El crimen de Sylvestre Bonnard: 025

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



Septiembre-diciembre.


Las visitas al pobre viejo se han sucedido con una exactitud que me satisface profundamente, gracias a la señorita Préfère, la cual tiene ya su rinconcito propio en la ciudad de los libros, y dice «mi silla, mi taburete, mi costurero». Su costurero es una tabla de la que ha expulsado a los poetas champañeses para dejar su saquito de labor. Se muestra muy amable, y es necesario que yo sea un monstruo para no encariñarme con ella; pero la soporto en toda la extensión de la palabra. ¿Qué no soportaría yo por Juanita? Juanita infunde a la ciudad de los libros un encanto que persiste aún en su ausencia. Es tan inteligente, que a pesar de hallarse poco instruida, cuando pretendo enseñarle algo hermoso resulta que yo no lo había visto bien y es ella quien me lo enseña. Si hasta el presente me ha sido imposible inculcarle mis ideas, en cambio muchas veces me agradó seguir el ingenioso capricho de las suyas.

Un hombre más sensato que yo pensaría en hacerla útil. Pero ¿no es útil en este mundo ser admirable? Sin ser hermosa, encanta. Encantar, acaso tenga la misma utilidad que zurcir medias. Además, yo no soy inmortal, y ella sin duda no será muy vieja cuando mi notario (que no es el señor Mouche) la leerá cierto papel que hace poco tiempo he firmado.

No consiento que nadie más que yo la proteja y la dote. No soy rico, y no aumentó gran cosa en mis manos la herencia paterna. Estudiar textos antiguos no es la ocupación más adecuada para enriquecerse, pero mis libros, al precio que alcanza hoy esta mercancía, valen algún dinero. Guardo en un estante varios poetas del siglo XVI que los banqueros disputarían a los príncipes, y creo que estas Horas de Simón Vostre no pasarían inadvertidas en el hotel Silvestre, ni tampoco esas Preces pioe que usó la reina Claudia. He atendido especialmente a reunir y conservar ejemplares raros y curiosos en la ciudad de los libros; creí durante mucho tiempo que me eran tan necesarios para vivir como el aire y la luz; mucho los amé y aún hoy no dejo de sonreírles y de acariciarlos. ¡Sus lomos de tafilete son tan agradables a la vista y sus vitelas tan suaves al tacto! Cada uno de estos libros es digno, por un mérito especial, de la estimación de un hombre inteligente. ¿Qué otro dueño sabrá apreciarlos en lo que valen? ¡Si al menos su nuevo poseedor no los deja perecer en el abandono, ni los mutila por un capricho de profano! ¿En qué manos caerá ese ejemplar incomparable de la Historia de la abadía de Saint Saint-Germain-des-Près…, en cuyo margen el mismo autor, Dom Jacobo Bouillar, escribió unas notas interesantísimas…?

«Bonnard, era un viejo loco. Tu pobre cocinera está hoy postrada en cama con un fuerte dolor reumático; Juanita ha de venir con su acompañante; y en vez de prepararte a recibirlas, piensas mil estupideces. Silvestre Bonnard, nunca harás nada de provecho, te lo aseguro».

Y precisamente desde mi balcón las veo bajar del ómnibus. Juanita salta como una gata, y la señorita Préfère cae en los brazos del conductor con la gracia púdica de una Virginia salvada nuevamente de un naufragio y resignada a dejarse llevar. Juanita levanta la cabeza para dedicarme un imperceptible mohín de amistosa confianza. Comprendo que es encantadora; no tanto como su abuela; pero sus atractivos son la alegría y el consuelo de este viejo loco. En cuanto a los jóvenes locos (aún los hay), no sé lo que opinarán; no es cuenta mía… Pero ¿será preciso repetirte, Bonnard amigo, que tu criada está en cama y que has de abrir la puerta?

Viejo Invierno, abre…; ¡la Primavera llama! Es Juanita, en efecto; Juanita con el color un poco encendido. A la señorita Préfère la faltan aún veinte escalones para llegar, ahogada y encolerizada, al descansillo de mi aposento.

Expliqué la situación de mi criada y propuse que fuéramos a comer a un restaurante pero Teresa, que ni en el lecho del dolor pierde sus energías, decidió que habíamos de comer en casa… Las personas decentes, según ella, no van a comer al restaurante. Además, todo lo tenía previsto. La compra estaba hecha y la portera prepararía el almuerzo.

La traviesa Juanita quiso cerciorarse de si la enferma necesitaba cualquier cosa. Como supondrán ustedes, pronto la enviaron al salón, pero no con la rudeza que yo me temía.

—Cuando necesite que me sirvan, lo que no quiera Dios —le respondieron—, buscaré una persona menos linda que usted. Sólo me hace falta descanso, y ésa es una mercancía que usted no despacha en la feria. Vaya usted a divertirse y no se quede aquí; es malsano. La vejez se contagia.

Después de repetirnos estas frases, añadió Juanita que el lenguaje de Teresa la agradaba mucho, por lo cual la señorita Préfère la reprochó no tener gustos distinguidos. Traté de disculparla con el ejemplo de tantos cultivadores del idioma que buscan maestros de lenguaje entre los cargadores del puerto y entre las viejas lavanderas del río; pero la señorita Préfère tenía los gustos demasiado selectos para conformarse con mis explicaciones.

Luego Juanita, en actitud suplicante, me pidió que la permitiera ponerse un delantal blanco y ocuparse del almuerzo.

—Juanita —respondí con la gravedad de un dueño de casa—, creo que si se trata de romper los platos, desportillar las cazuelas, destrozar las fuentes y agujerear los pucheros, la sórdida criatura que Teresa ha puesto en su lugar lo hará sin ayuda, pues acabo de oír en la cocina ruidos desastrosos. Sin embargo, la encomiendo a usted, Juanita, la confección del postre. Coja un delantal blanco; yo mismo se lo ataré.

En efecto, le até solemnemente el delantal a la cintura y se fue a la cocina para preparar, como luego advertimos, platos deliciosos.

No pude alegrarme por completo de aquellas disposiciones, porque la señorita Préfère, al quedarse a solas conmigo, empleó modales intranquilizadores, clavó en mí sus ojos encendidos y lacrimosos, y exhaló suspiros enormes.

—¡Le compadezco! —me dijo—. ¡Un hombre del mérito de usted, vivir solo con una criada tosca!, (tosca lo es, no cabe duda). ¡Qué existencia tan cruel! Usted necesita descanso, muchas atenciones y mucha solicitud, cuidados de todos géneros. Puede usted enfermar. No hay mujer que no juzgara honroso llevar su nombre y compartir su existencia. No, no la hay; mi corazón me lo dice.

Y oprimía con las dos manos su corazón dispuesto a escaparse.

Yo estaba realmente desconcertado. Procuré convencer a la señorita Préfère de que no me convenía variar las condiciones de mi existencia, ya casi en su límite, y de que me consideraba todo lo feliz que me permitían serlo mi naturaleza y mi suerte.

—No, no es usted feliz —exclamó—. Necesita usted a su lado un alma capaz de comprenderle. Salga de su ensimismamiento, pasee los ojos en torno suyo. Sin duda tendrá usted buenas amistades, gratas relaciones. No se puede ser de la Academia sin frecuentar la sociedad. Observe, juzgue, compare. Una mujer prudente no le negará su mano. Soy mujer, caballero; mi instinto no me engaña; algo me dice que el matrimonio le proporcionará la dicha. ¡Las mujeres son tan abnegadas, tan cariñosas!, (no todas ciertamente, pero algunas). Además, son sensibles a la gloria. Su cocinera ya no tiene bríos: está sorda, enferma. ¡Si le ocurriese a usted una desgracia de noche! ¡Me estremezco al imaginarlo!

Y realmente se estremecía: cerraba los ojos, apretaba los puños, pataleaba. Mi asombro era mayúsculo. Con qué formidable ardimiento prosiguió:

—¡Su salud, su importante salud! Daría con gusto toda mi sangre para prolongar los días de un sabio, de un literato, de un hombre tan ilustre, de un académico; y a una mujer que no fuera capaz de hacer otro tanto, la despreciaría. Mire usted, caballero: he conocido a la mujer de un sabio matemático, de un hombre que desarrollaba sus cálculos en cuadernos, en un sin fin de cuadernos con los cuales llenaba todos los armarios. Padecía del corazón, se consumía por momentos; y su mujer estaba muy tranquila, sin pensar en cuidarle. Al fin no pude más y un día la dije: «¡Señora, no tiene usted corazón! Yo en su lugar hiciera…, hiciera… ¡No sé lo que hiciera!».

Rendida, calló. Mi situación era horrible. Decir francamente a la señorita Préfère lo que opinaba de sus consejos hubiera sido romper con ella y, por consiguiente, alejarme de Juanita. Recurrí a la suavidad. Por añadidura estaba en mi casa, y esto me decidió a guardarle ciertas atenciones.

—Soy muy viejo, señorita —le respondí—. Me parece que su consejo llega un poco tarde; sin embargo lo tendré presente. Y ahora, sosiéguese; tal vez la conviniera tomar un vaso de agua con azúcar.

Con gran sorpresa mía la tranquilizaron aquellas frases, y la vi sentarse con calma en su rinconcito, junto a su costurero, en su silla, y poner los pies sobre su taburete.

La comida estaba mal sazonada. La señorita Préfère, sumergida en sus ensueños, no se dio cuenta. Generalmente soy muy sensible a esta clase de contratiempos, pero aquello despertó en Juanita tanto alborozo, que acabé por alegrarme. No sabía yo aún ¡a mi edad!, que un pollo achicharrado y crudo a la vez era un incidente cómico, pero las sonoras carcajadas de Juanita me lo enseñaron. Aquel pollo nos inspiró mil ocurrencias ingeniosas que ya he olvidado, y quedé satisfechísimo de que no hubiesen conseguido asarlo convenientemente.

La comida terminó al presentar Juanita, con mucha gracia, la fuente de huevos moles que había preparado. Su dorada superficie brillaba con pálido resplandor y difundía un intenso perfume de vainilla. Colocó el plato sobre la mesa con la gravedad ingenua de una criada de Chardin.

En el fondo de mi alma sentíame intranquilo. Era imposible sostener durante mucho tiempo una buena amistad con la señorita Préfère, cuyos furores matrimoniales habían estallado; y una vez alejada la maestra, ¡adiós la educanda! Aproveché el momento en que aquella señorita fue a ponerse el sombrero y el abrigo, para hacer apresuradamente a Juanita una pregunta importante. Me contestó que tenía diez y ocho años y un mes. Con los dedos calculé que no sería mayor de edad antes de dos años y once meses. ¿Cómo pasar tan largo tiempo?

Al despedirnos, la señorita Préfère me miró con tanta expresión que temblé de pies a cabeza.

—Hasta la vista —dije gravemente a la niña—. Escúcheme: su amigo es viejo y puede faltar; prométame no faltarse nunca a sí misma, y estaré tranquilo. ¡Dios la guarde, hija mía!

Después de cerrar la puerta cuando hubieron salido, abrí el balcón para verla en la calle. La noche era obscura y sólo divisé sombras confusas que se deslizaban por el muelle. El zumbido inmenso y sordo de la ciudad subía hasta mí… Se me angustiaba el corazón.



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