El crimen de Sylvestre Bonnard: 028

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



Febrero de 186…


El doctor está muy satisfecho. Al parecer, le enorgullece mucho que yo me tenga en pie. Según dice, una infinidad de males se desplomaron a la vez sobre mi viejo organismo.

Estos males, espanto del hombre, tienen sus clasificaciones, espanto del filólogo. Son palabras híbridas, semigriegas, semilatinas, terminadas en «itis» cuando indican un estado inflamatorio, y en «algia» cuando expresan dolor. El médico me las repite con gran número de adjetivos terminados en «ico», destinados a caracterizar la detestable cualidad. Toda una columna del Diccionario de Medicina.

—Esa mano, doctor. Me ha devuelto usted la vida, y le perdono: me ha devuelto usted a mis amigos, y se lo agradezco. Dice usted que soy fuerte. Sin duda, sin duda; pero he durado ya mucho. Ya soy un vejestorio comparable al sillón de mi padre. Mi padre se sentaba, desde la mañana hasta la noche, en un viejo sillón heredado. Veinte veces al día, en mi niñez, me encaramaba sobre un brazo de aquel mueble. Mientras estuvo en buen uso nadie le dio importancia, pero cuando empezó a cojear de una pata dijeron que era un excelente sillón. Luego cojeó de tres patas; se le rompió la última y perdió casi los dos brazos. Entonces exclamaron: «¡Qué sillón tan fuerte!». Les admiraba que sin un brazo útil ni una pata en que apoyarse, conservara su figura de sillón, se sostuviera todavía y fuese aún de alguna utilidad. La crin se le salió del cuerpo, y entregó el alma.

»Cuando Cipriano, nuestro sirviente, partió sus miembros para echarlos a la chimenea, los gritos de admiración aumentaron: “¡Qué excelente y maravilloso sillón! Lo usaron Pedro Silvestre Bonnard, comerciante en paños; Epifanio Bonnard, su hijo, y Juan Bautista Bonnard, jefe de la tercera división marítima y filósofo escéptico. ¡Qué venerable y sólido sillón!”. En realidad era un sillón muerto. Pues bien, doctor: yo soy como aquel sillón. Me cree usted fuerte porque resistí asaltos que hubieran matado por completo a personas de condiciones distintas y que a mí sólo me han matado a medias. A pesar de todo, no dejo de ser un objeto irremediablemente averiado.

A fuerza de palabras griegas y latinas, el doctor quiere demostrarme que me conservo bien. La transparencia y la claridad de nuestro idioma son excesivas para permitir una demostración de tal género. Me supongo persuadido y le acompaño hasta la puerta.

—¡Gracias a Dios! —me dice Teresa—. Así es como debe despedirse a los médicos. En dos o tres veces que se repita no volverá, y me alegraré mucho.

—Bueno, Teresa; puesto que ya estoy repuesto del todo, no me oculte mi correspondencia. Debe haber un buen montón de cartas, y sería una crueldad impedirme que las lea.

Teresa, después de hacer algunas objeciones, me entrega mis cartas. Pero ¿qué me importa ya? He mirado todos los sobres y ninguno está escrito por la delicada mano que yo quisiera ver aquí sobre las hojas del Vecellio. Desprecio el montón de cartas que nada me dicen.




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