lo demuestra, y esto es lo que me espanta. ¿Estoy seguro de haber experimentado ya ese desgaste? Ciertamente lo hubiera experimentado a no ser por un feliz encuentro que me ha rejuvenecido. Los poetas hablan de la Fuente de Juventud; existe; a cada uno de nuestros pasos mana de la tierra que se pisa.

¡Y no acertamos a beber en ella!

Desde que he conocido a la nieta de Clementina, mi existencia falta de objeto encontró una dirección y un interés.

Hoy tomo el sol, como dicen en Provenza; lo tomo en la terraza del Luxemburgo al pie de la estatua de Margarita de Navarra. Es un sol de primavera ardoroso como un vino nuevo. Estoy sentado y reflexiono: escapan los pensamientos de mi cerebro como la espuma de una botella de cerveza. Son ligeros, y su chisporroteo me distrae. Sueño, lo cual estará sin duda permitido a un hombre que publicó treinta volúmenes de textos antiguos y colaboró durante veinte años en el Diario de los eruditos. Tengo la satisfacción de haber trabajado cuanto pude y de aplicar al estudio las medianas facultades con que la Naturaleza me dotó. Mis esfuerzos no han sido completamente infructuosos, y contribuí en una parte modesta al renacimiento de los trabajos históricos, que será la honra de este siglo inquieto. Seguramente me contarán entre los diez o doce eruditos que dieron a conocer a Francia sus antigüedades literarias. Mi edición de las obras poéticas de Gautier de Coincy inauguró un método razonable; hizo época. En el severo reposo de la vejez me concedo ese premio merecido, y Dios que ve mi alma sabe si el orgullo o la vanidad tienen la menor parte en la justicia que me hago yo mismo.

Pero estoy cansado; mi vista se nubla mi mano tiembla, me reconozco en esos ancianos de Homero a quienes su debilidad alejaba de los combates y sentados en la muralla levantaban la voz como las cigarras en la espesura.

Así se encadenaban mis pensamientos cuando tres jóvenes se sentaron ruidosamente cerca de mí. Ignoro si cada uno de ellos había llegado en tres barcos, como el mono de La Fontaine; pero es cierto que ocuparon doce sillas entre los tres. Me agradó verlos, no porque advirtiera en ellos nada extraordinario, sino porque ofrecían el aspecto decidido y alegre propio de la juventud. Eran estudiantes: me convencí de ello no tanto por los libros que llevaban en la mano como por los rasgos de su fisonomía. Todos los que se dedican a trabajos intelectuales tienen un algo característico y peculiar. Me agradan mucho los jóvenes, y aquellos particularmente me agradaron a pesar de ciertos modales provocativos y adustos que me recordaban mis tiempos de estudiante. Sin embargo, no llevaban como nosotros largas melenas caídas sobre cuellos de terciopelo; no paseaban como nosotros con una calavera en la mano, ni gritaban como nosotros: «¡Infierno y maldición!». Iban correctamente vestidos, y ni en su traje ni en su manera de hablar había rastro alguno de la Edad Media. Debo añadir que sólo hablaron de las mujeres que pasaban por la terraza, y calificaron a algunas en términos bastante atrevidos; pero sus reflexiones acerca de este particular no fueron tales que me obligaran a huirlos. Además, no me parece mal que la juventud estudiosa tenga expansiones.

Después de referir uno de ellos no sé qué broma galante:

—¿Qué es eso? —exclamó con ligero acento gascón el más joven y el más moreno de los tres—. Sólo a nosotros los fisiólogos nos corresponde ocuparnos de la materia viviente. Respecto a ti, Gelis, que como todos tus cofrades archiveros y paleógrafos sólo existes en el pasado, ocúpate de las mujeres de piedra, que son tus contemporáneas.

Y le señaló con el dedo las estatuas de las señoras de la antigua Francia que se alzan completamente blancas en semicírculo bajo los árboles de la terraza. Aquella broma, de suyo insignificante, me advirtió que aquél a quien llamaban Gelis era un discípulo de la Escuela de Diplomática. El resto de la conversación me hizo saber que su vecino, rubio y pálido hasta resultar borroso, silencioso y sarcástico, era Boulmier, su compañero de estudios Gelis y el futuro médico (hago votos para que llegue a serlo algún día) discurrían entre sí con abundante imaginación y verbosidad. Después de haber llegado a las más altas especulaciones hacían juegos de palabras y decían tonterías propias de personas de talento, es decir, tonterías enormes. No creo necesario afirmar que sostenían paradojas monstruosas. ¡Enhorabuena! Me disgustan los jóvenes demasiado razonables.

El estudiante de Medicina miró la cubierta del libro que Boulmier llevaba en la mano, y dijo:

—¡Vaya! ¿Lees a Michelet?

—Sí —respondió gravemente Boulmier—; me gustan las novelas.

Gelis, que los dominaba por su gallarda figura, por su gesto imperioso y por su palabra fácil, cogió el libro, lo hojeó y dijo:

—¡Es Michelet en su última fase, el mejor Michelet! Nada de narraciones. Cóleras, desmayos, una crisis epiléptica a propósito de los hechos que no se digna exponer. Gritos de niño, ansias de mujer embarazada suspiros; ¡ninguna frase de pacotilla! ¡Es admirable!

Y devolvió el libro a su camarada.

«Esa locura es divertida —me dije—; no se halla tan desprovista de sentido como pudiera suponerse. Hay sin duda un poco de agitación y hasta de trepidación en los recientes escritos de nuestro famoso Michelet».

Aquel estudiante provenzal aseguró que la historia es un ejercicio retórico por completo despreciable. Opinaba que la única y verdadera historia es la historia del hombre; Michelet seguía un buen camino cuando descubrió la fístula de Luis XVI, pero recayó en lo rutinario y vulgar.

Una vez expresado aquel precioso pensamiento, el joven fisiólogo fue a reunirse a un grupo de amigos que pasaba. Los dos archiveros, menos relacionados en el jardín, que se halla distante de la calle Paradis-au-Marais, al quedar solos hablaron de sus estudios. Gelis, que acababa su tercer año, preparaba una tesis cuyo asunto expuso con juvenil entusiasmo. En verdad aquel asunto me pareció de interés, con tanta más razón cuanto que recientemente me creí obligado a ocuparme en él. Era el Monasticum gallicanum. El joven erudito (le doy este nombre como un presagio) se proponía explicar todas las planchas grabadas hacia 1690 para la obra que Dom Germán hubiera hecho imprimir sin el irremediable impedimento con que no se cuenta nunca y que no se evita jamás. Dom Germán al morirse dejó su manuscrito completo y bien ordenado: ¿haré yo otro tanto con el mío? Pero no se trata de esto. El señor Gelis, según pude yo comprender, se proponía consagrar una noticia arqueológica a cada una de las abadías figuradas en los humildes grabados de Dom Germán.

Su amigo le preguntó si conocía todos los documentos manuscritos e impresos referentes a semejante asunto. Entonces presté oído. Hablaron primero de las fuentes originales, y debo reconocer que lo hacían con bastante acierto, a pesar de los innumerables y disformes errores que cometieron; después abordaron los estudios de la crítica contemporánea.

—¿Has leído la noticia de Courajod? —preguntó Boulmier.

«¡Bien!», me dije.

—Sí —respondió Gelis—, es un trabajo hecho a conciencia.

—¿Has leído —dijo Boulmier el artículo de Tamisey de Larroque en la Revista de Asuntos Históricos?

«¡Bien!», me dije por segunda vez.

—Sí —respondió Gelis—, y en él he hallado indicaciones muy útiles.

—¿Has leído —dijo Boulmier— La descripción de las abadías benedictinas en 1600, por Silvestre Bonnard?

«¡Bien!», me dije por tercera vez.

—¡Dios mío!, no —respondió Gelis—. Dudo que me den ganas de leerlo. Silvestre Bonnard es un imbécil.

Al volver la cabeza, noté que la sombra invadía el sitio donde yo estaba. Penetróme la humedad y creí estúpido exponerme a coger un reuma por oír las impertinencias de dos jóvenes fatuos.

«¡Ah! ¡Ah! —me dije al levantarme—. ¡Qué este pajarillo parlero desarrolle su tesis y la sostenga! Ya le demostrará su necedad Guicherad, mi colega, o algún otro profesor. Me parece un solemne bribón, y realmente, pensándolo despacio, lo que ha dicho de Michelet es intolerable y traspasa todos los límites. ¡Hablar así de un viejo maestro, de un hombre talentudo! Es insufrible».