El crimen de Sylvestre Bonnard: 034

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



29 de diciembre.


Cuando entré en casa de la señora de Gabry hallé a Juanita transfigurada.

¿Habría, como yo, invocado a quien hizo el cielo y el rocío? Sonreía con dulce quietud.

La señora de Gabry la llamó para acabar de peinarla, porque aquella afectuosa mujer quiso arreglar con sus propias manos el cabello de la niña que la confiaron. Por haberme presentado un poco antes de la hora convenida, interrumpí aquel interesante aseo. Para castigarme, hiciéronme aguardar en el salón. El señor de Gabry entró poco después, Sin duda llegaba de la calle, porque aún tenía en la frente la señal del sombrero. Su rostro expresaba alegre animación. No creí oportuno hacerle ninguna pregunta, y nos reunimos todos para almorzar. Cuando los criados hubieron acabado de servimos, Pablo, que reservaba su historia para el café, nos dijo:

—Ya he ido a Levallois.

—¿Y has visto al señor Mouche? —le preguntó vivamente la señora de Gabry.

—No le vi —respondió; y observaba nuestras fisonomías, que revelaron una decepción.

Después de gozar con nuestra inquietud, sin prolongarla excesivamente, aquel hombre buenísimo prosiguió:

—El señor Mouche no está en Levallois. El señor Mouche no está siquiera en Francia. Hace ocho días que huyó con el dinero de sus clientes, una cantidad bastante crecida. Encontré la Notaría cerrada. Una vecina me ha referido el caso, adornándolo con bastantes imprecaciones y maldiciones. El notario, al tomar el tren de las siete y cincuenta y cinco, no iba solo: llevaba consigo a la hija de un peluquero de Levallois. El comisario de Policía me confirmó el hecho. Francamente, ¿no hemos de agradecer al señor Mouche que se haya escapado? Con retrasar una semana su fechoría pudo empapelarle a usted y presentarle como un criminal ante los jueces, mientras él se presentara como defensor de la moralidad. Ahora nada hemos de temer. ¡Bebamos a la salud del señor Mouche! —exclamó el señor Gabry, sirviéndonos vino.

Quisiera vivir mucho para recordar durante largo tiempo aquel almuerzo. Estábamos los cuatro reunidos en el espacioso comedor blanco, en torno de la mesa de roble. La alegría de Pablo era estrepitosa, casi ruda; bebía el vino a grandes sorbos. La señora de Gabry y Juanita Alexandre me sonreían, y su sonrisa me recompensó con creces de todas mis amarguras.

Al volver a casa tuve que soportar las más terribles amonestaciones de Teresa, que no concebía mi nueva manera de vivir, y me juzgaba falto de juicio.

—Si, Teresa; soy un viejo loco, y usted una vieja loca. Es indudable. Que Dios nos bendiga, Teresa, y nos dé nuevas fuerzas para cumplir nuestros nuevos deberes. Pero déjeme que me tumbe sobre este sofá, que no puedo tenerme en pie.