El crimen de Sylvestre Bonnard: 029

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



Abril-junio.


La discusión ha sido acalorada.

—Espere, señor, a que me vista —me ha dicho Teresa—, y hoy también saldré con usted; llevaré la silla de tijera; iremos, como estos últimos días, a tomar el sol.

En realidad Teresa me cree enfermo. Sin duda lo estuve, pero ya pasó todo. La señora Enfermedad se fue, y hace tres meses que su acompañante de pálido y gracioso rostro, la señora Convalecencia, se despidió de mí amablemente. Si hiciera caso a mi criada, sería en absoluto un señor Argante, y para el resto de mis días usara gorro de dormir ajustado sobre la frente… ¡Nada de esto! Me decido a salir solo. Teresa no piensa como yo. Empuña la silla de tijera y se dispone a acompañarme.

—Teresa: mañana tomaremos el sol todo el tiempo que usted quiera; hoy tengo asuntos urgentes.

—¡Asuntos!

Supone que se trata de dinero, y me asegura que nada necesitamos con urgencia.

—¡Tanto mejor!; pero hay también otras urgencias en el mundo.

Suplico, gruño, ¡escapo!

Hace un tiempo hermoso. En un coche de alquiler, si Dios no me abandona realizaré mi proyecto.

Ya descubro la fachada que lleva escrito con letras azules el siguiente rótulo: «Colegio de señoritas, dirigido por la señorita Virginia Préfère». Aparece la verja que se abría majestuosamente al patio de honor si alguna vez se abriera, pero la cerradura está oxidada y las planchas de hierro que la revisten protegen contra ojos indiscretos las infelices almas a quienes sin duda alguna la señorita Préfère enseña la modestia, la sinceridad, la justicia y la abnegación. Una ventana con reja, cuyos cristales embadurnados revelan ser la de una dependencia común, es el único agujero accesible.

En cuanto al postigo por donde tantas veces entré, y que ya no se abrirá para mí, se me presenta una vez más con su ventanillo de hierro. El escalón de piedra que a él conduce está desgastado, y aunque no veo mucho a pesar del auxilio que me prestan mis gafas, descubro en el escalón huellas blanquecinas que dejaron, al entrar, las claveteadas botas de las educandas. ¿Por qué no entro yo también por allí? Me figuro que Juanita sufre en aquella triste casa y que me llama en silencio. No puedo alejarme. La inquietud me domina; llamo. Abre la moza azorada, más que nunca. Tiene órdenes muy severas; no puedo ver a la señorita Juana. Pido noticias de su salud. La criada, después de mirar a todas partes, me dice que se encuentra bien, y me da con la puerta en las narices. Ya estoy de nuevo en la calle.

Desde entonces, ¡cuántas veces he vagado al pie del muro! ¡Cuántas veces pasé ante la puertecilla, avergonzado y furioso al sentirme aún más débil que la criatura encerrada lejos de mí sin otro amparo que yo!




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