El degüello

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El degüello
de Florencio Sánchez



La costumbre los ha hecho familiarizarse tanto con el degüello, que él constituye la forma única del homicidio y hasta del suicidio. Si se pudiera hacer una estadística exacta de la mortalidad en aquellas regiones, tendríamos que el mayor porcentaje lo daría la muerte violenta y por degüello. Cierto que la "garrucha" (pistola) se emplea con frecuencia, pero no lo es menos que el sujeto que mata a otro de un balazo lo degüelle en seguida.

En las disputas no se oye jamás decir, "lo mataré a usted" o "te romperé el alma", sino "cuando lo agarre lo degüello", y creemos que hasta el acreedor manda mensaje así: "si no me paga lo degüello", pues más de una vez hemos oído recados de esta especie: "dígale a fulano que se deje de jeringarme la paciencia con el pelito, porque el día menos pensado, lo mando degollar".

¡El intendente de policía de Santa Ana nos contaba que cada vez que se cometía un crimen y el criminal era reducido a prisión, desfilaban por su oficina docenas de personas pidiéndole que le prestara el preso un ratito para degollarlo!

Por supuesto que pocos casos como éste se han dado. Los criminales, si la fechoría es muy gorda y saben que se les conoce, huyen a tierra oriental, si no se quedan tan tranquilos o van a presentarse voluntarios al regimiento de João Francisco; pero por grande que sea el delito, habiendo sido las víctimas gentes desafectas a éste, gozan de completa impunidad y hasta de privilegios.

Los únicos individuos que suelen ir a la cárcel son los contrarios a la situación, y por poco tiempo desde que no tardan en ser ajusticiados o "escaparse", como se dice, por el habitual procedimiento del degüello. Y si eso ocurre en un centro de población, puede imaginarse lo que sucederá en la campiña. Por de pronto, la despoblación es tan grande ya, que en la vasta zona dominada por João Francisco, no va quedando otra gente que la de su regimiento, cuyas patrullas la recorren constantemente haciendo retumbar en los pedregales los cascos férreos de sus caballitos serranos. Sobre la frontera, ranchajes de pobrerío habitados por mujeres y chicos. Ni un hombre. El marido o el padre, si no ha sido degollado, anda a monte, en los capones de la sierra, o emigrado en la Banda Oriental. Si alguna vez la cría lo atrae al pago, no tarda en amanecer atravesado sobre un camino, con la cabeza separada del cuerpo. Sus deudos irán a plantar una cruz en el sitio en que lo hallaron, pero la primera patrulla que pase la arrancará para hacer fuego.

En Caty, el campamento de João Francisco, se sabe el nombre, la filiación y las costumbres de cada uno de los moradores de la sierra, y bien puede el desdichado que cae en desgracia ir atándose los calzones. Más tarde o más temprano ha de caer. Para él, ni el territorio uruguayo será refugio seguro; al saberse su paradero no tardará en allegársele un emisario de João Francisco para darle la feroz cuchillada.

Y no son los maragatos, los enemigos políticos, los únicos que caen, sino todo aquel que se haya hecho desagradable a la hiena por cualquier circunstancia, por haberle robado un caballo o un amigo, por haber murmurado, por haber tenido una disputa con un soldado, por emborracharse en una pulpería, por no pagar una cuenta, por haber dado refugio a un perseguido, por defender la honra de su china...

Un día, viajando con el propio João Francisco, nos salió al encuentro una vieja moradora de un rancho y conocida de nuestro hombre. Iba a quejarse de que un sujeto le había hecho quién sabe qué tontería, matarle un perro, nos parece.

-Bueno, viejita; vaya tranquila. ¡Lo voy a mandar degollar! -le respondió João Francisco.

¡Y al primer destacamento que encontramos le impartió la orden!... El gobierno central del Brasil está representado por numerosos batallones destacados en Livramento, Cuareim y Uruguayana, las tres villas del feudo medieval de João Francisco.

Es curioso el papel que desempeñan esas fuerzas obligadas a mantenerse neutrales, impasibles, con respecto a la autonomía provincial ante tanto desmán.

Y lo más raro es que, viviendo en perpetuo conflicto con João Francisco, no hayan podido hacer nada para remediar aquella situación. De esos conflictos hemos presenciado uno que no puede quedar en el tintero. Cierta noche tomábamos el fresco sentados a la puerta de un hotel de Santa Ana. De repente vemos grupos de gente que huía en todas direcciones.

-¡La leva!...¡La leva!...

El camarero que nos servía, nos grita al pasar disparando por nuestro lado:

-¡Escóndase, mozo!... ¡La leva!...

Nuestras buenas relaciones con la situación nos ponían a cubierto de todo riesgo. Quisimos indagar, darnos cuenta del espectáculo. Inútil. El pánico era tan intenso y contagioso, que no tardamos en optar por el discreto consejo del garçon.

A la mañana siguiente, el capitán Bernardino, un oficial tan chic y tan tenebroso como su hermano João Francisco, nos explicaba el caso: era la aplicación de una ley de Varela Ortiz, contra el juego. João Francisco hacía de cuando en cuando razzias semejantes, comenzando por los gritos, ¡con lo cual llenaba el doble objeto de remontar su regimiento y combatir el cáncer del juego!...

A invitación del mismo capitán presenciamos poco después la partida para Caty de los reclutados aquella noche: unos ciento cincuenta hombres de toda condición social y pelaje. Se les hizo desfilar para escarnio público por las calles principales, arrebañados, bajo la custodia de unos veinticinco lanceros que iban azuzándolos con el silbido peculiar del arreador de haciendas y a veces hasta picaneaban a los remolones con el canto de la lanza.

-¡Marcha!... ¡Marcha!... ¡Marcha!...

En el camino, de rato en rato, un soldado ensanchaba la ronda metiendo su caballo por la vereda y un desgraciado más, un incauto transeúnte, iba a engrosar la tropa. Recordamos que un pintor rengo, con gorro de papel, el tarro de pintura en una mano y la regla en la otra, cayó entre los últimos. De repente, la extraña comitiva se detiene y se arremolina. Suenan clarines y tambores y vemos tropas haciendo ostentoso despliegue. Poco después, reclutados y guardia, ratones y gatos, desaparecían por el amplio portón del cuartel. ¿Qué había ocurrido?

Una friolera: mezclado con los prisioneros iba el segundo jefe del regimiento 5° de caballería y al pasar frente a su cuartel se había hecho reconocer por la guardia y ordenado la operación que hemos descrito. El incidente conmovió en extremo a los santanenses, fue como un sometén de la pública novelería. A la noche estaba declarado el estado de guerra entre los representantes del gobierno central del Brasil y João Francisco, y al amanecer del siguiente día los batallones federales habían tendido sus líneas y las avanzadas del regimiento de João Francisco coronaban las alturas dominantes de la ciudad.

Pero, felizmente, sólo el telégrafo hizo el gasto. Supimos más tarde que João Francisco, conociendo las aficiones timberas del jefe aludido, su enemigo, había ordenado la razzia con el especial objeto de darle un mal rato.