El crimen de Sylvestre Bonnard: 033

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



28 de diciembre.


El tiempo estaba oscuro y frío. Era ya de noche. Llamé a la puerta con la intranquilidad de un hombre que nada teme. Cuando la tímida criada abrió, la puse en la mano una moneda de oro y le ofrecí otra si conseguía que yo pudiera ver a la señorita Juana Alexandre. Su respuesta fue la siguiente:

—Dentro de una hora, en la reja.

Me tiró la puerta a las narices, tan bruscamente que mi sombrero retembló sobre mi cabeza.

Esperé durante una hora larga entre torbellinos de nieve, y luego me acerqué a la reja. ¡Nada! El viento rugía y la nieve no cesaba. Los obreros, con las herramientas al hombro y la cabeza inclinada bajo los espesos copos, al pasar junto a mí tropezaban conmigo. ¡Nada! Era sospechosa mi actitud, y por añadidura estaba seguro de haber obrado incorrectamente al sobornar a una criada, pero no sentía remordimiento. El hombre que en caso necesario no sabe salirse de la regla general, es despreciable. ¡Nada! Por fin, la ventana se abrió.

—¿Es usted, señor Bonnard?

—¿Es usted, Juanita? Óigame: dígame brevemente lo que le ocurre.

—Nada. Estoy bien, muy bien.

—Pero ¿qué más?

—Me han empleado en la cocina, y barro las clases.

—¡En la cocina! ¡Y barre! ¡Santo Dios!

—Porque mi tutor ya no me paga el colegio.

—Su tutor es un miserable.

—¿Supo usted ya…?

¿Qué?

—No me obligue a decirlo… Preferiría morirme a verme sola con él.

—¿Y por qué no me ha escrito usted?

—Me vigilan mucho.

En aquel momento imaginé una resolución salvadora, de la que nadie me hiciera desistir. Sin duda me ocurrió que no me amparaba derecho alguno, pero me reí de los derechos. Ya decidido, fui prudente. Realicé mi propósito con admirable tranquilidad.

—Juanita —pregunté—, el aposento donde usted se halla, ¿comunica con el patio?

—Sí.

—¿Puede usted tirar del cordón de la puerta?

—Si no hay nadie en la portería, sí.

—Inténtelo usted, y procure que no la vean.

Esperé, con los ojos fijos en la puerta y en la ventana.

Juanita apareció de nuevo en la reja después de medio minuto. ¡Al fin!

—La criada está en la portería —me dijo.

—Bien —respondí—. ¿Tiene usted una pluma y un tintero?

—No.

—¿Y un lápiz?

—Sí.

—Démelo.

Saqué del bolsillo un periódico, y en lucha con el viento que apagaba los faroles y con la nieve que me cegaba, envolví lo mejor que pude aquel periódico en una faja a nombre de la señorita Préfère.

Mientras escribía pregunté a Juanita:

—Cuando el cartero pasa, deja las cartas y los impresos en el buzón y luego tira de la campanilla, ¿verdad? La criada abre la caja del buzón y lleva inmediatamente la correspondencia a la señorita Préfère. ¿No es así como recogen el correo todos los días?

Juana me dijo que, seguramente, ocurría de aquel modo.

—Ya veremos, Juanita; continúe usted en acecho, y en cuanto vea salir de la portería a la criada, corra usted hacia la puerta y láncese a la calle.

Después de darle estas instrucciones, metí el periódico en el buzón, di un fuerte campanillazo y me oculté en un portal próximo.

Al fin la puerta rechinó, abrióse y vi asomar una cabecita rubia.

—Venga, Juanita, venga.

Ella me miraba con inquietud. Seguramente me suponía loco; pero nunca estuve tan cuerdo.

—Venga, hija mía, venga.

—¿Dónde?

—A casa de la señora de Gabry.

Se cogió a mi brazo. Durante largo rato huimos como dos ladrones. La agitación no es lo que más conviene a mi corpulencia. Al detenerme para tomar aliento, me apoyé en un armatoste, que resultó ser el hornillo de una castañera arrimado a la esquina de una taberna donde bebían algunos cocheros, uno de los cuales me preguntó si queríamos un coche. ¡Ya lo creo que lo queríamos! El cochero dejó el vaso en el mostrador de zinc, subió al pescante y arreó. ¡Estábamos en salvo!

—¡Uf! —exclamé, secándome el sudor de la frente, pues a pesar del frío sudaba la gota gorda.

Lo extraño es que Juanita parecía más consciente que yo del acto que acabábamos de realizar. Estaba muy seria y preocupada.

—¡En la cocina! —exclamé indignado.

Ella meneó la cabeza como para decir: «¡Qué más da en la cocina o en otra parte!». Y al resplandor de los faroles observé con pena que su rostro estaba enflaquecido y sus facciones marchitas. No advertí en ella el ardimiento, los arranques bruscos, la comprensión rápida que tanto me agradaron cuando nos conocimos. Sus miradas eran apagadas, sus gestos forzados y su aspecto abatido. La cogí la mano: una mano endurecida, dolorida y fría. La pobre niña había sufrido mucho. La interrogué. Refirióme tranquilamente que la señorita Préfère la mandó llamar una tarde y la trató de monstruo y de víbora sin decirle por qué.

—Luego añadió la maestra: «No volverá usted a ver al señor Bonnard, que la daba malos consejos y que se ha portado muy mal conmigo». Yo le dije: «Esto no lo creeré nunca, señorita». Y ella, después de darme una bofetada, me mandó al estudio. Al oír que no volvería a verle a usted, me pareció sumergirme en una noche eterna. Todos reconocemos el anochecer porque nos entristece la obscuridad que nos rodea; pues bien, figúrese un anochecer que se prolonga durante semanas y meses. Un día supe que estaba usted en el salón con la maestra, y me escondí para verle pasar; entonces nos dijimos: «Hasta la vista». Y aquello me consoló un poco. Algún tiempo después, mi tutor fue a buscarme. Yo me negué a salir con él; me respondió que era una niña muy caprichosa, y me dejó en paz. Pero al día siguiente la señorita Préfère acercóse a mí en actitud tan perversa, que me intimidó. Llevaba una carta en la mano. «Señorita —me dijo—, su tutor me participa que se han agotado todos los recursos metálicos de que disponía para pagar su educación. No se asuste usted; no pienso abandonarla; pero es justo que se gane la vida».

»Y entonces me dedicó a limpiar la casa; también me encerró algunas veces en un desván durante días enteros. Esto es lo que me ha sucedido desde que no le veo a usted. Aunque hubiese podido escribir acaso no lo intentara porque me parecía imposible que me sacase usted del colegio; y como nadie me obligó a ver al señor Mouche tampoco tuve prisa de irme; podía muy bien esperar en el desván y en la cocina.

—¡Juanita…! —exclamé—. Aunque fuese necesario huir hasta Oceanía, la abominable Préfère no volverá a apoderarse de usted. Lo juro. ¿Y por qué no habíamos de marcharnos a Oceanía? El clima es muy saludable, y precisamente leía hace poco en un periódico que allí tienen hasta pianos. Mientras lo decidimos nos refugiaremos en casa de la señora de Gabry, que afortunadamente se halla en París hace tres o cuatro días; somos dos inocentes y necesitamos ayuda.

Entretanto el rostro de Juanita palideció; un velo nublaba sus ojos y un pliegue doloroso contrajo sus labios entreabiertos. Inclinó su cabeza sobre mi hombro y comprendí que se había desmayado.

Cogíla en brazos y subí la escalera de la señora de Gabry como si llevara un niño dormido. Abrumado por la fatiga y la emoción me desplomé sobre un banco del descansillo; entonces Juanita pareció reanimarse.

—¡Es usted! —me dijo al abrir los ojos—. ¡Cuánto me alegro!

Llamamos a la puerta de nuestra amiga.

Daban las ocho. La señora de Gabry recibió con bondad al pobre viejo y a la niña. Seguramente la sorprendió nuestra llegada, pero no nos interrogó.

—Señora —dije—, venimos a ponernos bajo su protección. Y ante todo, venimos a pedirla de cenar. Principalmente Juanita lo necesita mucho, porque viene desmayada. En cuanto a mí, no me sería posible tragar bocado. Supongo que el señor Gabry sigue bien.

—Está en casa —dijo ella.

Y le mandó avisar nuestra llegada.

Fue para mí un placer encararme con su rostro franco y oprimir su mano amiga. Pasamos los cuatro al comedor, y mientras servían a Juanita una carne fiambre, que ni siquiera probó, referí a mi amigo nuestra situación. Pablo Gabry me pidió permiso para encender su pipa, y luego me oyó silenciosamente. Cuando hube terminado, rascóse la barba corta y espesa.

—¡Diablo! —exclamó—. En buen lío se ha metido usted, señor Bonnard.

Y al ver que Juanita paseaba de uno a otro sus ojos espantados:

—Venga —me dijo.

Le seguí a su despacho, donde brillaban carabinas y cuchillos de monte al resplandor de los quinqués y sobre el papel obscuro. Me hizo sentar en un sofá de cuero.

—Pero ¿qué ha hecho usted, Dios mío, qué ha hecho usted? —me dijo—. Corrupción de una menor, rapto, fuga. ¡Buena le aguarda! Está usted expuesto a que le metan en la cárcel durante cinco años.

—¡Misericordia! —exclamé—. ¡Cinco años de cárcel por salvar a una niña inocente!

—¡Es la ley! —respondió el señor Gabry—. Conozco muy bien el Código, señor Bonnard, no por haber seguido la carrera de Derecho, sino porque al ser alcalde de Lusance tuve que aprendérmelo para ilustrar a mis administrados. Mouche es un bribón, la Préfère una malvada y usted un… No encuentro calificativo bastante duro.

De un armario donde guardaba collares de perro, fustas, estribos, espuelas, cajas de cigarros y algunos libros usuales, sacó el Código y se puso a hojearlo.

—«Crímenes y delitos…, secuestro de personas». No es nuestro caso… «Corrupción de menores…». Aquí… «Artículo 354: Cualquiera que por fraude o violencia haya secuestrado o mandado secuestrar a menores, los haya sacado o mandado sacar de los lugares donde fueron depositados por las personas encargadas de ellos y a cuya autoridad o dirección estaban confiados, sufrirá la pena de reclusión. Véase Código Penal 21 y 28. Artículo 21: El tiempo de la reclusión durará por lo menos cinco años… Artículo 28: La pena de reclusión comprende la inhabilitación cívica». Está claro, ¿no es cierto, señor Bonnard?

—Pero muy claro.

Continuemos: «Artículo 356. - Si el raptor no tuviese aún veintiún años, sólo será castigado…». Esto no le interesa. «Artículo 357. - En el caso en que el raptor se hubiera casado con la muchacha a quien raptó, sólo podrá ser perseguido a petición de las personas que según el Código civil tienen derecho para exigir la anulación del matrimonio y condenado solamente cuando la anulación esté acordada». Ignoro si entra en sus propósitos casarse con la señorita Juana Alexandre. Ya ve usted que el Código no es tirano y le deja un portillo abierto. Pero hago mal en bromear, pues la situación es apurada. ¿De qué modo usted llegó a creer posible raptar impunemente a una muchacha en París y en pleno siglo diecinueve? No estamos en la Edad Media, y el rapto está prohibido.

—No crea usted —respondí— que antiguamente se consentía el rapto. Y recogió Baluze un decreto formulado por el rey Childeberto en Colonia, año 593 o 94, acerca del asunto; y ¿quién ignora el famoso decreto de Blois, mayo de 1579, que ordena sean castigados con pena de muerte todos aquéllos que hubieran sobornado a un muchacho o muchacha menores de veinticinco años, con pretexto de matrimonio u otro cualquiera, sin el consentimiento, deseo ni orden del padre de, la madre o de los tutores?

»También añade el decreto: “Serán castigados con dureza todos aquéllos que hubieran favorecido el rapto con su consejo, ayuda o facilidades de cualquier género que fuesen”.

»Éstos son, poco más o menos, los términos del decreto. En cuanto al artículo del Código vigente que acaba usted de darme a conocer, y que libra al raptor de ser perseguido si consigue casarse con la señorita a quien ha raptado, me recuerda que, según la costumbre de Bretaña, el rapto seguido de matrimonio no era castigado; pero dicha costumbre, después de ocasionar enormes abusos, fue suprimida en 1720.

»Le cito esta fecha con aproximación de diez años; mi memoria ya no está muy firme y pasó el tiempo en que yo podía recitar, sin temor a equivocarme, quinientos versos de Girart de Roussillón.

»Por lo que se refiere a la capitular de Carlomagno, que determina la compensación del rapto, si no le hablo de ello es porque lo tendrá usted presente. Ya ve usted, amigo Gabry, que el rapto estuvo siempre considerado como un crimen punible bajo las tres dinastías de la antigua Francia.

»Hacen mal en suponer que la Edad Media era la época del caos. Persuádase, por el contrario…

El señor de Gabry me interrumpió:

—Conoce usted las disposiciones de Blois, Baluze, Childeberto y las capitulares de Carlomagno, ¡y no conoce el Código vigente!

Al responderle que, en efecto, no había leído nunca ese Código, quedó admirado.

—¿Comprende usted —repuso— la gravedad de la acción que ha cometido?

Realmente no la comprendía. Pero poco a poco, y gracias a las reflexiones muy sensatas del señor Gabry, llegué a convencerme de que me juzgarían, no por mis intenciones que eran buenas, sino por mi conducta que era punible. Entonces me lamenté desesperado.

—¿Qué hacer? —exclamaba—. ¿Qué hacer? ¡Estoy perdido sin remedio, y he perdido también a la pobre niña, al proponerme salvarla!

El señor de Gabry llenó silenciosamente su pipa con tranquilidad, y su bondadoso rostro se mostró durante algunos instantes como el de un herrero al pie de una fragua. Luego dijo:

—¿Me pregunta usted qué ha de hacer? No haga usted nada, querido Bonnard. Por el amor de Dios y por su propio interés, no haga nada. Sus asuntos son bastante complicados; no los mueva, porque los empeorará. Prométame dar por bueno todo cuanto yo intente. Mañana mismo iré a ver al señor Mouche, y si es lo que nosotros creemos, es decir, un miserable, ya encontraré alguna manera de hacerlo inofensivo, pues todo depende de él… Como es ya muy de noche para llevar ahora mismo a Juanita a su colegio, mi mujer se encargará de ella. Esto constituye un delito de complicidad, pero así quitamos todo carácter equívoco a la situación de la niña. En cuanto a usted, amigo mío, vuelva inmediatamente al muelle de Malaquais, y si van a reclamarle a Juanita, le será fácil demostrar que no la tiene oculta en su domicilio.

Mientras hablábamos, la señora de Gabry hacía sus preparativos para acostar a la colegiala.

Vi cruzar el pasillo a una doncella que llevaba sábanas perfumadas con espliego.

—¡Qué olor tan honrado y tan agradable! —dije.

—¿Qué quiere usted? —me respondió la señora de Gabry—. Somos campesinos.

—¡Ah! —repuse—. ¡Ojalá sea yo también campesino algún día y, como ustedes en Lusance, respire olores agrestes bajo una techumbre oculta en la floresta; y si este deseo es demasiado ambicioso para un anciano cuya vida se extingue, deseo al menos que mi sudario esté perfumado con espliego, como esa ropa!

Convinimos que al día siguiente yo almorzaría con ellos, pero me prohibieron severamente presentarme en su casa antes de las doce. Juanita, al abrazarme, me suplicó que no la llevaran otra vez al colegio de la señorita Préfère, y nos separamos enternecidos.

En la escalera de mi casa encontré a Teresa dominada por una inquietud que la puso furiosa. Me habló nada menos que de tenerme prisionero en lo sucesivo.

¡Qué noche pasé! No pude cerrar los ojos ni un solo instante. Tan pronto reía como un chiquillo por el éxito de mi aventura, como me imaginaba, con una angustia inexplicable, conducido ante los magistrados para responder en el banquillo de los acusados del crimen que tan espontáneamente había cometido. Estaba consternado y, sin embargo, no sentía remordimiento.

Al penetrar el sol en mi alcoba acarició los pies de mi cama y me inspiró esta oración:

«Señor: Vos que hicisteis el cielo y el rocío, como dice Tristán, juzgadme en vuestra equidad, no conforme a mis actos sino conforme a mis intenciones, que fueron rectas y puras, y yo diré: ¡Gloria a Dios en el Cielo y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad! ¡Pongo en vuestras manos a la niña por mí secuestrada, para que hagáis por ella lo que yo no supe hacer; protegedla contra todos sus enemigos, y que vuestro nombre sea reverenciado!».




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