El crimen de Sylvestre Bonnard: 039

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



Brolles, 21 de agosto de 1869.


¡Brolles! Mi casa es la última que se encuentra en la calle Mayor del pueblo, con vistas al bosque. Su techumbre de pizarra forma un agudo caballete y brilla irisada por el sol, como el cuello de una paloma. La veleta erguida en lo más alto me vale más consideraciones en el país que todos mis trabajos de historia y de filología; no hay un solo chiquillo que no conozca la veleta del señor Bonnard. Está enmohecida y rechina ásperamente cuando el viento la mueve. A veces se niega en absoluto a servir, como Teresa, la cual gruñe al verse ayudada por una campesina joven. La casa no es grande, pero yo vivo a mis anchas. Tiene mi aposento dos balcones, y recibe por la mañana los primeros rayos del sol. En el piso de arriba está el aposento de los jóvenes; Juanita y Enrique vienen dos veces al año.


* * *


El niño Silvestre tenía su cuna. Era precioso, pero muy pálido. Cuando jugaba sobre la yerba su madre clavaba los ojos en él; inquieta, a cada instante dejaba su labor para sentar al niño sobre sus rodillas. El infeliz no quería dormirse; decía que dormido le llevaban lejos, muy lejos, donde todo era obscuro, y donde veía figuras horribles y espantosas.

Entonces, llamado por la madre me sentaba yo junto a la cuna; el niño me apretaba un dedo entre su manecita caliente y seca, y me decía:

—Padrino, cuéntame un cuento.

Le contaba toda clase de cuentos y me oía sin rechistar. Le interesaban todos, y muy especialmente El pájaro azul. Al terminarse la infantil narración, el niño exclamaba:

—¡Más! ¡Más!

Repetíamos el cuento, y veía yo, angustiado, reclinarse y desmayar su cabecita pálida.

A todas nuestras preguntas el médico respondía:

—No tiene nada, nada de particular.

Sí; el pequeño no tenía nada de particular.

Una noche del año pasado, me llamó su padre.

—Venga usted —me dijo—, el niño está peor.

Me acerqué a la cuna, junto a la cual vi a la madre, inmóvil, sujeta por todos los lazos de su alma.

El niño volvió lentamente hacia mí sus pupilas, casi cubiertas por los párpados, como si no quisieran dejarse ver.

—Padrino —me dijo—, cuénteme cuentos.

Ya no era posible contarle cuentos.

¡Pobre Juanita! ¡Pobre madre!

Soy demasiado viejo para sentir mucho; sin embargo, la muerte del pobre niño es para mí un misterio doloroso.


* * *


Hoy llegaron los padres de mi Silvestre, y pasarán mes y medio en compañía del pobre viejo. Regresan del bosque cogidos del brazo. Cubre la cabeza de Juanita un manto negro. Enrique lleva un luto en su sombrero de paja; pero los dos están radiantes de juventud y sonríen con ternura; sonríen a la tierra que pisan, al aire que los envuelve; sonríen mirándose a los ojos, y sus ojos brillan sonrientes. Desde mi ventana les hago una seña con el pañuelo ¡y sonríen a mi vejez!

Juanita sube de prisa la escalera, me abraza y murmura a mi oído algunas palabras, que adivino más bien que oigo; yo contesto:

—Dios te bendiga y haga que las bendiciones que tú y tu marido merecéis alcancen a vuestra posteridad.

Et nunc dimitiis servum tuum Domine.




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