El crimen de Sylvestre Bonnard: 026

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



15 de diciembre.


El rey de Tule conservaba una copa de oro que su madre le había regalado. Próximo a morir, y seguro de que bebía en ella por última vez, arrojó la copa al mar. Conservo este cuaderno de recuerdos como el viejo príncipe de los brumosos mares conservó su copa cincelada, y del mismo modo que él arrojó su joya de amor, quemaré a tiempo este libro de reflexiones. No será una avaricia altiva ni un orgullo egoísta lo que me obligue a destruir este monumento de una vida humilde, sino el temor de que las cosas que fueron para mí queridas y sagradas resulten, por falta de arte, vulgares y ridículas.

No digo esto por lo que a continuación voy a referir. Ciertamente sentía el ridículo cuando, invitado a comer en casa de la señorita Préfère, me senté en una poltrona (era realmente poltrona), a la derecha de aquella alarmante maestra. La mesa estaba colocada en un saloncito. Platos rotos, vasos desiguales, cuchillos con mango desprendido, tenedores con las púas amarillentas: nada faltó allí de lo que puede quitar el apetito a una persona pulcra.

Me advirtieron que el almuerzo era en honor mío, aún cuando el señor Mouche también estaba invitado. Sin duda la señorita Préfère me atribuía, en lo referente a la manteca, gusto de sármata, pues la que me ofreció era excesivamente rancia.

El asado acabó de envenenarme; pero en cambio tuve el placer de oír platicar acerca de la virtud al señor Mouche y a la señorita Préfère. Digo el placer y debería decir la vergüenza, porque los sentimientos que expresaron están por encima de mi burdo natural.

Lo que dijeron me demostró claramente que vivían de abnegación por todo alimento, y que el sacrificio les era tan necesario como el aire y el agua. Al ver que yo no comía, la señorita Préfère hizo mil esfuerzos para combatir lo que ella bondadosamente llamaba mi discreción. Juanita no estuvo con nosotros porque, según me dijeron, su presencia —contraria al reglamento— hubiera quebrantado la igualdad indispensable para mantener la disciplina entre las colegialas.

La criada, siempre despavorida, sirvió un raquítico postre y desapareció como una sombra.

Entonces la señorita Préfère refirió al señor Mouche, con inusitados aspavientos, cuanto me había dicho en la ciudad de los libros mientras mi cocinera estaba en cama. Su admiración por un académico, sus temores de verme enfermo y solo, su certidumbre de que sería la dicha de una mujer inteligente compartir mi existencia; y no sólo repitió sus dulzonas frases, sin olvidar ninguna, sino que añadió nuevos desvaríos. El señor Mouche aprobaba con la cabeza, a la vez que se entretenía cascando avellanas, y después de oír aquella descompasada verbosidad, preguntó con afectuosa sonrisa lo que yo había respondido.

La señorita Préfère, con una mano sobre el corazón y la otra extendida hacia mí, exclamó:

—¡Es tan afectuoso, tan superior, tan bueno, tan excelente! Me ha respondido. Pero no sabría yo, infeliz mujer, repetir las frases de un académico; bastará que las resuma. Me ha respondido: «Sí, me convence, y acepto».

Al decir estas palabras la señorita Préfère me cogió una mano. El señor Mouche se levantó, y muy conmovido me cogió la otra, mientras decía:

—¡Le felicito, caballero!

Algunas veces, en mi vida, he sentido miedo, pero jamás un terror de naturaleza tan repugnante como en aquella hora.

Retiré mis dos manos, me levanté para comunicar a mis frases toda la gravedad posible, y dije:

—Señora: o yo no acerté a explicarme bien aquel día en mi casa, o ahora la he comprendido mal. En cualquiera de los dos casos se impone una rectificación contundente. Permítame, señora, que la formule con brevedad. No, no me ha convencido; no, no he aceptado nada; ignoro en absoluto qué mujer me designa, si acaso me ha designado alguna, pero no entra en mis planes el matrimonio. Sería una locura imperdonable a mi edad, y no puedo concebir que una persona tan sensata como usted haya podido aconsejármelo. Tengo varias razones para creer que usted no ha dicho nada parecido. En ese caso, perdone usted a un viejo poco acostumbrado al trato de gentes, sobre todo al lenguaje de las señoras, y que además lamenta su error.

El señor Mouche se sentó de nuevo en su sitio donde, a falta de avellanas, se entretuvo en partir un tapón de corcho.

La señorita Préfère, después de contemplarme durante algunos momentos con unos ojillos redondos y duros cuya impertinencia yo no había padecido aún, recobró su dulzura y su amabilidad acostumbradas, y con voz melosa exclamó:

—¡Estos sabios, estos hombres de estudio son unos niños! Sí, señor Bonnard, realmente es usted un niño.

Luego, volvióse hacia el notario, que seguía con la cabeza baja y cortaba tranquilamente el corcho, y le dijo con voz suplicante:

—¡Oh, no le acuse usted! ¡No le acuse usted! No le juzgue mal, se lo ruego. No le juzgue mal. ¿Tendré que pedírselo de rodillas?

El señor Mouche daba vueltas al corcho entre sus dedos, y lo contemplaba sin chistar.

Yo estaba indignado, y a juzgar por el calor que sentí en la cabeza, debía tener el rostro encendido; pero estoy seguro de haber oído entonces, entre los zumbidos violentos de mis sienes, estas palabras:

—Nuestro pobre amigo me asusta, señor Mouche. Haga el favor de abrir la ventana. Me parece que una compresa de árnica le aliviaría.

Me lancé a la calle con un indecible sentimiento de asco y de terror.




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