El escarabajo de oro (Cano y Cueto tr.)

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época
 
V.
El escarabajo de oro.


Hace algunos años ne uni intimamente con un tal William Legrand. Era hijo de una antigua familia protestante, y habia sido rico en tiempos lejanos; pero una série de desgracias le habia reducido a la miseria. Para evitar la humillacion de sus desastres, abandonó á NuevaOrleans, la ciudad de sus abuelos, y se estableció en la isla de Sullivan, cerca de Charleston, en la Carolina del Sur.

Esta isla es de las más singulares. Su suelo no está compuesto más que de arena y tiene cerca de tres millas de ancho; de largo no tiene más que un cuarto de milla.

Está separada del continente por un arroyo apenas visible, que filtra a través de una masa de cañas y de fango, lugar de cita habitual para las gallinetas.

La vegetacion, como se puede suponer, es pobre, ó, por decirlo así, enana. No se encuentran árboles más que de una determinada dimension. Hacia la estremidad occidental, en el sitio donde se eleva el fuerte Moultrie y algunas miserables barracas de madera, habitadas por los que huyen de los temporales y las fiebres de Charleston, se encuentra la palmera enana setígera; pero toda la isla, á escepcion de este punto occidental y de un espacio triste y blanquecino que rodea la mar, está cubierto de espesas malezas de mirto oloroso, tan estimado por los horticultores ingleses.

El arbusto se eleva frecuentemente á una altura de quince ó veinte piés, y forma un soto casi impenetrable, impregnando la atmósfera con sus perfumes. En lo más profundo de este soto, no lejos de la estremidad oriental de la isla, es decir de la más apartada, Legrand se habia fabricado una pequeña choza que habitaba cuando por vez primera, y por acaso, le conocí. Este conocimiento degeneró bien pronto en amistad, porque ciertamente habia en el querido solitario circunstancias para escitar el interés y la estimacion.

Conocí que habia recibido una sólida educacion, felizmente secundada por facultades espirituales poco comunes, pero estaba infestado de misantropía y sujeto á desgraciadas alternativas de melancolía y de entusiasmo.

Sus principales distracciones consistían en cazar y pescar, ó recorrer la playa á través de los olorosos mirtos en busca de conchas y ejemplares entomológicos. Su coleccion la hubiera envidiado un Sir Ammerdan.

En sus escursiones era acompañado ordinariamente por un viejo negro, que habia sido comprado antes de las desgracias de la familia, pero á quien no se habia podido decidir, ni por amenazas ni por promesas, á abandonar á su jóven amo VVill y creia estar en su derecho siguiéndolo á todas partes.

Es probable que los parientes de Legrand, juzgando que este tenia la cabeza un poco descompuesta, confirmaran á Júpiter en su obstinacion, con el fin de poner una especie de guardian y de centinela cerca del fugitivo.

Bajo la latitud de la isla de Sullivan los inviernos rara vez son rigurosos y es un acontecimiento, cuando al declinar el año, la chimenea se hace indispensable. Sin embargo, hacia la mitad de Octubre de 18.... hubo un dia de frio notable. Precisamente, antes de anochecer, me abrí un camino á través del soto en direccion de la choza de mi amigo, á quien no habia visto hacía algunas semanas: yo vivia entonces en Charleston, á una distancia de nueve millas de la isla y las condiciones para ir y venir no eran ni mucho ménos tan buenas como las de hoy. Al llegar á la choza, llamé segun mi costumbre y no obteniendo respuesta, busqué la llave donde sabía que estaba escondida, abrí la puerta y entré. Un hermoso fuego ardía en el hogar. Era una sorpresa y seguramente una de las más agradables. Me desembarazé de mi paletot, arrimé un sillon cerca de las encendidas leñas y aguardé pacientemente la llegada de mis huéspedes.

Poco despues de caida la noche, llegaron haciéndome un recibimiento cordial.

Júpiter riendo á carcajadas, no se daba punto de reposo preparando algunas gallinetas para la comida. Legrand estaba en una de sus crisis de entusiasmo, porque ¿qué otro nombre dar á aquello?

Habia encontrado un vivalbo desconocido, formando un género nuevo; y mejor aun que esto habia cazado y atrapado, con la asistencia de Júpiter, un escarabajo que creia de una nueva especie y sobre el cual deseaba saber mi opinion al dia siguiente.

—Y por qué no esta noche? le pregunté, frotándome las manos delante de las llamas y enviando al diablo mentalmente toda la raza de los éscarabajos.

—Ah! si yo hubiera sabido que estabais aquí! dijo Legrand; pero hace mucho tiempo que no os he visto. ¿Y cómo podia yo adivinar que me visitaseis precisamente esta noche? Viniendo á mi morada, me encontré al teniente G... del fuerte, y muy aturdidamente le he prestado el escarabajo; de suerte que os será imposible verle hasta mañana. Quedaos aquí esta noche y yo enviaré á Júpiter á buscarle al salir el sol. ¡Es la cosa más linda de la creacion!

—¡Qué, el alba!

—Eh! no! qué diablo! el escarabajo! Es de un brillante color de oro, grueso como una gran nuez, con dos manchas de un negro azabache á una estremidad del dorso y una tercera, un poco más dilatada, al otro. Las antenas.....

—No hay nada de antenas sobre él, amo Will. Yo os lo apuesto, interrumpió Júpiter; el escarabajo, es un escarabajo de oro, de un lado á otro, por dentro y por fuera, esceptuando las alas; yo no he visto en mi vida un escarabajo ni la mitad de pesado que ese.

—Está bien; supongamos que teneis razon Júpiter, replicó Legrand más vivamente, á lo que me pareció no soportando la interrupcion, ¿es esta una razon para dejar quemar las gallinetas? El color del insecto, y se volvió hácia mí, bastaria en verdad á hacer plausible la idea de Júpiter. Jamás habeis visto un resplandor metálico más brillante que el de estos élytros; pero no podreis juzgar de ello hasta mañana. Entretanto yo ensayaré daros una idea de su forma.

Y hablando así, se sentó al lado de una pequeña mesa sobre la cual habia una pluma y tintero, pero no papel. Le buscó en una gabeta, pero no lo halló.

—No importa, dijo al fin, esto es suficiente.

Y sacó del bolsillo de su chaleco una cosa que me produjo el efecto de un pedazo de vitela muy súcia, é hizo encima una especie de croquis con la pluma.

Durante este tiempo yo habia guardado mi sitio junto al fuego porque seguia teniendo mucho frio. Cuando hubo acabado su dibujo, me lo dió sin levantarse. Al par que yo lo recibí de su mano, se oyó un fuerte gruñido, seguido de un continuo rascar en la puerta. Júpiter abrió, y un enorme terranova, que pertenecia á Legrand, se precipitó en la habitacion, saltó sobre mis espaldas y me colmó de caricias, porque yo me habia ocupado mucho de él en mis visitas precedentes. Cuando terminó sus saltos, miré el papel, y á decir verdad me sorprendió bastante el dibujo de mi amigo.

—Sí, dije, despues de haberle contemplado algunos minutos, este es un estraño escarabajo, le confieso; es nuevo para mí, no he visto nunca nada semejante, á menos que esto no sea un cráneo ó una calavera, á lo que se parece más que de ninguna otra cosa que se me haya dado á examinar.

—¡Una calavera! repitió Legrand. Ah! sí, hay algo de eso en el papel, ya comprendo. Las dos manchas negras superiores hacen de ojos y la más larga que está más baja figura la boca ¿no es eso? Además, la forma general es oval.

—Puede ser, dije, pero me temo, Legrand, que no seais muy artista. Yo espero á ver al animal, para formar una idea de su fisonomía.

—Muy bien; yo no sé como ha sucedido esto, dijo un poco picado en su amor propio: yo dibujo bastante bien, ó al menos deberia hacerlo, por que he tenido buenos maestros, y me lisonjeo de no ser del todo un bruto.

—Pues entonces, querido camarada, esclamé, os burlais; esto es un cráneo bastante pasable: yo aun puedo afirmar que es un cráneo perfecto, segun todas las ideas recibidas relativamente á esta parte de la osteología, y nuestro escarabajo sería el mas singular de todos los escarabajos del mundo, si se pareciese á esto. Podriamos establecer alguna pequeña supersticion que pasme. Yo presumo que denominareis à vuestro insecto seurabaeus caput hominis, ó algun término parecido. Hay en los libros de historia natural muchas denominaciones de este género. Pero ¿en donde están las antenas de que vos me hablábais?

—Las antenas! dijo Legrand que se acaloraba inesplicablemente, debeis ver las antenas, yo estoy seguro. Las he dibujado tan distintas como son en el original y yo presumo que esto es bien suficiente.

—Enhorabuena, dije, supongamos que las hayais dibujado, más es cierto siempre que yo no las veo.

Y le entregué el papel, sin añadir ninguna observacion, no queriendo irritarle, pero estrañando mucho el sesgo que habia tomado el asunto. Su mal humor me llamaba la atencion, y en cuanto al cróquis del insecto, no tenia positivamente antenas visibles y el conjunto parecia, sin equivocarme, á la imágen ordinaria de una calavera.

Tomó su papel con aire áspero, y en el momento de estrujarle, sin duda para arrojarle al fuego, su vista cayó por acaso sobre el dibujo y toda su atencion pareció encadenada allí. En un instante su rostro se puso de un color rojo intenso; despues pálido sucesivamente. Durante algunos minutos, sin moverse de su sitio, continuo examinando el dibujo minuciosamente. á la larga se levantó, tomó una bujía de sobre la mesa y fué á sentarse sobre un cofre, al otro estremo de la sala.

Allí volvió de nuevo á examinar curiosamente el papel, volviéndole en todos sentidos.

Entretanto nada dijo y su conducta me causaba un gran asombro, pero no juzgué oportuno exasperar con ningun comentario su mal humor creciente. En fin, sacó del bolsillo de su traje una cartera y guardó el papel cuidadosamente y depositó todo en un pupitre que cerró con llave.

Volvió á hablar del asunto con palabras más serenas, pero su entusiasmo habia desaparecido totalmente. Tenia el aire más bien concentrado que mohino. á medida que la noche avanzaba, él se absorvia más y más en su meditacion, ninguna de mis agudezas pudo distraerle. Primitivamente, habia tenido la intencion de pasar la noche en la cabaña, como habia hecho más de una vez, mas viendo el humor de mi huésped, juzgué más conveniente despedirme. No hizo ningun esfuerzo para retenerme; pero cuando partí, me apretó la mano con una cordialidad aun más viva que de costumbre.

Cerca de un mes después de esta aventura, y durante este intervalo no habiendo oido hablar de Legrand, recibí en Charleston una visita de su servidor Júpiter. No habia visto nunca al bueno y viejo negro tan completamente abatido, y temí que le hubiese sucedido á mi amigo alguna gran desgracia.

—Y bien, Júpiter, dije, ¿qué hay de nuevo? ¿Cómo está tu amo?

—Pardiez! á decir verdad, amo no está tan bien como debiera.

—No está bien! Ciertamente que me ha dolido saber esto. Pero de que se queja..?

—Ah! ved ahí la cuestion! nunca se queja de nada, pero sin embargo él está bien malo.

—Bien malo, Júpiter! Y porqué no dijistes esto en seguida. ¿Está en cama?

—No; no; no está en cama! No se encuentra bien en parte alguna: ved aquí donde el zapato me aprieta: yo tengo el ánimo muy inquieto acerca del pobre amo Will.

—Júpiter, yo querria comprender bien alguna cosa de todo lo que tú me cuentas. Tú dices que tu amo está malo. ¿No te ha dicho de qué padece?

—Oh! Señor, es bien inútil romperse los cascos; amo Will dice que no tiene nada, absolutamente nada. Pero entonces, ¿por qué pues, vá de ceca en meca, pensativo, los ojos puestos en tierra, la cabeza baja, las espaldas encorvadas y pálido como un gamo? Y por qué, pues, está siempre, siempre haciendo números?

—¿Qué hace, Júpiter?

—Hace cifras con signos sobre una pizarra: los signos más estraños que he visto. Yo comienzo á tener miedo, igualmente. Es preciso que tenga siempre el ojo abierto sobre él, nada más que sobre él. El otro dia se me levantó antes de amanecer y tomó las de villadiego por todo el santo dia.

Yo habia cortado un buen garrote, espresamente para administrarle una correccion de todos los diablos cuando volviese; pero soy tan bestia que no tuve valor para ello; tenia un aire tan desventurado, tan triste.

—Ah! ciertamente! Y bien, despues de todo, yo creo que tú has obrado mejor con ser indulgente con el pobre muchacho. No es preciso darle de latigazos, Júpiter. Quizá no esté en estado de soportarlos. Pero zoo te puedes formar una idea de lo que ha ocasionado esta enfermedad, ó más bien, cambio de conducta? ¿Le ha sucedido alguna sensible aventura desde que os he visto?

—No; amo, no ha pasado nada sensible desde entonces; pero antes de esto, si: yo tengo miedo sucedió el mismo dia que vos estuvísteis allá.

—Cómo! qué quieres decir?

—Eh! señor! quiero referirme al escarabajo hé aquí todo...

—¿A quién?

—Al escarabajo: yo estoy seguro que amo Will ha sido mordido en alguna parte de la cabeza por ese escarabajo de oro.

—¿Y qué razon tienes, Júpiter, para hacer suposicion semejante!

—Tiene bastantes garras para esto, amo, y una boca tambien. Yo no he visto nunca un escarabajo tan endiablado: coje y muerde todo lo que se aproxima. Amo Will le habia cogido desde luego, pero bien pronto le solto, yo os lo aseguro: entonces sin duda es cuando le mordió. La traza de este escarabajo y su boca no me gustan nada ciertamente. Tampoco yo lo quise cojer con mis dedos, pero tomé un pedazo de papel y cojí al escarabajo en el papel, en el papel lo envolví, con un pedazo de papel en la boca, y vé aquí como yo lo tomé.

—¿Y tú piensas, pues, que tu señor ha sido realmente mordido por este escarabajo y que esta mordedura le ha puesto malo?

—Yo no pienso nada de bueno, lo sé. ¿Porqué pues, sueña siempre con oro, sino es porque ha sido mordido por ese escarabajo de oro? Ya he oido yo hablar de estos escarabajos de oro.

—Pero como sabes tú que sueña con oro?

—¿Como lo sé? porque habla de eso hasta dormido; ved ahí porque lo sé.

—En cuanto al hecho, Júpiter, quizá tengas razon; pero já qué dichosa circunstancia debo el honor de tu visita hoy?

—¿Qué quereis decir, amo?

—¿Me traes un recado de M. Legrand?

—No señor, os traigo una carta; héla aquí.

Y Júpiter me entregó un papel en que leí:

«Querido:

¿Porqué no os he visto despues de tan largo tiempo?

Yo espero que no habreis sido tan niño como para formalizaros por una pequeña viveza de génio de mi parte; pero no, esto es demasiado improbable.

Desde que no os he visto, tengo un gran motivo de inquietud. Tengo alguna cosa que deciros; pero apenas sé yo como decírosla. ¿Sé yo mismo si os la dire?

Yo no he estado bien del todo desde hace algunos dias y el pobre viejo Júpiter me fastidia insoportablemente con todas sus buenas intenciones y atenciones.

¿Lo creereis? El otro dia tenia preparado un grueso baston para castigarme por haberme escapado y haber pasado el dia, solo, en mitad de las colinas, sobre el continente.

Yo creo, en verdad, que mi mala traza ha si de la que me ha salvado solamente de la paliza. No he añadido nada á mi coleccion desde que nos hemos visto.

Venid con Júpiter, si no os lo impiden muchos inconvenientes.

Venid, venid: deseo veros esta tarde para al asunto grave.

Os aseguro que es de la más alta importancia.

Vuestro afectísimo,
William Legrand

Habia en el estilo de esta carta alguna cosa que me causó una gran inquietud. Este estilo diferia absolutamente del habitual de Legrand. ¿En qué diablos soñaba? ¿Qué nueva locura habia tomado posesion de su escesivamente escitable cerebro? ¿Qué negocio de tan alta importancia podía él tener que cumplir? La relacion de Júpiter no presagiaba nada bueno; temía que la presion contínua del infortunio no hubiera, á la larga, trastornado irremisiblemente la razon de mi amigo. Sin vacilar un instante, me prepare á acompañar al negro.

Llegando al muelle, noté una guadaña y tres azadas, todas igualmente nuevas, que yacian en el fondo del esquife en que íbamos á embarcarnos.

—¿Qué significa todo esto, Júpiter? pregunté.

—Esto, son una guadaña y azadas, señor.

—Ya lo veo, pero ¿qué hace ahí todo eso?

—Amo Will me ha mandado comprar para él en la ciudad esta guadaña y estas azadas; las he pagado bien caras; esto nos cuesta un dinero de todos los diablos.

—Pero, en nombre de todo lo que hay aquí de misterioso, ¿qué es lo que tu amo Will vá á hacer con la guadaña y las azadas?

—Me preguntais más de lo que sé; el mismo amo no sabe más; el diablo me lleve si yo no estoy convencido de ello. Pero todo esto lo trae el escarabajo.

Viendo que no podia sacar ningun rayo de luz de Júpiter, cuyo entendimiento parecía aturdido por el escarabajo, zarpé en el barco y tendí al viento la vela.

Una fuerte y fresca brisa nos llevó bien pronto á la pequeña ensenada al norte del fuerte Moultrie y despues de un paseo de cerca de dos millas, llegamos á la choza. Eran poco más ó menos las tres de la tarde. Legrand nos aguardaba con viva impaciencia. Me estrechó la mano con un frio nervioso que me alarmó y reforzó mis nacientes sospechas.

El color de su rostro era de una palidez de espectro, y sus ojos naturalmente muy hundidos, brilaban con un resplandor sobrenatural.

Despues de algunas preguntas relativas á su salud, le interrogué, no hallando nada mejor que decirle, si el teniente G... le habia al fin vuelto su escarabajo.

—Oh! si, replicó él, ruborizándose mucho, lo recobré á la siguiente mañana. Por nada del mundo me desprendería yo de este escarabajo. ¿Sabeis que Júpiter, con todo, tenía razon en lo tocante á él?

—¿En qué? pregunté, con un triste presenti miento en el corazon.

—Suponiendo que es un escarabajo de verda dero oro.

Y dijo estas palabras con una seriedad tan profunda, que me hizo un daño indecible.

—Este escarabajo está destinado á hacer mi fortuna, continuó con una sonrisa de triunfo, á reintegrarme de mis bienes de familia. ¿Es, pues, pasmoso que yo lo estime en tan alto precio? Pues que la Fortuna ha tenido á bien concedérmelo, yo no tengo más que usar de él convenientemente y yo llegaré hasta el oro de que él es un indicio. Júpiter, tráemelo.

—¿Qué, el escarabajo, señor? Quisiera no tener nada que ver con el escarabajo; vos sabeis bien cogerle.

Entonces Legrand se levantó con aire grave é imponente y fué á buscarme el insecto bajo una campana de cristal donde estaba colocado. Era un escarabajo soberbio, desconocido en esta época entre los naturalistas, y que debia tener gran precio bajo el punto de vista científico. Tenía en una de las estremidades del dorso dos manchas negras y redondas, y en la otra una mancha de forma dilatada. Los élytros eran escesivamente duros y relucientes y realmente tenian el aspecto de oro bruñido. El insecto era notablemente pesado, y considerado bien, no podia reirme de la opinion de Júpiter; pero que Legrand conviniese con él en este asunto, hé aquí lo que me era imposible comprender y aun cuando se hubiere tratado de mi vida no hubiera encontrado la clave del enigma.

—Os he enviado á buscar, dijo con un tono magnífico, cuando hube concluido de examinar el insecto, os he enviado á buscar á fin de pediros consejo y ayuda para cumplir los designios del destino y del escarabajo.

—Mi querido Legrand, esclamé interrumpiéndole, no estais bueno seguramente, y hareis muy bien en tomar algunas precauciones. Id á acostaros y os acompañaré algunos dias hasta que os hayais restablecido. Teneis fiebre y...

—Tomadme el pulso, dijo.

Lo hice y á decir verdad, no encontré el más leve síntoma de calentura.

—Mas podriais muy bien estar enfermo sin tener fiebre, repliqué. Permitidme, por esta vez solamente, hacer con vos las veces de médico. Antes de todo, id á acostaros, en seguida...

—Os engañais, interrumpió; estoy mejor de lo que puede esperarse en el estado de escitacion en que me encuentro. Si realmonte quereis verme bueno de un golpe, calmareis esta escitacion.

—¿Y qué es preciso para ello?

—Una cosa muy sencilla. Júpiter y yo partimos para una espedicion en las colinas, sobre el continente, y tenemos necesidad de la ayuda de una persona de quien nos podamos fiar absolutamente. Vos sois esta única persona. Que nuestra empresa se frustre ó se logre, la escitacion que encontrais en mi ahora, será igualmente apagada.

—Tengo el vivo deseo de serviros en todo, repliqué, pero me direis si vuestro infernal escarabajo tiene alguna relacion con vuestra espedicion a las colinas.

—Sí, ciertamente.

—Entonces, Legrand, me es imposible cooperar á una empresa tan completamente absurda.

—Lo siento mucho, mucho, porque nos será preciso intentar el negocio nosotros solos.

—Vosotros solos! Ah! el desventurado está loco de remate.

—Mas veamos; ¿cuánto tiempo durará vuestra ausencia?

—Probablemente toda la noche. Vamos á partir inmediatamente y en todo caso, estaremos de vuelta antes del amanecer.

—¿Y me prometeis, por vuestro honor, que pasado este capricho y el negocio del escarabajo ¡buen Dios! evacuado á vuestra satisfaccion, volvereis à vuestra casa y seguireis exactamente mis prescripciones, como si fuesen las de vuestro médico?

—Sí, os lo prometo; y ahora partamos, porque no tenemos tiempo que perder.

Acompañé à mi amigo de mala gana. á las cuatro nos pusimos en camino, Legrand, Júpiter, el perro y yo. Júpiter tomando la guadaña y las azadas, insistió en encargarse de ellas, más bien, á lo que me pareció, por temor de dejar uno de estos instrumentos en las manos de su amo que por esceso de celo y complacencia. Tenia un humor de perros y las palabras condenado escarabajo, fueron las únicas que se le escaparon en toda la duracion del viaje. Yo, por mi parte, iba cargado con dos linternas sordas. En cuanto á Legrand, se habia contentado con el escarabajo que llevaba atado al fin de un trozo de bramante y que hacia girar alrededor de sí marchando con aire de mágico. Cuando observé este síntoma seguro de demencia en mi pobre amigo, apenas pude contener las lágrimas. Pensé muchas veces que valía más halagar su jactancia, al menos por el momento, hasta que pudiese tomar algunas medidas enérgicas con esperanza de éxito. Sin embargo, trataba, aunque inutilmente, de sondear su pensamiento, en lo relativo al fin de la espedicion. Habia conseguido persuadirme á acompañarle y parecia poco dispuesto á entrar en conversacion sobre un asunto de tan poca importancia. á todas mis cuestiones no se dignaba responder más que por un

—Ya veremos.

Atravesamos en un esquife el ancon por la punta de la isla, y trepando por los montuosos terrenos de la orilla opuesta, nos dirigimos hácia el nordeste, á través de un país horriblemente salvaje y desolado, donde era imposible descubrir la huella de un pié humano.

Legrand seguia el camino con decision, deteniéndose solo de tiempo en tiempo, para consultar ciertas señales, que parecía haber dejado él mismo en una ocasion precedente.

Anduvimos así cerca de dos horas, y estaba el sol en el momento de ocultarse, cuando entramos en una region infinitamente más siniestra que todo lo que habiamos visto hasta entonces. Era una especie de meseta, cerca de la cima de una montaña horriblemente escarpada, cubierta de bosque de la base á la cima, y sembrada de enormes pedruscos que aparecian desparramados en confusion sobre el suelo y de los cuales muchos serian infaliblemente precipitados en los valles inferiores sin el socorro de los árboles, contra los cuales se apoyaban. Profundas torrenteras irradiaban en diversas direcciones, dando á la escena un carácter de solemnidad más lúgubre.

La plataforma natural, sobre la cual estábamos encaramados, estaba tan espantosamente llena de zarza, que vimos que sin la guadaña, nos hubiera sido imposible abrirnos un camino. Júpiter, obedeciendo las órdenes de su amo, comenzó á despejarnos un camino hasta el pié de un hilipífero gigantesco que se elevaba en compañía de ocho o diez encinas, sobre la plataforma, descollando sobre todas, así como sobre todos los árboles que yo habia visto hasta entonces, por la belleza de su forma y de su follage, por el inmenso desenvolvimiento de sus ramas y por la magestad general de su aspecto. Cuando hubimos llegado á este árbol, Legrand se dirigió á Júpiter y le preguntó si se creia capaz de trepar por él.

El pobre viejo pareció ligeramente aturdido por esta cuestion, y permaneció algunos instantes sin responder una palabra. Sin embargo, se aproximó al enorme tronco, dió lentamente una vuelta alrededor de él y le examinó con una atencion minuciosa. Cuando hubo acabado su exámen, dijo sencillamente:

—Sí, amo; Júpiter no ha visto nunca un árbol donde no se pueda subir.

—Entonces, sube, vamos, vamos, y sin rodeos, porque bien pronto estará demasiado oscuro para ver lo que tenemos que hacer.

—¿Hasta dónde es preciso subir, amo? preguntó Júpiter.

—Ahora sube sobre el tronco, y despues te diré qué direccion debes seguir. ¡Ah! un instante: lleva este escarabajo contigo.

—¡El escarabajo, amo Will, el escarabajo de oro! gritó el negro retrocediendo de terror: ¿por qué es preciso que yo lleve este escarabajo conmigo sobre el árbol? Que me condene si hago yo eso.

—Júpiter, ¿teneis miedo? Vos, un negro enorme, un robusto y fuerte negro, de tocar á un insectillo muerto é inofensivo? Y bien, podeis llevarle con este bramante; pero si no le llevais de una manera ó de otra, me veré puesto en la cruel necesidad de hendiros la cabeza con esta azada.

—¡Dios mio! ¿qué es lo que os pasa, amo? dijo Jupiter, á quien la vergüenza, hacía evidentemente más tratable, ¿es necesario que siempre busqueis camorra á vuestro viejo negro? Era una broma, hé aquí todo. Yo, tener miedo al escarabajo! yo hago poco caso del escarabajo.

Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/105 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/106 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/107 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/108 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/109 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/110 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/111 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/112 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/113 su siervo, que levantándose, dirigia sus miradas de su dueño á mí, y de mí á su dueño, sin murmurar una frase.

—Vamos, es preciso volver, dijo este, la partida no está perdida.

Y tomó el camino hacia el tulipifero.

—Júpiter, dijo, cuando hubimos llegado al pié del árbol, ven aquí. ¿El cráneo está clavado en la rama, con la cara vuelta al esterior ó puesta contra la rama?

—La cara está vuelta al esterior, amo, de suerte que los cuervos han podido comerse los ojos sin trabajo alguno.

—Bien. Entonces ¿es por este ojo ó por este por el que has hecho colar al escarabajo?

Y Legrand tocaba alternativamente los dos ojos de Júpiter.

—Por este ojo amo, por el izquierdo, precisamente como me habíais dicho.

Y todavía indicaba el pobre negro su ojo derecho.

—Vamos, vamos, es preciso comenzar.

Entonces mi amigo con la locura en la cual veia, ó creía ver ciertos indicios de un método, llevó la estaca que marcaba el sitio donde habia caido el escarabajo, á tres pulgadas hasta el oeste de su primera posicion.

Alzando de nuevo su vista al punto más cercano al tronco hasta la estaca, como lo habia hecho antes, y continuando estendiéndola en línea recta á una distancia de cincuenta piés, Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/115 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/116 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/117 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/118 dicha encontramos en la cabaña. Llegamos un poco antes de las cuatro á la fosa, partimos tan igualmente como se pudo el resto del botin, y sin el trabajo de rellenar el agujero, nos pusimos en marcha hácia nuestra casa, donde depositamos por segunda vez nuestros preciosos fardos, al tiempo que las primeras bandas de la aurora aparecian al este, por encima de las copas de los árboles.

Estábamos completamente destrozados; pero la profunda exaltacion actual, nos impidió el descanso. Despues de un sueño inquieto de tres ó cuatro horas, nos levantamos, como si lo hubiéramos convenido para proceder al exámen de nuestro tesoro.

El cofre habia sido rellenado hasta los bordes, y pasamos todo el dia y la mayor parte de la noche siguiente en inventariar su contenido. No se habia llevado ningun órden ni arreglo de colocacion: todo había sido amontonado confusamente. Cuando hubimos hecho cuidadosamente una clasificacion general, nos encontramos en posesion de una fortuna que superaba á todo lo que nos habíamos figurado.

Habia en especies más de 450,000 dollars, estimando el valor de las piezas tan rigurosamente como era posible segun las tablas de la época. En todo esto ni una partícula de plata, todo era de oro de antigua fecha y de una variedad grande, moneda francesa, española, alguna guinea inglesa y algunas piezas de las que no habíamos Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/120 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/121 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/122 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/123 ulterior hasta el momento en que pudiese estar solo.

Cuando hubísteis marchado, y cuando Júpiter estuvo bien dormido, me entregué á una investigacion del asunto, un poco mas metódicamente. Y enseguida me esforcé en comprender cómo este pergamino habia caido en mis manos. El sitio en que descubrimos el escarabajo estaba sobre la costa del continente, cerca de una milla al este de la isla, pero á un breve espacio bajo el nivel de la alta marea. Cuando lo cogi, me mordió cruelmente y lo solté. Júpiter, con su prudencia acostumbrada, antes de coger al insecto que habia volado á su lado, buscó al derredor de sí una hoja 6 alguna cosa análoga con que pudiese cogerle. En este momento sus ojos y los mios se fijaron en el pedazo de pergamino que yo tomé entonces por un papel. Estaba medio enterrado en la arena, con una punta al aire. Cerca del sitio donde lo encontramos, observé los restos del casco de una gran embarcacion, tanto al menos como pude juzgar. Estos despojos de naufragio estaban allí probablemente desde hacía algun tiempo, porque apenas podía encontrarse la figura de un armazon de buque.

Júpiter cogió el pergamino, envolvió en él al insecto y me lo dió.

Poco tiempo despues tomamos el camino de la choza, y nos encontramos al teniente G..... Le enseñé el insecto, y me suplicó le permitiese llevarlo al fuerte.

Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/125 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/126 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/127 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/128 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/129 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/130 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/131 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/132 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/133 Así pues, una vez que hube logrado establecer una série de caracteres legibles, no me digué apenas pensar en la dificultad de desenvolver la significacion.

En el caso actual, y en total, en todos los casos de escritura secreta, la primera cuestion que hay que resolver, es la lengua de la cifra; porque los principios de solucion, particularmente cuando se trata de las cifras más sencillas, dependen de la indole de cada idioma y pueden ser modificadas. En general no hay otro medio que ensayar sucesivamente, dirigiéndose, segun las probabilidades, á todas las lenguas que os son conocidas, hasta que hayais encontrado la que hace al caso.

Pero en la cifra que nos ocupa, toda dificultad en este punto estaba resuelta por la firma, El geroglíflico sobre la palabra Kidd no es posible más que en la lengua inglesa. Sin esta circunstancia, hubiera comenzado mis ensayos por el español y el francés, como siendo las lenguas en las cuales un pirata de los mares españoles habia debido más lógicamente encerrar un secreto de esta naturaleza. Pero en el caso actual, presumí que el criptógramo era inglés.

Veis que no hay espacios entre las palabras. Si hubiese habido espacios, el trabajo hubiera sido notablemente más fácil. En este caso hubiera comenzado por hacer un cotejo y un análisis de las palabras más cortas, y si hubiera hallado, como esto es siempre probable, una palabra de Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/135 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/136 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/137 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/138 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/139 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/140 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/141 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/142 Página:Historias extraordinarias (1871).djvu/143 tal estaba claramente indicada por las palabras, nord-este cuarto de norte. Estableci esta direccion por medio de una brújula de bolsillo; despues apuntando, tan justamente como era posible por aproximacion, mi anteojo á un ángulo de cuarenta un grados de elevacion, le moví con precaucion de alto á bajo y de bajo á alto, hasta que mi atencion fue detenida por una especie de agujero ó buharda en el follaje de un gran árbol que dominaba á todos sus vecinos en la estension visible.

En el centro de este agujero, apercibí un punto blanco, pero no pude desde luego distinguir lo que era.

Despues de haber ajustado el foco de mi anteojo, miré de nuevo, y me convencí, por fin, que era un cráneo humano.

Despues de este descubrimiento que me lleno de confianza, consideré el enigma como resuelto; porque la frase, principal tronco, sétima rama, lado este, no podia tener relacion más que con la posicion del cráneo sobre el árbol, y este soltad del ojo izquierdo de la calavera, no admitía tampoco más que una interpretacion, puesto que se trataba de la rebusca de un tesoro enterrado. Comprendí que era preciso dejar caer una bala del ojo izquierdo del cráneo, y que una línea de abeja, ó en otros términos, una línea recta, partiendo del punto más aproximado al tronco, y estendiéndose, á través de la bala, es decir, á través del punto donde cayese la bala, indicaría el lugar preciso, y bajo este sitio juzgaba que era por lo menos posible, que un rico depósito aun estuviese oculto.

—Todo esto, dije, es escesivamente claro, y á la vez ingenioso, sencillo y esplícito. ¿Y cuando hubísteis dejado La Hosteria del Obispo, qué hicísteis?

—Habiendo cuidadosamente estudiado mi árbol, su forma, y su posicion, volví á mi casa. Apenas hube abandonado la silla del diablo, el agujero circular desapareció, y por cualquier lado que me volviese, me fué desde entonces imposible apercibirlo. Lo que me parecia la obra maestra del ingenio en todo este negocio es este hecho, porque he repetido la esperiencia y me he convencido que esto era un hecho; que la abertura circular, en cuestion, no es visible más que desde un solo punto, y este único punto de vista es la estrecha cornisa sobre el flanco de la roca.

En esta espedicion á la Hosteria del Obispo había sido acompañado de Júpiter, que sin duda observaba desde hacía algunas semanas mi aire preocupado, y tomaba un particular cuidado en no dejarme solo. Pero al dia siguiente me levanté muy temprano, logré escaparme, y corrí por las montañas en busca de mi árbol. Mucho trabajo me costó encontrarlo. Cuando llegué á mi casa à la noche, mi doméstico se disponía á darme una paliza. En lo concerniente al resto de la aventura, presumo que estais tan bien enterado como yo.

--Supongo, dije, que en nuestras primeras, escavaciones habíais errado el sitio por culpa de la tontería de Júpiter, que dejó caer el escarabajo por el ojo derecho del cráneo en lugar de dejarle pasar por el izquierdo.

—Precisamente; esta equivocacion daba lugar á una diferencia de cerca de dos pulgadas y media relativamente á la bala, es decir á la posicion de la estaca cercana al árbol; si el tesoro hubiese estado bajo el sitio marcado por la bala, este error no hubiera tenido importancia; pero la bala y el punto más aproximado al árbol eran dos puntos que no servian más que para establecer una línea de direccion; naturalmente, el error, muy pequeño al principio, aumentaba en proporcion de la longitud de la línea, y cuando hubimos llegado á una distancia de cincuenta piés, nos habia completamente perdido.

—Pero vuestro énfasis, vuestras actitudes solemnes, balanceando al escarabajo, ¡qué estravagancias! Yo os creia positivamente loco. ¿Y porqué habeis querido absolutamente dejar caer del cráneo vuestro insecto, en lugar de una bala?

—A fé mia! pero os seré franco, os confesaré que me sentía un poco vejado por vuestras sospechas relativas al estado de mi espíritu, y resolví castigaros tranquilamente, á mi manera, por un pequeño trozo de mistificacion. Ved ahí porque balanceaba el escarabajo, y ved ahí porque quise hacerle caer de lo alto del árbol. Una observacion que hicisteis sobre su peso singular me sugirió esta última idea.

— Sí, comprendo, y ahora no hay más que un punto que me hace pensar. ¿Qué dirémos de los esqueletos hallados en el agujero?

— ¡Ah! es una pregunta á la cual no sabria responder mejor que vos. No veo más que una manera plausible de esplicarla, y mi hipótesis, implica atrocidad tal, que es horrible creerla. Es claro que Kidd, si es Kidd quien enterró el tesoro, de lo que para mí no tengo duda, es claro que Kidd debió hacerse ayudar en su trabajo. Pero acabado este, pudo juzgar conveniente hacer desaparecer á todos los que sabian su secreto. Dos azadonazos han bastado quizás, mientras que sus ayudantes estaban ocupados en la fosa y tal vez necesitó una docena.

¿Quién podrá decirlo?